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alev Fernando Vela

La atracción que llegamos a sentir por una persona especial no es constante, puede evolucionar y tomar formas inesperadas en nuestra mente.


Romance Sólo para mayores de 18.
Cuento corto
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Confesión de un deseo desvirtuado

Es confuso describir en dónde inició esta historia, porque no lo recuerdo y, a decir verdad, muchas de las cosas que ocurrieron fueron sustituidas por ficciones de mi imaginación. El suceso tiene lugar durante tres instantes en el mundo real y desde el primero, hasta el día de hoy, en mi mente. Se trata de una búsqueda por aliviar la presión que en mis entrañas se acumula, que me invita a contar el gran milagro que he vivido, una hazaña que por más intención que pongo en guardar, debe ser manifestado. Espero el lector sepa disculparme si en las palabras utilizadas no reflejo plenamente la llama que en mi quema.


Lo que si recuerdo es que aquella tarde, en una hora en la que el astro rey transforma todos los colores en tonos cobrizos, y estando yo caminando de forma apresurada a través de una plaza, crucé la vista con unos ojos encantadores, que irradiaban un brillo más cegador que el Sol mismo, y tal fue la impresión causada que mi reacción inmediata fue parar en seco, voltear a ver el suelo y sentir una angustiante vergüenza, como si de un error se tratara ante una figura de autoridad, capaz de proporcionar un severo castigo. Sin embargo, ante tal encanto y temeroso de que aquél fuera mi única oportunidad de apreciación, traté de buscar su mirada nuevamente escudriñando en su rostro, con la esperanza de poder grabar esa imagen en mi interior. Aunque seguía su paso sereno, en un momento dado regresó su mirada a mí y aproveché todo el momento para grabar cada porción de su cara tan angelical, dando un cuidadoso detalle en esos ojos creados con los mejores elementos del Edén. En agradecimiento al honor que me permitió, esbocé una sonrisa y me escondí en mis reflexiones para revisar el tesoro que acababa de obtener. Inevitablemente tuve que seguir el día y así fue, pero ahora me reconfortaba pensar en sus ojos.


Empecé a frecuentar la plaza con la esperanza de encontrarla; su fotografía estaba bien delineada en mis recuerdos, pero había un deseo que me invitaba a buscar el encuentro para poder apreciarla nuevamente, tal vez el mismo que mueve a las personas a buscar una pintura que ya han visto en fotografías. Sin estar seguro de qué días o qué horas eran las adecuadas, traté de hacer diversas travesías, en alguna de ellas tendría éxito.


Un día logré observarla a lo lejos, por lo que decidí acercarme lo suficiente para que fuera nítida, pero no tanto para incomodarla. Ahí noté cómo la vida tiene ciertos detalles que parecen absurdos y quizás risibles, pero que son suficientes para frustrar una misión: portaba unos lentes oscuros que impedían la conexión con la mirada cautivadora, y si bien me parecía entendible por las luces de la tarde, era desalentador sentir que la espera fue vana. Aunque debo confesar que no dejé pasar el momento para prestar atención en sus rasgos faciales lo suficiente para armar el rompecabezas: había armonía en sus proporciones y sus matices eran suaves, era una belleza que a pesar de la distancia podía palparse, sentirse en las yemas de los dedos, pero lo más asombroso era que no encontré una característica desentonara con el rostro como un todo. Fue un gran desfile de sensaciones, sin embargo, sus ojos seguían siendo el factor principal, el elemento fuera de cualquier parámetro, no tengo las palabras para intentar describirlos y hasta cierto punto sería doloroso, como quien libera en su arte emociones tan encarnadas que desprenderlas del ser lastima. Desconozco si ella notó mi intrusión, no me gustaría dejar una sensación negativa después de la gran experiencia que yo viví.


