frederick-morales1641899356 Frederick Da Silva

Esta obra nació gracias a la idea de una gran amiga y compañera de este viaje fantástico; Mónica Daniela Bahena Urcino. Confieso que siempre quise inicar a escribir una novela, el problema era que no sabía como y de que trataría, hasta hoy. Es como traigo desde mi gran imaginación esta saga llamada Mónica, El Legado Prohibido. Siendo el primer libro de la saga Cenizas de Ángel; mezclando unos ingredientes esenciales para mi como son: la ciencia ficción, la filosofía, historia, mitología y folklore judeocristiano, sobre todo los ángeles. Algunos de los personajes son obra de mi imaginación, por otro lado, los demás personajes, son algunas personas que conozco, y otros son parte de mitos antiguos y personajes bíblicos, el titulo del libro es dedicado a mi amiga, quien es la protagonista en esta saga. Llevo algo de tiempo escribiendo esta obra, y ahora seguiré escribiendo hasta concluir con esta saga que tengo en mente, cada personaje dediqué mi tiempo en darles forma y vida propia, explicando sus características y sus emociones psicológicas. Traté de darle vida a los ambientes y a los diálogos esa esencia filosófica y dramática, espero que este viaje sea de tu agrado. La última entrega aún no está preparada, pero con el paso del tiempo espero armar las piezas de este rompecabezas. Dando un inicio caótico que a largo de la lectura, será una paradoja en el tiempo, los personajes tendrán que lidiar con dudas existenciales, problemas emocionales, pruebas y muerte, descubrirán un gran misterio que la humanidad desconoce, un misterio que, llevará a nuestros personajes hasta un final apocalíptico contra ángeles y demonios. ¿Podrán cambiar lo que ya está escrito? Sin más que decir, bienvenidos a la serie Mónica, El Legado Prohibido.



Ciencia ficción Viaje en el tiempo No para niños menores de 13. © Todos los Derechos Reservados

#Angeología #ciencia-ficción #mitología #religión #filosofía #psicología
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PRÓLOGO



Continente Rodinia,

Atlántida al sur del Edén.

1100 A.C.


En una tierra de exuberante vegetación: los helechos con semilla, grandes y arborescentes, los árboles elevados de gimnospermas, gomer y otras especies.

El clima era tan templado, no había ni extremo calor, ni temperaturas bajo cero. Animales gigantescos se divisaban entre las espesuras de la vegetación una fauna gigantesca: tanto mamíferos, aves, insectos y gran variedad de reptiles. La tierra como la conocemos hoy en día no era como aquella, existía un solo continente que unía a toda la masa terrestre, cuatro ríos emanaban de un río principal al cual llamaban río de Elohim. Y salía de Edén un río para regar el huerto y de allí se repartía en cuatro brazos. Los nombres de los cuatro ríos eran: Hidekel al oriente de Asiria, Éufrates el río que fue utilizado para habitar y crear la agricultura, Pisón en tierra de Havila, donde hay oro bueno y Gihón que rodea toda la tierra de Cus, donde hoy se encuentra parte de África. Entre estos cuatro ríos existía una isla donde se encontraba un gran árbol de hermosas ramas: de frondoso ramaje y de grande altura, y su copa estaba entre densas ramas. Las aguas lo hicieron crecer, y a todos los árboles del campo enviaba sus corrientes. En sus ramas hacían nido todas las aves del cielo, y debajo de su ramaje parían todas las bestias del campo, y a su sombra habitaban muchas naciones. Elohim plantó ahí un huerto en Edén, al oriente, este es el árbol de la vida en medio del huerto, y el árbol de la ciencia del bien y del mal a un costado.

En una cueva se encontraba un viejo: con las canas entretejidas, blancas como nieve, arrugas en todo su cuerpo que uniformaban su vejes, grandes ojos redondos y grises, brillaban como perlas, su barba larga llena de extremas canas. Aquel anciano llevaba consigo una tabla de piedra y un pincel de punta fina, en su otra mano sostenía un bastón de madera, llevaba puesto una túnica color blanca de piel de smilodon, una especie de tigre gigante con dos colmillos sobresalientes. Él era el séptimo linaje de su generación.

Junto a él estaba su nieto, un cazador formidable: con barba larga tupida de inmenso cabello rojizo, ojos deslumbrantes como el alba, cabello largo y rojizo que hacia conjunto con su barba, a simple vista parecía la melena de un león. Llevaba puesto un abrigo de piel de mamut: botas de piel llenas de pelo grisáceo, una pequeña daga de piedra, pero muy cortante.

El anciano comenzó a hablar con su nieto.

