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Mi elegida


Siempre me gustaron las visitas. No es que no sepa estar sola, es que cuando estoy en compañía siento que hasta mi propio ser cobra más sentido. Es a esto a lo que aspiro en mi vida: compartirla con otros. Podría resumirla en realidad entre muchas vidas, como si cada etapa fuera una vida independiente de la otra. Sí, tienen un hilo conductor, una línea temporal en la que cada una de las vidas confluyen, pero pareciera que carecen de coherencia, de homogeneidad.

Entre vida y vida, lo que hago es descansar. Descansar mucho. Reponerme de mis vivencias, escribir cada recuerdo en mi memoria, atesorarlos y reproducirlos en cada hueco de mi hogar, guardarlos bien guardados en lo efímero del tiempo y sentir el viento como el giro de una página de un libro que se está escribiendo para pasar a una nueva hoja en blanco.

Es que no solo vivo de recuerdos, vivo de la espera de los que vendrán.

Ay, pero como amo las visitas. ¿Ustedes no? Esa sensación de estar linda y preparada para, cuando se abra el portón y lleguen los señores con sus esposas y sus hijos en sus autos, y dejarlos estacionados abajo del árbol que más sombra regale, yo esté ahí, reluciente, esperando ser admirada por cada uno de los invitados. No es que sea egocéntrica ni quiera ser la protagonista de todos los momentos, pero en cierta forma, la verdad es que sí. Amo que luego de bajar de los autos mientras el sol tibio de la mañana acaricia sus rostros y sienten la suavidad del pasto en sus calzados para dar lugar a la primera bocanada de aire fresco, que se expande por todo el cuerpo como un soplo de vida y ayuda a abstraerse de la gran ciudad, me vean a mí. Me vean, me sientan, de arriba a abajo y todos los costados. Y sobre todo que sonrían.

Es que para qué negarlo, es la verdad. Cada vez que me ven sonríen. A veces siento que ven en mí, todo eso que en su vida cotidiana quisieran y no se animan a buscarlo, pero qué va, tal vez justamente por ello es por lo que existo y soy la ilusión imposible del soñador, la zanahoria que nunca van a alcanzar, pero se contentan con mirarla y saber que existe.

Pero mejor volvamos a las cosas que amo. Porque si bien parece que hablo sobre lo que me gusta, las cosas que me gustan tienen que ver con observar; observar cada detalle y destello de felicidad en los demás. Sí, lo siento, he de pensar que la causa de su felicidad tiene mucho que ver conmigo, pero no es tan así. Yo me considero un ser de amor, les sirvo de espejo y relejo en ellos tanto sus mayores sonrisas como sus peores miserias. Sólo he de devolver lo que ellos albergan y comparten desde sus corazones. Como, por ejemplo, poder cuidarlos en vigilia en las noches en que se queden a dormir y estar pendiente de su seguridad, o también hacerles sentir la más profunda soledad.

Como les decía, amo la felicidad de los demás. Y no dependo de ella para vivir, pero la amo. Como todo amor que transciende la identidad, el que solo habite en mí hace que florezca de las maneras más exclusivas posibles.

Tengo millones de momentos increíbles, miles de personas y centenares de vidas vividas. Aunque mentiría si dijera que todas me gustaron por igual. En la dicha de vivir tanto, la desgracia se hace presente en cuanto la comparación brota despiadada en mí.

Es que, desde chiquita, siempre soñé con ser adoptada. Que una bella familia me vea y me quiera para siempre. Que me presuma. Que me cuide. Que me anime a crecer y a estar ahí para ellos. Aunque he pasado por varias familias y les estoy agradecida enormemente, hoy quisiera recordar aquella vida en que llegaron el Señor Joseph y la Señora Isabelle.

Yo solamente estaba siendo, como les conté, descansando y reponiéndome de mi vida anterior, hasta que los señores llegaron. Me miraron, no con los ojos superficiales de algo a comprar, sino con ese gesto atractivo y cálido que parecía decir por fin te encontramos.

De repente y sin espera, convirtieron todo en un hogar. Ay, era fantástico ver el caminito de cemento hasta la puerta, las paredes pintadas de blanco, las cortinas en las ventanas, habitaciones de cortesía llenas de camas para esperar a los invitados, los muebles antiguos llenos de copas, vajillas mezcladas con porquerías que "para algo van a servir", como siempre decía el señor Joseph, cada vez que Isabelle le preguntaba para qué guardaba tanto cacharro.

Fue un enamoramiento de familia mutuo. ¡Qué familia que fuimos! Ay, si supieran los felices que fuimos. Es que no solo Joseph e Isabelle me querían, también todos sus amigos. Cuando ellos no podían cuidarme, no faltaba John en aparecerse para asearme un poco. Esteban y Peter estaban al pie del cañón para acudir si se precisaba. Como también lo estaban Robert, Rose, el tío Dany y puf, tantos que no me alcanzarían metros y metros de papel.

Al principio, no tuve nombre. Se referían a mí como "ella", "aquella" o "la nueva". No me importaba mucho porque sabía que era cuestión de tiempo para tener un nombre real para ellos. Un nombre propio, como los que tenemos todas, ¿no? En otras vidas, fui La Margarita, La Magnolia y La Azucena. Quizás esperaba un nombre similar, aunque nunca supe por qué siempre el "La" vendría adelante. Supongo que por esas costumbres lugareñas que hacen que nos distingamos al menos un poco de los modos diplomáticos y escasos de calidez de los que viven en selvas de cemento. Raramente decidieron llamarme simplemente Marianne. Qué más da, los nombres son nombres y ya.

