Apaga la luna que los ángeles nos miran Seguir historia

roxanab Roxana B. Rodriguez

Allison y Steve son una pareja algo excéntrica, sin más gusto por la vida que acabar con la ajena.


Horror Sólo para mayores de 18. © @roxanab

#Pareja #Asesinato #Luna #Detective #Cráneo #cementerio
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Apaga la luna que los ángeles nos miran


Cuando la luna apareció en el cielo, ellos salieron al patio dirigiéndose hacia las escaleras que estaban contra la pared de la higuera y cerca del enorme nogal que estaba creciendo libremente en el jardín, comenzaron a subir, escalón a escalón hasta llegar la terraza y visualizar los dos únicos objetos que residían allí: unas reposeras y una maceta con papiro.


Ella sonrió.


Él se quedó serio a pesar de ver la curvatura de sus labios mientras sacaba su celular del bolsillo y se lo pasaba a la muchacha después de dejar abierta una fotografía en él.


—¿Te gusta?—


Un silencio prolongado se hizo sentir. Él, tomó asiento en su reposera y se quedó mirando la brillante luna que había en el cielo ésa noche. Unos hermosos puntitos blancos resplandecían tintineantes en el cielo. Siempre había admirado el espacio y tener esa casa en esa parte de la ciudad, en la ladera, donde aún se podía apreciar todo aquello, había sido una hecatombe de suerte para el muchacho. Apenas había visto la terraza, sin si quiera haber visto el resto de la casa o pensado en el precio de la vivienda, ya había decidido que debía ser de él. Steve se había dejado llevar por ese impulso y había pasado tres solitarios años que había convivido junto a ése cielo estrellado antes de que Allison apareciera en su vida.


El mismo desprecio por la vida. El mismo aburrimiento. Las mismas ideas sobre el mundo. Parecía que eran capaces de leer la mente del otro; completaban sus ideas llevando a cabo sus excéntricos y oscuros planes para llenar el vacío envolvente que algunos llamaban vida.


—El mundo no sirve—


Como si hubiese sabido exactamente qué decir, su respuesta al unísono fue aquel augurio que necesitaban para saber que estaban hechos el uno para el otro, que su encuentro no había sido un mero capricho del destino, que entre los dos iba a terminar haciendo algo realmente grande, maravilloso y macabro.




—Me gusta ¿Dónde lo encontramos?— preguntó aun embelesada por la fotografía sentándose entre las piernas de Steve mientras se rodeaba así misma con sus brazos.


El silencio volvió. No era un silencio incómodo, por el contrario, ninguno de los se quejaba de ésa silenciosa tranquilidad que había entre ambos. Aunque Allison no era de las que solía permanecer en ese estado por mucho tiempo ni frecuentar personas tan taciturnas como él, al conocer a Steve había aprendido que en todos sus silencios su compañía había sido mucho más fructífera que en todas las conversaciones que ella había entablado a lo largo de su vida. Un vacío que sólo se llenaba en el silencio, con la ausencia, con la compañía de ese ser tan peculiarmente extraño que había conocido. Steve, aquel hombre que salía de todos los esquemas para llegar y demostrarle que sólo había comenzado a vivir en ése último año que pasó con él.


Se dio un baño, buscó un vestido negro que contrastase con la palidez sepulcral que su piel tenía y se maquilló con colores oscuros que lo único que hicieron fue afianzar aún más la palidez cadavérica que presentaba en su rostro.


Una muchacha lastimosamente enclenque aunque se diese el gusto de comer a diestra y siniestra, su cuerpo parecía no asimilar los alimentos dejándola en una delgadez insípida. Su rostro era bastante afinado; sus ojos rasgados, dándole una belleza egipcia en la mirada, como dos pequeños cortes hechos con bisturí sobre la piel que ella remarcaba con el delineador y la máscara de pestañas. Su nariz pequeña y respingada se alzaba enérgica en su rostro encima de unos labios pintados y delgados, resaltados por el brillante tono carmesí que había elegido para completar su maquillaje.


—¿Qué te parece?— preguntó dando una vuelta haciendo que la falda del vestido se abriese.


Él la miró y quiso curvar sus labios en un gesto que podría interpretarse como una sonrisa: le había encantado.


Steve había conseguido en ese austero gesto decir todo. No era muy expresivo, ni con palabras ni expresiones faciales, pero podía demostrarle lo mucho que le importaba en otras formas. Era un hombre que hablaba lo justo y necesario. Siempre había pensado que era inútil decir todo lo que se le cruzaba por la cabeza si a nadie le interesaba oírlo. O a lo mejor, les importaba, pero Steve no tenía ganas de darlo a conocer. No había cosa más íntimas y propias que las ideas.


Allison esbozó una sonrisa alegre al ver a Steve. Estaban listos para salir.


Él se acercó a ella por la espalda y corrió la cortina de su negra cabellera colocándole un dije de colmillo de serpiente como único accesorio.


—Me dijeron que aún tiene rastros de veneno así que no te piques con él — le susurró al oído a la joven, estremecida por el golpeteo de su aliento en el cuello mientras se miraba encantada en el espejo por el nuevo regalo que él le había dado.


