No entres al bosque Seguir historia

nataliaalejandra Natalia Hatt

Treinta pasos son los que Lizzy sabe que puede dar dentro del bosque. Si va más lejos, ya no hay vuelta atrás. Los que entran allí jamás regresan... Pero cuando su pequeño hermano desaparece, Lizzy desafiará todas las reglas y entrará al bosque, descubriendo los horrores que allí se ocultan. ¿Podrá salvarse del horrible destino que le espera?


Fantasía No para niños menores de 13. © Todos los derechos reservados

#oscuro #magia #cuento #cuentos fantasticos #bruja #steampunk #bosque
Cuento corto
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No entres al bosque

—No entres al bosque. —Fue la frase que Lizzy oyó con mayor frecuencia por parte de su madre, a medida que crecía y empezaba a interesarse por aquella agrupación de árboles que se encontraba a metros de la cabaña pequeña y humilde que habitaban al pie de la montaña.

—¿Por qué, mamá? ¿Hay muchas bestias salvajes? ¿Lobos? —una vez preguntó.

—No, no es a los lobos que debes temer... Hay cosas mucho más peligrosas allí, cosas que podrían hacerte mucho daño. Cada bosque oculta algo tenebroso en su corazón.

—¿Como en los cuentos que me lees, mamá? —preguntó la pequeña.

Su madre solía relatarle cuentos de hadas. Tenía un libro enorme y antiguo, coloreado a mano, el cual su abuela le había regalado antes de abandonar la casona familiar para casarse con un leñador. En él se narraban las aventuras de niños que se perdían en el bosque y debían lidiar con brujas y ogros malvados que se los querían comer. Lizzy jamás había pensado que esos cuentos podían ocultar alguna verdad. En la escuela del pueblo le habían enseñado que esas cosas no existían. Pero, como buena niña que era, Lizzy creía en las palabras de su madre por encima de todas las cosas y, si ella decía que en el bosque había brujas, Lizzy se mantendría alejada él.

—Sí, como en los cuentos de aquel libro —su madre respondió—. Nunca lo olvides.

—Pero tú entras al bosque, mamá. Buscas leña, setas para comer, hierbas para hacer medicina... y a veces traes algún conejo para la cena.

—Es cierto, cariño, pero hay un límite de hasta dónde se puede ir de manera segura —explicó la mujer—. Siempre cuento treinta pasos, yendo por el sendero que está marcado. Verás un tronco seco al costado del camino que una vez se quemó y parece tener dibujado un rostro. Una vez allí, puedes ir hacia los costados, pero nunca más adelante. Cuanto más te internes en el bosque, mayores peligros hallarás.

Y era un poco por esa advertencia, y otro poco porque cuando cumplió quince años un día su madre salió a recolectar hierbas y jamás regresó, que Lizzy siempre contaba sus pasos cuando se veía obligada a ir a ese sitio. Uno... dos... tres... Nunca caminaba más allá de ese tronco, aunque le parecía oír un llamado que la instaba a hacerlo.

«No todo lo que se esconde en el bosque ha de ser malo», pensaba. Aun así, sabía que lo mejor era obedecer las sabias palabras de su madre. Según esta, el bosque se había llevado a su esposo cuando su hija era aún una bebé de pecho. Era mejor respetarlo y ser cuidadosa con él. Lizzy no quería terminar como sus padres.

Poco después de que la muchacha hubiese cumplido sus once años, un hombre de noble aspecto había llegado a sus puertas. Decía haberse perdido, y ya estaba cayendo la noche. Su madre lo invitó a pasar la noche y le dio de comer... Fatal error. Debería haber sido más desconfiada de los desconocidos que del bosque mismo.

Esa noche, ese hombre violó a la buena mujer. Para él, ella había sido una simple campesina que podía usar a su antojo. Lizzy salió por la ventana y corrió a pedir ayuda a los vecinos más cercanos, que vivían a una legua de distancia. Cuando regresó junto a ellos, el agresor había desaparecido. Agnes, su madre, solo había recibido heridas leves, por lo que pronto se recuperó por completo. Sin embargo, esa noche trajo consecuencias: la mujer quedó embarazada y nueve meses más tarde nacería Francis, su segundo hijo que crecería sin un padre.

