RIP (relatos) Seguir historia

GabrielTovar Gabriel Tovar

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Suspenso/Misterio No para niños menores de 13.

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Implacable Muerte.

Observaba el movimiento pausado de las alas rasgando el aire. Enfrentando la fuerza de la gravedad, batiéndose en un arduo duelo con ella y escapando vencedores. Eran tan libres como el oxígeno que escapaba de los árboles, como la atmósfera que el ser humano aniquilaba. A lo largo de la historia siempre hubo un motivo para bañar el suelo con sangre. Religión, poder, riquezas, venganza, libertad.

Aquel día, el calor que emanaba del sol se atoraba en la maltrecha garganta, haciéndole desear no respirar. El sudor y la suciedad que cubría su cuerpo, se mezclaba con la sangre seca de las agrietadas manos. Las uñas fueron remplazadas por costras, laceraciones provocadas por cavar las tumbas de su familia sin más ayuda que su propia fuerza.
Observó los montículos en el suelo, arrodillado. Bajo él, descansaba un pequeño de tres años al que un día llamó hijo y su esposa. No estuvo para protegerlos de las múltiples flagelaciones que les infligieron. Ya no había vida en lo que quedaba en pie de su maltrecho hogar, lo convirtieron en ruinas, del mismo modo que su futuro.
¿Qué sentido tenía la guerra? ¿Qué fin podría esperarse cuando los culpables permanecían impasibles en sus casas? Lo habían herido, humillado y arrancado cada posesión. Lo único que tenía era el nuevo despertar que la providencia le había otorgado. Si era dueño de algo, sería de escoger cómo y cuándo poner fin a su aciago destino.

Secó la gota salada que caía sobre el párpado, arrastrando los pies descalzos por el empedrado ardiente. Apoyó la palma de la mano con firmeza sobre su estómago, tragó el aire viciado obviando la sed que sentía. El olor que emergía era putrefacto, la muerte corría en libertad a lo largo de las calles. El cielo era surcado por majestuosos cuervos, prediciendo el festín que iba a otorgarles. La hora había llegado, pronto se elevaría saboreando la libertad que le darían sus actos.
Detuvo los pasos frente a los verdugos, voces extranjeras le dieron el alto con gritos. Se arrodilló fingiendo pedir una clemencia que no deseaba, aquellos hombres podían tener rostros distintos, pero para él eran tan solo, culpables. Serían hijos, padres, esposos; no viviría para ver el futuro de sus acciones. Plantaría una nueva semilla de odio, para que las personas tuviesen la excusa perfecta para seguir destruyendo.
Rasgó la camisa de un solo tirón, descubriendo ante sus acompañantes el último as bajo la manga. La respiración se hacía entrecortada, los explosivos atados a su cintura clamaban por la detonación. La cuenta atrás estaba por finalizar. Tres, disfrutó el gesto de sorpresa de los enemigos. Dos, el horror dibujado en sus facciones. Uno, el intento fallido por huir. Cero.

12 de Septiembre de 2017 a las 17:17 0 Reporte Insertar 2
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