Por su parte, él sólo se separó de ella después de recorrer su cuello con sus dedos, dejándola sola para buscar una campera, colocándosela sobre la camisa blanca que había dejado fuera del pantalón, un jean negro deshilachado y unas zapatillas del mismo color que completaban su vestimenta.


Steve era un hombre bien parecido. Sus rasgos toscos y gruesos sentaban bien para su estilo y ayudaban a conformar el conjunto de belleza tan encantador por no ser perfecta. Usaba unos anteojos cuadrados, que su flequillo cubría a medias entre un inquietante tono gris y negro que terminaban de caer lacio y rebeldes sobre su espalda. Su rostro era delgado y cuadrado, notándose mucho más en el mentón, afianzando sus rasgos anglosajones. Era perfecto así.





Parpadeantes luces de colores verdes, amarillas, moradas, naranjas y rojizas iluminaban todo. Los anuncios locales parpadeaban tiñendo más calles de colores. Un cartel naranja zumbaba momentáneamente con las palabras 'Hotel 24 hs'. Al frente había otro más o menos parecido, 'La Copa de oro', apagándose cada cierto tiempo la R, haciendo pensar que en cualquier momento dejaría de funcionar, de un color amarillo estridente y un dibujo de una copa de se llenaba hasta rebalsar.


El barrio se vestía de color, vulgaridad y un gusto muy peculiar por lo grotesco y cargado. Más, las calles se vestían de personas más peculiares todavía. Allison y Steve se veían entre ellos pasando desapercibidos por la multitud de transeúntes indiferentes. Y mientras la mayoría se perdía entre las puertas de los llamativos locales, la pareja siguió un largo camino hasta un callejón iluminado por una molesta luz azul perdiéndose detrás de una puerta, debajo de una escalera de incendios. Dentro no había mucha diferencia de ambiente. El sonido de una banda que se hacía llamar ‘Esclavos de la oscuridad’ amenizaba el ambiente, con algunos jóvenes moviéndose al ritmo de la batería que sonaba en una repetición constante hasta que el cantante agradecía y volvía a la misma rutina. Un ritmo de muerte, sexo y locura se respiraba en el airea gracias a la música y a las personas que componían la amplia clientela. Jóvenes de todas las edades agitaban sus cuerpos endebles sin poder oír otra cosa que el sonido de la batería y a veces, de la guitarra que sonaba fuera de tiempo, la voz grave y gutural del cantante que impedía cualquier tipo de conversación en el lugar por la mala acústica y la música tan alta. Pero a nadie allí parecía importarle realmente.


Steve llevó a Allison hasta la barra y pidió un trago para ambos. No hablaron ante la imposibilidad de hacerlo, dejándose envolver por el sonido de la música y la última estrofa de la canción, dedicándose una mirada de tanto en tanto.


Pasó más o menos una media hora hasta que la banda hizo un receso y la luz azulada que iluminada el ambiente se volvió más clara, dejando un poco más a la vista a todos los concurrentes. Unos minutos de búsqueda y el muchacho de cabellera azabache ya había hecho un minucioso barrido con la mirada, posando la mano en el hombro de Ali guiando su mirada hacia su presa: el chico de la fotografía se encontraba allí.


Ali no tardó en sonreír posando su mirada bicolor sobre el muchacho rubio. Sí, hasta ahora no lo habíamos mencionado: Allison padecía de aquel maravilloso don de la heterocroma: un ojo era del color de las aguas cristalinas del mar, casi de un verde claro y poderoso mientras, el otro, de un fuerte y brillante azul cielo.


—Es tu turno— le susurró Steve al oído quien sólo aceptó aquella instrucción como si su vida dependiese de ello pensando en lo que se iban a divertir los tres juntos.


La muchacha se hizo paso entre la gente y se acercó a su presa pasando frente a él guiñándole un ojo, coqueteándole descaradamente sabiendo que iba a llegar el momento en que se acercaría.


Y no falló. Ella nunca fallaba. La charla se había facilitado entre susurros, lo que hacía que su táctica para seducirlo, tocarlo y acercarse a él fuera mucho más efectiva que en cualquier otro sitio.


Ella, le dedicó una de sus encantadoras sonrisas y acabó por llegar a un acuerdo con él de que sería mejor que continuasen en otro lugar, pudiendo hablar con mucha más tranquilidad.


Steve después de observar todo, lo esperaba en aquel pasadizo de mala muerte que los conduciría de nuevo a la ciudad en la que ellos se habían perdido alguna vez y la habían tomado como punto de referencia para sus encuentros nocturnos. Y aunque elegían a chicos al azar, justo este muchacho era un asiduo cliente de estos lugares, por lo que no fue costoso dar con él, ni si quiera les había hecho falta seguirlo como en otras ocasiones.


Allison le presentó a Steve, quien les ofreció ir a beber a su casa, mostrándole la vista increíble que tenían desde su terraza. El extraño aceptó, y Steve aprovechó para rodear a Allison con su brazo, con una sonrisa electrizante, apretándola a su cuerpo y reclamándola posesivamente como propia sin decir palabra alguna, sólo con aquel gesto abrasivo.


