La danza del carnero Seguir historia

anniearbelaez Annie Arbeláez

En un pueblo que se cree es de brujas está escondido un pequeño libro con el rostro de un carnero. Nadie sabe de dónde vino ni cuál es su historia, pero de lo que sí están seguros es que ese es uno de esos libros que no se deberían abrir jamás. ¿Qué sucederá cuando Verónica de Narváez lo use para curar a su amiga de una extraña enfermedad que la tiene al borde de la muerte? "Las brujas no existen, pero de que las hay, las hay" reza un adagio popular y, tal vez, ese viejo libro tenga algo que ver con eso.



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Capítulo Primero

El interior de la iglesia napolitana de la Inmaculada Concepción está débilmente iluminado. Las tres personas que esperan tímidas en los bancos de madera no pueden evitar escuchar los gritos de la sala contigua: «¡Maledetto!,¡Maledetto!». La voz obscena de una mujer mezclada con murmullos de ultratumba resuena con fuerza gracias a la acústica del lugar. La acompañan sollozos y golpes contra el suelo que evocan las patadas de una bestia. Un tenue coro mixto recita, atropellado, oraciones en latín. Alguien convulsiona y luego un breve silencio aún más aterrador que todos los sonidos anteriores.

¿Cuál è il suo nomme?― ordena la voz imperativa de una mujer mayor. Como respuesta un chillido que hace las veces de risa, la mujer repite la pregunta.

Yo te maldigo.

¡Diga il suo nomme!

La zorra de tu madre ―responde un lamento gutural que se transforma en un grito agudo. Un objeto pesado se estrella contra el suelo y alguien vomita de nuevo. Pasos apresurados. La puerta se abre y sale una monja sonriente, saluda a los presentes y continúa su camino.

El muchacho de la primera fila, que no alcanza la mayoría de edad, mira nervioso al suelo y luego busca disimuladamente la salida, como si quisiera escapar al menor descuido de su madre. Tiene un par de aretes de acero en su oreja derecha y bajo el labio inferior. Su madre es la mujer con el rosario que está sentada a su lado, lleva rezando desde que llegó. El joven no se ve muy cómodo, no le gusta estar ahí. Suspira y mueve las piernas con desgano.

La monja apura el paso para regresar con lo que parecen ser toallas limpias, hace un gesto con la mano pidiendo paciencia: adentro no esperaban que la sesión demorara tanto, pero ya están por terminar. Entra nuevamente a la habitación y un olor nauseabundo se cuela con el movimiento de la puerta. Ya no hay más sonidos, parece que todo el ajetreo del interior se ha detenido. El lugar permanece tranquilo por un rato.

Luego de un cuarto de hora vuelve a salir la misma monja, sonriendo.

—Es tu turno, Benedetto— se dirige al joven —Pasen, por favor― señala la habitación. La madre se levanta apretando las cuentas contra su pecho y Benedetto apura un último vistazo a la salida, antes de pasar por el umbral de la puerta que se cierra detrás de él.

Adentro de la habitación hay menos luz que afuera, la suficiente como para observar a las personas que allí se encuentran y al mismo tiempo entregarse en los misterios de la fe. La monja vuelve a su lugar en la pequeña sala que consta de un viejo sillón y tres pares de sillas ocupadas por igual cantidad de monjas y diáconos jóvenes que esperan las indicaciones de la mujer mayor. Al igual que ella, todos llevan en sus manos un rosario. El olor a desinfectante aturde los sentidos y se pega en la piel.

Buon pomeriggio, Lorenza— la anciana saluda a la madre con un apretón cálido. —Buon pomerriggio, madre Ferreti— devuelve el saludo con devoción.

Benedetto está acostado en la camilla, en el centro de todo. Una de las monjas, la regordeta, se levanta para sostenerle la cabeza y uno de los diáconos se acerca al costado para sostener sus manos como precaución, por si se pone violento. La madre del muchacho permanece de pie.

—¿Continúa il movimento de los muebles nella sua casa?— pregunta la anciana.

Si madre Ferreti, siempre en la noche― le responde apesadumbrada.

La respuesta le hace fruncir el ceño: después de casi un año de trabajos espirituales tendrían que haber cesado ese tipo de manifestaciones. Hace un gesto con la mano y Margueretta, la monja que los había hecho pasar, le entrega un recipiente con agua bendita. Ella bebe un poco y rocía a Benedetto con el sobrante. Traza varias veces la señal de la cruz sobre la frente del joven para luego golpearlo con la yema de los dedos.