📷Estamos en tiempos de guerra. La humanidad la cual había hecho el Creador se corrompió. Solo yo y unos pocos nos fuimos a habitar en las remotas montañas lejos del pecado. De lejos, podíamos ver como el resto de nosotros fue tras los deseos del placer y de la idolatría. Ya no era aquella gente que buscaba al Creador como lo hizo mi bichozno Enós. Adán murió hace unos años atrás; y su hijo Seth ha muerto recientemente, los testigos del hermoso Edén, un lugar lleno de vida y lugares que ni en otro lugar de esta tierra se podrán ver jamás.

—¿Qué pasó con el Edén, abuelo? ¿Por qué se nos prohibió el acceso a aquel hermoso lugar de nuestro Creador? —quiso saber el nieto poniéndose de pie y clavando su daga en tierra.

—Hoy se prohibió su acceso en el momento en el que nuestros primeros padres; Adán y Eva cayeron de la gracia del Creador. Entonces fueron engañados por Lucifer utilizando una serpiente —explicó el abuelo.

—Y nosotros... ¿Qué culpa tenemos abuelo? ¿Por qué tenemos que pagar por lo que otros hicieron? No... Esto es injusto, es por eso que los demás se han ido tras los hijos de Caín, incluyendo a tus hermanos Elisha, Elimelej y Melca, y a mis hermanos —gruñó el nieto—. ¿Quiénes custodian la entrada al Edén?

—El camino al Edén ya no tiene acceso. Está custodiado por Querubines y su apariencia es como el de un humano: con seis alas, dos cubriendo su cuerpo y sus brazos, las otras alas extendidas, con hermoso plumaje y radiante luz, pues son la misma shekinah. Poseen cuatro cabezas a su alrededor: una de león, una de águila, una de toro y una de humano, que representan los cuatro seres vivientes de la creación, sus pies son como los de un cordero. Delante de ellos una espada de fuego ardiendo que gira alrededor de ellos.

Un tercero se hizo presente, era otro anciano aunque más joven de edad que Enoc. —Nuestro linaje se corrompió con el de Caín, la estirpe maldita, la cual se alió con los Vigilantes y de sus mujeres nacieron mutantes de un tamaño descomunal—. Dijo el otro anciano acariciando su barbilla lampiña: era un sujeto entrando en su vejes, con algunos cabellos de tonalidad gris y otros negros, las arrugas se empezaban a notar sobre su rostro y sus manos, con una sonrisa carismática.

Enoc prosiguió con su decreto.

—Es mi deber acabar con el mal de este mundo, mi padre me contó sobre el tiempo en que nació, unos seres extraños descendieron del cielo, eran los Vigilantes, los ángeles del Creador: de ahí el nombre de mi padre Jared, que significa «el que desciende del cielo». Ellos ahora gobiernan al mundo y están en lucha contra el reino que he fundado, el cual ha durado ya doscientos cuarenta y tres años de justicia, en un mundo corrompido y el heredero serás tú —volteó a ver a su hijo Matusalén—, mi primogénito, que lleva por nombre Matusalén; el cual significa el «el dardo de Dios», pues profetizo que él día que tú mueras, un gran juicio vendrá a la Tierra y destruirá este mundo de maldad junto con los hijos de los Vigilantes; los Nefilim, mitad humanos, mitad ángeles, con una fuerza sobrenatural y de gran estatura, como de unos tres a cuatro metros.

—Padre, yo seguiré con tu legado, temo que mi hijo Lamec caiga en tentación y se una a la estirpe maldita de Caín, mi nuera está embarazada y debo encargarme de educar a mi nieto, él y yo anunciaremos el fin del mundo —comentó Matusalén.

Lamec se sentó de nuevo, acto seguido refunfuñó y cruzó ambos brazos, llevaba consigo una insignia que su abuelo Enoc construyó. Se inclinó hacia adelante, dio un bostezo y arqueó la ceja izquierda —¿Creen que yo caería tan bajo? No… yo no soy así, pero déjame decirte padre, que esos ángeles no los podemos matar, no son humanos. Ahora bien… tenemos otro problema, sus hijos los gigantes los cuales no son inmortales, pero… sabemos que es muy difícil matar a un Nefilim... querido abuelo ¿Estas insignias podrán protegernos?—. Protestó Lamec.

—Aquel temible ángel y sus jefes tomaron para sí mujeres de las hijas de Caín, y cada uno escogió entre todas y comenzaron a entrar en ellas y a contaminarse con ellas, a enseñarles la brujería, la magia y el corte de raíces y a enseñarles sobre las plantas. La astrología, los secretos del universo. Quedaron embarazadas de ellos y parieron gigantes que nacieron sobre la tierra; y devoran el trabajo de todos los hijos de los hombres. Entonces, los gigantes se volvieron contra los humanos para matarlos y devorarlos. Estos híbridos son los llamados semidioses, los hombres de alta fama y poderosos de la antigüedad —relató Enoc a su generación.