Para cuando Agnes desapareció, el niño tenía solo tres años, y la joven Lizzy tuvo que hacerse cargo de su crianza, convirtiéndose más en una madre que en una hermana.

—No entres al bosque, Francis. Nunca —le dijo al niño cuando cumplió seis años y consideró que tenía la edad suficiente para jugar solo en los alrededores de la casa, sin tener que observarlo todo el tiempo.

—¿Qué hay en el bosque? —preguntó él—. ¿Lobos?

—No sé si hay lobos, al menos nunca los he oído —le dijo a su hermano pequeño—, pero mamá siempre decía que las amenazas de ese libro, el que está allí arriba de la chimenea y cuyas historias te cuento de noche, son reales...

—¿Entonces fue una bruja quien se llevó a mamá? ¿O un ogro? —preguntó.

—Puede ser... —respondió la muchacha—. Por eso, nunca vayas al bosque. Tienes que prometérmelo.

—Lo prometo —dijo él.

No demoraría en romper su promesa.

***

—¡Francis! ¡¿Dónde estás?! —Lizzy había llegado de lavar ropa en el río y no encontraba a su hermano por ninguna parte. No estaba en la casa, ni en el huerto, ni en ningún otro sitio en los que tenía permitido jugar y deambular.

«Quizás se haya ido al bosque», pensó. Más de una vez lo había llevado consigo y le había mostrado el límite que ninguno de los dos podía traspasar. Él sabía bien hasta dónde podía llegar, solo que no tenía permiso para ir solo. «Tal vez esté juntando flores para regalarme», se dijo la muchacha.

—¡Francis! —lo llamó mientras caminaba por el sendero. No veía ni rastros de él. «Si estuviese aquí, ya debería haber oído mi llamado», pensó.

Y estaba por darse la vuelta para intentar buscarlo en la casa de los vecinos, o en el camino al pueblo, cuando vio algo más allá del tronco quemado que llamó su atención: varias piedritas blancas estaban desparramadas por el sendero que no debían transitar. Miró mejor y notó que estaban distanciadas unos metros la una de la otra. Eran piedras blancas que resaltaban porque el suelo era oscuro, porque no pertenecían a ese lugar: eran piedras del río.

«Maldita sea, Francis», pensó. Su hermano había estado recolectando piedritas ahí unos días atrás y no le había querido contar para qué las necesitaba. Ahora Lizzy podía darse cuenta del motivo. Tal como en una de sus historias favoritas, Francis pensaba internarse en el bosque y encontrar su camino de regreso siguiendo el rastro que había dejado.

Lizzy pensó que quizá no habría logrado avanzar mucho. Si seguía las piedras hallaría a su hermano, y luego lo arrastraría de regreso. Con suerte podrían sortear cualquier clase de peligro a tiempo.

Abrió el reloj colgante que había heredado de su madre y miró la hora: ya no faltaba para el atardecer. Necesitaba encontrarlo rápido; debía apresurarse. Buscar ayuda externa no era una opción. Tampoco creía que nadie estuviese dispuesto a acompañarla. Ese bosque era responsable de la desaparición de decenas de personas, todos los vecinos habían perdido algún ser querido allí, y Lizzy aún no había conocido a nadie que hubiese caminado más allá de los treinta pasos y hubiese regresado. Esperaba ser la primera.

Siguió las piedras por el sendero. Tuvo que doblar un par de veces cuando otros senderos se cruzaron. Pronto llegó un punto en el que las piedras se volvían cada vez más distanciadas. Un poco más adelante, encontró la última. «Se le deben haber acabado», pensó.

—¡Francis! —gritó. Quizá su hermano se encontraba cerca, escondido detrás de los matorrales de ese bosque que todos los campesinos creían mágico. «No sé qué será lo que tiene de mágico», se dijo. Aún no había visto nada diferente de lo que podía hallar a las afueras del mismo.

Siguió caminando, y pensó que su hermano tal vez habría decidido seguirlo y no desviarse del camino ahora que no tenía más piedras para marcarlo. ¿Cómo haría para encontrarlo si se había desviado?

Minutos más tarde, Lizzy oyó un ruido entre los arbustos y detuvo su andar. «Podría ser él», pensó.

