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Preludio del leviatán.

“Mientras el corazón lata, mientras la carne palpite, no me explico que un ser dotado de voluntad se deje dominar por la desesperacion.”

-Julio Verne.


El alfanje dorado volvió a la funda tras despedazar el sello del contenedor, los mercenarios se quedaron en silencio contemplando a su líder abrir el cofre marcado. Elías trago saliva, sus manos temblaban a causa de los nervios, se sacudió a la vez que regresaba a la calma; levanto la lámina descubriendo el artefacto que los había traído hasta ese lugar. El joven tomo el objeto del interior, se trataba de una esfera metálica color verde jade; cabía perfectamente entre sus manos pues tenía a lo mucho cuatro pulgadas de diámetro. Una sonrisa de felicidad se dibujó en su rostro mientras acariciaba la superficie de la extraña máquina.

-¿Qué diablos es eso?- pregunto el más joven de sus camaradas.

-Nuestra llave para salir de la miseria- Elías se puso de pie poniendo el artefacto dentro de la bolsa que le colgaba de la cintura. Camino de vuelta a la entrada de la bodega, sus compañeros le seguían con especial intriga.

-¿Estamos arriesgando nuestra vida por eso?- el mismo muchacho se adelantó hasta ponerse detrás de su líder -¿Al menos podemos saber qué es?

-No había mayores indicaciones más que el número de contenedor y la forma del objeto, pero el cliente nos ofreció respuestas al regresar. Así que te recomiendo concentrarte y no morir- contesto Elías con molestia.

-Tenemos que salir, nos quedan quince minutos antes de que el sistema se reactive- una voz femenina interrumpió, se trataba de Janice, la segunda al mando y novia de Elías.

El abrió ligeramente la puerta asegurándose de que los pasillos aledaños estuvieran libres, hizo una señal a sus compañeros e inmediatamente tomaron su formación y avanzaron.



Suspire relajando un poco mi espalda sin dejar de apuntar a las torres de vigilancia alrededor de la base, estaba nevando y los vigías estaban refugiados en sus cabinas protegidos del frio. Lleve la mirada a mi reloj de pulso, faltaban quince minutos para las tres en punto de la madrugada y les sobraba tiempo para salir de Beka.

Los mercenarios avanzaban sin temor por los largos pasillos, iban en fila y todos se encontraban igual de nerviosos. Tenían sus armas preparadas en caso de tener que usarlas. El equipo estaba formado por cinco miembros y ninguno de ellos era mayor a los veinticinco años.

Por delante caminaba Janice, de pelo rojizo recogido en una largacoleta, era alta y delgada, pertenecía a la casta uruz; ella había estudiado al milímetro los planos que le proporcione, era su guía y también su única forma de llegar fuera.

Detrás le seguía Elías, moreno y de complexión media, era el líder del grupo y también el más viejo del equipo, teniendo apenas 23 años, Janice tenía la misma edad. Él era perteneciente a la casta Berkana.

En medio de la formación estaba el más joven de todos con 17 años, su nombre era Abel, de tez clara, pelo perlado y ojos de un tono dorado resplandeciente; su casta era Othala.

El penúltimo lugar era ocupado por una miembro de la casta Gebo, se llamaba Flora, de estatura media y cuerpo fornido. Varias cicatrices le cubrían el rostro y parte del cuerpo.

Hasta el final estaba otro macronte de Uruz, de piel apiñonada y pelo largo, era Zack y corría con la espada desenfundada.

Todos cargaban con una armadura personalizada que le había otorgado a cada uno, aunque portaban sus propias armas siendo casi todas espadas.

Los había seleccionado por su edad y temperamento, al final no eran más que un montón de jóvenes desesperados y dispuestos a hacer cualquier cosa por un buen trato que los sacara de la miseria. Los cinco crecieron como esclavos de los Rognar, una tribu de matones a sueldo; pero sus mismos captores les dieron entrenamiento a costa de su inocencia y libertad. Eran perfectos para la tarea, en teoría no les costaría demasiado cumplir con aquella misión.



La base de artillería de Beka era una de las seis que rodeaba la ciudad amurallada de Vitán, ella servía como frontera entre el distrito Ínfimo y los bosques escarlata. La base estaba totalmente blindada por fuera, era imposible intentar entrar por cualquier dirección, incluso dentro, la seguridad no menguaba pues una IA de seguridad monitoreaba el complejo. Beka tenía en su núcleo un gran almacén repleto con material clasificado y confiscado, pocos conocían lo que la base artillera escondía realmente.

