Mientras duerme el sol Seguir historia

roxanab Roxana B. Rodriguez

Francis, Johann y Maya son hermanos, brujos para ser más exactos. Su madre y su abuelo viven con ellos para entrenarlos y enseñarles el antiguo arte de la brujería, pues, a pesar de que viven una vida relativamente normal, algunos requieren de sus servicios para seguir con la normalidad de su vida, aunque viven en el anónimato. Nadie creería que los brujos y otras criaturas existen y ellos mantienen ese secreto. Más, su madre y abuelo les llevan guardando un secreto que los tres hermanos descubriran de la peor forma. Cuando alguien irrumpa en sus casas y deje su vida puestas patas para arriba y no les quede otra alternativa que poner en práctica todo lo aprendido para poder recuperar a su familia y la cotidianeidad de su día a día.


Paranormal No para niños menores de 13. © @roxanab

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Capítulo 1 — La magia nos complica la vida

Johann la esperaba en la puerta del colegio. Era siempre lo mismo, a pesar de que eran grandes ya, había cosas de las que había que cuidarse. Él había visto demasiado y su madre estaba demasiado inquieta últimamente como para tentar al diablo. Pero Maya era terca, era rebelde y no era para menos, si estaba atravesando aquella edad tan catastrófica para todos: la adolescencia. Y era peor en estos últimos días que mencionaban a su padre o a los nervios de su madre, terminando por tratarlos de locos a todos y yéndose a encerrar en su habitación. Pero sus hermanos sabían que aquella rebeldía no era buena y que a pesar de todo, debía seguir órdenes pues, era por su propio bien. Pero era difícil hacerla entender.


Miraba el reloj y a los demás alumnos salir hasta que una de las compañeras de su hermana se acercó a él para darle un mensaje: Maya se había ido. Volvería más tarde, así que podría irse antes.


Y casi tuvo deseos de darle la zurra de su vida. Pero debía encontrarla primero para recién hacerlo. Un par de preguntas y ya tuvo idea hacia donde se había ido: a la fábrica que estaba a unas diez cuadras de allí. Se metió por unos de los callejones para llegar más rápido allí, encontrándose a la joven subida al capo de un auto besuqueándose con un muchacho. Y no, no iba a permitirle eso. Sin pensarlo, lo quitó de un empujón y bajo a su hermana del auto dándole una buena reprimenda ahí mismo, no sin antes tener un retruque de su parte que pronto se haría un berrinche. Su novio intervino y eso no fue mejor, especialmente, para lo que vería en ese momento Johann: había una niña en la ventana de la fábrica y fue peor cuando la vio desaparecer, era un espíritu. Si algo podía mejorar la delicada situación y fase de rebeldía que su hermana menor atravesaba era sumarle un espectro.


—Hablaremos en casa, ahora, vámonos—.


—No quiero ¡déjame! No tengo por qué tenerte de guardabosques a mí alrededor. Vete—.


Y no tardó en intervenir el muchacho en defensa de Maya, alegando que nada le iría a pasar mientras estuvieran ambos juntos. Pero eso no mejoraba en lo absoluto el panorama: estábamos hablando de un hermano sobreprotector y el novio de su hermana menor. Obviamente, el primero no iba a ceder para que le pasara vaya a saber dios qué cosas a su hermana. No. No, no mientras él lo fuera a impedir.


Johann pensó la mejor manera de sacarlos de ahí, no contaba con ningún tipo de arma y conociendo a Maya, ya habría tirado su amuleto en alguna parte apenas su madre le hubo dado. Pensó en algo y no se le ocurrió otra cosa que cargarla cuando el sonido metálico hizo eco en el callejón: la niña estaba en el techo, junto al tanque. Le sonrió y pronto, vio el tanque de agua comenzar a rodar para caer: iba justo sobre ellos.


Les gritó que corrieran lo más rápido que pudieran y él los siguió, entrando justo en la bodega de la fábrica abandonada.


—Mamá te dio el amuleto por una buena razón ¿Ahora le crees?— respiró agitado mirando a su hermana serio luego de soltarla.


El muchacho que los acompañaba aún estaba asustado, sin saber qué diablos es lo que sucedía, pero tampoco habría tiempo para explicaciones de ningún tipo. Revisó que no estuviera y les dio la señal para salir y que corrieran lo más rápido que pudieran para dejar la fábrica atrás mientras él rociaba el polvo de alcaravea de su amuleto en el camino. Al menos, por ahí no iba a pasar.




El resto del camino fue en el más perfecto silencio hasta que cruzaron el umbral de la puerta donde ella empezó a cantarle sus verdades, o al menos, lo que ella creía que era correcto. Nunca le había gustado su vida entre magia, monstruos y problemas, porque era eso sólo lo que tenían de aquellos fenómenos: problemas.


—¿Sabes qué fue eso?— Ella se quedó en silencio mirándolo fijo —un fantasma. Maya, ya es hora de que aceptes las cosas como son. Y si te digo que debes quedarte con el amuleto, debes quedarte con el amuleto ¡maldita sea!—.