Caminó hacia un arbusto cuyas hojas se meneaban y se agachó para ver qué ocurría. De inmediato, un animal dio un salto y comenzó a correr por el sendero, provocándole a la joven un susto de muerte. Se trataba de un pequeño conejo blanco. Sin embargo, tras haber recorrido unos pocos metros, el animal cayó al suelo como si su corazón se hubiese detenido de repente.

Intrigada, caminó hacia el animal. No necesitó observarlo mucho para notar que algo estaba mal. Una cosa dorada y brillante sobresalía por debajo de su rabo. Lizzy se agachó y levantó al desafortunado conejo entre sus manos, para darse cuenta de que no se trataba de uno normal. Si bien la parte superior del animal estaba cubierta de piel, y su cabeza y sus patas eran las de un conejo común y corriente, al mirar su parte inferior Lizzy encontró una pequeña abertura por la cual se advertía el interior del animal: estaba lleno de engranajes como los de un reloj, solo que parecían haber dejado de funcionar, lo cual explicaba el repentino desfallecimiento.

—Tienes que darle cuerda —dijo una pequeña, que de la nada apareció a un costado del sendero. Era una niña de entre ocho y diez años, de ojos azules y rizos rubios recogidos con una cinta roja. Llevaba un vestido rojo más corto que el negro encorsetado que llevaba Lizzy. «¿Qué hace esta niña aquí», se preguntó.

No emitió palabra, pero hizo lo que la niña le había indicado. Buscó la manivela que sobresalía por debajo del rabo del animal mecánico y le dio cuerda. Al hacerlo, sus ojos se abrieron: eran ojos verdaderos, y se veían aterrorizados. Lizzy dejó el conejo en el suelo, y este se alejó y se ocultó otra vez en los matorrales.

—¿Qué es esto? —preguntó Lizzy—. ¿Por qué tenía engranajes ese animal?

—Así es todo lo que habita este bosque —respondió la niña, dejando perpleja a la joven de cabellos castaños que creía y no quería creer en los cuentos de hadas que su madre de pequeña le contaba—, aunque no siempre ha sido así.

La niña se dio la vuelta para mostrar que, en medio de su espalda, sobresalía una manivela dorada en forma de mariposa, similar a la del conejo que acababa de marcharse.

—¿Tú también? —preguntó Lizzy, horrorizada. ¿Quién le había hecho eso a esa inocente pequeña?

—Sí... y pronto tú te nos unirás si no logras huir de este bosque maldito —dijo—. Vete mientras aún puedas hacerlo.

—¿Quién te hizo eso? —quiso saber.

—Gertrude, la bruja del bosque, dueña y señora de todo lo que aquí hay. Antes en el bosque habitaban hadas que la tenían controlada, pero la bruja les declaró la guerra y las mató a todas, marcando aquí su territorio. Ella te come, pero tu alma quiere salvar... y a cambio de tu carne, te regala... te-te-re-gala la e-et-ter-nidad.

La voz comenzó a entrecortarse cada vez más.

—¿Estás bien? —preguntó Lizzy.

—N-N-no... Ne-ne-ce-sito cuer-da. —Tras decir esto sus ojos se cerraron y cayó al suelo.

Lizzy caminó hacia ella, la levantó entre sus brazos y le dio vueltas a la manivela en su espalda hasta que llegó a su tope. La niña se reanimó de inmediato y le sonrió.

—Gracias. Me llamo Mary. ¿En qué puedo ayudarte?

—Estoy buscando a mi hermano. Se ha perdido en el bosque. Su nombre es Francis y es un poco más pequeño que tú.

—Oh, lo siento mucho —dijo la pequeña.

—¿Por qué? ¿Le ha ocurrido algo?

—Sí —respondió—... Se lo ha llevado Gertrude.

***

La niña le había dicho que lo que iba a hacer era una idea pésima y nada bueno saldría de ello pero, a pesar de todas las advertencias, pronto Lizzy se encontraba recorriendo el camino que llevaba a la casa de la bruja. No podía dejar de preguntarse si lograría llegar a tiempo para evitar que su hermano fuera mutilado y su carne consumida.

La casa pronto se hizo visible; se encontraba en el claro del bosque, que ya no estaba tan claro debido a que el sol había desaparecido minutos atrás. De la chimenea salía humo, por lo que Lizzy supo que Gertrude había encendido el horno, y rogó que no fuera su hermano lo que esta pensase cocinar para la cena.

