masalinascebo Miguel Angel Salinas

Divagación, reflexión si quieren, acerca de cómo, sin darnos cuenta, los precios suben y las cantidades bajan. Y no se trata de hechizos ni de brujería. Ya entenderán por donde voy.


No-ficción Todo público.

#listos #timos #engaños #picaresca #coste-de-la-vida #precios #interactive
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El chollo de las pequeñas cantidades, tiendas delicatessen y restaurantes de postín

Parece ser que no existen personas espabiladas y con recursos o bien que estamos rodeados de empresas, entes, deidades y mentes más brillantes que las nuestras. Debido a la educación propia y al bagaje que la vida nos proporciona, a menudo nos sentimos seguros y satisfechos de nuestras decisiones, aunque, más frecuentemente de lo que nos gustaría, caemos en errores por determinaciones tomadas sin meditación excesiva o por mostrar más osadía e insensatez de lo debido. Aunque lo que quiero tratar persigue otros derroteros. No importa la prudencia o inteligencia que nos caracterice, aquellos que se dedican a hacer negocio, al marketing, al diseño, a la imagen y a zarandajas similares nos conducen sin remisión por los pantanos cenagosos que nos muestran de modo torticero y difuso. Tampoco se me olvida la legislación, que no sólo los ampara, sino que les da alas y propulsa con ayudas y subvenciones, cuando no es la propia administración la que favorece positivamente con sus comentarios alentadores.

¿De qué narices estoy hablando?

Para ilustrar convenientemente esta introducción, les voy a ofrecer un ramillete multicolor. Seguro que lo entienden a la perfección y me darán la razón sin cortapisas.


Primer paradigma. Me gustaría conocer a ese genio o genia (no voy a cometer el error de recalcar en lo que sigue ambos géneros. Es como el valor en la mili, se le supone. Perdón, es una pésima cita, cuando surgió esa frase no existían mujeres en el ejército). Alguien, de buenas a primeras, pensó, “¿y por qué no…(de este modo comienzan las frases milagrosas, exitosas y geniales)… en vez de vender el vino en botellas de 1 litro lo hacemos en botellas de tres cuartos de litro?”. Claro, por qué no, pensarán muchos de ustedes. Los más jóvenes lectores creerán que vaya estupidez y eso es porque no han conocido más que el envase actual. Pero hace unos pocos años, no muchos, la unidad básica era el litro. Desconozco la razón y lo cierto es que me importa bastante poco (existen varias teorías. Una de ellas se basa en el intento de armonizar los sistemas de pesos y medidas británico y continental). Lo que me enerva es que el precio no lo redujeran en la misma proporción. Esto es lo que hay que preguntarse y no otra cosa. Seguramente el gobierno de turno otorgó su beneplácito y a partir de ahí ancha es Castilla.

Segundo. Otro gran genio fue el que enfocó la comida ecológica envasada como bien privativo del vulgo y lo destinó a familias y bolsillos de posibles. No voy a negar que un artículo producido de una manera más sana, sostenible (como les gusta esta palabrita a los que se dedican a esto) y justa (esta también) deba de ofrecerse a un precio por encima de un bien alimenticio producido en otras condiciones, digamos “normales o estándar”. Pero vuelvo a lo mismo. He visitado tiendas en donde se pueden adquirir los mencionados alimentos y ninguno de los paquetitos de arroz integral, avena, quínoa etc. llegan al kilo. Su atractivo envase es de medio o tres cuartos. Repito la pregunta y la argumentación lanzada en el caso precedente relativa a la relación cantidad / precio.

