1566617928 Francisco Rivera

Introversión al carácter del ser humano y su paralelismo sobrenatural en acciones de contenido común y corriente.


Paranormal Lúcido Todo público.

#-Introvertido #-Obsesivo #-Cuentodeunrasgo
Cuento corto
1
158 VISITAS
En progreso
tiempo de lectura
AA Compartir

En Confianza (Historia extensa)

1. En confianza

Desde hoy todo es más fácil para ti. Ahora juegas contigo y te digo que no te preocupes porque estoy muy feliz de estar en tu vida —, dice así el pequeño amigo de Lina.

En un suave desplazamiento, elegante y ponderado, recorre el recinto de la cocina -un centro de vida terrena-; y ya otea el devoto espacio; atrapa palabras que extrae de recetas mil de lejanos pasados, y se deja llevar por el acogedor aroma que reina en su propia dimensión culinaria.

Como el resto del hogar de los abuelos es etéreo, como sus espectros; dueños de aquiescentes sonrisas que cruzan entre ellos y él, reconocido como nueva generación de seres dimensionales que ascienden y descienden, se filtran por la unión de ángulos de ese lugar o bien, se entrelazan con las espirales del cocido del día, de la tarde o de cada noche.


Su manifestación interior lo convierte en un asunto de correr y recorrer años de sorpresas, donde todo conocer -antes que nadie, pero desde este- se escinde del asunto de un recuerdo de concepción materna y nacimiento de propio riesgo imbricado en ese ser proveniente de tal mujer.

Precisando en ese estado: hay fiel amargo desconsuelo y abrupto coraje del padre, desde el momento en que cambia el género al nombre del nuevo crío que acuna entre sus imponentes brazos de hombre de faenas rudas, broncas y feraces.
Entonces, el ente recuerda que deja atrás la evidencia de guisos y recorre el pasillo de diez metros lineales que separan ese microcosmos con respecto del gabinete paterno.


Ahora, en silencio unitario sobrenatural, irrumpe suave, cual honda eléctrica, sobre ese espacio de quehacer personal del caro progenitor.

Pasa por alto cada fotografía que deja evidencia de sus pasos de infancia y pubertad; adolescencia y juventud; madurez y prospecto anticipado de vejez a la vuelta de veinte años, que le restan de vida; en suma, de caprichos, órdenes terminantes y voluntad masculina sobre Lina y su madre.

Para llamar la atención de la introversión que oscurece el pensamiento de ella, el ente hace mohín recurrente cuando la vibración de la mente práctica y experta del padre lo enoja en grado superior, pues hasta hoy día, todo intento de asombro o espanto prodigado hacia aquél, no interfiere un ápice en su estado incrédulo en lo sobrenatural; no así, por ejemplo, en aquello que sea competencia, incertidumbre y desidia humana.


2. Lina

Lina, ni tan siquiera lo emula; sabe bien, desde siempre, que la dilecta amistad que existe entre ella y "Duendi" sólo es posible en la lectura de su mente; o bien, como esa mañana, en la plena manifestación del golpe provocador que derriba con estrépito una inaudita caída de objetos de adorno del librero de su padre.

Ese preludio de espanto hormiguea en un horror secular: se enreda en el cuerpo sólo para permitir abrazarlo, como de costumbre.

En ese nuevo episodio, un gato con problema inusitado lo observa con recelo y deja que avance su silueta; que se reproduzca en forma de anillo de holograma de ente de última generación, cuya respuesta no inhibe el clásico erizado de piel y pelaje, estirado máximo en comba icónica que torna a "Munición", en fiel reflejo de espanto y huida intempestiva.


El salto hecho desde el regazo de la chica, corta su amenidad de comensal y santa paz gatuna alterada: derrama refresco de cola sobre gran parte del vestido nuevo que luce ese día; atrevidas gotas salpican una hoja de notas y acordes de piano; la desgracia en conjunto encuentra fuera del atril de reposo, esa publicación con desdoro del papel pautado e incluso, deja manchas significativas en el sillón de descanso del padre, cual firma extensiva y desfachatada.

En su gran angular, el azoro de la vista infantil de ella contrasta con el desastre más grande y cumplido por intervención caprichosa de la entidad hacia ese insignificante minino, sentenciado en lunas nuevas anteriores, como parte del ritual consabido para instruir a la niña en sus subsecuentes enseñanzas de artes de negritudes menores.

Una vocecilla familiar ríe con malicia por detrás de su cabeza, y escucha, de modo suave, otro susurro que desciende desde la cauda de sus apreciables cabellos negros, que brillan con una aura de claridad arcana, mientras zumba en cada oreja, reptantes palabras depositadas, cual colgantes en sus respectivos lóbulos, donde se concentra y desaparece una siguiente consigna:


Te lo dije, Lina... quién molesta a "Duendi", no vive para contarlo... así que... !A-la-horca...! —, y de inmediato aparece a su vista un escenario de patíbulo; y nuevas figuras chinas representan el acto de un meloso gato que ha de perder la primera de sus siete vidas.

¿Acaso lo sufre ella, en todo lo interior de su personita?

¡Para nada!


En cambio, para el pequeño y gran duende, significa idear siguiente situación, por ejemplo, un ensayo espacial dónde recrear otro escenario -de una sola vez- en el que pague las restantes vidas de ex gran felino que, por cierto, ahora no es, y, por arte de metamorfosis ancestral, lo convierte en estado último de minino simple; gordo y ronroneado descarado y nada más...