Se encontraba ya a pocos metros de la casa, cuando a lo lejos visualizó una figura conocida. Era una mujer que parecía haberse quedado dormida contra un árbol, pero Lizzy ya sabía que lo que ocurría era algo diferente.

Se trataba de su madre, quien al desaparecer tres años atrás se había convertido en otro de los seres mecánicos que poblaban el bosque.

Con lágrimas en los ojos la abrazó. Nada hubiera indicado que la mujer no estaba compuesta por más que carne y hueso si no fuera por la manivela que salía de su espalda, asomándose entre la hilera de botones del vestido marrón. Su rostro era el mismo de siempre, sus brazos y piernas también eran de carne y hueso, pero su caja torácica ahora era metálica, y en su interior se encontraba una gran cantidad de engranajes que al accionarse le darían vida otra vez. Lizzy le dio cuerda tras secarse las lágrimas. No quería que Agnes la viera en ese estado.

Cuando la mujer mecánica abrió los ojos, se sobresaltó al encontrarse con el rostro que había esperado no volver a ver jamás. No porque no extrañase a su hija, sino por lo que el volver a verlo comprendía.

—¡Lizzy! Lizzy, ¿qué haces aquí? —preguntó preocupada—. Yo te dije..., te dije que no entraras en el bosque. ¿Por qué lo hiciste?

—Por Francis, mamá... —respondió su hija. Agnes nunca había querido demasiado al niño (al menos no como a su primogénita) por ser el producto de un acto aberrante, pero Lizzy adoraba a su hermano y estaría dispuesta a hacer cualquier cosa por él.

—Lo siento mucho, hija —respondió la madre—, pero si Gertrude lo tiene ya no hay vuelta atrás. Debes volver a casa mientras puedes. Yo cuidaré de él cuando se vuelva uno de nosotros.

—No, mamá, no quiero que le pase esto. Lo siento, pero esto no es vida —dijo la muchacha, sacudiendo la cabeza—. Además, tú puedes venir con nosotros. La gente no necesita darse cuenta de tu transformación.

—No, no puedo —dijo Agnes con tristeza—. A no ser que quieras cavar un pozo de dos metros de profundidad para enterrarme. He muerto y he sido reanimada. Solo tengo vida dentro de este bosque mágico... Fuera de aquí, no seré más que un cadáver mutilado y rellenado con engranajes. Pero si quieres seguir con esta tonta misión suicida para salvar a tu hermano, no puedo detenerte. Apúrate, estaré aquí cerca por si necesitas mi ayuda.

—Una sola pregunta antes de irme, mamá —le dijo Lizzy, mirándola a los ojos—. ¿Por qué entraste?

—Porque lo vi a él..., a tu padre... Se encontraba cerca del límite observándome mientras recogía belladona. Huyó cuando notó que lo había visto, porque no quería esta vida para mí. Pero no fui capaz de obedecer mi propia regla, la más importante... y lo seguí.

—¿Al menos ahora están juntos? —quiso saber la muchacha. Dentro del destino tan terrible que le había tocado a su madre, estar junto al amor de su vida era algo bueno e incluso romántico. Podrían darse cuerda el uno al otro para no dejar de funcionar, y podrían vivir su vida deambulando por el bosque siempre y cuando cumplieran con las reglas de la dueña del lugar.

—No —dijo, y una lágrima rodó por su rostro—... Él..., él quiso salvarme. La bruja lo destruyó.

Lizzy besó a su madre y se marchó. Supo que no podría contar con su ayuda, al menos no mientras estuviera dentro de la casa. No quería que su madre sufriera el mismo destino que su padre. Era horrible convertirse en un ser mecánico destinado a deambular por el bosque e imposibilitado de salir de allí; aun así, eso era mejor que no tener vida en absoluto.

***

Lizzy golpeó a la puerta de la casa. No se le ocurría otra manera de entrar, y no tenía ningún plan, pero supuso que dispondría del tiempo suficiente como para pensar en la mejor forma para huir junto a su hermano.

La puerta se abrió y una joven de casi su misma edad la atendió. Lizzy supo que esa no era la bruja. Tal vez se tratase de su hija, o de una criada. Tampoco parecía que tuviese partes mecánicas en ella. Lizzy hubiera apostado que se trataba de una humana común y corriente.