Joseph e Isa tenían una hija que se llamaba Grace. Ella siempre fue la causa que antecede por naturaleza al brillo resplandeciente de los ojos de Joseph. Y es acá donde entiendo todo y me choco de frente con la realidad: Grace y George -su marido- tenían un hijo con el mismo nombre que yo. Qué desgracia. Qué impotencia. ¿Será un honor llevar su nombre? ¿O simplemente soy un reemplazo para ellos cuando su amado nietito no está? Qué odioso -pensé- estar atada a la reputación de un otro, no ser un yo tan yo, siendo una identidad casi fantasmal, casi réplica de quien en realidad no soy, no quiero ni puedo ser. Porque la verdad, debo ser sincera: es por ello que tengo una obsesión con las visitas, no puedo moverme de donde estoy. Desde que nací como tal me encuentro imposibilitada de trasladarme a ningún lugar del mundo, siquiera acá a dos o tres cuadras. Nada.

Primero me conformé con ser cuidada y querida los fines de semana, sin embargo, rápidamente conocí la verdadera felicidad. No era un amor de a ratos como yo creía. Era un amor pleno, lleno de ganas, de sueños compartidos, de vivir el presente y simular enfrascar momentos inolvidables para dosificarlos para el resto de nuestra vida. Ellos trabajaban en la gran ciudad, tenían sus obligaciones y cosas de gente importante o de gente que simula ser importante para hacer frente a sus obligaciones y jugar al juego de ser un humano, vaya a saber. Lo cierto es que cada vez que podían, estaban conmigo y yo con ellos. Con Marianne -su nieto- llegamos a tener una relación increíble con el transcurrir de los meses y años.

Así pasaron días, noches, cumpleaños, navidades, días cualquieras, lluvias, amaneceres y feriados. He sido testigo de innumerables partidas de truco entre los muchachos que asistían a los masivos eventos de fin de semana y cómplice de las charlas y chusmeríos de las señoras con sus mallas enterizas y sombreros de mala categoría, pero lejanamente apreciables mientras jugaban a la canasta. Las mejores tardes de nuestra vida las recuerdo gracias a almuerzos tardíos en un quincho bajo una improvisada parra, picaditos de fútbol y chapuzones en la pileta. ¡Cómo extraño esa pileta! ¿Saben? Era enorme, ¡qué digo enorme! Era inmensa. Tenías que ser el doble de grande que un grande para hacer pie en lo más hondo de la pileta. Fue como un océano de paz, sobre todo cuando Joseph abría la canilla de la cascada de piedras que estaba en uno de sus costados y el agua caía sutilmente mojando cada una de ellas. En ese momento Joseph se tiraba arriba de un gomón salvavidas y se dejaba reposar horas y horas, escuchando el ruido del agua. Paralelamente, algún alma caritativa juntaba las sobras de la mesa, los voluntariosos asumían la necesaria tarea de limpiar y el resto disfrutaba de alguna siesta, de los juegos y de la ensimismada belleza de las cosas simples.

Uno de esos días cualquieras noté algo raro. Fue un domingo si mal no recuerdo, con el cielo nublado, con una resolana molesta y tibia. Las visitas no jugaban, nadie llevó leña para encender el fuego, tampoco me sonrieron al llegar. Sólo pude distinguir a su nieto, sentado arriba de una pelota mirando desolado al pasto, como buscando algo que ni él sabía que era, pero que era mejor buscar antes que pensar. No me preguntó nada ni yo a él, y aunque no entendía qué pasaba sentí que lo comprendía. Qué extraña sensación. Lo que hasta ayer parecía una foto postal del lugar más lindo del mundo, ya no lo era. El pasto se volvió gris, las paredes opacas, la parra se quedó sin hojas y el cielo parecía más chico. No podía ser real lo que me imaginaba. No. No podía. No así. No ahora. ¿Por qué? ¿Por qué a mí, de nuevo? Sí, no es algo que no haya vivido antes, pero esta vez no estaba preparada. Nunca me lo había puesto a pensar tampoco.

Marianne dejó caer una lágrima y se despidió de mí. Me dijo que nunca más iba a volver a verme, que me iba a extrañar y llevar en su corazón, pero que seguramente sería nuestra última tarde juntos. Vi en sus ojos una contradicción; sus ganas querían quedarse conmigo, pero su corazón parecía no tener más nada que vivir en aquel sitio.

Sin que se diera cuenta, noté que Isabelle estaba acomodando unas cosas en el cuartito del fondo y quise saber más sobre qué estaba pasando. Mientras susurraba con lamento profundo con su hija Grace, escuché que le dijo:

- Sin Joseph no es lo mismo.

Ahí entendí. Mi querido Joseph ya no estaba en el mundo de los que trabajan de lunes a viernes y eligen descansar con su familia y su gente querida en su quinta de fin de semana.

Más pronto que a tiempo, en el árbol principal que da a la calle, George descolgó mi nombre con dolor y destreza de un cartel que decía justamente "Marianne" y lo cambiaron por uno más grande que indicaba "Propiedad en Venta, Apto Comercial. Quinta de 20x80 con pileta" y un teléfono que no me acuerdo.

Así me despedí. Así me despidieron. Me dejaron vacía y llena a la vez.

¿Quién sabe cómo será mi próxima vida y quiénes serán mi familia? ¡Wow! Qué nervios.

Ahora simplemente reposo y descanso hasta que me encuentren otra vez.

27 de Noviembre de 2021 a las 19:39 0 Reporte Insertar Seguir historia
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