—¿Cuál è il suo nomme?— pregunta acercando su oído a la boca de su paciente. No hay respuesta, Benedetto está incómodo —¿Cuándo hai entrato qui?— nuevamente silencio —¿Cuale sono le sue intezione?— el joven la mira inquieto —Con il aiuto di Juan Pablo II e con il aiuto della Virgen María libera a Benedetto— repite varias veces golpeándole continuamente la frente. Él suda y arruga el rostro con expresión de dolor. Agita las piernas frenéticamente. Los otros dos diáconos se apresuran a sostener las extremidades inferiores del muchacho para evitar cualquier daño que pudiera causarse a sí mismo o a la mujer.

—Libera a Benedetto— ordena Ferreti.

El cuerpo de Benedetto se rebela aún con más fuerza; su torso se retuerce. La monja regordeta se encarga de que no lastime su cabeza, mientras tanto, otra sostiene un recipiente por si el joven escupe o vomita, pero solo suelta gases. El ambiente se carga como si de una nube de tormenta se tratase; el aire se enrarece. Benedetto cierra con fuerza los ojos y permanece así durante un momento hasta que decide usar el padrenuestro para deshacerse de aquello que lo oprime por dentro. Lo repite tres veces o tal vez cuatro, está tan frenético que casi no se pueden distinguir las palabras que usa. Finalmente lanza un grito y se relaja de a poco. Respira con fuerza tratando de llenar nuevamente de aire sus pulmones. Ahora su cuerpo yace flácido sobre la camilla, ya no es necesario que lo sostengan para impedir sus movimientos. Todo ha terminado por esta ocasión. Aunque sabe muy bien que en dos meses, cuando vuelva, tendrá que experimentar nuevamente el mismo proceso.

Quienes están presentes rezan un avemaría y él los acompaña temblando, casi sin voz. Al finalizar la oración se sienta en la camilla con ayuda de los hombres. Busca de nuevo la salida con la mirada: necesita aire, quiere escapar de ahí.

—¿Si senti meglio?— él asiente con la cabeza, la garganta le duele por lo que prefiere no hablar.

Recuerde, Benedetto: un exorcista le aiuta, ma solo puede sanarse con la intervención de cristo. Rece todos los días, è l’única arma contra quello que porta— aconseja, severa, sosteniéndose en su bastón. Abre la mano del muchacho y le entrega una lista con las oraciones que debe realizar antes de su próximo encuentro. Con ellas mantendrá debilitado al demonio que lo posee y podrá llevar una vida normal.

—Madre ¿qué hacemos con los muebles?— pregunta Lorenza.

Acqua Bennedetta— responde estrechando su mano para despedirse. —Che il signore la bendiga e a su figlio también. Nel nomme del Padre, del figlo e del spiritu santo, Amén— hace la señal de la cruz con la mano y luego señala el camino hacia la sala de recuperación, donde estarán hasta que Benedetto se reponga del todo. Dos diáconos ayudan a caminar al chico que a duras penas se puede mantener en pie por sí mismo. Lorenza, por su parte, agradece varias veces a los presentes antes de retomar la oración que había interrumpido al entrar.

Una vez madre e hijo han desaparecido por la puerta de atrás, Stephanie Ferreti se deja caer en el viejo sillón. Observa el reloj y se da cuenta, con placer, de que cuenta con algunos minutos antes de su próxima cita. Una diminuta sonrisa de alivio escapa de su rostro arrugado. Aunque su mente es lúcida, los noventa y un años de vida le pesan en el cuerpo. Su oficio le ha dejado secuelas: perdió el ojo izquierdo, tiene paralizada la mitad de la boca, aún se está recuperando del golpe que sufrió en la columna hace un par de años y su cuerpo se la pasa cubierto de moretones y rasguños. Aun así está orgullosa de cada una de sus cicatrices. Aunque ahora está limitada y probablemente nunca se cure del todo, no se arrepiente de su vocación. Sabe que su papel es importante para la iglesia a la que sirve y para el mundo.

