Cuento corto
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Detrás de una cortina

Jorge y Camila bajan del autobús, se toman de la mano y andan por la acera.

—¡Qué gente aburrida! ¿Tan temprano se han ido a dormir? —comenta Camila al ver corridas las cortinas del vecindario y las luces apagadas.

Llegan a la puerta. Camila busca las llaves revolviendo el contenido del bolso. Su novio le dice sin exasperarse:

—Cami, ya te he dicho que no las eches al fondo del bolso.

—Lo sé, cariño, disculpa… ¡Aquí están!

Ella abre la puerta y palpa la pared hasta dar con el interruptor de luz.

Camila estira sus músculos y se deja caer en un mueble al tiempo que Jorge va al bar a servir ron.

Beben en silencio y se miran a los ojos. Se aman con la intensidad de la libertad: si uno abandonara al otro, habría tristeza, pero jamás reproches. Estar juntos es una decisión que renuevan a cada instante.

—¿Tienes hambre, linda? Iré a preparar la cena.

—Está bien, yo voy al baño.

Al cabo de un rato, Camila aparece en la cocina. Hay unas patatas cocinándose. Sale al patio y halla a su novio fumando.

—¡Jorge, no seas tonto! ¿Y si te ven los vecinos?

—No importa, es más, deberían agradecer que vinimos a animar su barrio insípido.

—¿Y si vienen a fastidiarnos?

—Por favor, no empieces.

—¡Carajo, sabes que yo no empiezo nada! Es la casa la que nos hace discutir, Jorge.

—Es el caos que provoca lo cotidiano.

—Exacto, ahora pásame un cigarrillo.

No hablan por unos minutos, así disminuyen la tensión que ha quedado en el ambiente, se concentran en las volutas desplazándose en el aire.

Jorge vuelve a la cocina. Cuando Cami también entra, se sonríen.

A ella le da sed y va por un vaso de la alacena. La cocina es pequeña, al alzar el brazo va empujando a su novio.

—Haz eso luego, ¿no ves que estoy ocupado?

—Solamente es un vaso, no seas exagerado.

—¡Siempre cocino sin reclamar, al menos dame mi espacio!

—¡Te daré tu espacio! Que la pases bien comiendo solo.

—¡Entonces no haré nada, no comeré solo!

—¿Te das cuenta cómo destruyes la velada? —dice Camila y se interna en el pasillo con dirección a la habitación.

—¿Velada? —contesta Jorge agarrando un vaso y lanzándolo a la pared— ¡Ahí está tu velada! ¡Eso es la vida doméstica, un vidrio roto!

Jorge va a fumar otra vez al patio. ¡Qué inestable es la vida hogareña!, piensa. Lamenta su debilidad: buscar, cada cierto tiempo, una dosis de cotidianidad. Va a la sala y halla la fotografía de un viaje.

En la habitación, Cami golpea las paredes, quiere lastimar al hogar porque es un mundo en el que ella y su amor no pueden estar juntos: un volumen limitado capaz de unirlos y separarlos a la vez. Se conmueve viendo una foto matrimonial en la cómoda a un costado de la cama.

Al salir, Cami encuentra a su novio esperándola en el pasillo. Se abrazan y se meten al cuarto. Se esfuerzan en olvidar que hay paredes alrededor. Durante el sexo, la conjunción de sus mentes es lo importante, se imaginan flotando. La lejana sensación de sus pies sobre el suelo es la única atadura al mundo terrenal. Luego se duchan y, mientras el agua cae, cierran los ojos y se sueñan bajo una cascada, los azulejos del piso son rocas irregulares.

Jorge retoma la preparación de la comida. Cami pone los platos en el comedor. Lo difícil de la noche ha terminado. Ahora nada más les queda gozar.

Son las nueve de la noche. Carmen y Juan van llegando a casa; han salido tarde de la oficina. La mujer ve un ojo esconderse detrás de una cortina. Se lo dice al marido y él la ignora. El hombre abre la puerta y se sorprende al ver la luz encendida. Su mujer pega un grito al encontrar a Jorge en su cocina.

Carmen trata de huir, pero es tarde, de una esquina de la sala aparece Cami. Le apunta con una pistola.

—Bueno, sentémonos a comer —dice Jorge.

—¡Perfecto!, tengo hambre… los hemos esperado toda la noche —informa Cami.

Unos vecinos abren la cortina y ven siluetas moviéndose en la vivienda de Juan y Carmen. El silencio del vecindario permite oír con claridad los gritos de auxilio. ¡Por fin pasa algo interesante!, exclaman los fisgones.

En la madrugada, Cami y Jorge se marchan de la casa. Van riendo y agarrados de la mano. Si alguien los viera, diría que son la pareja más alegre que han visto.




Este texto aparece la antología del II CONCURSO NACIONAL E INTERNACIONAL DE RELATOS BREVES organizado por la editorial EL ATICO de Israel.



16 de Abril de 2022 a las 16:16 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

Conoce al autor

Gabriel Martínez Barre Soy un ingeniero al que le gusta mucho escribir. Fui uno de los ganadores del IV Certamen Literario “Orellana lee” organizado por MACCO-EP del Ecuador. Fui uno de los ganadores del Concurso “Derivas Urbanas” organizado por el Festival de Narrativa de Bahía Blanca de Argentina. Mi trabajo ha aparecido en distintas antologías y revistas de Estados Unidos, Sudamérica y Europa.

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