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El Cofre de las Maravillas

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El peón nocturno comparte a la sombra, el gran abismo solitario y se pregunta, si las respuestas callarán, pues debieran pronto nacer de la tierra, del seno fértil de reina que todo lo sabe, mas todo callaría si fuese él quien se lo preguntara.

Y como la bruma espesa que hiere el filo de su sombra, tres rayos plateados le sonríen, engendran en sus incoloras ciénagas, el fuego de una antorcha inconsumible, casi eterna, por no ser que de él, quien dependan los espabilados luceros nocturnos que danzan sobre sus bóvedas masculinas; es ahí, dónde comparte y contempla, sus íntimas lágrimas de los secretos álgidos, dentro de aquella amurallada prisión que encierra todo el color ciego de las flores, junto con sus perfumes, así como todos y cada uno de los poemas que, perfilan el indómito sonido del eterno silencio.

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Primorosos, eran, los designios de su ilustración condenada, y, en cada escondrijo de su canción bienhadada, el sendero del cambio sonreía a la perpetuidad. Promesa de una historia interminable.

Incendió, de sus idílicos pensamientos, así a la oscuridad aterciopelada con nacientes corpúsculos de aristocráticos fulgores; que derramados en la tinta de su ancestral figura, reanudaban el matiz mismo de la inanimada existencia. Retocando y esgrimiendo cada agónico lamento de su visión.

Infinitamente, del frenesí que le anegaba, tejó la belleza inconmensurable, y, esperanzada, de su garganta sublevada estalló la música olvidada. Una antinatural y fantasmagórica alegoría de la vida. Maravillosos matices sacudieron a la cambiante composición de una reveladora sinfonía. Una sinfonía de espectáculo sobrenatural.

Y así saboreaba, en su privación de la ínfima contemplación, el clamor de una atmósfera cataclismica, pronunciando álgido un enjambre de sonidos quiméricos. Abriéndose la rosa encantada en afables oraciones, mudaron sus sollozos a himnos solemnes. Oráculo de creación en un escenario presidido por un vacío impío, en el que el destructor del sueño viviente anidaba.

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Hubo entonces, frente a él, amplios valles donde sólo las piedras grises espiaban sus secretos, siglos de tiempo le reconocían como un orfebre destinado a urdir destinos mortales.

Y más allá de sus creaciones, donde apenas divisaban los límites de lo intangible, no había gallardo cielo perpetuo, prímulas silvestres, mármoles erigidos o espíritus de la noche que permanecieran en tal escenario, pues ninguna criatura, por más abominable que fuese su filigrana de creación, hubiese sido encerrada en aquella cumbre de eterna soledad.

La enmarcada nada existe, no se detiene, porque es la nada misma, la vuelca toda creación en palabra dicha por quien arde en voluntad, ya fuesen desde sus altísimos tronos en el cielo, o ahí en dónde las sombran sepultan desamparadas, puntetos de luz inconmensurable.

Y ese instante, extintas jerarquías de nada, permitieron trinar aquellas auroras que despidieron caricias sólo parar morir despacio a través del lienzo, en un finísimo trazo, como el de un velo.

Bien o mal, fuese un temblor dubitativo escrito o entintado, una señal, un lucero nocturno que escribió con mano desnuda, la palabra prendida en el horizonte de aquella eternidad, aquel náufrago diminuto que viajaba a través de la tierra sepultada, y ya latía como un asomo vida que empuñaba sutil, ese nácar argentino en su interior que se derramaba como el espacio entre las manos del tiempo.

Y tal distancia imposibilitaba su encuentro, ¿por qué? porque su amurallado encierro le privaba de toda bulla que girase para contemplar tal espectáculo, pues no conocería luz más intensa que la que platea por encima de sus globos celestes en forma de estrellas, aquella creación que vibró hasta lo más íntimo de su ser, aquella luz que imitaba la vida en su interior, naufragaba en un ataúd sobre aquella mar dolorosa que todo lo devoraba.

"Ligero acento pronunciado desde el gozo o el sufrimiento desconocido, sólo tu y yo, sabemos que has nacido concienzudamente de un saber, de una vocal que acompaña la finura de tu canto. Permíteme atravesar aquella fosa para alcanzar y descubrir la razón de tu existir".