Sin embargo, es consciente de que su trabajo no es completamente apreciado: desde hace tres siglos la iglesia latina, al contrario de la ortodoxa y de varias denominaciones protestantes, ha abandonado casi completamente el ministerio del exorcismo por lo que el esfuerzo para formar nuevos practicantes de esta rama es poco y casi nulo. Ha sido principalmente debido a su propia insistencia que el oficio se ha mantenido vigente hasta la actualidad. De no haber sido por su intervención, que en algún momento llegó a ser pensada como «obsesiva» e «histérica», esta rama eclesiástica habría continuado su lento proceso de extinción. Incluso podría llegar a afirmar que, con la creación de la ‘Asociación Internacional de Exorcistas’ en los años noventa y los diferentes seminarios que ha dictado desde entonces en diferentes diócesis a lo largo del mundo, su quehacer está experimentando uno de sus mejores momentos.

Aunque nunca fue su intención, todos sus esfuerzos terminaron por valerle el título de «exorcista del vaticano» que ostenta en la actualidad y con él, muy a pesar de sus detractores, un poco de poder y respeto. Lastimosamente en un clero abiertamente machista, como lo es el católico, el hecho de que una mujer lograra llegar hasta donde ella lo había hecho suponía un enorme escándalo, lo que le había valido una serie de enemigos entre las ramas más conservadoras de la institución que hacían lo posible por sabotear su trabajo tachándolo de superstición y esoterismo. Los enfrentamientos constantes con sus colegas en este aspecto le causaban un agotamiento mayor que una de sus sesiones más difíciles. Sabía a la perfección que más de uno estaba a la espera de su fallecimiento para acabar con todo lo que ella había logrado obtener hasta el momento. Por eso pensar en su muerte era algo que la entristecía: varias veces al día se descubría sintiendo nostalgia de sí misma y de las pocas posibilidades que existían de que su legado la sobreviviera después de haber sido llamada por su señor.

A su edad, la conciencia de su mortalidad es algo que se lleva como un tatuaje y le hace preguntar, una y otra vez, cuándo y cómo será su fin. Imagina constantemente las posibilidades hasta el punto de sentir enemigos fantasmales acechándola desde lugares invisibles, cada vez más cerca; a un zarpazo de arrancarle la vida.

Alguien le toca el hombro y la hace estremecer. Es Bianca, la monja regordeta. Trae la correspondencia. Además de las tradicionales facturas, cupones de descuento y cartas de bancos ofreciendo tarjetas de crédito hay un pequeño sobre blanco escrito a mano. No hay forma de que confunda esa letra: el sobre fue enviado por Enrique Santos, uno de sus discípulos más preciados. Había vuelto a su país de origen hacía un año como enviado de la ‘Asociación’ para capacitar, promover, compartir y analizar las experiencias en el campo y así poder ayudar a su gente de una forma más eficaz. En el tiempo que trabajaron juntos -tal vez un poco más de tres años- lograron forjar una buena amistad basada en sus intereses mutuos que terminaría por convertirse en una relación casi familiar. No era de extrañarse, entonces, encontrarse de vez en cuando echando de menos al muchacho y anhelando alguna noticia suya que llegaba, por lo general, una vez al mes a través del correo electrónico.

Lo primero que encuentra al abrir la carta es la foto de un colibrí en pleno vuelo. Al reverso de la imagen la frase: «Para usted, que ama las aves» escrita con su característica caligrafía impecable. Luego de observarla con detenimiento, Ferreti la deja a un costado para retirar una hoja de papel, también manuscrita. Acomoda sus gafas y lee:


Mi muy apreciada madre Ferreti,

Es un placer para mí anunciarle que, después de muchas gestiones, por fin he logrado convencer a la comunidad eclesiástica de mi país sobre la importancia de nuestra labor y los beneficios que traería para todos organizar un simposio de exorcistas en la capital, como usted lo recomendó. Con esto quiero decirle que hemos sumado una victoria más a nuestra causa ya que la reunión se realizará en las instalaciones de una de las universidades más prestigiosas, ubicada a las afueras de Bogotá y nos dará acceso tanto a jóvenes estudiantes de teología -que podrán interesarse en nuestro oficio como proyecto de vida- como a personajes ilustres del clero colombiano.

Sin embargo, tengo que admitir que para hacer esto posible me he tomado serias libertades ofreciendo su asistencia como invitada de honor, aun conociendo cuán apretada es su agenda y el peso de sus compromisos.

El lugar es un pueblo pequeño y tranquilo que estoy seguro le gustará y en el que podrá pasar unos días serenos.