Tercero. Este es quizás mi favorito. Quien más quien menos, ha decidido en momentos de euforia, de celebración, de delirios de grandeza, de necesidad de dispendio, de ganas incontenibles por impresionar a la pareja o a un cliente, gastar una cantidad considerable en comer o cenar en algún afamado restaurante en cuya carta podemos hallar, sin bregar demasiado, platos ricos de esmerada elaboración y de presentación malabarista. Yo he visitado con frecuencia (con más asiduidad de la que mis rotos bolsillos me lo han permitido) varios de ellos. No aportaré comentario negativo en cuanto al servicio, a la calidad de lo ingerido o al precio (lo conocía de antemano). Pero, y volvemos a lo mismo, me quejo severamente de la cantidad. Fíjense que es el hilo argumental de esta reclamación lanzada al viento cual banderín tibetano. Y no sé si es que los gerentes se conducen poco despiertos o es que les da igual. Me explicaré. Si me vas a servir una cantidad pequeña, por lo menos, ten la picardía de colocarla en un plato pequeño o por lo menos no enorme y de dimensiones acordes, en donde las microscópicas raciones luzcan algo más. No me cansaré de proclamar que la calidad y la cantidad no están reñidas. Si no puedo con todo, ya lo dejaré en el plato, pero, tú, sírvemelo. En los precios en los que se mueven, al restaurante no le supone un coste apreciable el añadir lo justo y necesario (que no es lo que dispensan de normal). En la mayoría de las ocasiones he pensado sinceramente que en el precio iba incluida la vistosa y, sin lugar a dudas, costosa vajilla de diseño.

Cuarto. Este será breve. Aquellos de ustedes que practiquen el bricolaje, habrán notado desde hace unos años, como la tornillería se vende en cajitas de plástico de 10 o 20 unidades según tamaños. Uno saca cuentas de a cuanto le sale el tornillo y reconsidera seriamente no haber contratado a un profesional. Antes, hace unos pocos años, el tendero contaba treinta, cincuenta arandelas, que extraía de una enorme caja, lo multiplicaba por no sé cuántos céntimos y asunto resuelto. Puedo asegurar que el precio era muy otro.

Quinto. Acabaré esta elucubración con un viaje a Suiza. En cierta ocasión, hará de esto unos diez años, fui a Suiza a visitar a un amigo que a la sazón trabaja allí. Una mañana, mientras él se ganaba el jornal, me dediqué a pasear por el barrio y a curiosear aquí y allá. Entré en un súper (casi lo que más me emociona de los viajes es la vertiente gastronómica, las tiendas y los mercados). Una vez en su interior, se me ocurrió obsequiar a mi anfitrión con una comida. Me pregunté cómo andarían en ese europeo país de vegetales y visité la sección. Inspeccionando los precios me percaté de que no resultaban nada caros para una mente española. Pimientos, tomates y cebollas rondaban los 2 o 3 francos suizos (euro y pico, 2 euros). Me dije, «vaya, qué barato». Un examen más minucioso me llevó a reparar en el pie de la tablilla, los precios estaban establecidos para 100 gramos. Maldije en alto y maldije a esos sucios tramposos. Cierto que no estaba en mi país y que cada uno hace de su capa un sayo etc., pero eso, desde mi punto de vista, es ser un fullero.


Y nada más, paciente lector. Espero haberle entretenido con esta crónica de la realidad que nos circunda. A aquellos de ustedes que pertenezcan a algún sector mencionado, decirles que lo expuesto no conlleva un mensaje personal, sino comercial, crematístico, gubernativo, social y costumbrista. Que las cosas están así y que no las va a cambiar ni dios, ya lo sé. Pero yo me he quedado mucho mejor tras estas líneas y los que converjan conmigo, también. Así que, todos contentos.

Menos los aludidos, claro. Yo de ustedes, tras haber leído estos párrafos, me metería de lleno a reducir más todavía los tamaños. Ya puestos, ¿dónde establecemos el tope? Se me ocurre que el vino lo podrían envasar en botellas tamaño “chato”; que el germen de trigo podrían venderlo a tanto el grano; que en los restaurantes de postín faciliten una lupa y/o microscopio para posibilitar la labor de localizar la comida en el plato; y que las hortalizas, vegetales y fruta las vendan por unidades, sin pesarlas (esta última idea lleva puesta en práctica en los países anglosajones desde hace lustros. ¡Dios, que no se enteren en España!).

Un consejo les doy antes de la despedida, coman bien y no mire a quien.


FIN


Relato perteneciente a la serie «Opiniones, pareceres y reflexiones»



5 de Mayo de 2022 a las 14:07 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Miguel Angel Salinas Una de cada y otra de arena

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