1566617928 Francisco Rivera

Serie de Horror Citadino con inicio de relatos sobre aspectos indeterminados de la Ciudad de México... ¿Gustan hacernos compañía... El horror lo agradecerá...


Horror Horror gótico No para niños menores de 13.

#-Maldiciones #-Ente
Cuento corto
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Un ente sobre Catedral... y otros relatos.

1. El ente se posa sobre Catedral..

Un ente se posa por distintos elementos constructivos de la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México.

Es una remota censura a la sede del poder eclesiástico de aquella ciudad del siglo XVI.

Desciende de súbito a la planta basilical y descansa breves momentos en cada uno de sus cuatro torreones que rompen o rasgan los extremos del aire diáfano que arremete en esas alturas, sin molestar siquiera la piedad católica de la feligresía que entra o sale de su interior, como también de la que transita sobre su frente, demostrando santiguos de respeto y homenaje en señal de la cruz.


Tras esos modos de santiguarse ante su fachada, ya molesto y en ulular de desaprobación, se dirige a la techumbre de madera que la cubre.

Desde ahí ríe con malicia, aprobando la pobreza que la corona, pues sabe que resta importancia al conjunto de lo construido.

A su ardiente entidad le regocija, en más algo que no ignora: que ese estado construido resulta desdoro inevitable al carácter general metropolitano de sus habitantes.


Tampoco ignora cuánto se debate -por ciertos interesados y devotos extremos-, respecto de superar tan ruin arquitectura de conjunto; tras esa cavilación, se decide en mejor momento -a su pesar maligno- ante la idea, para él, bastante molesta, la de proponer y proyectar una nueva y suntuosa catedral que se asemeje a la de Sevilla.

Este demonio no deja de mostrar tampoco más aspavientos de maldad desde el momento en que sabe en su voluntad luciferina, que la voluntad de creyentes a toda prueba ha de soportar el proceso de edificación de su arquitectura religiosa, ocurriendo esto, entre 1562 y 1813, todo lo cual significa que hay más penas que goces en la dilatada progresión que concluya, por fin, lo que se encuentra aún inacabado.

El ente, en esos doscientos cincuenta y un años, se mofa sin medida y se dispone a maldecir la iniciativa de los creyentes interesados en participar en el realce del edificio.


Así testimonia el concurso de arquitectos renombrados como por ejemplo, un tal José Damián Ortiz, fiel intérprete de lo que hasta entonces se ha edificado, y aún en más, contradiciendo al ente su diabólica voluntad de tener menor rango entre los de su jerarquía, ve cómo se emprende la construcción de los remates en forma de campana de las torres que la adornan; también, cómo apuntan tales elementos, -si bien, algo señeras, por cierto-, a los cielos abiertos de la Plaza Mayor de la Ciudad de la Nueva España que se transforma gradualmente, lo que irrita a esta pequeña majestad encornada, que no para mientes para soltar improperios, todo el tiempo, mientras se le permite estar en dicho lugar.

Pero la vida de este siniestro personaje no alcanza a apreciar más mejoras que las que se pueden llevar a cabo, y su entidad sobrenatural reluce en su condición de demonio sempiterno, alcanzando fuegos tronantes en la cornamenta aún pequeña que lo delata.

Con gran molestia, ve que se abre paso también, a un sustituto renombrado -Manuel Tolsá-, quien contra todo pronóstico del averno, culmina la obra y confiere esbeltez a su cúpula; luego, a la caja del reloj sobre la que se advierten las esculturas de las virtudes teologales y por consiguiente a la hermosa balaustrada con la que esta Catedral adquiere su estilo unificado, elegante e icónico.


Furioso hasta el delirio, revolotea como viento inesperado que se arremolina sobre el costado norte que, andando el tiempo, ha de ser el Zócalo Capitalino.

Sin poderlo evitar menor rabia demencial, no alcanza a detener los límites de su malestar en tanto continúa fluyendo el paso del tiempo; sabe bien que deberá solicitar renovado permiso para tratar de detener cualquier reparo, cualquier mejora en toda la arquitectura que impida que ésta cobre fama en el continente americano, pues no debe hacer excepciones, incluso ante lo construido ya, en la vieja Europa.

