Varma: Los demonios del fuego blanco Seguir historia

ce_y_ene Cyn Romero

Una noche, Deval vio venir el gran fuego blanco desde el cielo. El fenómeno marcó su alma y le dio el poder de llamarlo, para volver a través de sus manos. El rayo es un misterio que surge de sus dedos, lo llena de curiosidad y lo obliga a callar, por miedo a las supersticiones que hablan de demonios de las tormentas. Pero cuando la chica que le interesa le pide que le enseñe a producirlo, él no puede negarse. El problema es que no se puede enseñar lo que no se conoce, y su prometida comienza a sospecharlo. Las mentiras crecen, así como el temor a perderla. Además, otra joven ha aparecido en la capital, diciendo saber sobre su secreto más que él. Los cambios en la vida de Deval podrían seguir, justo cuando él pretendía dejarlo todo como estaba.


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Cero: Montaña de promesas

Si tengo que ser sincero, no sé adónde se remonta el comienzo de esta historia. Sé que pude haber evitado todo este lío dando un paso al costado en algún momento, pero no logro identificar cuál. O es que no quiero renunciar a lo que más amo en nombre de mi tranquilidad. En la vida, una cosa está tan ligada a las demás, que es imposible desear que una desgracia no haya ocurrido sin quitar de nuestra existencia alguno de nuestros mejores momentos.

En realidad, sí se me ocurre algo. Puedo pensar en una noche en particular que se acerca a esa noción de «si no hubiese estado allí...». En fin, que si vinieran los dioses y la borraran junto con sus consecuencias, mi vida no hubiese estado tan revuelta.

Mi nombre es Deval Khan y fui uno de los tres locos que ingresó a Bunhal, la ciudad independiente, y armó el lío que nos llevó a la Rebelión Alada y el cambio de rey en Daranis hace dos años. La noche a la que voy a referirme no es la que llevó al enfrentamiento con Savir, el tirano que nos sacamos de encima. Es otra, muy posterior a ésa.

La recuerdo muy bien. ¿Cómo no hacerlo? Si entre los poderes del fuego rojo está el grabar las cosas, moldearlas para convertirlas en algo que luego no podrá ser deshecho. En los hechiceros elementales que lo utilizan, como yo, esto se traduce en una memoria detallada. Lo cual es algo muy útil para la vida cotidiana, pero puede convertirse en una tortura.

Era casi primavera y, en los pueblos de las montañas del este de Daranis, la costumbre era armar grandes celebraciones en las que casaban a todos los jóvenes que cumplían edad suficiente. Es decir, diecisiete años; en algunos casos se tomaba a muchachas de dieciséis. No me pregunten a mí qué criterio usaban y menos si estaba de acuerdo con eso, yo tenía veintidós y todavía estaba soltero.

Hablo en pasado, porque de a poco las costumbres se van haciendo más flexibles y Nimai Segundo, el nuevo rey, ha ordenado que la mujer daraniense que no desee casarse puede decidir no hacerlo. No es para reírse, antes no teníamos ese tipo de leyes. En reinos más extravagantes, como la tierra en la que nací, Suryanis, hay mujeres en el ejército, incluso algunas que gobiernan ciudades. Pero ellos tienen menos peleas internas de las que ocuparse y se escuchan más, por lo que pueden dedicar su tiempo a mejorar la calidad de vida de sus habitantes.

Esa noche, yo había terminado con mi colaboración en uno de esos pueblos del este, Suhri. Me había visto arrastrado hasta allí por la noticia de que un demonio se había apoderado del lugar y nadie podía entrar o salir. Había resultado ser un genio que solo quería hacer escándalo y quedarse con todas las chicas bonitas. Pudimos liberar a esas muchachas, que volvieron a darle vida a aquel pueblo tan castigado. Los ancianos que habían invocado al genio fueron apresados, por lo que el pueblo quedó sin autoridades y debí hacerme cargo del Palacio del Concejo, hasta reunir uno nuevo entre sus habitantes. Era el representante del rey y no podía hacerme a un lado, así que analicé la situación, llamé a varios sectores de la población y me mantuve ocupado por una semana.

Hasta ese día, en que me pareció que las cosas ya estaban en orden y podía marcharme en paz, de vuelta a Varma. No sé cómo me dejé arrastrar a esa fiesta cuando bajó el sol.

Así que ahí estaba yo, el nuevo general del ejército de Daranis, sentado en los almohadones rojos y morados de la sala más grande de la mansión Sidhu. Las bandejas de comida de los sirvientes iban y venían, los invitados más inquietos ya estaban moviéndose al ritmo de la percusión y las flautas de la banda ubicada en un rincón. Yo no podía apartar la mirada de mi único interés en ese pueblo.