Mandé a los mercenarios a conseguir un artefacto conocido como “El ojo de las Moiras”, para esto me di a la tarea de desactivar el sistema de seguridad por al menos media hora. Era tiempo suficiente para entrar y salir. Provocar una brecha en la seguridad resultaba sencillo para mí, pude desactivar los protocolos básicos de la inteligencia para que esta aparentase seguir en operación, una vez los muchachos salieran volvería a dejar la IA tal y como estaba.

Los muchachos habían logrado entrar por medio de unos túneles subterráneos construidos antes de la tercer guerra, por ello eran desconocidos para el gobierno de Sinek. Aquellos canales se conectaban con una grieta en el drenaje de Beka, había planeado todo al milímetro, nada podía llegar a salir mal, incluso si los descubrían... tenían tiempo suficiente para poder llegar a los túneles, una vez dentro de volverían irastreables.

Pronto pudieron llegar a la zona oeste del complejo, en ese momento todo parecía ir bien, habían evadido todos los sitios con soldados sin llamar mínimamente la atención, quedaba apenas una tercera parte del camino por delante.

Suspiré intentando relajarme, apuntaba la mira del francotirador en dirección a las torres de vigilancia, fue entonces cuando un zumbido me hizo bajar el rifle y perder la visión sobre los mercenarios; recuerdo aquel dolor tan insoportable en mi cabeza, mi boca se había llenado de sangre y mi corazón parecía querer estallar. Tardé varios segundos en recuperar la movilidad y control sobre la visión, tosí manchando la nieve de rojo... Levanté la mirada hacia las torres, sus faros giraban en todas direcciones, dentro y fuera de la base.

Mi oído se agudizó nuevamente, lo suficiente como para escuchar las sirenas de alarma. Alguien me había descubierto, habían vuelto a activar la IA de seguridad.

Levanté el francotirador, mis manos temblaban haciéndome imposible apuntar; me aferré al arma tomando de nuevo la tranquilidad y fuerza necesarias, la conmoción del zumbido aún me afectaba. Disparé repetidas veces contra las torres intentando llamar su atención, ya tendría tiempo para huir, lo importante era desviar la atención de los soldados y evitar que se movilizaran contra mis mercenarios.

El primer lote de balas no habían acertado a ninguno de los vigías, volví a cargar mi arma y disparé de nuevo sin intenciones de herir a nadie; al instante varias ráfagas de proyectiles me respondieron, guarde mi fusil y me puse de pie, contemplé apenas unos segundos el caos, no podía hacer más para ayudar a los mercenarios. Giré y comencé a correr en sentido contrario a Beka rumbo a los páramos rojos, los soldados ya habían salido en vehículos a buscarme, pero incluso así no lograrían dar conmigo pues conocía el bosque mejor que nadie; mis pasos eran rápidos y cuidaba no dejar rastro.



Canalice parte de mi fuerza en buscar a los mercenarios, mi cuerpo aún no se recuperaba del ataque y me costaba encontrarlos a través de las paredes de Beka.

Los habían descubierto igual que a mí, los cinco corrían entre los pasillos huyendo de los militares que los asediaban, intercambiaban balas con Elías y Janice sin lograr atinar; Abel apuntaba sus flechas de manera temerosa sin poder acertar ninguna vez. Mantenían una distancia segura, en sus rostros se notaba desesperación, al igual que yo no comprendía lo que había salido mal.

-Debemos seguir- gritó Elías bajando las armas y retomando el camino, sus compañeros lo siguieron de inmediato.

Zack y Flora se quedaron atrás; las manos de ella se bañaban en una sustancia violeta que emanaba de su piel, aquel líquido había tomado la forma de una daga y un escudo, con ellos repelía las balas. Zack a su vez blandía su espada de manera magnífica desviando casi todos los disparos, sus movimientos eran ágiles y no dudaba en ninguno de ellos.

-¿Cuánto falta para llegar?- preguntó Flora -se acercan más, si siguen así ya no podremos mantener el ritmo.

-Poco- respondió girando en una intersección -resistan.

Uno de los proyectiles explotó de al impactar la daga de Flora, pedazos de la hoja cayeron al suelo junto a gotas de sangre.

La sustancia violeta perdió su forma convirtiéndose en líquido, la mitad de la mano derecha de ella había desaparecido, fragmentos de hueso y carne colgaban de lo que antes fueron sus dedos. Zack la cubrió al percatarse de lo sucedido -Adelántate, yo me ocupo-dijo agilizando aún más su espada. Flora corrió junto a los demás cubriendo la herida -Janice, necesito tu sable, tengo que abarcar más área- gritó Zack.

Su compañera desenfundó el arma y la lanzó hacía él, rápidamente cambió su espada a la mano izquierda y con su diestra capturó la empuñadura del sable. Ambos filos conformaban un escudo impenetrable que rebotaba cualquier proyectil, incluso cada vez que una de las balas estallaba, ninguno de los fragmentos lograba atravesar la defensa.