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Un despertar inspirador, era, el relumbrante paraíso sometido al decoro de la creación benévola. Y prodigaba, esplendorosamente, al ocaso del tiempo que revoloteaba más allá de los océanos sin fin. Arrancaba ya, de los lúgubres vestigios de la muerte, los diminutos senderos extraviados y las endebles representaciones de una majestad onírica. Definió a la obra de esquelético talante, abanicándolo hacia el borde de los mundos inmolados; arrojando su música al decoro constructor.

Humilde sometía al palacio efímero, que indócil, flotaba en un firmamento circundante. Y etéreos centelleos, sorpresivamente, estallaron como un enjambre de mariposas de una vivida gloria redentora. Aleteó su cántico absoluto, el devorador peregrino, en el laberinto sabio de la adoración. Un sueño lúcido de una epifanía avasallante, era, ese imperioso acontecimiento de la creación.

Invocó, desde el bosque de su órgano vibrante una plegaría que se transfiguraba en un silbido ínfimo, y que anudó a sus bellas recitaciones ya anunciadas. Y así, mansamente, relató la historia de su agonía imperecedera a los recién nacidos carentes de una pulcra consciencia, ya disfrazada como la más prodigiosa de las existencias musicales. ¿Cuántos más debían ser concebidos desde esa extensión de perdición? Todos eran representaciones de sus más excelsos anhelos, a pesar de que constituían un infortunio místico.

Y mil susurros estallaron, en respuesta, al nacimiento de su vasta proclamación; mas el silente vacío con esmero le sonreía mientras las luciérnagas se extinguían entre las lágrimas perennes del hacedor, manantes de coronas vaporosas. Lágrimas fantasmales, que, revoloteaban pintando el cielo de una noche septentrional, ocultando las diminutas estrellas con sus alas; y así se posaban invisibles hasta que contorsionaban sus gráciles corporeidades con forma de ocelos siderales.

Danzó entonces en el precipicio del sueño sempiterno, y resquebrajó a los mil susurros que se hundían en el espejo de su imagen, erguida como una aparición colosal, una representación de mil rostros consagrados. Mas su propia voz suspiraba, y hallaba en ella otro eco donde todas las cosas rozaban desnudas las puertas del olvido. ¿Era música? ¿Por qué era diferente a la suya? ¿Acaso un soplo de un instrumento divino?

Pues al principio sonaba extraño, como un ruido amainado, donde los sonidos simulaban el romper de una agreste alba. Y, aunque estaba acostumbrado a la música del tiempo, aquella confusa canción revelaba nuevos colores que constituían una sinfonía consciente y remota. Un rumor de infinitas variaciones, y de armonía sutil, que disimulaba un refugio de cristal imperfecto y una caja de música estropeada por las huellas del silencio.

"Oscuro cofre de maravillas, auténtica música, ven y regocíjate, no desvanezcas " La realidad que conocía, desde el principio de su existencia, se volvía aún más misteriosa, mas alzó airoso su canto mesiánico, fantaseando con una aparición que le cautivaba más allá de la fantasía prodigiosa, que su creación intentaba agasajar, explorar y definir; una fantasía que quizá se guardaba sólo en su imaginación". Inocente poeta, declama un último verso perfecto, y vive el tiempo suficiente para oír el sonido de un compositor eterno. Sólo así, la mañana amanecerá sobre el altar del soñador mientras escribes la música del silencio.

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Invocó una plateada faz aún retenida en las ondas de sus labios.

"Gravísimo silencio herido, ¿de dónde provienen tus llamados?, vuélcate y deja al desnudo aquel hilo verdadero, ¿quién ha urdido la suma de tus tramas y llanuras, quién apura sobre ti, arrojando esas hermosas nubes a la mar, qué hace gemir tu llameante seno?

Desliza ese estigma, revélame las curvas de tu desierto misterioso, si bien, confusos son sus bordes porque todavía aquí, a pesar de haber sido engendrado por tu triste rima, desconozco las pisadas que han estremecido tus arenas en tiempos remotos, más sí, he de suplicar que recorras y develes el misterio que hasta ti me ha atraído, ruego imperioso que me permitas entreabrir las ramas que recubren tu sagrado templo".