Sería una noche interesante.


Su acompañante se llamaba Jim. Y entre la botella de whisky barato que llevaban en el auto y el alcohol que ya habían tomado en el antro, fueron aflojando los labios de Jim, riéndose, charlando hasta llegar a la casa.


Allison se había sentado en el asiento trasero, junto a su invitado. Steve la miraba por el espejo retrovisor.


El viento frío les llegó cuando dejaron la carretera y se internaron en el bosque. Las estrellas resplandecían y la luna brillaba hermosa en el cielo.





—¿Te gusta la casa?— preguntó Allison recostada sobre el pecho de Steve, en las reposeras de la terraza, entre botellas vacías de mojitos y tequilas, junto a la hermosa vista hacia un cementerio dejado atrás por los años, el abandono y el olvido de sus muertos. Un hermoso paisaje.


—Sí, pero la vista… es demasiado macabra ¿por qué no se mudan?— preguntó algo torpe por el efecto del alcohol. Y aunque habían tomado la misma cantidad, sus anfitriones no parecían verse en problemas por ello, estaban demasiado acostumbrados al alcohol, tanto así que necesitaban mucho más para emborracharse.


—Porque es hermoso— respondió Steve mirando al frente, apoyando su quijada sobre la cabeza de su novia.


La risa de Jim se desató tras oírlo. Y no supieron por qué pero ellos dos también se vieron afectados por el sonido carcajeante de su risa, acompañándolo hasta que les dolió el estómago, olvidándose incluso de por qué se estaban riendo.


—Ya es hora— le susurró Steve al oído.


Allison cerró los ojos un instante y respiró profundo.


—Espera— y volteó hacia el muchacho, viéndolo a los ojos a través del grueso cristal de sus lentes —quiero probarlo primero—.


—¿Probarlo?— enarcó una ceja


—Sí, ya sabes— y lo miró —llevarlo a la cama—


—¿Por qué?—


—Porque me gusta— y se deslizó hacia los labios de Steve desabotonando su camisa y acariciando su pecho —y quiero que tú también participes— sonrió descarada.


No era algo tan disparatado lo que ella le pedía. En más de una ocasión, lo habían hecho, aunque llevaban casi seis meses sin llevar a una rata callejera a la suavidad de su lecho.


Steve asintió seducido por ella dejando a Allison acercarse a Jim a susurrarle algo al oído, haciendo que la mirase de arriba abajo, arriesgándose a probar sus labios amoratados, descubriendo la mezcla de sabores en su boca, terminando por sentar a Allison sobre sus piernas.


—Sé dónde estaremos más cómodos— dijo ella relamiéndose los labios de deseo, tomándolo de la mano y llevando a la habitación.


Jim se había dejado llevar por los efectos del alcohol, la belleza exótica de Allison y sus propios instintos. Estaba demasiado borracho para decir que no o pensar con claridad, en ese momento, su lado más sucio era el que estaba al mando y era justamente el que necesitaban ellos dos.


Allison lo tomó de la mano y lo acomodó entre las sabanas de seda, quitando los almohadones y ayudándolo a acostarse en el centro como quien terminaba de preparar el plato principal con especial devoción.


Entre besos, caricias angurrientas, se habían ido deshaciendo de pudores y tabúes, dejando las manos recorrer los cuerpos desnudos sin inhibiciones. Los tres se fueron fundiendo en una noche de sexo pasional mientras la luz de la luna se colaba por la ventana. Enredando las sabanas, mojándose en el placer y gimiendo hasta que el amanecer les diera el alto.


Agotados por el vaivén salvaje del deseo, sucumbieron en la cama dormidos hasta que el sol los molestó lo suficiente para despertarlos.


—Nos toca— dijo Steve poniéndose los pantalones y entregándole a Allison la camisa para que se vistiera —ya te divertiste—.


Ella sonrió saliendo de la cama con sigilo ya que Jim aún no se había despertado. La camisa cayó sobre su cuerpo ocultando la delgadez y las marcas que habían quedado tatuadas en ella por la noche anterior.


Atado a la cama, con las sabanas de seda cubriéndolo, los gritos comenzaron a ahogarse en aquel lugar perdido en el bosque. Las manos de Allison y Steve se vieron teñidos de rojo por la sangre, caliente y viscosas. El ambiente de la habitación era perfecto, incluso, cuando el silencio se apodero de todo, siguió viéndose una imagen tan perfecta que incluso, superaba a lo que se habían imaginado. Ninguno de los podía arrepentirse de ello.


—¿No son hermoso?— preguntó Allison a Steve limpiando con cuidado los globos oculares del muchacho, habiéndolos sacado después de muerto ¿por qué? Porque le encantaban y si estaba vivo, podían terminar estropeados por algún movimiento en falso, así que ella siempre esperaba a que Steve terminase su trabajo para ella proseguir con el suyo.


—Lo son— observó el color de los mismos a través dl frasco con formol en que ella los había depositado, dirigiendo su mirada al frágil cuerpo de su novia, aun sólo con la camisa encima y la sangre seca que se había salpicado encima de ella: le parecía una de las mujeres más bellas que había visto ante semejante decadencia.