En medio del lugar, bailando como si no hubiera un mañana, estaba otra de las responsables de ese asunto. La dueña de mis ojos, la única a la que una vez rendí una bolsa de monedas por el gusto de verla sonreír ante un espectáculo de juglares. Nirali Sidhu.

Todavía no podía creer que nos hubiéramos reencontrado.

Asistí a la mansión de los Sidhu por idiotez. Bien podría haberme negado, en favor de alguna invitación de otra familia más importante. Si bien ellos eran influyentes, tenía unas cuantas opciones más para evitar encontrarme con mi tormento.

No voy a mentir, estaba muriendo de ganas de verla. La tenía tan cerca, después de dos años de esperarla en vano en la capital, que no me importaba haber sido plantado. Mi dignidad era una vocecita débil, al fondo de mi cabeza, que me rogaba que la ignorara. La sepulté bajo el ruido de la música, el humo de los narguiles y, para rematar, la ahogué con algo del vino de la zona.

Ella estaba hermosa... ¿para qué voy a repetirme? Cada vez que recuerde alguna de estas ocasiones, voy a decir lo mismo. La habían vestido en amarillo y dorado, la habían llenado de brazaletes y le habían hecho una trenza decente en su cabello oscuro, con la que ella jugaba de manera inquieta. Habíamos crecido, los dos. Ella estaba más esbelta que cuando participó en la Rebelión Alada, ahora tenía dieciocho años. Para mí, no dejaba de ser bajita y escuálida, pero la curva de su cintura se insinuaba mejor debajo del sari y su mirada avellana tenía una agudeza de la que antes carecía.

Temí verme como un viejo a su lado, pero apenas me encontró entre la multitud, ella corrió a saludarme, con la misma sonrisa chispeante de siempre.

Sentí una bandada de pájaros levantando el vuelo en mi estómago, cuando se acercó y me inundó su perfume a lirios. En ese momento no me daba cuenta, pero estaba muy ansioso.

—Bienvenido a mi casa, Deval —dijo, y el brillo en su expresión me pareció contagioso—. Haz de cuenta que esta es la primera vez que la ves y olvida el estado deplorable en el que la encontramos por ese demonio.

—Ni hace falta que me lo pidas —contesté—. No pienso mencionarlo. No conocía el lugar, por si alguien pregunta.

—Así se habla. ¿Bailamos?

—¿Es broma?

Rechacé la posibilidad, por reflejo. Lo cierto es que en el instante en que lo dije, lo lamenté. Ella se encogió de hombros, sin perder el aire travieso.

—No me culpes por intentarlo. Disfruta de la comida. Yo misma ayudé a hacer el té de la entrada.

—Felicidades a quien te haya convencido de hacerlo —exclamé, sorprendido.

—Se las daré a mi hermana, gracias —reconoció, con una carcajada—. Si no vas a bailar, me retiro. Te dejo con tus conversaciones importantes, gran señor.

—Ve. Irrespetuosa —gruñí, conteniendo la risa.

Al día de hoy, no sé cómo hice para estar relajado y tontear con ella como si solo fuese un conocido. Como si no le hubiera propuesto matrimonio en la misma puerta de Suhri.

Ella me había rechazado, pero yo le había entregado la sortija, de todas formas. Más tarde, cuando Nirali supo que las muchachas atrapadas por el genio estaban vivas, se apresuró a encerrarlo, en el objeto-portal que tenía más a mano. El anillo. No había botellas ni lámparas a la vista. Solo podía utilizar la piedra de mi regalo, como abertura para atraparlo.

No la culpé. Pero aquel anillo significaba algo. Mi esperanza había terminado de romperse.

Debía ser un idiota por seguir allí. En la mismísima casa de los Sidhu. Sin embargo, no tenía fuerzas ni ganas para alejarme. Para dar ese paso al costado del que hablé antes. Este es el momento en el que podría detenerme y pedir a los dioses que lo borren todo. Si mi orgullo me lo permitiera.

Enfurruñado, esa noche vi bailar a Nirali con su hermana, con sus primos, con algún nuevo miembro del Concejo, pero no me levanté del asiento junto a Kirpal Sidhu. No quería volver a ilusionarme con ella en vano. Debía salir de aquel pueblo con mi imagen intacta. Entonces, en medio de alguna conversación aburrida sobre leyes de comercio y los cambios con la introducción del pueblo sobrenatural a los súbditos daranienses, me vi sujetado por mi tormento otra vez.