Ligeros céspedes de silencio, jardines ocultos que plantan sobre las criaturas aún más misteriosas, esa aflicción creadora, pues sólo el yugo de la respuesta, ahondará el eterno instante, en el que permita corromper esa inmensa llanura de desesperación.

"Mas no podré ignorar esa dichosa aurora impaciente que, cae con el sonido de tus salpicadas formas, ni laderas, sombras o valles, podrán hacer caso omiso a tan novísimo, efímero destino transparente". Y aquel toque que prescinde de los aires para entonar su éxtasis de embriagadora nitidez, aquella alba iluminada, ese dulcísimo vapor que hiere las cenizas de sus márgenes escritos y que, logra explorar íntimos recovecos, revela ya un marcado sendero luminoso en presencia de aquel inmarchito naciente que acuna entre su rauda plenitud.

"¿Por qué permites que desfile el ocaso ante un servidor que, como tu, no alcanzaría a retener tan crecientes celestes? Porque mis manos clavadas están como el de un amante al cuerpo del amado y, como yo, atado a tus altísimas ciénagas estelares.

Y los crepúsculos eternos, arañan a lo lejos ese raso paño que ronda en torno a ti, como un fidedigno astro. Empapa de luces y vierte sobre tus oasis, ese perfume luminiscente de plenitud, aunque amargo, el dorado tránsito de aquel coagulado destello, transita en pos de mí, ese dichoso paraíso errante".

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Cascadas de voces resonaban con una deslumbrante intensidad e interminablemente melancólicas, mas resaltaban entre ellas, suspiros de súbito jubilo que rasgaban el silencio edificado; y penetraban en los serpenteos secretos de ese paisaje invisible que tentaba.

La luz de su imagen indómita parecía intensificarse, salvaje, sin que se degradara la beldad de aquel paraje solitario, ahora encendido, pues se transformaba inspiradora y aniquiladora en ese edén revelado. Y he ahí su creación cósmica, que horadaba mil arcoíris de medianoche, y, ultrajaba exiguo el vacío ceremonial. Retorciéndose los sollozos del caminante místico, sólo semejante tentación producía así una algarabía, pues adivinaba la verdad entre un millar de himnos de alabanza.

Cantó, incapaz de asumir la realidad, pues concibió aquél desfile de sonidos como el espectro de un sueño desteñido; e ignoraba su historia, mas aquella misteriosa belleza parecía llamarle con su voz de sirena. Una silvana dádiva en el carrusel de la creación, una aglomeración de virtud desmesurada; cuya osadía había dejado paso a una maravillosa ternura. ¿Quién se expresaba con tal solemnidad? ¿Quién era el dueño de aquel hechizo de ídolos invisibles?

Entonces apasionado, devastó el firmamento frenéticamente con una irradiación sublime y lo sostuvo entre su formidable envergadura, si sólo así hallaba al que se comprometía generosamente con él. Y delirante y alborozado latía su espíritu embestido, que se expresó con mil palabras, un gran vocerío, un clamor de satisfacción; haciendo todo tipo de combinaciones de sílabas. ¿Qué era ese vago lamento celestial? Así lo encontraría y sería suyo por toda una eternidad incondicional.

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Cuando las lágrimas del cielo, lloraron sobre los aposentos de un príncipe oscuro, cuyas formas a su alrededor se elevaban en relieves y declives, sordos lamentos se encendían y, pozos profundos en cuyo interior, clamaban ínfimas, voces que decantaban en luces misteriosas.

En el borde del cielo, donde los carruseles de sus estrellas, envueltas en rasos terciopelos, rendían centenares de versares y oscilando entorno a su creador, un doloroso estrépito de entonaciones rasgaron el imperturbable decenio oscuro y no hizo más que acallar las voces de sus ruegos que erosionaban la roca de su inmisericorde recinto.