—Te vas con las locuras de mamá. No sé tú, pero yo quiero una vida normal. Sin toda esta locura de por medio. ¿Por qué debemos ser nosotros los que les hagamos frente? Ignóralos—.


—¿Qué hizo ahora Maya?— preguntó Fran al entrar a la casa, dejando su mochila sobre una de las sillas con total parsimonia.


Los tres cruzaron miradas y la menor de todo, resopló molesta y se fue directo a su habitación dejándolos solos a pesar de que Johann la llamó varias veces intentando que volviera y la escuchara.


Pero era difícil hacer entrar en razón a Maya cuando algo se le metía en la cabeza, no había forma de hacerla entrar en razón, ni si quiera su madre era capaz de llegar a ella en esos momentos, así que optaban por dejarla sola y esperar a que los ánimos se disiparan para poder hablar con ella de manera civilizada, lo que no resultaba fácil últimamente, que estaba casi tan inestable como su madre.


Fran suspiró sacando un cazo de sopa y colocándolo en el fuego a que se caliente mientras su hermano se echaba en la sala a ver la televisión. Aunque ambos pensaban lo mismo: no era capricho que se preocuparan por ella, debían ser consciente de que el mal rondaba por el mundo y no era tan fácil deshacerse de él en más de una ocasión, por no decir en todas. Lo malo de la magia que corría por sus venas es que tenían especial habilidad para atraer el mal hacia ellos. Su mare, Artemisa, siempre les decía lo mismo: la magia llama a la magia, más allá de que su cauce fuese bueno o malo, eran un igual. Y había aprendido a lo largo de su vida y de las enseñanzas de su padre que de eso no se escapaba.


—Así que tenemos un fantasma— dijo Fran sentándose en la mesa a comer.


La sala y el comedor eran una misma habitación tan sólo separadas por una división en el piso de cerámicos que era, cambiar de colores. El piso del comedor era azul mientras que el de la sala era de granito negro.


Johann asintió. Tendrían trabajo que hacer, así que apenas terminaron de comer, prepararon sus cosas para salir una vez más. Las armas, las hierbas y los conjuros que podrían necesitar esa noche.


Antes de irse, Francis fue a la habitación de Maya avisándole que iban a salir. No tuvo respuesta, más le pidió que tuviera cuidado mientras ellos no estaban. Así quedó sola en la casa hasta que su madre llegara o sus hermanos terminaran el trabajo antes.


La fábrica estaba a oscuras. Johann le señaló el lugar donde habían visto a la niña. Probablemente, había muerto ahí, así que simplemente, debían encontrar que era lo que la mantenía allí, atada a la tierra, lo que podía sonar fácil, pero nunca era fácil hallar las razones por la que los espíritus actuaban de la manera que lo hacían.


Estuvo un rato mirando al techo y sin contenerse más, tomó su bolso y salió a la búsqueda de sus hermanos. Sabía que todo aquello era parte de sus vidas. Habían entrenado de pequeños por eso, pero ¿por qué ellos? ¿Por qué era obligación de ellos salvar al mundo? ¿Por qué no podían vivir normalmente como cualquier persona? Su madre no tardaría en decir que ellos no eran como cualquier persona, más no la reconfortaba en lo absoluto. Maya quería una vida común y corriente, así de simple. Pero ¡no! Un fantasma tenía que aparecer a joderle la existencia. El sueño se su vida.


Llegó a la fábrica y escuchó ruidos. Pensó que probablemente ya la habían encontrado, así que entró a prisas o dañaría a sus hermanos sino. Sentía la adrenalina correr por su cuerpo y apenas vio a Fran estrellarse contra la pared, sintió la energía arder dentro de ella y vio al fantasma rodearse por las llamas aprovechó ese momento para rociar sal alrededor de ellos y socorrer a sus hermanos. Era por eso que odiaba esa vida: demasiados problemas, demasiado peligro, había que estar preparado siempre o acababan mal parados. ¿Por qué era tan difícil para ellos ser normal?


—No esperaba que te sumarás a esta locura—


—¿Dónde está Jojo?— preguntó preocupada.


—Buscando el cuerpo. Con suerte, está aquí—


Fue en ese momento que vieron a Johann volar por los aires y estrellarse contra unos cubos apilados.


Maya y Fran intercambiaron miradas y ya supieron que debían hacer: él iría por el cuerpo, ella se encargaría de Johann.


—¡Viniste al manicomio!— exclamó frotándose la muñeca golpeada, se la había torcido al caer con el peso de su cuerpo sobre su mano...


—No me lo perdería—dijo con sarcasmo —La única que puede darles una paliza soy yo. Vamos por Fran—.


Tenían que ayudarlo. En aquella habitación estaba el cuerpo, el verdadero problema es que el fantasma lo custodiaba y realmente, estaba furioso ¡y era fuerte para ser una niña! Debía tener bastante tiempo en tierra acumulando rencor como para tener esa fuerza. Los fantasmas iban ganando fuerza con el pasar de los años, cuanto más tiempo estuvieran atados a la tierra, más fuerte e iracundos se volvían, dejándose dominar por el sentimiento que los ataba, que generalmente, siempre era una triste razón por la que se quedaban.