-Ya casi llegamos- dijo Elías abriendo una de las puertas de seguridad

que llevaba al centro del ala, justo donde se encontraba la salida al desagüe -Sigue así Zack.

Elías corrió al centro de la habitación alejándose de todos, enfundó sus armas y se puso de rodillas frente a una loza de piedra agrietada de las orillas, haciendo un poco de esfuerzo pudo levantarla y colocarla a un costado, de bajó se encontraban los túneles de drenaje de Beka, era su única salida.

-Listo- susurró sonriendo y levantando la mirada hacia sus compañeros.

Los soldados ya estaban muy cerca, Flora y Janice se apresuraban a alcanzar a Elías, mientras tanto Zack y Abel intentaban mantener alejados a los soldados.

Las flechas de Abel eran fugaces y hacían retroceder a los militares sólo un poco. Para ese momento Zack ya están notablemente cansado, su sudor le hacía difícil mantener los ojos abiertos; el sable de Janice se le resbaló levemente y sólo eso hizo falta para dejar pasar una ráfaga de balas. Una de ellas impactó contra su pecho atravesándolo y dejando una gran herida, Zack

fue incapaz de seguir formando el escudo. Elías se puso de pie al instante intentando proteger a Janice. Varias ráfagas más se abalanzaron sobre los mercenarios, Janice retrocedió al darse cuenta, la velocidad de su novio no fue suficiente para evitar que ella fuera alcanzada por dos de ellos. Él la tomó entre sus brazos, estaba excedido, las heridas eran graves; la cargó y giró la mirada hacia el resto de sus compañeros,

Zack estaba dispuesto a confrontar directamente a los soldados aún con su herida y Abel se había quedado cerca. Ya estaban rodeados. Flora había formado nuevamente un escudo purpura protegiendo a Elías y a Janice.

-Déjalos- susurró el líder a su compañera -ellos nos darán tiempo. Es la única

manera, nos matarán.

Flora tartamudeo extrañada por la orden, asintió para después mirar a sus amigos más jóvenes por última vez, tragó saliva y siguió a Elías hacía los túneles, bajaron por la abertura y Flora se encargó de volver a sellar el camino.


Zack seguía de pie a pesar de los impactos, el sudor le escurría de la frente al pecho y se mezclaba con su sangre; aún con el brutal dolor, apretaba el pomo de su espada negando la derrota. Memorias difusas rasgaban su mente, refugiandolo en recuerdos, aturdido y agotado se tambaleaba al borde.

Le pareció escuchar un lejano y conocido tarareo, y junto a él sentir la brisa del mar, le llamaban desde el fondo del pasillo, invitándole a dormir. Tonos rojizos pintaban el horizonte, un abrazo cálido y amigable se extendía cubriendole ante el frío y desesperación; una mirada bicolor y un rostro olvidado le regresaron de vuelta al presente.

La alucinación cesó, seguida de un tercer proyectil que atravesó su pierna; la malla de acero poco pudo hacer, el joven mercenario se doblegó ante el dolor, cayendo de rodillas pero sin rendirse aún. El filo de su espada se barrió por el suelo alejando a los soldados, chispas y destellos se levantaban al choque; aún tenía fuerza, mas no la suficiente para salir del lío, decenas de militares lo rodeaban, todos apuntando sus rifles hacia él, debían de haberlo acribillado ya, pero por alguna razón se contenían.

El impulso de adrenalina se desvanecía al pasar de los segundos, dejando tras de sí los agujeros de bala y la cruel verdad; los brazos del mercenario se acalambraban todavía más, las heridas al rojo vivo evocaban punzadas enloquecedoras. Luchar en esas condiciones era suicidio, aún tenía posibilidades de sobrevivir si se entregaba.

-Baja tu arma- la voz ahogada de un compañero lo despertó del trance, él estaba detrás, justo en la misma situación -Zeta, suelta tu maldita espada- Abel temblaba mientras se presionaba el hombro derecho, intentaba contener el sangrado; a sus pies había caído su ballesta, su brazo cercenado todavía la sujetaba; trozos de metralla le habían alcanzado, abriéndole el pecho y partiendo su quijada, desde las heridas su carne se retorcía reconstruyendo el hueso y sanando los tejidos comprometidos.

-¿Dónde están los demás?- preguntó el primer joven.

-Se fueron- tartamudeo su amigo entre lagrimas -nos usaron como carnada, nos abandonaron- la yaga de su rostro se selló dejandole hablar mejor.

Un último barrido de la espada la hizo caer, los dedos de Zack temblaban, con sus antebrazos se cubrió el estómago, limitándose a seguir respirando.

23 de Noviembre de 2021 a las 20:41 0 Reporte Insertar Seguir historia
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