En ese acto de sin embargo alguno, apela a un pasado encantamiento de gran maestro de la historia de su propia leyenda; aquella donde salva el pellejo de un magno tigre de Bengala, avistado por sorpresa fatídica dentro de un claro de selva.

El terrible rugido de bestia poderosa se encuentra en acto repetido de afilar sus garras sobre una parte de tronco de ceiba, derribado por molesta presencia humana en sus dominios -quizá una parte que no pudieron recoger y que yace en mitad de camino- siendo ahora centro de atención de la fiera: ésta ya olisquea esa anómala presencia que mezcla un propio estupor, enfado y muestra irónica del destino oscilante y escurridizo que deviene en la mirada de muerte inminente, para despedazar al intruso extravagante al menor movimiento de huida.


Pero algo ocurre desde el momento en que la bestia ataca, y se suspende su salto devastador -cual secuencia inmóvil de fotograma- en medio de otro intervalo de segundos, que sólo dejan escuchar forcejeos de furia y embestida hacia álgo que no es "Duendi": quizá su sombra; quizá su olor acentuado por siglos transcurridos sin baño e higiene de ninguna índole; quizá por algo que una y otro desconocen, pero que salva la vida por acción del conjuro concreto, preciso y certero desde el cual hace fama y gloria de gran transmutado en últimos segundos de lo inevitable.

Sobrevienen transcursos de segundos inmisericordes; brotan sensaciones húmedas de alivio y ese sudor baña la realidad, al mismo tiempo que se escucha lo siguiente:

— ¡Lina!

¿Por qué te proyectas de ese modo tan autodestructivo?

¿Por qué dejas sentir ese sufrimiento que no imagino y deseo? —, dice así, con acritud, mientras sus pequeñas manos se juntan para elevar invocaciones extrañas en idioma arcaico, propiciando intervenciones de druidas, como destejiendo una parte de leyenda inesperada:



3. Duendi

Nacido en Otranto, una gran armada moviliza escuadras españolas, venecianas y pontificias para vencer fuerzas turcas en Lepanto; alienta en 1571, sobre mareo en travesía, descubriendo un retoño casi del tamaño de un antebrazo corporal humano; en dicho arribo al mundo, su suerte de duende converso posee amuleto escondido en la defensa del esquife de la nave que opone lucha -cuerpo a cuerpo- y la madre pare entre fragores de batalla y arcabuzazos sin fin.

Ahí, "Duendi" llega a edad conveniente y toma rumbo de vida negra; sortea estancia en Mesina, donde cura heridas de todo el cuerpo y aprende la distinción de orígenes dudosos de contemporáneos que desbordan genio, mientras que en otro, separa candidez rayana de estupidez consumada.

Repele el fanatismo religioso, la fantasía con lagunas de ignorancia presente en seres humanos de todas las condiciones sociales; repudia el bautismo y esa absurda costumbre de dar el santoral del día de nacimiento, sin conocer nada del santo de cualquier devoción.


Encoleriza ante mudanza de condiciones de vida y magros alimentos; de menajes burdos y usuras familiares que lo condenan a estancias en cárceles, donde saborea pan duro y agua turbia: en ese momento consabe lo que es llevar vida menos monástica, pero posible.

Hidalgo por cada costado, se precia del "Gran Duendi Primero", fundante árbol genealógico que lo lleva a cursar un Liceo de Artes Negras; es personaje de vida y actos ordinarios de todo relato invocado; tampoco nombra a sus padres, hermanos y parientes cercanos y reitera su sino de cambio recurrente de domicilio, como de condiciones de existencia.

Autodidacta compulsivo, desarrolla y asciende en conocimientos y prácticas de Ciencias Negras Aplicadas; de ahí viene esa "hidalguía Noar" en línea directa del "Gran Duendi Primero"; milita en fuerzas del Orden Oscuro; asciende a Gran Prefecto de la Orden Sin Luz y celebra la facultad de cosificar su personalidad en objetos utilitarios, decorativos y suntuarios; es inveterado compulsivo-renegado de guardar secreto de prácticas de transformación de especie sub homo a bestia de cuatro patas.


En tal virtud, Lina se pregunta, sin gran aspaviento:

¿Dónde encuentra acomodo y sitio para llevar a cabo "un bajo perfil"?

¡Por supuesto: necia pregunta!

¿Estarían en desacuerdo, conmigo, queridos lectores, al estar aquí, en confianza...?

10 de Enero de 2022 a las 00:15 2 Reporte Insertar Seguir historia
1
Leer el siguiente capítulo Lina y Duendi

Comenta algo

Publica!
Francisco Rivera Francisco Rivera
¡Gracias por el desacuerdo! Espero que hayas disfruado la lectura.
January 10, 2022, 15:28
M M M M
Estoy en desacuerdo contigo, sin duda. Ya que estamos en confianza.
January 10, 2022, 01:27
~

¿Estás disfrutando la lectura?

¡Hey! Todavía hay 2 otros capítulos en esta historia.
Para seguir leyendo, por favor regístrate o inicia sesión. ¡Gratis!

Ingresa con Facebook Ingresa con Twitter

o usa la forma tradicional de iniciar sesión