Las manos de Jim también habían sido de su agrado y después de examinar su cráneo, decidieron quedarse con él también. Su pequeña colección iba cobrando forma, era como un museo, pero no hacía falta tener cientos de años y una historia interesante. La única historia interesante sería la que encontraran en su cama y sólo, en algunas ocasiones.


El ala este de la casa había ido cobrando forma de anticuario, aunque con piezas totalmente nuevas. Allison se desvivía por entrar ahí y contemplar cada magnifica pieza que la conformaba. El olor a muerte se respiraba dentro, mezclado con la sangre o citronella. A veces, ellos mismos quemaban las prendas de sus víctimas allí dentro, dejando que el vaho del humo y la ropa quemada y manchada fuera el que perfumara el ambiente.


Las velas alumbraban el lugar, todo un camino de candelabros grandes y exóticos hacían un sendero por cada repisa que ellos iban plantando formando un perfecto camino que seguir para guiarse por cada una de sus piezas. Ojos, manos, hasta algunos órganos, sólo debía gustarles. Era todo lo que se necesitaba para estar en aquella peculiar colección.


Incluso, había una practicaba que Steve hacia que a ella le fascinaba: se cortaba y dejaba su sangre caer sobre las velas para perfumar el ambiente. A veces, él mismo hacia las velas, mezclando la parafina con su propia sangre, tiñéndolas y perfumándolas. Verlo hacer eso, mutilarse por gusto propio, la excitaba. Aquella casa, era el paraíso de dos personas trastornadas.





—Allison, ven— la llamó haciendo que dejase de pulir la calavera de su mesita de noche para seguirlo a la sala donde estaba el televisor.


Iba una semana desde su última noche de diversión y con eso, tenían suficiente para que la diversión se viera entre ellos dos nada más: Allison aún tenía el corte en su espalda de donde Steve había bebido después de una larga y apasionada noche de sexo.


Habían quemado la ropa y se había deshecho de los huesos en una de las tumbas del cementerio. Nadie iba a sospechar de los muertos.


Él se sentó en el sillón y ella acabó entre sus piernas, viendo la noticia de que su último juego estaba siendo buscado. El chico que habían conseguido era alguien importante, según lo que estaban viendo, lo que les causó una retorcida satisfacción al saber que había sido tan fácil engancharlo.


—Era alguien de dinero—


—Y yo tengo sus ojos— se regodeó contra su pecho por semejante logro, dejando la noche de fondo mientras él recorría su cuerpo con sus dedos para desvestirla en el sillón, escuchando de la opulenta recompensad de dinero a quien diera cualquier información.





El aburrimiento los siguió a pesar de que su última cacería había sido muy fructífera, la emoción había sido mucho menos duradera que otras veces. Quizás, el saber que era alguien de alto vuelo le había quitado la emoción, aunque eso no era algo que intimidase a la pareja: no temían por ellos pero estaban listos a salir a cazar de nuevo.


Tenían planeado salir a tantear el terreno aquella noche a otro bar de mala muerte. Allison estaba ansiosa por conseguir un nuevo par de ojos, había un estante vacío que quería llenar rápidamente, pues, los veía solitarios. Adoraba los ojos, en especial, cuando tenían alguna particularidad, como la heterocroma o algún color extraño. Había unos realmente extraordinarios que cambiaban de color según la luz del día. Y aunque le encantaban, sus favoritos eran los de un hombre mayor que habían conocido al cierre de un bar. Él tenía heterocroma: un ojo de color lavanda y el otro, de un brillante azul cielo, en un tono muy parecido al de ella, pero los de este hombre, parecían mucho más brillantes, como una luz en ellos. Se fascinaba observándolos a través del cristal del frasco durante largas horas.


—Es hermoso— repetía una y otra vez como si pudieran hallar encantadores los halagos aquellos restos, los miraba con la fascinación de un niño descubriendo el mundo.


Para cualquiera, aquello habría sido una escena macabra salida de una mala película de horror, Steve se deleitaba viéndola fascinarse por los ojos de un hombre, más cuando encontraba esa misma maravilla cuando lo veía a él, sus marcas o sus manos ensangrentadas. Él también disfrutaba de su colección, pero disfrutaba más ver a Allison apreciando la misma. El deleitante olor de la muerte que embriaga el sitio era algo que hacía que se olvidase del mundo y encontrara una nueva razón para vivir: ampliar su colección. Sería la más grande, la más bella y siniestra que alguien haya visto jamás. Ese era el motivo por el que había nacido después de todo: para causar la muerte de los demás.


Allison entró corriendo atravesando el umbral de la puerta con rapidez, sosteniendo el celular entre sus manos esperando que su novio lo viera.


—¿Qué sucede?— preguntó con tranquilo tono de voz asomándose a la puerta de la cocina, observando el entusiasmo de la muchacha que había perdido el hilo de la conversación al sentir el dulce olor de los panqueques recién hechos que inundaba la cocina.


—¡Panqueques!— dijo con una sonrisa tomando uno, olvidándose de todo.