—Padre, te robo a Deval un momento —anunció ella.

—¡General Khan, hija! —la corrigió el hombre, entre risas.

La dejé llevarme, sin decir nada. Sus dedos quemaban sobre la manga de mi traje. Mi corazón dio una patada a mis costillas y rogué no tener que seguir los pasos intrincados de la danza regional, porque iba a hacer el ridículo. Pasamos de largo a los bailarines y la orquesta, para terminar en el patio, junto a una de las tantas fuentes de agua y plantas de enredadera que cubrían las columnas.

—Dime que todavía lo tienes —me asaltó, junto a la puerta.

—¿Qué cosa?

Ella vio el anillo, que colgaba de mi cuello en una cadena.

—Esto. Dámelo.

Me sentí incómodo. Solo se trataba de eso. El objeto-portal que había salvado a Suhri del demonio Uday.

—No es tan fácil —protesté—. Ahora es una responsabilidad y...

—Ven.

En medio de una conversación con su hermana, Nirali había sacado el tema del anillo que yo había comprado mientras la esperaba en Varma. El mismo que para entonces llevaba encerrado al genio que casi había acabado con aquella población. La sacerdotisa había jurado convertirse en la guardiana de aquel objeto, para que nadie pudiese utilizarlo en una invocación. Me negaba a permitir semejante cosa.

—En esta familia toda palabra se graba en piedra, general —explicó Madhu—. Podemos encargar a mi padre otro anillo igual, si lo desea.

Ese argumento me era conocido: promesas grabadas en piedra. Yo pensaba igual. De pronto, la terquedad me abandonó y la tristeza vino a llenarme despacio, como el agua de una fuente. Ya no tenía nada que hacer con aquel anillo. No me pertenecía.

—No es por eso. Mi palabra también tiene valor, así que las entiendo —expliqué—. Pero el anillo es de Nirali ahora. Ella es quien decide.

Y Nirali no tardó dos segundos en tomar el objeto de mi mano, para ponerlo en la de su hermana. Mi dignidad dio un aullido doloroso, mientras caía, herida de muerte.

—Bien. Ahora es tuyo, Madhu —anunció mi tormento, con alegría—. Cuídalo bien, porque no creo que volvamos por aquí en un tiempo.

Quería huir de allí. Bien, este es otro momento en que debí haberlo hecho. Ahora, ¿de qué sirven los "hubiera"?

—Si me disculpan —murmuré, emprendiendo la retirada.

Pero Nirali me detuvo del brazo y comenzó a hablar de una forma atropellada. No la entendí bien en medio del ruido y de los gritos de mi orgullo, que me ordenaba que mandara a ese pueblo de campesinos al quinto infierno.

—Espera. Ahora tú, tendrás que hacer valer tus palabras también —exigió—. O lo que no dijiste pero sí dijiste al entregarme esa sortija.

Hice lugar en mis pensamientos oscuros, con esfuerzo, para volverme hacia ella.

—¿Cómo?

La miré, intentando descifrar qué me había querido decir. La sacerdotisa de los Sidhu pareció captar lo que ocurría al instante.

—¡No vas a hacer esto aquí, sin la familia presente! —gritó, en un arrebato de emoción que me hizo sospechar algo—. ¡Papá, mamá, vengan!

Entonces, la comprensión llegó a mí como una lluvia tranquila, luego de un verano insoportable. Madhu nos dejó solos por un momento, junto a la puerta que daba al salón y sobre el jardín descuidado de la enorme casa.

—Oh, dioses —murmuré, al darme cuenta de que la calidez en las manos de Nirali no había abandonado las mías desde hacía un buen rato.

—Mi respuesta es sí —contestó ella, a la pregunta que jamás le había podido hacer—. Lamento haberte hecho esperar en la capital. Estaba confundida.

La vocecita en mi cabeza lanzó una risotada irónica, aunque volví a sepultarla debajo de mi propia felicidad y sorpresa. Temía hacer una pregunta, por si confirmaba que estaba en un error. Sin embargo, todo indicaba que ella estaba aceptándome como su esposo. Y aquí es cuando digo que apartarme hubiera sido mejor, pero me niego a renunciar a lo bueno.

Estábamos empezando de nuevo con un juramento. Lo nuestro era una montaña de promesas sin cumplir. Como la que hice al conocerla, de que iba a asesinar a su maestro, mi ex compañero traidor Sarwan. Como la que hizo ella, en Bunhal, de venir conmigo a Varma y aceptarme como su mentor si sobrevivíamos al enfrentamiento con el otro rey.

