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Patricia figueroa


Hace unos 4 años escribí esta historia, cuando me encontraba en mi país. Describo una de tantas situaciones a las que me enfrenté. Espero les guste.


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En un camión

Todas las mañanas uso el transporte público. Está de más decir que en Venezuela esperar

que pase un autobús se ha convertido en una verdadera odisea. Vivimos sumidos en tanta

decadencia que muchos transportistas se han visto obligados a retirar sus vehículos de las

calles. Otros deciden continuar trabajando con carros prestados, en igual o en peores

condiciones, todo con tal de llevar algo de comer a sus familias. Esta situación ha dado

como resultado una nueva modalidad de transporte público, "las perreras", impulsada por

personas comunes y corrientes que disponen de un camión y tienen ganas de trabajar. Estos

carros distan mucho de ser cómodos, algunos ni siquiera tienen asientos, techos o barandas

para sujetarse. Las perreras son instrumentos de supervivencia y tortura para nosotros los de

a pie. Trasladarse sumido en la incomodidad y un excesivo pasaje hacen la experiencia muy

desagradable; evidencia del grado de pobreza que existe en cada uno.

Me hallaba yo ensimismada en la rutina de la falta de carro, las largas horas de espera y la

incomodidad del transporte que no me había tomado la molestia de ver a las personas que viajaban junto conmigo; seres con necesidad imperiosa de traslado. Mis pensamientos

divagaban en quejas dirigidas a los que me rozaban, a los que me empujaban, a los que con

sus típicos aromas me impregnaban… hasta el punto de hacerme odiar ese momento, mi

mediocre vida, mi insignificante trabajo y el hecho de no tener auto propio.

Un mediodía cuando el calor y el sudor habían quitado en mí la frescura de un buen baño

dado antes de salir, tomé un camión tipo cava sin ninguna ventilación. El servicio se limita a un espacio con una entrada y unas tablas que simulan asientos. Me subí y al sentarme noté

las caras de mis acompañantes de viaje. Con el primer vistazo percibo que muchos van

harapientos y malolientes. Con el segundo puedo sentir la tristeza, el desgano, la desilusión y la resignación que inunda sus caras. Rostro que llevan a cuesta una vida de sufrimiento gracias a la economía que nos ha tocado vivir.

El colector es un viejo sucio y andrajoso. Pregona con falta de interés que el pasaje son 4

bolívares. Inmediatamente se escuchan murmullos de queja, muchos de los pasajeros no

tienen el pasaje completo. Y cómo los tendrían si en su mayoría son niños escolares,

uniformados con camisas sucias y bolsos de la bandera. Niños que cada cinco minutos

muestran la dentadura por los muchos bostezos. Se deja en evidencia el hambre y la flojera que los acompañan; de seguro no comen todos los días.

Un señor lleva en sus brazos a su pequeño, tiene los zapatitos rotos y la nariz mocosa, me

convenzo de que provienen de algún barrio polvoriento y charcoso. La expresión del

hombre es de desgracia, no la puede ocultar. Es un rostro que arrastra hambre, sueño y la

preocupación diaria de no saber qué le dará de comer a su familia. En eso se sube una

señora mayor con su respectiva bolsa de yuca. En el camión nunca falta el que sin parar

critica al gobierno, el bebé que llora y el de camiseta y gorra con aspecto intimidante, ese al

que todos tememos.

Comenzamos a sofocarnos cuando la entrada se sella por las personas que van guindando de

la puerta. «No cabe más nadie», me digo, pero el chofer no piensa lo mismo y sigue

subiendo gente y sigue forzando el destartalado camión y sigue presionando los humeantes cauchos.

Todos vamos a distintos lugares, pero nuestras mentes están unidas. Cuando levanto mi agachada cabeza me doy cuenta que mi expresión es igual a la del resto de los pasajeros: boca silenciosa y ojos expresivos. Ojos que hacen un llamado de auxilio ante tanta miseria, ante tanta desesperanza. Porque nuestras ropas se ha comenzado a desgastar, porque se han

curtido por la falta de detergente, porque nuestros zapatos se descocen y despegan por él mucho caminar, porque nuestros estómagos están vacíos. Sí, esas personas no me lo dijeron,

pero ya yo sabía que sufrían. Ya no se trataba solo de mí, se trataba también de ellos.

Dejé por primera vez mi incomodidad de lado y me enfoqué en que esas personas a pesar de su miseria tenían necesidad de llevar a sus hijos a la escuela; tenían necesidad de trabajar; tenían necesidad de recorrer las calles, no para buscar una vida mejor, ya aquí ni eso tiene cabida, sino para buscar un día mejor al anterior y no tan malo como el siguiente.

Esas caras eran retratos de expresiones de una mala noche, de una mañana triste, de una vida de tortura y frustración. Y entonces ya no me importó nada, porque ahora yo también

era parte del montón, era una andrajosa, una cansada, una con la bolsa de yuca, una

molesta... Porque me he convertido en otra venezolana que trata por todo medio sobrevivir a lo que ya parece insostenible y acabado. Y con la mente llena de pensamientos de las vidas

de otros, recordé que yo tampoco tenía él pasaje completo, solo di 3 bolívares, traté de no mirar al colector y me baje rápido del camión. Es que ni dinero tengo, porque cuando se trata de efectivo, bueno...

eso es otro cuento.

12 de Enero de 2022 a las 18:42 0 Reporte Insertar Seguir historia
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