—Hola. Me he perdido y se está haciendo de noche. Me preguntaba si podría quedarme aquí hasta mañana —dijo.

—¿Estás segura de que quieres quedarte? —preguntó la muchacha. Se la notaba un tanto extraña, parecía que tenía la intención de ayudar. «Quizás pueda hacer de ella una aliada», pensó Lizzy, y eso la animó.

—No tengo adónde ir... y estar a la intemperie me da mucho miedo —respondió.

—Maisie, ¿estás hablando con alguien? —dijo una voz profunda desde adentro. Lizzy supuso que esa sí sería la bruja, y pronto pudo confirmarlo, cuando la mujer apareció detrás de la muchacha que le había abierto la puerta.

—Eh, sí. Esta señorita preguntaba si podía quedarse a pasar la noche.

La bruja no era tan horrible como las que aparecían en las ilustraciones del famoso libro con el que Lizzy había crecido. Aparentaba unos cuarenta años, tenía el cabello largo y negro; lo único que la delataba como un fantástico eran sus ojos rojos. Además, tenía una verruga en su nariz, pero esto no lograba afear su aspecto.

—Por supuesto —dijo la mujer, y esbozó una sonrisa que dejó ver una hilera de dientes blancos y perfectos, todo lo contrario a la clase de dentadura que Lizzy esperaría ver en una hechicera.

La joven entró a la casa por detrás de las otras dos mujeres. La habitación a la cual entró parecía la de una casa normal de la época, solo que había una mesa sobre la cual se encontraban desparramados una enorme variedad de engranajes de todos los tamaños y colores imaginables. Era allí donde la malvada mujer preparaba los mecanismos para reanimar a sus víctimas.

—¿Lista para convertirte en una habitante más del bosque? —preguntó la bruja, y chasqueó los dedos de manera dramática. Lizzy cayó al suelo, inconsciente.

***

Cuando abrió los ojos se encontraba sentada a la mesa. Tenía las manos libres y un plato con carne asada delante de sí, pero estaba atada a la silla.

—Debes comer, no queremos que mueras con el estómago vacío —dijo la bruja—. Tranquila. Es carne de conejo..., creo.

Las dos mujeres también estaban sentadas a la mesa, pero ellas ya habían comenzado a degustar su comida.

—Mi hermano. ¿Dónde está mi hermano?

—Oh, con que por eso has venido. Tu hermano está en el sótano esperando su turno. Estaba ocupada con el conejo cuando lo encontramos, así que no he podido terminar el trabajo del día.

«Qué alivio», pensó Lizzy. «Sigue vivo».

—Señora, estaba pensando que quizá no sea necesario matarla ahora —dijo Maisie.

—¿Y eso por qué? —preguntó Gertrude.

—Porque aún tenemos mucha carne para comer mañana, e incluso pasado mañana —dijo la muchacha, con la cabeza baja—. Hace calor y se echará a perder.

—Tienes razón, Maisie —replicó la bruja—. La dejaré pasar la noche, pero solo porque ahora quiero descansar. La degollaré mañana y le sacaré las partes que necesitamos Realizaré la conversión cuando haya terminado con su hermano. La jaula está ocupada, así que tendrá que dormir contigo esta noche.

—No hay problema, señora —le dijo la muchacha.

—Y si demuestra resistencia, ya sabes qué hacer. —Maisie asintió.

«Gracias, Maisie», pensó Lizzy. Esa noche tendría su oportunidad para escapar. Cuando la bruja y su criada estuviesen durmiendo, bajaría al sótano y liberaría a su hermano. Luego escaparían juntos; no podía fallar.

Comenzó a comer para ganar fuerzas, las necesitaría para poder huir.

Esa carne no sabía a conejo.

***

—Siento mucho no poder ayudarte —dijo Maisie, dándole un camisón a Lizzy para que se cambiara—. Pero al menos has ganado un poco de tiempo y podrás usar esta noche para preparar tu mente para mañana. Cuanto mejor estés, mejor será tu vida después de tu muerte.

—¿Eres su hija? —quiso saber Lizzy. La muchacha sacudió la cabeza.