­—Mi abuelo ya está viejo, solo quedamos tú padre, mi hijo y yo —dijo Matusalén.

—¿Crees que podamos vencer a esos Vigilantes y a los Nefilim? —interrogó Lamec.

—Para eso he construido estas insignias —comentó Enoc.

Continente Rodinia.

Tierra de Nod, Ciudad de Enoc.

Una hora después.

En una llanura al oriente de Nod con un paisaje fértil se encontraba una gran ciudad amurallada, la ciudad de Enoc: llena de todo tipo de arte, construcciones monumentales, templos y pirámides, llenas de ídolos y altares de sacrificios de piedra y basalto, repleta de agricultura y toda ciencia. Sus habitantes eran unos tiranos y despiadados inmorales e idólatras. Su fundador fue un tipo sanguinario y violento; la leyenda cuenta que el mató a su propio hermano y quedó maldito por el Creador, condenado a vagar por toda la tierra. Su nombre era Caín.

Cada uno de estos estados se componía de una ciudad amurallada con sus pueblos y tierras circundantes. Cada una adoraba a su propia deidad, cuyo templo era la estructura central de la ciudad. El poder político pertenecía originalmente a los ciudadanos, pero, como la rivalidad entre las diferentes ciudades-estado aumentó, cada una adoptó la institución de reino. Son ocho reyes: que abarcan un total de 241.200 años desde el acontecimiento del reinado «descendió del cielo», tres ya han muerto, y el que gobierna ahora la tierra de los errantes es llamado Matusaél: un viejo guerrero cuyo nombre significa «herido por Dios», estaba a punto de heredar su trono a su hijo Lamec; jefe de escuadrón de la estirpe maldita, gobernante de la cuidad de Enoc, capital de la tierra de Nod. Hombre casado con dos mujeres, la una se llamaba Ada y la otra era Zila.

Lamec entre su risa burlona presumía su dentadura que brillaba en medio de su espesa barba: con dentadura de oro, una barba larga y media canosa, con una gran panza que bajaba como costal de harina de aspecto desagradable, pelo largo, nariz redonda como pelota, de una estatura media. Él reunió a sus dos esposas de aspecto hermoso: Ada la más joven: de cabello pelirrojo, como el color de la luna cuando está cubierta de sangre. Ojos color verdes esmeralda que resaltaban por el maquillaje negro alrededor de sus ojos, de unos labios medianos, en sus orejas colgaban pendientes de oro y rubíes, también en cuello llevaba puesto un collar de oro puro y esmeraldas de todos los colores y tamaños. El color de su piel era casi blanco como la luna, delgada, pero con buena figura. Llevaba puesto un vestido de terciopelo de los más caros en aquella época: color verde jade, y su manto de piel no era de cualquier bestia salvaje, que llegaba hasta sus talones. Su otra mujer Zila la más grande de las dos: una mujer madura de buen parecer, sus ojos eran de una tonalidad rojiza, cabello largo y lacio color negro, entre su cabeza llevaba una diadema de oro con gemas. Piel morena, labios gruesos, llevaba puesto un vestido translucido que exhibía todo su cuerpo, fue de las primeras mujeres en adoptar el escote. Era practicante de la hechicería y la magia oscura que los Vigilantes les enseñaron.

Lamec se puso en pie y recitó un proverbio muy antiguo a sus dos esposas. Alzó la mano con una copa de oro llena de vino tinto, levantó su tono de voz y las miró —Ada y Zila, oíd mi voz; Mujeres de Lamec, escuchad mi dicho: Que un varón mataré por mi herida, y un joven por mi golpe. Si siete veces será vengado Caín, Lamec en verdad setenta veces siete lo será—. Recitó Lamec riendo a carcajadas.

—¿Qué has hecho Lamec? ¿Y mi hijo dónde está? —quiso saber Zila.

—Salimos de caza y accidentalmente hemos matado a un hombre !Pero eso no importa¡ —bufó Lamec delante de sus dos mujeres.

Ada y Zila no tuvieron dignidad perdieron su belleza interna y la buscaron rodeándose de adornos externos, procurando con sus joyas recobrar la hermosura, potenciando su atractivo físico para recobrar su encanto femenino.

Ada se levantó y fue al encuentro con sus dos hijos —mi señor, tengo que irme—. Pidió ella juntando las manos.

—¡Como quieras! —gritó Lamec.

