Prisionero del Océano Seguir historia

drunklycanthrope Alibel Rodriguez

Émeren fue un escriba, traductor, estudioso, alquimista, médico, químico, astrónomo, mago... y el primer humano que engañó a la Muerte en las tierras de Ethul. Como castigo a su indiferencia hacia el ciclo primordial de la vida, fue atado al fondo del mar hasta que aprenda de sus errores. Óin es un alma noble con pocas cargas bajo su joven espalda, que descubre el prisionero de un dios, y la curiosidad pudo más que su instinto de supervivencia.


Fantasía Todo público.

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El descubrimiento de Óin

Él se estaba volviendo loco. Por algunos períodos contaba los días y los meses que transcurrían. En otros, sólo se retorcía en su dolor y en su ira, deseando haber sido más precavido, más inteligente, más capaz, más rápido, más fuerte.

Estaba en un período de cordura e intento de reconciliación consigo mismo. No tenía nada mejor qué hacer. Después de todo, estaba casi inmóvil en el fondo de algún mar poco profundo, o cristalino, no estaba seguro de cuál de ambas suposiciones era la más acertada.

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Ella había sido criada en una tribu pacífica y grande que habitaba casi todo el este del continente Ethul, donde abundaban grandes corales y fosas. Áreas perfectas para establecer colonias de tritones por la protección que éstas brindaban, y lo cálido de sus aguas.

Su tribu tenía diferencias con otra, salvaje y nómada que tenía la mala costumbre de robarles comida, materiales, y a veces mujeres y niños. Les llamaban 'Los que lo arrasan todo', o como suena más o menos para nosotros; Ok'da Um.

Se sabía por dónde había pasado un Ok'da Um porque se encontraban materiales rotos, los peces dejaban de acudir al sitio por un tiempo, y había cientos de huesos desperdigados por todas partes, de presas y depredadores. Afortunadamente los Ok'da Um no eran una tribu inteligente, tenían muchos enemigos y no solían ser muchos.

Los padres de ella eran guerreros fuertes y respetados, porque tomaron la idea de los humanos de protegerse; crearon petos y cascos para sus hermanos, y así podían defenderse mucho mejor de los salvajes; que deshonraban su raza y utilizaban armas creadas por esos seres extraños que vivían arriba, lejos del agua y lejos de ellos.

Ella nació un año después de una batalla que su tribu había vencido contra los Ok'da Um. Un glorioso año sin noticias de ataques o robos, una victoria que se había mantenido hasta ese momento. Y por eso la llamaron Óin, que en su lengua, significa Victoria.

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Él había sido el hombre más importante de su país, aunque la realeza no pensara precisamente igual. Sabía hablar 15 idiomas y muchos dialectos y otras formas de comunicación ya muertas. Era su propio rey en su enorme biblioteca, la más grande y completa que había tenido el continente, la primera de su clase. Con una colección de papiros tan extensa, exquisita y única, que no necesitaba gobernar a un millón de hombres para sentirse poderoso. El conocimiento que había sacado de esos papiros había sido suficiente para sentirse poderoso.

Pero siempre quería más.

Se había memorizado la ubicación de todos ellos. Los había leído al menos dos veces cada uno, y podía contar un resumen aceptable de cada uno de los miles que contaba la biblioteca. Era su don más útil, dado que le ahorraba una preciosa cantidad de tiempo que lo usaba para estudiar, en vez de buscar el estante donde se encontraba el papiro.

Su don nunca le fallaba, y parecía ser más eficiente cada vez; sus asistentes siempre parecían asombrarse cuando él les pedía que buscaran el número de estante, el piso y la ubicación entre los tomos que buscaba. Sus estudios y avances le ganaron los favores del rey, y por ello, se vestía con tanto lujo y comodidad como un rey.

Su orgullo lo había alejado de su familia, pero ¿Qué era su familia al lado de todo el conocimiento del mundo? ¿Qué eran ellos junto a ese honor y privilegios de experimentar lo que él quisiera, de desenterrar los más grandes secretos, de descubrir las historias del mundo?

