CUENTOS PARA LEER ANTES DE DORMIR Seguir historia

daniel-tordo Daniel Tordo

Una serie de 10 cuentos en capítulos unitarios que subiré en forma diaria. Algunas vidas de pueblo atesoradas en recuerdos.



Cuento Todo público.

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El Hombre que nunca más quiso enamorarse

Año 1944. La guitarra estaba apoyada en su regazo. Ella se sentó a su lado, en el suelo, mientras disfrutaba de la melodía.

“Pequeña, te digo pequeña, te llamo pequeña con toda mi voz, mi sueño que tanto te sueña, te espera pequeña con esta canción...”

La voz carrasposa, casi disfónica no importaba. A ella le fascinaba ese vals Gardeliano. Carloncho, de oficio guitarrero y cantor era el típico bohemio, conocedor de todos los boliches y bodegones de mi pueblo. Sus lugares de frecuencia y trabajo también lo siguieron siendo mucho después, los lupanares, academias de baile y cualquier negocio prostibulario.

Era el tiempo donde un kilo de pan costaba más que uno de asado. Ella, Lucía Vizcaína, “La Vasca”. La recuerdan con el pelo castaño muy claro y muy largo. Sus ojos hondamente celestes, de rasgos finos, de tez blanca como nieve y una irresistible sonrisa. Tenía motivos para iluminarse. Estaba perdidamente enamorada de Carloncho.

Por él dejaría el prostíbulo. Una oportunidad de iniciar una nueva vida, lejos de la marginalidad y la desgracia. En España, en su Pedernales natal, padeció el hambre y la guerra civil. La cumbre de tanta violencia colmó su alma una terrible mañana, en la plaza pública donde fue obligada a presenciar la ejecución por la pena capital a su padre. Buscó evadir esa situación dolorosa y cuando tuvo la oportunidad de emigrar a Sud América, tomó sin pensar la decisión.

Entre los dos, alquilaron una pieza en la casa de Doña Perola, la misma que vendía leche suelta por calle 22. Carloncho soñaba una vida diferente.

- ¡Negrita! Vamos a tener casalitos, sueño estar tomando mate con vos y verlos jugar en el calor del fuego nuestro hogar- recitaba como si fuera un poema, el enamorado guitarrero. Ella solo lo miraba embelesada. No hacían falta más palabras.

La madama que regenteaba el prostíbulo, que se hallaba por calle 12, en la ciudad de 25 de Mayo,  no tuvo reparo de que Lucía comenzara una nueva vida. Le obsequió un ropero, una cama y una mesa de luz. Su experiencia como “mujer de la vida”, entendía que “La Vasca” enamorada como estaba, por más que le reprochase que ese punto no era para ella, no la escucharía. Un charré había cargado algunas cosas. La abrazó, le dio un beso en la frente como quien besa a una hija y le dijo al oído: “te merecés lo mejor y por ello deseo que no vuelvas nunca más, pero si las cosas no salen como deben salir, acá un techo no te va a faltar”.

Transcurrido unos días, el amor se había fundido en un punto alto de plenitud. Carloncho prometió dejar la vida licenciosa. Lo esperaba un trabajo digno. Su guitarra dormiría un sueño sin tiempo arriba del ropero en su estuche. Un amigo que era pintor de obra, necesitaba un operario, pero en su primer día laboral, llegó tarde.

Mantenían sus necesidades con los ahorros de Lucía. No le importaba. Su autoestima se encontraba en un punto óptimo. En el barrio, a pesar que todos tenían conocimiento de dónde provenía, a Lucía no le faltaron nunca el respeto. – ¡Buenos días señora, buenas tardes!- Concurría al almacén con idénticos resultados. Eso la ponía feliz.

En cierta oportunidad, se despertaron cerca de las diez y media de la mañana.

-¡Nos dormimos Carloncho! ¡Levantate, tenés que ir al laburo!-

-No, mi chiquita, tengo que ir once y media, porque voy para hacer el asado, me paga el día completo, no te preocupés- Le decía, mientras compensaba su preocupación acariciándola.

No había pasado la semana cuando, descubrió que su marido le había mentido. Poco le había durado el trabajo. En verdad fue a una reunión en la cancha de carreras donde le tiraron algunas chirolas por interpretar algunas canciones. Era la primera discusión donde ya la relación había mostrado un resquicio. Ese domingo, había hípicas en la cancha de carreras. El organizador le pagó unos pesos para trabajar en el remate de boletos. Se apareció por la casa el lunes a las siete de la mañana, con signos evidentes de que había tomado mucho.

Ella no dijo nada, tampoco permitió que la tocara. Aliento a vino. Se había acostado vestido y se había orinado. Debía hablar seriamente con él. No mostró signos de enojo. Lo dejó que se despertara, de forma tranquila, le cebó unos mates y antes que ella dijera la primera palabra, él pidió perdón.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, necesitaba creerle a su marido. Juró, el borrachín sobre el juramento de lo que siempre abdicaría. Necesitaba de ella. En realidad era así. Pasaron varios meses y luego de este incidente, tuvieron un tiempo sin tormentas, pero en ausencia de trabajo. Los ahorros se terminaron. Dona Perola, alma noble, comprendió la situación y les ofreció un terreno lindante que tenía sobre calle 15, para que hicieran un almácigo, hasta les facilitó algunas semillas. Las familias de la época, desarrollaban estos menesteres junto a algún gallinero, ya que resultaba ser, un importante aporte a la economía hogareña. No existían en el año 1945 en el pueblo las verdulerías.