Dejé de acercarme a la plaza, no fue una decisión fortuita, necesitaba trazar una línea. Descubrí que mi atención fue deteriorándose de forma gradual a partir de la segunda coincidencia, viviendo episodios de apreciación que de vez en cuando eran instantáneos, de vez en cuando eran prolongados, y que llevaban al mismo desenlace: la desconexión de la realidad física y la embarcación a la fantasía.


Mi condición fue agravándose al grado de consumir largos lapsos y aplicando enormes esfuerzos a entender en qué estaba buscando: en el reino etéreo la única actividad era apreciar la imagen que había formado de ella, la idea que yo había implantado en ella, la idea de lo que yo entendía por belleza. ¿Cómo podía estar seguro de que en eso consistía la belleza?, ¿cómo estaba seguro de que solo se trataba de apreciación?, ¿no sería un pretexto para huir de la realidad?, ¿no sería una mentira que me repito para no reconocer mi cobardía de correr riesgo del rechazo?, ¿qué significa ser rechazado cuando no estás buscando nada en particular?, ¿estaba seguro de que no buscaba nada en particular?


Nunca entablé conversación con ella, no tenía indicios de qué pensaba ella sobre la vida, qué le gustaba, qué la motivaba, qué la frenaba, y tampoco estaba seguro de querer saberlo; en realidad, nunca pregunté por su nombre, quizás era Janeth, me parece un nombre hermoso, creo que es el que mejor le quedaría, sería agradable que en efecto se llamara Janeth, pero no me preocupa tanto porque la posibilidad de comprobarlo parece remota.


Cada aparición que tenía lugar en mi mente lucía más hermosa que la anterior, lo que me causaba un conflicto entre el regocijo de apreciar un arte majestuoso y la culpa de estar alterando el recuerdo buscando la perfección; por convertir el recuerdo en luces e ilusiones. Sin embargo, este era ahora mi pasatiempo favorito, construir ofrendas en mi cabeza para ella, empezando por abrir un espacio en mi mente y colocar un pequeño altar que resultó insuficiente, se requería algo más sofisticado, por lo que decidí destruirlo. En su lugar decidí edificar un palacio que fuera tan imponente como original, lo cual me tomaría muchísimo tiempo, así que dejé de lado más actividades de mi día a día para enfocarme en terminar el recinto.


En los pocos contactos que tenía con el exterior, comencé a sentir temor de hablar con otras personas, especialmente con otras mujeres, pues me invadía un sentimiento de culpa producto de mi relación no declarada pero asimilada. Además, las personas ahora me parecían indiferentes, ciertamente había personalidades muy agradables en tras la frontera de los sentidos, pero había ya muy pocas coincidencias entre los “otros” y “nosotros”, yo ya no tenía nada sobre qué hablar con el exterior; nada se comparaba a la perfección que ya era parte de mí, yo era parte de un vínculo más íntimo y trascendental. Incluso las pulsiones de la libido por otras personas fueron incapaces de moverme de la veneración, allá afuera había elementos estéticos, pero mi observación no debía corromperse por ello, y menos ante la presencia constante de esos ojos, los cuales tenían toda mi atención.


El tercer instante sucedió hace unas cuantas horas. Tras un prolongado tiempo dedicado a contemplar la belleza de esa mujer, apareció ante mí, en el mundo de lo material, con tanta definición y tan llena de los detalles que nos dan realidad a los elementos físicos, que me sentí bendecido. Al deslizar mi vista por cada detalle de su cuerpo, de su rostro, me asombró el poco parecido que existía entre ella, ahora, y ella, la primera vez que la vi. Pero esos ojos eran los mismos, con esa capacidad hipnótica impresionante, y eso fue suficiente para mí, el milagro se había concretado, fui capaz de sentir su compañía, aquí, en esta habitación solitaria, en este mundo solitario.

30 de Noviembre de 2021 a las 02:15 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

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Fernando Vela Paso más tiempo en la imaginación que en la realidad, quiero traer un poco de ese mundo a este lugar.

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