Por supuesto, no pensé en eso en aquel momento. Estaba encantado de poner otra piedra más en el montón. Realmente creía que esta vez iba a funcionar.

Los Sidhu llegaron junto a nosotros, en medio de un alboroto de planes y sugerencias. Yo no podía encontrar las palabras, no me salía decirle a mi amor todo lo que había imaginado para ese momento. En lugar de eso, sonreí como tonto y entrelacé sus dedos con los míos.

—Dioses. Ahora sí tendré que encargar otro anillo —fue lo único que me salió por la boca.

El aire se llenó de exclamaciones de alegría y felicitaciones. Nirali me sonrió, también, con una sonrisa tímida que me llenó de ilusiones. La felicidad empezaba a alcanzarme, de a poco, como los brotes de flores blancas que aparecen en todo Varma para la primavera.

Al final, seríamos parte de esa ceremonia cursi y anticuada de los jóvenes casándose en masa, en un ritual al aire libre, dentro de un mes. Era lo más estúpido que podía ocurrirme, lo más indigno de mi nueva posición. Los nobles estirados de la capital se partirían de la risa al saberlo. Igual, moría de ansias de que llegara el momento.

—Me basta con el otro regalo, el más brillante —admitió Nirali, en un tono que presagiaba más travesuras—. Vas a tener que enseñarme a invocar el rayo.

Al oírla, una grieta enorme partió mi felicidad. Y aquí fue cuando empezaron los problemas, si lo pienso mejor.

La invocación del rayo era una historia que no me interesaba sacar a la luz. No podría hacerlo, ni aunque hubiese querido. Ella me había visto utilizar el fuego blanco en Bunhal, la ciudad independiente, cuando nos defendimos de los monstruos del rey invasor. Pero nunca me oyó decir que supiera cómo. Hay cosas que hacemos, están en nosotros y no tienen que avergonzarnos ni enorgullecernos, porque nos acompañan desde siempre. Como un brazo, o una pierna. Así era la llamada al rayo para mí.

Sin embargo, podía ver el entusiasmo en mi prometida. Mi prometida, mi Nirali. No era mía, nunca lo sería, pero la música era demasiado fuerte, la gente nos felicitaba, el aroma de las flores y las especias eran muy dulces. El momento era casi perfecto. Yo no podía pensar con claridad.

Asentí, con algún ademán impreciso, y me di el gusto de abrazarla mientras sus padres eran envueltos por los nuevos festejos. Empezaría a entrenarla, me casaría con ella y la llevaría a Varma lo más rápido posible. Luego, con el tiempo, se me ocurriría algo. Mientras tanto, lograría que Nirali me amara tanto como yo a ella.

Y sí, estaba ansioso. Porque «casi perfecto» no era suficiente para mí.

Tal vez fue por eso que más tarde, al irme a dormir, volví a ver al gran fuego blanco venir del cielo.


* * *

Nota: Reemplazo el capítulo introductorio "El hielo en el lago" por éste. A los que lo hayan leído, supongo que reconocerán que hubo muchos cambios, más que nada en el enfoque del narrador. Esto de la primera persona es difícil para mí, pero me entusiasma intentarlo. Más con mi Deval.

Espero que les guste cómo ha quedado.


15 de Octubre de 2017 a las 03:27 4 Reporte Insertar 3
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Roxana B. Rodriguez Roxana B. Rodriguez
Lo había leído por tu blog, pero veo que no te había dejado ningún comentario por aquí y ahora que lo vuelvo a leer, tenía que hacerlo. ¡Qué encanto que es Nirali! Me encanta su personalidad y su manera tan peculiar de hacer cumplir las promesas. Es un gusto leerte.
27 de Febrero de 2018 a las 23:42

  • Cyn Romero Cyn Romero
    Muchas gracias por pasar a leer y comentar ♥ Es un gusto verte por acá. 12 de Agosto de 2018 a las 16:36
Eréndida  Alfaro Eréndida Alfaro
Dicen por ahí que no hay que decidir cuando estamos tristes, no hay que responder si estamos enojados y no prometamos nada cuando estemos felices. Alguien acaba de hacerlo muy mal.
15 de Octubre de 2017 a las 18:44

  • Cyn Romero Cyn Romero
    Cierto, el pobre no sabe cuánto *muajaja* ¡Gracias por pasar! ♥ 15 de Octubre de 2017 a las 22:02
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