Para compensarla por los problemas que mi impertinencia pueda causarle me ofrezco como su guía personal y me comprometo a cumplir cada uno de sus caprichos entre los que, claramente conozco, se encuentra el avistamiento de aves.

¿Recuerda las excursiones que hacíamos en primavera solo para ver esos frágiles pajarillos que tanto le gustan?

Teníamos que escabullirnos para evitar que los demás se preocuparan por su seguridad y nos impidieran tomarnos ese descanso placentero y bien merecido antes de continuar con las sesiones de exorcismo programadas para el día. Le aseguro que fueron los amaneceres más bellos que presencié durante mi estadía en Italia. ¿Ha vuelto a ver aves desde entonces? Como la conozco sé que lo más probable es que aún no haya conseguido un nuevo compañero de aventuras tan agradable como su servidor.

Por suerte para usted, mi país se caracteriza por la diversidad de la flora y de la fauna, así que en nuestros tiempos libres podrá apreciar animales que nunca se le habría pasado por la cabeza que existían. La foto que envío con esta carta es una muestra del tipo se especímenes que va a poder admirar. Yo la tomé para que disfrute mis habilidades en el campo de la fotografía y conozca otra de mis loables facetas como ser humano.

Le ruego que vea este favor como una oportunidad de darse nuevamente un tiempo de descanso y de ayudar a un viejo amigo en la causa que usted misma inició.


La espero acá a fin de mes.

Envió el resto de la información a Margueretta por correo electrónico para que iniciemos las gestiones del viaje.


Muy emocionado con su visita,

Enrique Santos,

El discípulo que usted más quiere.


Al finalizar la lectura se queda mirando la pared, divertida. Una sonrisa se desborda por sus labios sin que ella la pueda detener, haciéndola ver macabra a causa de su lado paralizado ¿Cuándo fue la última vez que sonrió así? Dobla el papel y lo mete de nuevo en el sobre junto con la fotografía. Está claro que ese muchacho es alguien que sabe cómo salirse con la suya, siempre ha sido así. Ojalá fuera tan buen exorcista como lo es de carismático.

Observa como sus asistentes limpian diligentes la habitación eliminando cualquier residuo del exorcismo que acaban de realizar. Se da cuenta de lo exhausta que está y sabe que ellos se sienten igual. Aunque a veces se siente como una tutora carente sabe que darse un descanso o tomarse unas vacaciones es un lujo difícil de permitirse cuando se carga con el tipo de responsabilidades que ella tiene y eso es algo que todos ellos aceptaron al ponerse a su servicio. El solo hecho de plantearse un descanso es de por sí un disparate. Aunque para ser honestos, era algo que llevaba mucho tiempo anhelando.

Margueretta le recuerda que aún hay alguien esperándola afuera: es la periodista con la que habló hace un tiempo por teléfono y que ha venido desde el exterior para hacerle una entrevista sobre su trabajo.

Su corto reposo ha terminado, intenta ponerse en pie pero no puede. Amadeo, el más joven de los diáconos, tiene lista la silla de ruedas de la que depende en gran medida después del accidente que afectó su columna. Agradece a Dios por todo el apoyo que le dan sus discípulos y le pide al joven, con toda la amabilidad que le permite su carácter severo, que le ayude a llegar a su destino.

Al salir de su despacho encuentra que la periodista está parada en medio del altar.

Como había llegado con mucho tiempo de anticipación, luego de adelantar un poco de trabajo, decidió que era hora de levantarse de su asiento en la tercera fila para apreciar el interior de la iglesia, que tal vez nunca más tendría la oportunidad de ver en su vida. Luego de haber recorrido las zonas que más le habían llamado la atención, se encontraba ahora, de pie, ante la cruz, divagando sobre los muchos misterios de la existencia humana.

Ferreti se acerca con el fin de abordarla para sacarla de su ensimismamiento.

Bello ¿non credi?— pregunta.

— ¿Cómo dice?— responde sobresaltada.

—La cruz, è bella— repite, posando su mirada en el mismo lugar que la periodista. Solo obtiene silencio como respuesta.