—¿Qué es lo que querías decirme, Ali?— preguntó volviendo a la cocina dejando que ella terminase de comer.


Steve tomó el aparatito acomodándose los anteojos sobre el puente de su nariz y observó la fotografía con precisión de cirujano hasta que la pantalla se apagó. Era interesante, sin duda alguna, no había duda de que Allison tenía un muy buen ojo para elegir a sus presas. Era una chica bonita, aunque con las mujeres solían tener un poco más de recaudos ya que pocas veces encontraban a muchachas tan interesantes solas.


Apagó la sartén y llevó la bandeja con panqueques a la mesa para luego, dejar dos tazas de café en ella y sentarse a su lado. Había sido por esas cosas del destino que ella había llegado a su vida y le había traído un nuevo matiz macabro que, quizás siempre había estado latente en él y hasta ese momento se dio cuenta de ello. Ali era todo lo que necesitaba y quería. Ambos eran justamente lo que necesitaban, completándose como un todo oscuro y único que absorbía todo y lo dejaba en nada.






Una vez más, se alistaron para salir a la noche. Aquel bar en donde habían encontrado a su última pieza de colección ahora les iba a proporcionar otra por la que ambos estaban ansiosos de salir y conseguir mucho más material para su museo, aquel que adoraban y le había dado una razón para vivir y seguir respirando: quitarles el aliento a otros. Les causaba placer ¿Qué mejor que so? Ambos eran felices de esa forma ¿Qué más podían pedir? Sólo ampliar su colección y conseguir más piezas bellas, por supuesto.


—¿La seguimos o sólo la encaramos?— preguntó Allison al ver a la muchacha acompañada de un chico.


—Veamos hasta donde llegan. Con suerte, quizás sean dos— dijo Steve rodeándola por la cintura y Allison sonrió radiante acariciando sus dedos suavemente, adoraba la tibieza que desprendía su cuerpo cuando la tenía cerca.


Siguieron a la pareja sin que se dieran cuenta hasta que los perdieron en el segundo piso del bar. Ambos quedaron sorprendidos de que un antro como ese tuviera una sección con más clase ¿Qué tan decadente podría ser? Ambos estuvieron ansiosos de averiguarlo, pero el destino les había arrebatado a su presa y sin ánimos de volver a la búsqueda de otra, habían decidido volver luego para intentar atraparlos una vez más o conseguir una nueva. Si había otra de mejor calidad ¿para qué perder el tiempo en las baratijas?


Salieron de allí buscando otro sitio que pudiera saciar sus deseos, caminando bajo los fluorescentes de aquel barrio oscuro, sucio, con aire dantesco en el ambiente, como si el infierno estuviera a la vuelta de la esquina o peor, ya estuvieran caminando en él. Alguien podría matar a otra persona en plena calle y nadie haría nada. Ese tipo de decadencia y violencia era el pan de cada día, por eso, la pareja se sentía tan cómoda al pasear por ahí: era su paraíso en tierra.


—Mira ¿no es el mejor espectáculo?— señaló al frente al poder presenciar un ajuste de cuentas.


Ambos se quedaron parados en la vereda viendo a dos sujetos pelear. Uno de ellos acorraló a otro contra la pared y con una punta, lo mató. La clavó en su cuello con tanta fuerza que casi podrían jurar que sintieron el sonido de la piel desgarrándose y abriéndose de una punta a la otra, con la sangre manando como una cascada de su cuello.


El hombre quedó convulsionando en el suelo hasta que su último aliento cargado de un coagulo de sangre escapó de su boca.


—¿Podemos ir a verlo? Si tiene unos lindos ojos, los quiero— lo tomó de la mano la muchacha y lo hizo acercarse a él, poniéndose de cuclillas al lado del cadáver.


—¿En serio? Se ve un tipo muy soso— advirtió Steve al tomarlo de la cabellera sucia y levantar la cabeza del cuerpo inerte.


—Podrían tener más respeto con el cadáver de ese hombre— dijo un tercero, agitado, encovándose colocando sus manos sobre las rodillas para recobrar el aliento, tanteando en su bolsillo buscando el celular.


—Ya está muerto. El respeto es algo que sólo sirve a los vivos. A los muertos no les afecta— dijo Steve limpiándose la mano sobre el muslo y metiendo las manos en los bolsillos momentos después.


Allison se puso de pie, más, al ver al hombre que los acababa de regañar, sus ojos brillaron con gran entusiasmo y una sonrisa curvó sus labios. Realmente, el tipo que habían matado era demasiado soso, pero aquel hombre que tenían en frente no.


Steve supo al verla qué significaba ese tipo de mirada: habían encontrado al reemplazo y con gusto iba a aceptarlo. No permitía que nadie le dijera qué hacer, menos con tanta prepotencia.


—Su cabeza es hermosa— soltó ella como si de un cumplido se tratase. Y lo era, sólo que no era uno que se escuchaba todos los días o que querías oír de ella.


—¿Disculpe?— dijo con sorpresa sin saber qué decir ante ello.