—No, pero Gertrude me encontró abandonada en el bosque cuando era pequeña, y decidió mantenerme con vida para que fuera su ayudante. Tiene intenciones de enseñarme magia cuando cumpla dieciocho años, lo cual ocurrirá pronto. Pero, entre nosotras, no sé si es eso lo que quiero para mi vida.

—¿Cómo toleras que haga esas cosas tan horribles? —preguntó Lizzy.

La chica se encogió de hombros.

—No me queda otra opción. Es eso, o unirme a los demás habitantes del bosque.

Maisie tenía una cama grande en la que ambas cabían bien. Cuando la muchacha se acostó, Lizzy notó que llevaba un colgante de oro en forma de tres engranajes entrelazados: uno grande, uno mediano y uno pequeño. Fue allí que se le ocurrió una idea fantástica, pero debía esperar a que Maisie se durmiera para ponerla en práctica. Rogaba que la muchacha tuviese sueño profundo.

Lizzy creía que la bruja podría arrepentirse de haberla dejado con vida, más que nada porque no podía enjaularla y había posibilidades de que ella se escapara. Quizá eso no la dejaría dormir y la bruja vendría a asesinarla en su cama. Tal vez no querría despertar a Maisie y la mataría en la oscuridad. Lizzy necesitaba estar preparada para eso.

Fue por ese motivo que, cuando la criada se durmió y comenzó a roncar, Lizzy la tomó del brazo para ver si se despertaba. Como esta no reaccionaba, tomó con cuidado su collar y se lo quitó, reemplazándolo por el reloj colgante. Este objeto quedó descansando sobre su pecho, y pronto los engranajes estaban colgando del cuello de Lizzy, quien se acostó y dejó sus ojos abiertos para no dormirse.

Pasó una hora y ya estaba a punto de levantarse para intentar poner en práctica su plan de huida, cuando oyó pasos en el pasillo. La bruja se había levantado de la cama y venía hacia la habitación donde descansaban las dos jóvenes.

El instinto de Lizzy no había estado errado. Fingió que dormía y rezó por protección divina.

La malvada mujer entró a la habitación. La sombra de un enorme cuchillo se dejó ver contra la pared.

—Lo siento, Maisie, pero no puedo dejarla pasar la noche —susurró, pero la joven por suerte no la oyó.

Gertrude se acercó a Lizzy, por lo que ella tuvo que hacer el doble esfuerzo para que no sospechase que estaba despierta. El terror que sentía no se lo hacía fácil. La bruja llevó su mano al cuello de la inocente y acercó el cuchillo, pero pronto, al posar su mano sobre el pecho de la muchacha, notó que llevaba puesto el collar con los engranajes y comenzó a alejarse.

—Qué tonta, casi cometo un grave error —dijo por lo bajo, y caminó hacia el otro lado. Sin dudarlo, degolló a Maisie y luego salió de la habitación. La pobre muchacha jamás vio la muerte venir. La sangre caliente comenzó a llenar la cama, pegándose al cuerpo de Lizzy, quien se quedó quieta hasta que oyó a la bruja roncar.

Se levantó mortificada y con ganas de vomitar.

«Perdón, Maisie», se dijo. «Era mi vida o la tuya. Podrás seguir sirviendo a la bruja en tu próxima vida».

Se vistió sin hacer ruido e intentó limpiarse la sangre lo mejor que pudo, pero no logró quitar la que tenía en el cabello. Le quitó el reloj colgante a la muchacha muerta y bajó las escaleras en puntas de pie, para luego buscar la entrada al sótano, la cual se encontraba detrás de la mesa donde estaban los engranajes. En la pared, al costado de las escaleras, había una llave colgada. La muchacha supuso que esta abriría la jaula donde estaba su hermano, así que la tomó y la llevó consigo.

La poca luz que entraba por una pequeña ventana le hizo ver que su hermano se encontraba tirado en el suelo, durmiendo dentro de la jaula.

Caminó hacia ahí y logró abrir la puerta.

—Francis —susurró y lo sacudió para despertarlo. Enseguida él comenzó a moverse.

—¿Lizzy? ¿Eres tú?

—Sí, he venido a rescatarte. Vamos, rápido y sin hacer ruido.

La bruja estaría durmiendo tranquila, pensando que cualquier sonido que oyese dentro de la casa sería producido por su criada, pero Lizzy no podía arriesgarse. La puerta más fácil de abrir había resultado ser la trasera, así que los hermanos salieron por allí.