Ante la incomodidad por parte de su joven interlocutora decide explicarse: —Prima de essere el símbolo de cristo, la cruz già era un símbolo de referencias conocidas nel mundo clásico. È un incontro entre dos líneas che representan la unión de puntos situados en universos lejanos. La sua forma spressa la concepción del cosmos che è entendido come los cuatro puntos cardinales, las direcciones della rosa de los vientos o la verticalidad del «axis mundi». È il ponte o escalera per acercarse a Dio, la relación primaria tra los mundos terrestre e celestial que funciona come la unión de los contrarios donde se ajustan el principio spiritual e vertical. En ella il cielo e la terra se unen de la manera más íntima posible per asociarse a los principios de la vita, la morte e la risurrezione. Per questi razones, la cruz è molto más que solo la representación de cristo: è una forma di relacionarnos con la spiritualitá. Eso hace che posea belleza ante mis ojos— concluye.

Es la primera vez que la periodista escucha algo como eso. Tiene toda la razón, la explicación le ha hecho ver al objeto que tiene enfrente aún más bello y místico de lo que pensaba. Voltea a mirar a la anciana y lo primero que nota es el parche que cubre el ojo faltante. Se arrepiente inmediatamente de haberlo hecho y deja caer su mirada al suelo. Sin embargo, al recordar que se encontraba en ese lugar debido al trabajo hace lo posible por disimular sus sentimientos. Se presenta ante las dos personas que tiene en frente: su nombre es Kristen y viene de parte de uno de esos periódicos estadounidenses de los que la madre Ferreti ha escuchado hablar pero nunca ha leído por falta de interés en las noticias ordinarias del mundo.

El día está pronto a llegar a su fin y por esa razón el tiempo apremia. Discuten sobre el lugar para filmar la entrevista y llegan a la conclusión de que el exterior es lo ideal, así que emprender el camino para aprovechar los últimos rayos del sol. Para entonces ya se les han unido el resto de diáconos y monjas al servicio de la exorcista.

Cuando llegan a su destino, Kristen acomoda el trípode con la cámara y pone un micrófono en la sotana de la anciana. Se dirige a dónde está el aparato y le hace una señal con la mano anunciando que está todo bien.

En este momento estamos filmando, madre. ¿Qué le parece si le hago algunas preguntas y usted va respondiendo? Eso me permitirá hacer un mejor trabajo cuando vaya a editar— pregunta.

Non vedo problema— le responde.

¿Qué le parece si empezamos con una presentación? Cuéntenos un poco sobre quién es usted.

Il mio nomme è Stephanie Ferreti e lavoro como exorcista nel vaticano― su voz es solemne, la misma que emplea al realizar sus rituales.

Eso es muy interesante, no hay muchos que puedan decir que comparten su misma profesión. Por favor, cuéntennos cómo llegó ahí…

Per accidente

¿Por accidente?

Prima de essere exorcista yo quería facere parte della política― cuenta. ―In quella época il mondo era molto stranio. Era la seconda guerra mondiale e Italia stava aliada con Alemania e con Japón. «El eje», era como nos chiamaban. Io non stava de acordo con nada dello che sucedía, por eso hacía parte della resistenza Italiana― se detiene un instante y lleva su mano al ojo faltante ―Luchábamos per un mondo migliore e fue así como conocí al diablo.

¿Al diablo? —la interrumpe la periodista, sorprendida con la franqueza de la mujer.

Sí. Verás, mio hermano había escuchado que l’impero Nazi hacía rituales esotéricos en busca de poder místico e fue así como, queriendo igualar fuerzas e prender parte della «guerra mágica», como se le chiamaba, decidió hacer lo mismo― hace una pausa, distraída ―Mio hermano fue la prima persona que exorcicé e la ragione per la que decidí seguire questo camino— se acomoda un poco en su silla para evitar que le duelan las piernas —Dopo di escuchar sobre el ritual realizado en Sussex l’inverno de 1940 per Aleister Crowley pensó che tenía la forza per potere imitarlo, pero él non era un brujo e tutto salió mal. Algo se le metió adentro e io non sabía cómo sacárselo. Fui alla iglesia, il sacerdote mi dico che io mentía; che eran creaciones della mia fantasía e parlo di un trauma per la guerra. Pero mio hermano era cada vez peor ¿Sabe cuánto duele ver a quien ama poseído per il demonio e la impotencia che tiene di che nadie ti creda? Inicié a investigar e encontré una solución en «Il Rituale Romano». Gracias a quel libro logré sacar quello che portaba prima di che él falleciese. Así perdí mi ojo e a mi hermano, che era mia única famiglia. Ese mismo año de 1954 me hice monja con el propósito di aprender lo necesario per aiutar a otros iguales a él e iguales a mí. Non fue fácil, io era mujer e io era una exorcista. Aquí non se vede bene che seas qualcuna de las dos. Per molti anni fui una burla per la mia profesión. A menudo era detenida en los pasillos e me preguntaban con voce burlona «¡Oye, Ferreti! ¿Cómo va la tu charla con tu amico imaginario? ¿Ti ha dicho come encontrar qualcun tesoro?» e cosas por el estilo, luego iniciaban a reír. Dolía, pero io gia conocía al enemigo, lo había visto alla cara prima di che mi arrancara el ojo della cuenca, por eso me dedicaba a mi lavoro, a hacerme más forte spiritualmente con ayuno e oración.