Ahora debe contemporizar con su reconocimiento de ser rebasado ante el monumento que está llamado a ser uno de los más representativos del futuro que se presenta ante su vista: la del Centro Histórico dela Ciudad de México, mismo que pasará a guardar la denominación de la Antigua Ciudad de los Palacios, homenajeada por Alexander von Humboldt.


Sin duda, queda en su haber de esencia diabólica inconclusa, el no poder evitar -por un lapso de siglos o momento de tiempo infernal- la prolongación de la dilatada construcción de esta obra; y, sin parecer importarle muy poco el compendio arquitectónico que contiene en sus estilos, hace solaz supletorio cuando intenta por segunda vez hacer siguiente expansión de la falsa creencia de que es posible -y rápido- entorpecer las vidas, los destinos y los sinsabores de mayores avatares que retrasen esa obra, a cómo sí lo ha sido durante los años últimos de la época novohispana.

Antes de remontar su vuelta al inframundo, deja una constante de despecho hiriente, no menos mordaz:


"...esta Catedral Metropolitana, a fe mía, y por permiso del Maestro, ha de recibir restauraciones integrales, sin cuento; y estará condenada a no tener término alguno, excepto porque sólo a condición de que Nuestro Ángel Descendido, ordene lo contrario... y la obra continúe perjudicándose, al menos, en un lenta e inexorable hundimiento de sus cimentaciones...".



Historias vernáculas de orígenes primeros

Sin acertar a conocer la causa de la enfermedad de sólo existir, recurre a su alma para buscar remedio a viejos malestares espirituales.

Considera que cuenta con respuestas precisas sobre lo que conviene a su entendimiento.

Reconoce su oficio y sabe que acumula faltas invariables donde se arremolinan borracheras, hurto y carnalidades sin tregua.


Con necesidad de purga, es indiferente a la etiqueta de hacerse pasar por un individuo de grandes necesidades de redención múltiple.

Las faltas continuas de acusada idolatría y celebración de ritos, henchidos de supersticiones, agüeros, abluciones y ceremonias oscuras, las dedica a dioses arcaicos, lo cual le resulta un asunto impostergable e indeclinable.

La celebración festiva y empecinada de alabanzas, acompañada de sacrificios que aspiran a derramar sangre ajena, convierte en veneros que semejan aguas de holocaustos, donde parecen estar sumergidos inciertos y encarnados cautivos de guerra o esclavos cebados.


En ofrecimiento propiciatorio, a pie del altar y desde el degüello preciso de testas, sólo es acción anticipada por esa herida ejercida a tajo, desde la cual extrae, en otro movimiento, corazones bullentes que dedica a todos los rumbos del universo.

En ese lapso, corre alterno el acto de revestir en momento propicio la piel del desollado elegido; un honor inestimable y una íntima oportunidad de rellenar con su propia alma y ser, con quien habrá de bailar de manera incesante todo un día y hasta el amanecer siguiente.

Esa oportunidad resarce la ganancia de un espacio cósmico desde su propia permanencia en la tierra, pues donde vive comparte sus ritos en comunión que expresa en determinados cuadrantes del destino, mismo que ata a su lado -en sentido figurado-. a una rosa de vientos con que sella pactos terribles desde ese lugar correcto: un sitial para invocar a las antiguas deidades de la creación de todo lo existente.


Con tal alegoría e introspección, declara ignorantes dentro del momento, lugar y circunstancias a todos los testigos presenciales; éstos, separados de los que serán sacrificados, se limitan a ser conducidos bajo un respirar nervioso; son un ato de presa donde ondea un pánico que trasuda la señal de los últimos halitos de vida, comprendida así desde esa línea indivisa de segundos de muerte por llegar.