Tomaron el sendero por el cual Lizzy había llegado a la casa de Gertrude; supo que si lo seguía pronto llegaría al sitio donde su hermano había tirado la última piedra. Luego sería fácil regresar a casa. Caminaron con rapidez y sin emitir ninguna palabra. La muchacha estaba tan segura de que todo había salido bien que no se había dado cuenta de algo terrible que estaba a sus espaldas hasta que fue demasiado tarde.

Se detuvo cuando vio la primera piedra blanca brillando a la luz de la luna.

—Aquí está. Fue buena idea marcar el camino, Francis. Espero que ahora aprendas a no entrar más al bosque —le dijo. Su hermano la miraba, pero ella pronto pudo notar que su mirada estaba perdida, como si no la estuviera viendo en realidad. Se acercó un poco más a él, justo antes de que se desplomara en el suelo tal como lo había hecho el conejo... Tal como lo había hecho la niña de los rizos rubios.

Lizzy comenzó a sacudirlo, pero el niño no reaccionaba. Revisó su espalda para comprobar lo que no había comprobado antes, pero no vio ninguna manivela. Sin embargo, al abrir su camisa, vio que su tórax se encontraba abierto... Sus órganos vitales habían sido reemplazados por engranajes. El trabajo aún no había sido terminado, por eso la bruja aún lo tenía en la jaula... Por eso el niño todavía no contaba con una manivela, y su tórax aún no había sido cerrado con la lámina de metal que Lizzy había visto que llevaba su madre.

Lizzy cayó de rodillas y se echó a llorar junto al cuerpo de su hermano.

«Fue mi culpa. Debí haber sido mucho más cuidadosa con él. Jamás debí dejarlo solo en casa», se dijo.

Habrá estado llorando allí como por una hora, cuando una mano familiar se posó en su hombro. Se dio la vuelta y vio que se trataba de Agnes.

—Vete, Lizzy. Vete ya, o terminarás como él... como yo —le dijo.

—No puedo dejarlo solo —lloró la joven.

—No tienes alternativa. Tranquila, yo conseguiré una manivela para darle cuerda, y mis amigos me ayudarán a encontrar algo con lo cual cerrar su tórax. Cuidaremos de él y no dejaremos que la bruja lo destruya. Lo prometo. Si te quedas, la bruja no te convertirá en uno de nosotros, no tendrá piedad contigo, de eso puedes estar segura.

Toda partícula de su ser le gritaba que debía quedarse con su hermano para proteger lo que quedaba de él. Pero si quería vivir y ser libre debía irse, así que lo hizo, pero no sin antes darle un abrazo a su madre, y darle cuerda al máximo para asegurarse de que tendría varias horas disponibles para llevar al niño a un lugar seguro. Su madre le dijo que había una agrupación de cabañas donde las demás personas mecánicas vivían en sociedad. Llevaría a Francis allí. La bruja los dejaba en paz siempre y cuando no se entrometieran en sus asuntos. Ni siquiera solía pasar por ese lugar, a no ser que justo estuviera de cacería.

Lizzy se alejó llorando, prestando atención solo a las piedras que marcaban su camino de regreso. Ellas la guiaron a casa.

No volvió a vivir en la cabaña al pie de la montaña en la cual había crecido, sino que enseguida caminó hasta el pueblo y tomó el primer tren a Londres. No pudo pegar un ojo hasta haberse alejado lo suficiente de ese lugar, de ese bosque. Viviría en la ciudad, alejada de cualquier clase de bosques, observándose a menudo en el espejo para comprobar si seguía siendo la misma de siempre; más que nada cuando despertara de sus pesadillas, en las que solía descubrirse partes de metal.

No entres al bosque. Todos ellos guardan algo macabro en su corazón. Una vez que entras cambias para siempre. No hay vuelta atrás.

29 de Julio de 2017 a las 18:53 2 Reporte Insertar 9
Continuará…

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Natalia Hatt Argentina. Escritora y profesora de inglés. Autora de la saga "Sangre enamorada", publicada por Nova Casa Editorial.

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samuel sanchez samuel sanchez
me gusto
15 de Julio de 2018 a las 12:33
Samuel emilio Samuel emilio
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5 de Mayo de 2018 a las 21:08
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