—Su cabeza tiene una forma hermosa, incluso, su mentón, es tan perfecto que parece salido de un fresco de Miguel Ángel— lo delineó con sus dedos en el aire, sin atreverse a tocar. Para ella, era una obra de arte y el arte se admira, no se toca.


Steve vio la oportunidad en ello, ya que no habían tenido suerte en el bar ni con el muerto, necesitaban alguien que les diera la emoción que había salido a buscar en esa noche.


—¿Ustedes vieron algo importante? ¿Al hombre que lo mató?— preguntó intentando volver al caso.


—No, lo vimos tirado en el suelo y pensamos que era sólo un vago y queríamos invitarle un trago— mintió ella.


—¿Lo conocían?—


—¿Hay que conocer a alguien para salir a beber? Este lugar es maravilloso porque a nadie le importa quién es tu compañero de copas mientras tengas un compañero de copas. Entre al bar de enfrente, siéntese en una mesa con alguien solo y verá cómo pueden comenzar a hablar como si se conocieran de años— argumentó Steve. Una de sus tantas tácticas para conocer personas y ahí, funcionaba de maravilla.


El hombre negó con la cabeza disimulando un temblor en el cuerpo. Se había presentado a ellos como detective privado. No les explicó mucho de su trabajo, pero tenía a alguien colaborándole según le había dicho.


Intercambiaron miradas, quizás, fuera más interesante de lo que ellos se imaginaban.


—¿Nos acompaña una copa? Mi novia estaría agradecida de compartir un momento con usted: es una artista. El mundo lo ve en términos artísticos. Usted sabe cómo son los bohemios ¿no? Además, presiento que podemos llevarnos muy bien y continuar esta charla— invitó Steve con una mueca que bien podría pasar por una sonrisa para quien no lo conociera.


Era bueno con las palabras, aunque no era un hombre especialmente hablador, cuando quería, podría seducirte tan bien que venderías tu alma al diablo con una sonrisa: era su don especial: el don de la palabra.


Más, el detective rechazó aquella oferta, debiendo quedarse hasta que llegue la ambulancia y la policía a recoger los restos y tomar parte de los testigos. Estaba seguro de que iba a conseguir algo, incluso, les pidió lo mismo a ellos, pero tal y como le habían dicho, no tenían nada qué aportarles, ni si quiera habían visto al asesino, o al menos, esa era su versión y la llevarían consigo hasta la muerte, por supuesto.


Y ante la negativa, hubo una nueva invitación para la noche siguiente, que estuviera desocupado y pudieran tomar una copa, alegando que no iba a dejar con ganas a una dama en dos oportunidades, no era algo digno de un caballero. Afortunadamente, acabó por aceptarlo: ya lo tenían para ellos.


Un destelló se pudo ver en la mirada bicolor de Allison preguntándose donde quedaría mejor la cabeza del detective en su colección. Quizás, su mesita de noche fuera la apropiada.





La terraza había sido el mejor lugar para dar pie a la velada. Steve había bajado a la bodega, sacando una de sus mejores botellas de vino, aquellas que dejaban para ocasiones especiales en las que las disfrutaban ellos dos, pero, en aquella ocasión, había alguien más que iba a poder probar un vino tinto tan fino: el detective. Lo habían pasado a buscar en el oscuro callejón donde se habían encontrado para acabar llevarlo a su morada. Él había tenido la misma reacción de todos al llegar: había torcido el rostro entre el miedo y el asco por vivir frente a un cementerio, por muy abandonado que estuviera el ambiente tétrico era algo que no escapaba de la mirada y el sentir de sus invitados, como si las almas de los difuntos pudieran estar celebrando con ellos.


Allison había hecho la cena con la ayuda de Steve y se habían encargado de preparar una buena cantidad de vino y bebidas alcohólicas para ello. El pollo que habían horneado tenía una buena dosis de vino rosado también, habiendo dejado el sabor de la uva fermentada en su carne. Todo estaba a la altura de la situación. Una buena cena, una buena bebida que se iría transformando o cambiando con el pasar de la noche. Las mezclas nunca son buenas, era un dicho popular sin embargo, las mezclas les habían dado sus mejores momentos, eso podrían asegurarlo.


El olor de la comida casera impregnó la habitación al entrar y sentarse en la mesa preparada arriba, con largos candelabros y la luz de las estrellas sobre ellos.


—¿Por qué vivir aquí?— preguntó sirviéndose una nueva copa de vino.


—¿Y por qué no? No hay nadie que moleste ni vecinos que se quejen de nada— dijo Steve recibiendo a Allison entre sus piernas.


La joven se había sentado en el hueco de la silla, acomodándose cómodamente contra el pecho de él, tomando su copa de vino y dándole un sorbo.


Necesitaban más vino. O algo más fuerte. Allison no vaciló y trajo de ambos: vino y una botella de ron británico, a diferencia del común que se obtenía de la caña, este se hacía a partir de la melaza siendo más dulce y especiado. Les mostró ambas botellas y lo invitó a que se sirviera de ambos, viéndole por debajo del saco.


—Es una cena en una pacífica terraza y aun así, trajo un arma— dijo ella sin poder ocultar el hecho de verle la sobaquera debajo de la chaqueta.