Una noche tormentosa pero sin lluvia, Carloncho se apareció con un fulano. Después de tomar unos mates le dijo a su mujer. –Negrita este muchacho me acompañó, ya que sabe que andamos cortados de plata, a ver si vos querrías hacerle el favor. Nada de cosas raras, algo sencillito para salir del paso. ¡No te enojes mi vida! ¡No hay laburo por ningún lado y tenemos que pagarle el alquiler a la Doña y comprar algo, esto no es para siempre, ya vamos a salir de esta!-

Lucía tenía muchas ganas de llorar, pero se contuvo. Él le pidió al fulano un cigarrillo, tomó la pava, el mate, un banquito y se fue al patio. Todo sucedió rápido. La tormenta siguió a los relámpagos y cuando el tipo se fue, había comenzado a caer las primeras gotas. Carloncho entró a la habitación y la abrazó. Ella ya no quería contener sus lágrimas.

Noche por medio y después casi todas, traía uno o dos tipos con las mismas intenciones. Su hombre se había transformado en el fiolo y ella en su pupila. Su hogar, lleno de sueños, de tantas poesías y promesas de amor, se había tornado en un sitio, sórdido, gris y vacío. La cama que había sido el santuario del amor, un nido de sueños, de hijos y dulces besos, se había transformado en un hato de trapos sobre un colchón manchado de culpas.

El tiempo se llevó la dimensión de cuanto había transcurrido. Era todo más fácil, pero la magia se había esfumado. Una mañana, casi al mediodía Lucía llegó a la casa con un semblante como el que nunca le habían visto. En el hospital, le habían detectado sífilis. Era algo temido, incurable. Le aterrorizaba la idea de morir ciega o loca en un hospicio. Se había derrumbado todo. Su hombre, con quien nunca tomó la precaución de cuidarse, la había contagiado. Todo su esfuerzo, ese sacrificio de volver a la vida sórdida en pos de retomar la senda de un hogar inundado en sueños, se había apagado con un acto mas que de infidelidad. Eso le pesaba en el alma más que todo.

Carloncho en su flaco padecer, negó la imputación y sus manos fueron prestas a callar la boca de su bien amada. La hermosa sonrisa de la muchacha, se había transformado en una sanguinolenta mueca. Sus dientes blancos se hallaban teñidos de finas hebras de rojo sangre. Golpeada hasta en su alma, se echó en la cama. No habría más clientes. No había más amor. Su mundo se había destrozado.

Él, nuevamente pidió perdón, pero ya sus caricias no eran tales. Se tornaron en latigazos de mentiras al alma. Esa tardecita, se emborrachó en la habitación, demasiado para ser poco. Ella desde la mañana estaba acostada en el lecho. Se mantenía inmóvil y, entre vahos del alcohol, Carloncho terminó vomitando prácticamente en la cama. Dormía profundamente. Ella no se inmutó.

¿Dónde iría? No podía volver al prostíbulo por su enfermedad. Estaba condenada a un largo padecimiento. La marca de fuego había penetrado su corazón, en su vida. Adiós a tener una parejita de niños, adiós al amor, adiós al estremecimiento de esas manos amorosas que pasaban a través de su cintura, de despertarse con un beso y una sonrisa a la mañana.

¡Adiós!

Había amanecido. No importaba. En la única silla, él había dejado el saco y su revólver. Un Smith & Wesson .32 largo. Bufoso añejo que la chica tomó con sus dos manos, lo amartilló y se lo introdujo en su boca.

Fue un sonido apagado, como quien hace explotar una bolsita de polietileno. Silencio.

Él, horas más tarde se despertó de su embriaguez y sintió entre tantos olores el de la sangre. Tiene un olor particular, no sabría explicarlo. El rigor mortis, había cambiado su rostro. La vio. Lloró y gritó en el espanto. Las mejillas se habían deformado, tras el desgarro por la detonación porque al momento del disparo cerró la boca. La almohada era una esponja roja. Si no fuera por el arma y su rostro, podría parecer dormida. Su pelo hermoso, tenía tintes rojizos y pegantes.

Estuvo unos cuantos días detenido, hasta que se estableció que ella había tomado la trágica decisión. Carloncho volvió a su guitarra, a su canto, a hundirse en mares de vino y ginebra. Poco tiempo después, en 1947, con la llegada de la penicilina a nuestro país, pudo curarse.

En el pueblo, por años esta historia fue narrada de diferentes formas. La realidad que otorga el tiempo, me llevó a escucharla por ese hombre que llevó su culpa cargada, hasta que un cáncer se lo llevó en el año 1981 y que nunca más, quiso enamorarse. 

22 de Agosto de 2017 a las 13:06 0 Reporte Insertar 1
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