Johann dio instrucciones: ellos lo distraerían mientras Fran rompía la pared buscando a la niña, sólo debían inmovilizarla el tiempo suficiente como para poder quemar sus restos.


No era fácil distraer al fantasma. Por suerte, la alcaravea les servía para mantenerlo con cierta lejanía, pero no impedía que pudiera atacarlos de cualquier forma.


—Te apreciaríamos mucho más si te apresurases— lo apuró Johann a Fran levantándose del suelo limpiándose la cara.


Les costó lo suficiente como para salir con varios moretones hasta que el ladrillo cedió y el olor traspasó la pared. La cara de asco de Francis hizo que ellos mismos sintieran todo de la misma intensidad con sólo verlos, como cuando empatizas demasiado por algo. Sólo le quedó rociarlo y encender el cerillo para que todo acabase, pero Maya se adelantó haciendo arder la pared, dejando a sus hermanos sin palabras.





—¿Desde cuándo puedes hacer eso?— preguntó Francis mientras se dirigían a la casa ya, después de semejante noche, necesitaban un buen descanso y curarse las heridas, posiblemente, una semana de descanso les vendría perfecto.


Maya no respondió, pretendiendo no haber escuchado nada, pero sabía que en su familia las cosas no se ignoraban con tanta facilidad. Ella había invocado fuego de la nada y eso, no iba a pasar por alto paras su familia.


—¡Eso no importa! Estuviste genial esta noche. Podrás venir más seguido con nosotros— comentó con una sonrisa Johann palmeando su espalda alegremente.


—¡Pero me asusta esto!— Dijo casi al borde de las lágrimas deteniendo a sus hermanos en la puerta de casa .


Ambos voltearon a verla.


—Yo quiero una vida normal, no esto. Ni monstruos ni fantasmas ni brujas. Sólo nosotros, una familia que tenga problemas por el dinero, porque llega tarde al trabajo o porque se le quemó la cena. No porque un espíritu quiere exterminarnos a todos o un demonio ha poseído a alguien o alguien ha sido maldecido y es nuestro trabajo hacerlo—.


Ellos se miraron. Era demasiada presión para una muchacha que luchaba contra su naturaleza. Ninguno supo qué decirle. A ellos tampoco les fascinaba eso para su hermana, pero era la vida que su familia les había legado y contra eso, no había cómo escapar. Ella lo intentaba y el destino volvía para golpearla de frente y recordarle que era hija de una bruja: no hay escape a la sangre.


—Maya— quiso hablar Fran pero ella lo detuvo.


—¿Recuerdan el incendio de hace un año? En el instituto, donde estábamos Patricia y yo— ellos asintieron —yo lo provoqué. No fue intencional, pero ella me hizo enfadar. Quería que la ayudara a destruir las cosas de una muchacha solo porque le había sonreído a su novio. Recuerdo haberme concentrado en el decorado: justo en el árbol, quería creer que me estaba diciendo una broma, no sé, que no era real aquellas ganas de vengarse. Y mientras más hablaba sobre hacer algo contra ella, peor me sentía y más intentaba pensar en otra cosa. Cuando me di cuenta, vi el fuego sobre el árbol y de pronto, pasó a hacerse realidad. Era papel y cartón ¡se iba a extender rápido! Y aunque nadie supo explicar eso ni si quiera, por el sistema de seguridad: yo sí— y se secó las lágrimas con el dorso de la mano.


—Pudo haber sido una coincidencia— dijo Johann.


—¡No es coincidencia! ¡Nuestra madre es una bruja!— gritó molesta —las cosas raras que pasan a nuestro alrededor no lo son. Y por eso, lo que nos pasa a nosotros tampoco: esto no es coincidencia, es un hecho— y dicho eso, entró a la casa y quedó tiesa apenas ingresar.


Sus hermanos la siguieron y vieron el desastre en que se encontraba todo.

Había sangre manchando las paredes, los adornos estaban hechos añicos ¡incluso la mesa de la cocina! Se sorprendieron al ver la maciza madera partida a la mitad. Todo estaba patas para arriba.


Con el nudo a la garganta y sin estar seguros de querer saber qué es lo que había pasado ahí, comenzaron a buscar a su madre y a su abuelo. Los llamaron varias veces, más, Johann acabó por hacer que llegaran a la galería, justo en la mesa de vidrio, había un par de manos marcadas en el suelo con sangre y un charco de la misma. Se dirigía hacia el jardín y ahí se terminaba perdiendo.


Francis tomó un cuchillo manchado que había en el suelo y lo sopeso en su mano, mientras Johann y su hermana intentaban encontrar algo que les diera una pista de su familia. Pero no tuvieron tiempo cuando la puerta fue derribada y la policía entró. Los tres quedaron inmóviles al verse apuntados con las armas. No tuvieron tiempo de explicar nada y al tener manchas de sangre, heridas y las armas por andar rebuscando en la escena del crimen, no había mucho qué decir: eran culpables.



27 de Agosto de 2017 a las 05:05 0 Reporte Insertar Donar 1
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