Imagino que debió haber sido algo muy difícil— comenta Kristen.

Lo fue, pero io tenía un propósito che era la promesa hecha a mí y a mi hermano mientras él agonizaba. Finalmente un día, en el año 1985 stava nel mio despacho cuando recibí una chiamata del Vaticano: el papa stava poseído e non sabían a quien más chiamar. Io stava molto sorpresa ¡La misma gente che mi detenía per burlarse era ora necesitando mi aiuta! E así fue como me convertí en exorcista del Vaticano e cinco años dopo fundé la ‘Asociación Internacional de exorcistas’. Aunque tiene che saber che aún no somos bien vistos en la iglesia, grazie a Dio il papa Francisco apoya a los exorcistas. Él sabe che il diabolo está in tutti parti e con tutta certezza sta nel Vaticano.

Lo che succede è che Satanás busca atacar, sobre tutto al papa: per quello che he experimentado en mis exorcismos sé che lo odia. Dopo di él, ataca a los cardenales, a los obispos e a tutti los sacerdotes e religiosos. Pero è normal, stamos chiamados a una dura lucha spiritual gia che il demonio quiere la muerte della iglesia perche es madre de los santos e para eso intenta usar a sus hombres en su contra. Io sé che sta aquí, camuflado. Puede reconocer la sua obra en quienes dicen parlar in nomme della iglesia pero en verdad están parlando in nomme del maligno.

L’incidente con mi hermano me enseñó che il diablo è una amenaza latente che la misma iglesia pareciera non querer tener en cuenta.

¿Por qué?— pregunta, curiosa, la periodista.

Suena un celular y Margueretta se aleja para contestar sin interferir con la grabación.

Él non quiere che parlemo de él, se esconde. Eso le permite actuar libremente perche non stamos preparados en su contro. He sabido de veces che ha encarnado humanos che desconocían la sua vera identidad. Eran personas poderosas, con la capacidad de influir nel curso della historia del mundo, ma non sabían che il male yacía en su interior. Eran líderes negativos per natura: non dovemo olvidar che il diavolo è mentiroso, e cada vez che encarne mentirá neccesariamente, incluso a él mismo. Cuando el demonio non sabe che es el demonio è inmune a los exorcismos. Él credera che è sempre bene e che hace lo correcto. A ese mal che crede essere bene hay que temerle más che a los brujos che lo invocan…

Madre— la interrumpe Margueretta con el teléfono en la mano. Luce bastante consternada —Tenemos que irnos ahora— insiste —Benedetto…— la voz se le corta mientras habla, por lo que decide inhalar fuerte para contenerse ¡Benedetto ha fallecido al lanzarse de un bus en movimiento!

27 de Septiembre de 2017 a las 20:03 5 Reporte Insertar 3
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Sr Snob Molinos Sr Snob Molinos
Jajaja que sorpresa encontrar en esta página una historia escrita por una mujer que no sea de amor. Me gustó mucho y está muy bien escrita, se nota que sabes lo que haces, te dejaría +10 pero esta página no funciona con puntos. Me alegro de tener en esta página escritores de tu talla, saludos.
30 de Septiembre de 2017 a las 22:43

  • Annie Arbeláez Annie Arbeláez
    15 de Octubre de 2017 a las 11:31
  • Annie Arbeláez Annie Arbeláez
    Varias veces he leído tu comentario y varias veces he tenido la intensión de responderte, pero te digo la verdad: me dejaste sin palabras. Gracias por creer en mi y en mi trabajo, gracias por pasarte a comentar. No tengo muchas palabras para decirte lo que significa para mi este tipo de mensajes :) 15 de Octubre de 2017 a las 11:36
Valentino - Valentino -
Excelente historia. Magistralmente narrada.
27 de Septiembre de 2017 a las 21:14

~

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