Matusaél y Enoc habían luchado por el territorio de su imperio en Atlántida, que no quería adorar a falsos Elohim. Matusaél era un gran cazador y fugitivo: de una apariencia desagradable y robusto, pelo largo y negro, mirada destellante y fría, barba larga y con marcas en su cuerpo de metal fundido, ropa de cuero de mamut que lo protegía del frío que hace en invierno, cabalga sobre un Tannim, así le llamaban a los reptiles gigantescos. Este poseía una cresta alrededor de su cabeza: con tres cuernos en su frente, más resistentes que los colmillos de un elefante o un mamut, casi parecido a un rinoceronte pero de mayor tamaño y fuerza, su cola era robusta y gruesa, apoyándose sobre sus cuatro patas gordas y cortas, piel escamosa y gruesa color marrón. Emitía un bruñido que hacía retumbar los tímpanos, era como el sonido de cien cuernos de viento. Su hijo primogénito: Tubal-Caín, que acababa de nacer sería el heredero de la corona.

Ya en el camino a la gran pirámide, Enoc iba con Matusalén explicando la profecía que se cumpliría miles de años en el futuro.

—Hijo mío; cuando tenías ciento ochenta y siete años de edad, junto con tu esposa engendrarás un hijo al cual pondrás por nombre Lamec: que significa «desesperanza», por los tiempos de aflicción y guerra en el que vivimos. Pero yo profetizo que mi bisnieto hallará gracia delante del Creador y salvará este mundo tras tu muerte. Aunque tendrá que lidiar contra Tubal-Caín: hijo de Lamec y Zila, quien se aliará con el Vigilante Azazel quien le enseñará todos sus secretos sobre las armas y la metalurgia, algunos en el futuro lo llamaran Hefestos. Azazel también llamará a su hermana Naamá y le enseñará sobre el maquillaje y los ornamentos, su mismo nombre lo dice «ornamento externo». Por otro lado; está Lamec con su otra mujer Ada, quien tuvo dos hijos destacados llamados Jubal: padre de las tiendas y mercados donde se consume carne, lo cual es pecado ante el Creador, también por ayuda del Vigilante Baraquiel que le enseñará sobre la agricultura. Por otro lado, está Jabal: quien será inventor de instrumentos musicales; los cuales le enseñará el terrible Semyazza el jefe de los Vigilantes, al cual se le hizo una puerta de piedra caliza y barro con su petroglifo tallado en piedra con su tropa de ángeles, que hoy en día es conocida como la «puerta del sol», en Tiahuanaco. Los Vigilantes hicieron un juramento, y parte de su información está en el monte Hermón, donde hicieron su pacto. Que en un futuro será cubierto por nieve, ahí estará el tallado en piedra, en un idioma nuevo que los humanos llamarán griego —profetizó Enoc.

—¿Qué pasará con toda esa información padre? ¿Cuál es ese monte? ¿Qué pasará con los Vigilantes? Esas insignias de las cuales has estado trabajando, ¿servirán? —preguntó Matusalén insistentemente.

—El monte Hermón es un lugar hermoso donde el roció del creador renueva las plantas de ese lugar, el monte santo del Creador, profanado por los ángeles caídos y los Vigilantes, ahí es donde el primer ángel llamado Lucifer el más bello de todos era encargado de cuidar el monte de Elohim. Hasta que un día su corazón se corrompió e hizo una guerra en el cielo, donde fueron expulsados la tercera parte de los ángeles. Semyazza conoce la fuerza secreta que existe en ese monte, donde yo Enoc y tú, hijo, hemos protegido.

Yo Enoc constructor de Guiza guardaré este escrito en un lenguaje desconocido para la humanidad. Hasta que se pierda con el tiempo, pues todos hablamos este lenguaje, el único idioma que existe. Escribiré esto en piedras, temo el día en que caiga en manos equivocadas, por eso me alié con un semidiós llamado Toth quien es un gran sabio igual que yo, él se hará cargo de custodiar mi gran arma contra los Vigilantes, las insignias, también conté con la ayuda de dos gemelos más al Sureste y otros semidioses. En Atlántida guardaré los anillos, mientras en Lemuria, en su capital «La Ciudad de Nadie», guardaré las insignias e impedir que Tubal-Caín las tome y libere a las temibles bestias: el Dragón rojo, Leviatán, Ziz y Behemot. Pues el Creador me ha llamado para ir a su santo trono y desapareceré de este mundo y convertirme en un guardián de las regiones celestes.

Temo el día en que los Vigilantes resurjan de nuevo, temo el día en que estos dos linajes se enfrenten una vez más y formen otra guerra. ¿Quiénes serán los elegidos para derrotar las fuerzas del mal? ¿Qué linaje perdurará en el futuro? La chica de la profecía nacerá miles de años en el futuro, y cuando ella nazca liberará o castigará este mundo de los Vigilantes. Que los Vigilantes tomen su castigo que merecen, en las prisiones eternas bajo la tierra. Yo Enoc procuro juicio de mi boca: he aprendido todo de ellos y he comprendido que no hablaré para esta generación sino para una lejana que está por venir.

22 de Enero de 2022 a las 03:03 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fallen Angel
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