Cuento corto
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Lluvia

¿debería haberse quedado en el lugar dónde deciden

el amor por uno, y no haber ido donde uno tiene que inventarlo,

y reinventarlo, sin saber nunca si estos esfuerzos bastarán?

Alice Munro. Las Lunas de Júpiter


La expresión de “mujer de letras” u “hombre de letras” podría tener un significado algo más escondido que el conocido, al mismo tiempo más definible. Más sencillo para la mente, pero menos para nuestras decisiones. Esto si llegamos al acuerdo que para nosotros algunas personas pueden quedar en nuestras memorias y anhelos por cómo las letras encarnaban en su boca las palabras y por la combinación única de su nombre, aún más cuando en pocas semanas no podemos recordar más el rostro de alguien que no supimos si quisimos.


Al caer las primeras horas de la tarde una ligera diversión por alzar la voz me invadía, era como si tuviese que impregnar algo más de fuerza a mi mirada al hablarle porque la lluvia hacía imposible escuchar cualquier susurro (el tono habitual en el que le hablaba). Ella movía resueltamente cada libro de cuentas, buscaba la cifra exacta y la ubicaba en la conocida matriz, cada cuanto yo tenía que interrumpir para agregar un comentario como recordatorio, corregir una pequeña imprecisión.


Aunque era su último día, la sensación que nos envolvía era la sorpresa que experimenta él que piensa que ha estado toda la vida compartiendo con alguien cuando no es más que la primera vez. Ella no me había dicho nada y no podía deducir nada de su mirada severa y firme que parecía querer descubrir en los números algo más, una verdad más allá. Quizá, encontrándose con mi sueño —con los de nosotros dos— de haber podido hacer algo que hubiera sido más importante.


No podía dejar de preguntarme por qué no me veía, por qué entre el movimiento desde los libros de cuentas a la pantalla no dejaba caer un momento su mirada sobre la mía. Quizá así, en secreto, hubiera confirmado que los dos sabíamos. Se me ocurrió, para iniciar una conversación, decirle que el cielo lloraba cuando iba a pasar algo triste, pero le dije banalmente: “llueve muy fuerte”. Ella respondió alzando la mirada de la pantalla a unos treinta centímetros, como si viera a través de las paredes, y nuevamente se sumergió en las cuentas.


Algo decepcionado se me ocurrió importunarle con alguna trivialidad como “y tú…, ¿qué te cuentas?”, pero el solo pensarlo me hizo doler el estómago. Dije: “ay, las cuentas, las cuentas”, a lo que me correspondió con un: “mmhm”.


Recordé inmediatamente que en los primeros días que la conocí, luego de caminar por un zona rural en Zuleta, ella se quedó viendo un letrero blanco cuya madera estaba agrietada por el tiempo, se leía “aquí se ve…”, donde antes seguramente decía “aquí se vende…”; el hecho es que yo también lo vi y, tras unos segundos de acompañarnos en esa tarea de apreciar la orden silenciosa de “aquí se ve…”, cruzamos las miradas y sonreímos emocionados.


No podía dejar de pensar que en ese momento sucedía algo similar y ese espacio lleno de cuentas estaba también lleno de letreros confusos, viejos e invisibles que decían “aquí se trabaja”, “aquí no se despide”, “aquí no se quiere”, “aquí se ignora”, y que nosotros los veíamos fijamente como aquella vez, pero que no llegaba la hora de que las miradas se reencuentren en una sonrisa cómplice. Al contrario, luego de decir un “ya está” al aire, no vaciló ni en segundo en darse la vuelta, hecho que angustió mi corazón al recibir una pequeña brisa de la ondulación de su saco de lana.


Tomó algo de su escritorio, esas cosas inoportunas que uno lleva en los brazos cuando se marcha de algún lugar para siempre, y con algunas palabras habituales se despidió. El sonido de sus pasos se mezcló con la lluvia y pensé, desesperado, que para detenerla por unos segundos le podría confesar cualquier verdad o media verdad, que yo era contador porque mis abuelos habían sido contadores, que me gustaba escribir cuentos porque mis abuelos eran contadores, que eso no lo sabía hasta que tuve 20 años; o que pensaba que la quería, pero talvez solo la admiraba; que la extrañaría, que en verdad no tenía ni idea de que significaba ella para mí, pero me hubiera gustado conocerla más tiempo para saberlo. Pero el letrero que veíamos seguía ahí imponente y la sonrisa del encuentro no llegaba, dejándome solo la libertad para seguirla a paso lento.


Se demoró unos segundos en la puerta de calle al abrir su paraguas y, sin mediar alguna explicación, le acompañaba en el umbral. No intercambiamos ninguna mirada apenada, ningún gesto de molestia. Siguió su camino.


Luego de pasar por unos segundos distraído me giré al sentir que un rayo de luz naciente se posó en mi rostro, las florecillas que sobresalían del muro de la casa vecina brillaban adornadas con las gotas de rocío. La busqué nuevamente con la mirada. Seguía alejándose mientras el gris del cielo se abría a la luz tibia de la media tarde. Guardó el paraguas antes de doblar la esquina y me miró en el momento en que casi ya no había lluvia, cuando el cielo prometía que pronto estaría despejado.


24 de enero de 2022

25 de Enero de 2022 a las 03:53 0 Reporte Insertar Seguir historia
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