Los instantes de ese día propiciatorio continúan invariables y la gente se apresta a presenciar cómo esas vidas ajenas habrán de concluir, no siendo las suyas que se encuentran atentos a cuánto ocurre, desde esa fatídica comparación de desigualdades existenciales; y, sin mediar interferencias de ningún tipo, captan la continuidad de lo inmediato; lo que conforma los ciclos de vida que se abren con pena y pasmo ante esa realidad terminal que anida entre quienes atraviesan su momento de gran tensión: comprender que son parte del protocolo de idolatría en todo su sentido.

Son prueba de encontrarse mirando su sino incontrovertido desde el momento en que otros, y sus vidas comprometidas, han de ser colocados en la piedra de sacrificios.


Conciben en su mente ofuscada lo que esconde el secreto de su propio teñir de liquido vital que reclaman los dioses que nunca han visto; de saber que, como muchedumbre espectadora impropia, ya no pertenecen a la inicial congregación que observa, asustada y esforzada por tratar de conservar la gracia y sobre todo, esa densa dispensa humana ante la benevolencia de la sola presencia y ruta del señor sol, garante del diario vivir en una tierra lastrada por la amenaza de no volver a propiciar su recorrido cósmico.

Aun cuando en esta ocasión se conjura tal amenaza bajo un áspero silencio, incierta atmósfera cubre ese antiguo desconfiar; pues, en otro momento -si llegara a faltar el ansiado alumbrado del día a día a cómo prescribe el calendario devoto- no parece evitar, ni dejar de cumplirse lo que es destino y rueda de azar conjunta en cuestión incomprensible que favorece o desfavorece la suerte de los dadores de vida.

En ese marco de referencia, hombres y mujeres, adolescentes y jóvenes e incluso niños de ambos sexos, siempre resultan convenientes al caso, pues no ignoran tampoco que, llegado el momento cruel, alguno de todos habrá de contribuir a mantener la efímera vida en la tierra que los sustenta, pese a todo.


Luego, entonces, es el aire enrarecido que, hendido de acre olor, impone sello distintivo al acto ritual de acometida de la selección de seres humanos, conservados por espacio de un año justo, no ignorando qué deba ocurrir cuando se encuentren sintiendo la inexorable prueba de estertores de agonía y muerte irremediable.

De pesarosa confirmación de no impedir la continuidad de alumbramiento del astro rey; de ese volver a enceguecer a la muchedumbre devota que clama dentro de sus almas acongojadas y en su solo mirar desorbitado frente a esa endeble manera de ser y estar congraciados ante el ofrecimiento de toda inmolación no padecida en carne propia; no ignorando a su vez, que entre sus descendientes ha de haber tres, cuatro o más ofrecidos a la sed interminable de sus dioses y diosas, - que ninguno lo desea- pero sin evitar que llegue a serlo bajo el pesar de que ocurra el fin de los tiempos en que los númenes no se presenten de manera tácita e irremediable ante ese sacrificio ritual...

Ante todo esto, hago la siguiente pregunta al amable lector o a la atenta lectora:


¿Estarán de cuerdo, en verdad, de que, no todo pasado ha sido siempre mejor...?



Acotaciones 1

Durante años dedico esfuerzos sobre cómo ser pensante inconforme. Una asociación de ideas la reservo esta mañana. He ahí, un pensamiento insatisfecho.

Ante ese malestar proyectado en mi mente, me incorporo de la cama y me sitúo frente al espejo de hoja completa. Siento una carga en negativo que acalora mi ser; y la manera en que he de concebir el día, para atenuar esa molestia, me desagrada aún más.


Me inconforma la humanidad que ostento ante mi sola presencia; sin evitarlo, recuerdo que es la misma que muestro ante personas ajenas, como ante conocidas, con las que interactúo todo el tiempo.

¡Qué desgracia la mía!

Observo mi piel gruesa y recuerdo todo el silencio impersonal que se derrama sobre esta epidermis.

Odio lo oscuro pero me regodeo en lo siniestro, en la bruma azabache que recorre cada centímetro de esta piel erizada en este momento, por no sé que asociaciones arcanas se remueven dentro de lo que soy.