Un caos desvirgó la nébula interna de su bóvedas infernales y astros iridiscentes agolparon en su realidad. "Afanado enigma musical, ¿acaso he de merecer amargura condenada, sin deleitarme, atravesado por tus elíseos espejismos? Si hiende tu obra, la misma que me arrullaría entre los brazos de una creación mortal, cobíjame bajo la luz, porque en mis tinieblas, la música sorda no permite que mi existencia presencie con tal estertor, el pulso de esta tan larga cadena infinita".

Extravíos almacenados en las cuencas de sus órbitas, descendieron latentes hasta perderse y el clamor, como un infinito cordel rizado evidenció el deceso de aquella "su" cometa musical perdida entre las olas celestes, ya el trono abandonado del príncipe nocturno, rogaba a los fuegos etéreos, la presencia de su declive mortuorio, y de su interior, rasgó su esencia para extraer un delgado hilo vivo y urdido hasta la madeja de su enhebrada columna de nudos que se perdía, atravesando espinas de olvido y flores que hacían mas ambigua su conexión con el firmamento que se conectaba a través de él y aquel corazón lunar que en lo alto de sus cielos, alimentaba la luz empírea de la nada.

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El esotérico santuario se colmaba así de redención, entre aquel vaporoso encuentro que, plagado de una extensión de incorpóreas luciérnagas, invitaba a morar entre sus brazos a la sumisa voz de doncella esculpida en la cúspide de un firmamento ya noble, ya misericordioso. Precisaba ya de su distinguido esplendor, que aunque remoto, y aunque alejado, tocaba los compases que engalanaban la rapsodia que estaba creándose con humildad entre dos realidades existentes. Un sueño cambiante construido en el océano de la creación.

Y así el devastador onírico se sumergía en la más hermosa de las vesanias, ingenuo, soberano de su fidedigno averno; en el hechizo liberador que se extendía ante las ventanas grandiosas que empleaba como artífices de su visión. Una corona de albricias aladas, de siniestras formas, que se enfocaban indagadoras en un atávico tápiz. Y primitivo, se entrelazaba en bifurcaciones armoniosas reteniendo cada hondo abrigo, como una aparición infundada, pues se evaporaban en aquel auge conmensurable.

En la lontananza, el benefactor se sumía en un trance implacable, rendido a los pies de un estro murmullo, allí ignoto, allí munífico; que representaba caleidoscopios de oscuridad, tan sólo un pedazo arrancado desde volutas anidadas en el verdadero ser que merecía ser reconocido desde su trono empíreo. Y soportaba la ilusión entre intangibles prolongaciones, contemplándolo absorto, pues el insigne artilugio se representaba como un delgado vestigio adornado. Y ahí, impávido, pulsaba la épica obra que aun fragmentándose, era sometida por él a un vals de perdición.

Y desde la bóveda colmada de alientos oníricos, se arrojaba hacia el solitario observador, a ese exiliado en un paraje de incertidumbre, a quien haría partícipe de su fabulosa maravilla. Y así en el crepúsculo tiernamente lo dejaba dormir, en ese rastro de realidad conmovible que desembocaba en él desde los más lejanos espacios, cuajados con perfumes de más allá de los mundos inmolados. Océanos naufragados que se vaciaban allí, alumbrados por soles que los mortales jamás han contemplado, albergando entre sus remolinos extrañas profundidades olvidadas.

Cortejaba a la mismísima pálida doncella plateada, mostrándole orgulloso que él también existía, y a quién explosionaba con un séquito de un millar de ofrendas moldeadas al anochecer, entre suspiros imborrables. Su primera comunicación, sería taciturna, un consolador arrullo que viajaría de realidad en realidad hasta desvanecerse en un millar de fuegos artificiales que rememorarían el inicio de su historia.

13 de Abril de 2022 a las 02:10 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

Conoce al autor

Sinfonia Universal Mi nombre es Vanessa pero prefiero que me conozcan por el nombre de Sinfonía Universal. Tengo mis pocos años en este mundo de escritura, pero más perteneciendo al ritual que significa la vida, soy de Mérida - Venezuela, el lugar que Dios eligió para que naciera. Soy un aprendiz de escritora, autodidacta, que tiene el infinito sueño de crear historias de fantasía que atrapen, y llenen de color las vidas de todos.

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