—Oh, eso— dijo él mostrándole y sintiéndose apenado por ello.


Steve le sirvió un nuevo trago y lo dejó que siguiera hablando.


—Mi trabajo es duro. Últimamente, estoy metido con mucha gente peligrosa, no puedo bajar la guardia ni un momento—.


Steve sonrió acariciando el hombro de su novia. Así, sin que se dieran cuenta, fue acabando una botella tras otras, hasta ver los vidrios vacíos en el suelo.


Allison dejó a Steve un momento para acercarse al detective que se paró tambaleante de la silla. La joven lo sostuvo de la cintura.


—Quizás, deba descansar un poco— le sonrió llevándolo hasta su habitación.


Steve los siguió y pretendió quedarse con ellos mirándolos en todo momento. Estaba cómodo viéndolos solamente, el estado de detective era lamentable. Pensaba que por su trabajo, estaría más acostumbrado a la bebida pero no, lo que lo hizo pensar que probablemente, era de los que prefería el cigarrillo para aplacar sus frustraciones aunque no había llegado a notar el olor del tabaco en sus ropas. Era un hombre peculiar. Y entendía por qué Allison quería que forme parte de su colección. Y él estaba dispuesto a averiguar qué tan interesante era el hombre, tanto por fuera como por dentro, literalmente.


Se mantuvieron un momento en silencio cuando ella le ofreció una píldora para hacerle pasar el malestar. Estaban lejos de la ciudad y lo mejor era que descansara un rato antes de irse a su casa. Estaría mucho mejor cuando le hiciera efecto la medicina.


Fue en el momento en que el detective puso la cabeza contra la almohada que se levantó de un salto al ver el cráneo en la mesita de noche, habiendo manoteado rápidamente haciendo que la misma caiga al suelo.


Allison no reparó en su reacción, sino que se apresuró a levantar el cráneo. Se había hecho un rasguño en el occipital y el hueso que antes había sido liso y perfecto, se veía con una grieta en él, era pequeña, pero ella podía verla a la perfección y eso era suficiente para sentir que no deberían seguir esperando.


El hombre intentó ponerse de pie pero volvió a tambalear. Su vista se había vuelto doble, o triple. Ya no sabía cuántos eran, lo cierto es que no podía distinguir bien a la pareja y no era gracias al alcohol. Conocía bien la diferencia de una buena borrachera y lo que le sucedía: lo habían drogado.


—¿Quiénes son ustedes?—


—Una simpática pareja de novios ¿no lo cree?— dijo Allison dejando el cráneo en su mesita de noche abriendo la cajonera y sacando de ella un picahielos.


Él tanteó en su brazo buscando la sobaquera. Nunca le había costado tanto quitarle el seguro como en ese momento, tambaleante, con el pulso vibrante sin saber a dónde es que debería apuntar. Lo cierto es que estaba lo suficientemente sofocado y asustado como para determinarse a matar si era necesario.


Amenazó para que no se acercaran, dispuesto a disparar.


Steve se acercó por detrás de él, lanzó un disparo al aire que terminó dándole a un retrato de la habitación. Él torció su brazo sobre su espalda hasta tirarlo en el suelo, haciéndolo gemir por el dolor o el susto. Ninguno de los dos lo sabía, lo cierto es que sabían que estaba disfrutando esto que sucedía.


Metió la mano en su bolsillo y sacó el teléfono del detective, pasándoselo a Allison quien acabó incrustándole el picahielos, dejándolo inútil: no había forma de comunicarse.


—Me gustan sus manos. No quiero dañarlas— dijo ella acariciando con la yema de los dedos los nudillos.


El detective se estremeció debajo de Steve y sacó lo único que tenía de fuerzas para levantarse a pesar del dolor y el malestar y empujarlos a ambos. Salió corriendo de la habitación, sin saber si el brazo le había quedado inútil o no, pero, en cuanto sintió el crujir del hueso y un dolor que iba y volvía no podía asegurar nada. La droga lo tenía mal. La desesperación, la angustia, sus deseos de sobrevivir a esa gente loca. Necesitaba huir pero ni si quería sabía dónde estaba o tenía como comunicarse con alguien fuera de aquella terrible casa, por lo que pensó en esconderse, viendo una puerta grande y metiéndose allí.


El olor de la cera le llegó a las fosas nasales y apenas giró sobre sí, vio aquel horrible lugar que lo hizo gritar, delatándose a sí mismo. Ojos, huesos, cráneos, órganos. Un par de pulmones, el corazón que parecía que iba a comenzar a latir en cualquier momento, los cráneos que estaban dispuestos en una posición tan detallada que parecía que los estaban mirando con la luz de las velas.


Se tapó la boca por lo que veía y el olor nauseabundo de la habitación.


—¡Cariño! Aquí está— gritó Allison al abrir la puerta, acercándose a él. Lo golpeó con un libro tirándolo al suelo.


Él empuño el arma, era lo único que tenía para salvarse. Podría matarlos y agarrar su auto y salir de allí, así que intentó fijar su vista en la muchacha y disparar. Pero Steve llegó quitándola del medio, sabiendo que le había dado a él más que porque lo había visto, por la sangre que vio en el piso y el quejido de él que casi al instante se desvaneció.