Me vuelvo a mirar y asumo que esta piel no vale la pena.

Extremo un cuidado para dar tono a la coloración de su pigmentación y me embadurno con cuidado con esa sangre que deposito en una bandeja de baquelita.

Sólo yo y mi circunstancia saben lo que ese líquido vital me proporciona.

Inicio la operación diaria y con trabajos cubro los pequeños colmillos retráctiles que muestro cual incisivos desarrollados un poco más largos que lo normal.


Me cubro poco a poco, yendo de abajo hacia arriba, como si estuviera cerrando una cremallera que guarda en su interior un cuerpo muerto que ya apesta.

El sabor de lo extraordinario es fiel reproducción en mi interior de los pasados siglos donde amontono antiguas tradiciones que semejan ataduras heredadas de mis ancestros y de sus venerables consejos.

En su recuerdo, aún no logo reducir mi férrea disposición a masacrar a quien ose colocarse delante mío. ¡Qué le voy a hacer, si así me criaron!


Tomo un respiro y recuerdo que me encuentro en el umbral de hacer el juego del "Uno a Uno", para abatir, desde ángeles a demonios; desde cobardes hasta héroes; desde pusilánimes hasta renegados de genealogías, como ésa última, la de la Cuarta Estirpe.

A esa experiencia salobre debo mis disconformes ideas.

Y, sí, sé cuán incorregible soy.

¿Es malo confesarlo a alguien, de manera abierta...?

¿Debo continuar callándolo bajo el simple pretexto de un siguiente dolor de cabeza?

¿Lector, lectora, tienen alguna excusa mejor y que me puedan proporcionar a la brevedad posible...?



Mío Caro Terror... 1

En atenta escucha de "Para Elise" ("Fur Elise") invade el ambiente el "Canon en D Mayor", y el aire se torna gótico, con arabescos de diabla turas que van despertando a los muertos, quienes sólo reposan tres metros bajo tierra.

En esta ocasión, los espectros venerables de los Maestros hacen patente su grave autoridad en la materia; así, Beethoven, Mozart, Bach, Pachebel, Chopin, Vivaldi y Wagner, aguardan la llegada de sus Pares: Tchaikovsky; Bizet, Offenbach, J. Strauss y Brahms.

En esta ocasión, descarnan cada crítica de torpes críticos, a los que habrán de tomar sus lugares de tierra baja.

Ensalza esta reunión, el Maese Aakash Gandhi, para interpretar "Til Death" Parts Us", donde las notas del violín penetran sobre las tumefactas carnes que abundan en colonias de gusanos esparcidos por todas las comisuras abiertas en lo que fue un hermosa risa y cuerpo de mujer, dormida para siempre, ante la irresponsable convocatoria hecha sobre la superficie de una Ouija.

Allá, en otro rincón del cementerio, los arpegios de "La Paloma", baten los aires del campanario de ese camposanto; se allegan los duendes de la floresta y unos machos cabríos se atreven a acercarse hasta los aposentos de la "Niña Blanca", para reverenciarla con sus cuernos semi circulares, pues son jóvenes ejemplares que posan y reposan, justo antes de ser sacrificados en otros momentos más propicios.

Esos ejemplares, dignos adornos de castillos semiderruidos de los siglos XI al XIV, alcanzaron a transformarse en seres de oscuridad que tomaron las iglesias que quisieron para enfocar su brujería en su interior y exterior, como resultado de acciones de inconstancia de otros malos ángeles y demonios que torna difícil distinguir por qué ha sido así, hasta ahora, y no de otra manera.

Los entendidos en estos asuntos no dudan en establecer nexos antiguos entre la brujería y los cultos más antiguos aparecidos en la humanidad.

Entre sortilegios y brujerías queda enmarañado el conocimiento reservado para los no iniciados; así, los prejuicios y las condenas a lo oscuro, se han mantenido a lo largo de la presencia humana en todos los continentes...

29 de Diciembre de 2021 a las 22:43 0 Reporte Insertar Seguir historia
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