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Óin quedó huérfana cuando cumplió 27 años, ambos padres quedaron atrapados en una brutal emboscada con sus enemigos, y los refuerzos llegaron demasiado tarde. Como era costumbre, demostró su luto y su dolor rapándose la cabeza, su cabellera dorada y abundante quedó desparramada sobre la tumba de sus padres, y allí quedó eternamente, porque el cabello de sirena es indestructible y hermoso para siempre.

Habían pasado dos años y medio desde aquello, Óin ya no estaba deprimida, y se había convertido en una trabajadora eficaz en su comunidad. Tampoco hubo ataques de los Ok'da Um durante ese período, así que ella era la sirena con el cabello más corto de su aldea.

Óin no era tonta, pero era muy curiosa. Cuando se alejaba a buscar ciertos materiales, se quedaba mirando a los animales que pasaban muy por encima de sus cabezas, esas extrañas tortugas que cargaban encima a varias decenas de humanos. Sólo había visto a uno de ellos con cierto detalle, quien nadaba, y sus compañeros le echaron una larga soga para que volviera a subirse a la enorme tortuga, o ballena, o extraño animal que los transportaba.

Como todas las sirenas, tenía una parte especial en su cerebro y en sus orejas que le permitía entender las vibraciones que emitían los demás, las 'palabras' para ella eran realmente vibraciones específicas o chillidos, énfasis con las manos o exclamaciones similares a las que hacen los delfines.

Óin no era una niña, pero era tan risueña y alegre como una. Esperaba vivir 130 años o incluso más, ya había pasado por su pubertad, pero se veía tan joven y grácil como si tuviera 15 años, era pequeña, rápida e inteligente, y pensaba romper una de las tradiciones de la aldea; no tenía la idea de pedirle a su familia que la llevara a la superficie para morir cuando se hiciera vieja y lenta. Quería morir en el mar, en batalla tal vez, como sus padres.

Óin lideraba a su grupo de amigas, dos compañeras a las que apreciaba mucho. Se habían alejado, tal vez demasiado, del límite que les daban los líderes. Comenzaban a ver tiburones y pulpos, mantarayas y algas más altas, que solían llevarse para sus propios asuntos. Dieron con un desfiladero de piedras oscuras, y aunque temerosas, las sirenas siguieron a Óin, que no le daban miedo los lugares nuevos.

El desfiladero descendía un poco, y creaba una especie de pasillo, ancho y muy alto. Vieron pasar un gran tiburón sobre el desfiladero, pero no le tenían miedo. No eran su presa, y el tiburón tampoco podía pasar por allí.

Fri, la sirena de mayor edad, sostuvo a las otras dos y las haló tras una roca, señalándoles lo que estaba más adelante. La menor, una sirena de abundante y hermosa cabellera gris, se quejó, pero al ver lo que había, se tapó la boca con las manos, y Óin hizo lo mismo al voltear.

Había una criatura allí. No era un tritón como ellas, tenía la mitad del cuerpo como un tritón varón adulto, pero sus orejas eran tan cortas que no podían ver su color. Sus antebrazos estaban atrapados en una masa negra muy extraña, conectada al suelo por dos cuerdas con agujeros que llegaban al suelo y le ataban allí. En el cuello parecía tener un collar del mismo material, pesado y grande, atado al suelo mediante tres de esas extrañas cuerdas, dos clavándose a ambos lados de su cuerpo y una hacia atrás. En su cintura, en vez de tener una cola, tenía algo parecido a una aleta de color marrón, marchita y muerta.

Óin sintió algo de lástima. Pensó que era un humano, pero luego se preguntó cómo habría llegado allí, y, de estar muerto, había muerto hacía muy poco, pues estaba perfectamente conservado. Aún su cabello era abundante y marrón, y no parecía flotar, como flotaban los cadáveres de los humanos de las historias de otros tritones que sí habían visto humanos de cerca.

Salió tras la roca para acercarse y verlo mejor, pero el ser abrió los ojos, y luego giró la cabeza para mirar hacia ellas. Las tres sirenas huyeron lo más rápido que pudieron, sin que les importara que ese ser estaba atado y no podría perseguirlas aunque hubiera querido

23 de Agosto de 2017 a las 23:38 0 Reporte Insertar 0
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