Ella lo miró con furia. En ese momento en que el blanco cuerpo de Allison se vio manchada con la sangre de su novio, deseó haberla matado. La fiereza que vio en su mirada era la que seguramente, debían tener los demonios del infierno cuando torturaban a alguien.


—Yo soy la única que puede herirlo— espetó clavándole el picahielos en la mano que empuñaba el arma, haciéndolo proferir un grito de dolor que estaban seguros, se escuchó en toda la casa.


La habitación había sido especialmente elegida por él para encontrar su final, así que le darían el gusto. Entre el dolor y los temblores, se había arrinconado contra la pared suplicando por su vida, maldiciéndolos, pidiendo una razón. Nada de ello funcionó.


Ella disfrutaba verlo llorar desesperado, disfrutaría más cuando lo tuviera en su estantería, aunque su mano y sus piernas ya estuvieran arruinadas. Dos estocadas más en sus piernas. Su picahielos se veía de un hermoso color rojo y ella, ante la mirada inquieta de él, pasó su lengua por el metal, saboreando la sangre.


—Es suficiente— dijo Steve poniéndose de pie y tomando el arma. Aún tenía un brazo bueno y sin pensarlo dos veces, le dio un tiro en el entrecejo, tirando el arma a un costado mientras sus ojos desorbitados miraban fijamente hacia los dos —sus ojos aún están intactos— dijo sentándose en el suelo al lado de ella.


Se quedaron unos minutos apreciando la belleza del cadáver. Ella tomó su mano y la besó: tenía un ligero sabor a la pólvora, así como su olor. Por eso no les gustaba las armas de fuego, hacían que la muerte perdiera todo su encanto y se ensuciaran de aquella forma.


—¿Y ahora?—


—Apaga la luna— dijo él levantando el picahielos sucio y arrojándolo contra la mesa.


—Que los ángeles nos miran— concluyó sonriendo ella cerrando la puerta, acercándose a Steve rompiendo su camisa para ver la herida de bala. Ella no pudo negarse el antojo de lamer la sangre alrededor de la herida, haciendo que su rostro se contrajera en una mueca entre el dolor y el gusto. Y ante el cadáver y su colección completa, terminaron fundiendo sus cuerpos entre el placer, la sangre y un mórbido deseo por aquel que los miraba con sorpresa y miedo, aunque ya estuviera muerto.

24 de Agosto de 2017 a las 03:07 2 Reporte Insertar 5
Fin

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Roxana B. Rodriguez Escritora argentina.

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Luis Ignacio Muñoz Luis Ignacio Muñoz
Hola Roxana, acabo de leer tu relato y te cuento que llegué hasta el final pues me ha parecido interesante al mantenerme expectante al final de cada párrafo. Creo que cada frase tuya tiene fuerza y eres muy clara en la narración y en la descripción. Sabes comunicar y transmitir sensaciones de temor e incluso de asco en las atmósferas que creas. Muy bien todo esto y la forma cómo lideras y generas iniciativas en la página y esa dinámica. Pero como todos no deben ser elogios quiero hacerte un par de observaciones: la primera es que seas un poco más observadora cuando revises y corrijas tus escritos pues veo que repites mucho algunas palabras como "había" creo que hay párrafos donde usas y abusas de este termino, como en el párrafo que empieza diciendo "Un silencio prolongado..." La repites ocho veces y debes buscar otra forma de decir las cosas sin redundar con un término que de por sí desgasta unas frases que pueden ir más elaboradas. Creo que eso te va a ayudar mucho a mejorar el estilo que ya tienes consolidado y te va a dar mayor fluidez al narrar. Y la segunda es sobre el final que quedó abierto o no sé si lo habrás escrito, ¿còmo terminaran la pareja de asesinos y excéntricos? porque debe tener algún fin. Creo que has sabido crear una interesante expectativa en torno a tu relato. Un saludo y muchos exitos, se que vas a llegar muy lejos como escritora.
31 de Marzo de 2018 a las 00:24

  • Roxana B. Rodriguez Roxana B. Rodriguez
    ¡Mucha gracias por tus palabras! Me alegras que hayas disfrutado de la historia y que te interesen las iniciativas de las comunidades que manejo <3 Sobre lo que me marcas del relato, no lo había notado XD a decir verdad, hay frases con las que lucho y no es hasta que lo leo y releo que las encuentro aunque hay muchas que se me suelen pasar, aquí, pues, me fui tres pueblos, pero ya le haré una corrección repasando lo que me marcaste ¡Gracias por eso! Sobre el final... la verdad, es que este cuento lo escribí hace unos años, fue uno de mis primeros cuentos largos y hasta ahora, he escrito alguna cosita de los personajes en otros cuentos, pero no les he dado un final, al menos, no aun, que siguen haciendo de sus fechorías XD creo que puede llegar el momento en que cierre su historia en algún otro cuento. En todo caso, los iré subiendo por aquí también <3 ¡Un abrazo! Y gracias por tu comentario, qué encanto <3 1 de Abril de 2018 a las 13:45
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