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cquartz C. Quartz

Un hombre se reencuentra con su pasado. ¿Podrá salir airoso de eso?


Drama No para niños menores de 13.

#drama #hermanos #venganza #música #ciudad #añoranza
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El bucle

Un chico de cabello oscuro de unos veinte años de edad iba describiendo una diagonal con prisa. Llevaba una mochila negra en la espalda y estaba por pasar por el centro de una plaza concurrida de la ciudad. Permanecía con la mirada fija en el horizonte, totalmente enajenado de lo que le rodeaba. De lejos, se veía como un estudiante universitario pensando en el examen final de una materia especialmente difícil. A fin de cuentas, ya eran fines de junio y la época de exámenes estaba demasiado cerca.

A ella se le ocurrió hacer un pequeño experimento en ese momento, como una travesura. Aquello era indicado por la tenue sonrisa que se asomó en su rostro. Parada como estaba, acomodó su viejo y despintado violín en su brazo izquierdo y con su mano derecha agarró el arco. Como solía suceder, la melodía que perturbó aquel agitado ambiente apenas tuvo efecto en las demás personas. Las que estaban sentadas o paradas maso menos cerca levantaron sus mentones sólo para dejarlos caer al minuto siguiente.

Ella se fijó en que el muchacho a quien había visto antes también le había ignorado. Eso lo exteriorizó mediante un gesto amargo de decepción, algo muy inusual en ella. Todo eso sin dejar de tocar el instrumento, sin cometer ningún error. Y él, desde su escondite, el cual consistía en la separación de treinta centímetros de ancho que había entre dos gruesos y altos árboles, ubicado a unos tres metros de ella, no podía estar más orgulloso.

De repente, el muchacho desconocido dejó su trayectoria diagonal y se quedó plantado a unos dos metros de ella. Sus ojos vieron con absoluta curiosidad cómo ella tocaba. Ella le sonrió. Lucía muy alegre. Un anciano harapiento, quien había estado mirándola desde que empezó a tocar, le dejó un par de monedas en la lata de metal que ellos habían dejado en el piso, junto a un letrero con la palabra “Donaciones”.

Él cerró los ojos dejándose llevar por la melodía, como si hubiera dejado su cuerpo flotar en la superficie del océano y puesto su mente en blanco. Como, por desgracia, la pieza que ella había elegido tocar era corta, el encantamiento no duró mucho. Cuando reabrió sus ojos, a él le dieron ganas de salir de su escondite y felicitarla, pero se detuvo al escuchar su voz. Efectivamente, vio cómo ella le hablaba al muchacho.

―Veo que pude llamar tu atención ―dijo ella sonriente, poniendo el instrumento con su arco en el piso.

―Esa melodía…Estoy seguro de que la he escuchado antes ―dijo el muchacho en un susurro, como para sí mismo.

Fijándose más en él, él pudo ver que este lucía un poco pálido y consternado y que aun así era de buen ver.

―Puede ser. ¡Es muy famosa! ―exclamó ella―He estado practicando mucho, recibiendo la ayuda de mi querido hermano mayor. ¡Pero vaya! Es que te vi tan tenso. Debe ser por los exámenes, ¿no? ¡Oh! Quizás me estoy entrometiendo mucho. ¡Lo siento! Te dejaré en paz. Sólo te pido una pequeña colaboración, con el fin de darles el dinero a niños que no tienen hogar.

―Me ha agradado mucho tu melodía ―expresó el joven, sacando unas monedas de su bolsillo y lanzándolas dentro de la lata―. Hace mucho tiempo que no escuchaba una pieza de violín directamente, mucho.

El muchacho se acercó más a ella, lo que le dio mala espina. Él abrió mucho los ojos y antes de que pasaran tres segundos, estaba plantado al costado derecho de su hermana, mirando fijamente al muchacho extraño.

―Normalmente no hago esto ―dijo él al muchacho―. Yo siempre me quedo vigilándola por si las moscas, usted sabe.

A pesar de que él ya estaba en la treintena de edad, seguía vistiéndose como un jovenzuelo. Aquella vez traía una polera completamente negra. Como ya era de noche y la iluminación no era muy buena, prácticamente no se veía su rostro. Eso le hacía ver ya sea como alguien misterioso o como simplemente un pandillero.

―Hermano, no hay nada de qué preocuparse ―le dijo ella dulcemente― Él es sólo un joven curioso. ¿No es así?

Sin embargo, la reacción del chico estuvo lejos de ser una afirmación de cualquier clase. Él se rio brevemente, haciendo que sus rasgos se contorsionaran. No era una sonrisa alegre, sino una muy extraña, como burlesca. Él y su hermana se miraron entre ellos, confundidos.

―Hermana, hemos terminado por hoy ―declaró él― Joven, agradezco tu colaboración. Has sido la primera persona con la que hemos conversado el día de hoy. Para que te hagas una idea de la solidaridad de las personas…

Más que nada por educación, se apresuró a estrecharle la mano, pero vio que el chico se había quedado mirándole sin parpadear.

―Ustedes me han alegrado con su melodía. Me gustaría devolverles el favor ―declaró el chico.

―No te preocupes. Ya has colaborado con la donación ―dijo la hermana recogiendo el violín y la lata del piso.

― ¿Sabes? No te mentiré ―le dijo el chico a él, precipitadamente― Pero es que tu rostro se me hace conocido, de alguna manera. ¿No hay algo en lo que pueda ayudarte?

―A no ser que seas lo que llaman un brujo, no creo que puedas ―dijo él con sarcasmo.

Por dentro pensaba en la oración que acababa de decir el chico. ¿Le había conocido?

― ¿Conocías a mi hermano? ―soltó la chica asombrada.

Miró al joven. Se veía serio. Pero ya era tarde y no estaba para bromas pesadas.

―Lo dudo mucho. Vámonos ―le dijo a su hermana.

― ¿Qué tienes en la cabeza? ―le preguntó el joven de repente.

Supuso que se debía de referir a la cicatriz de su accidente. Todavía se le veía un bulto a la altura de la sien. Ese fue el día en el que cambió todo para él. Pensar en eso le hizo sentir incómodo.

―No le incumbe a usted ―declaró.

El joven permaneció mirándolos cinco segundos más y se retiró con pasos rápidos.

―Hermano… ―le dijo su hermana tocándole el hombro izquierdo―. No tenías que ser tan huraño.

El accidente que tuvo le causó un trastorno neurológico en el cerebro. Durante un buen tiempo no pudo distinguir sonidos, mucho menos canciones. Después, cuando recuperó esa facultad, vio que ya no era hábil con ningún instrumento. La música, en la que había invertido su vida hasta ese momento, se le volvió algo ajeno. A pesar de todos sus intentos, se había visto obligado a renunciar a ella. Lo único que pudo hacer fue lograr que a su hermana le gustara tocar el violín y enseñarle todo lo que pudo. Se podría decir que su antiguo sueño sonaba a través de las melodías que ella tocaba. Él jamás había hablado de sus pensamientos sobre ese tema con nadie. Ni siquiera a su hermana.

Alistaron todas sus cosas en silencio y procedían a marcharse del lugar cuando al voltear se toparon con el joven anterior. Fue extraño que no escucharan el ruido que debieron hacer sus pasos.

―Hace muchos años, yo también tenía sueños que actualmente no podría lograr ―susurró el chico, sereno―. A veces, hay que aceptar estos cambios y vivir de acuerdo a ello, trazando nuevas metas.

Los hermanos se quedaron sin palabras. Esa sensación de perplejidad que él sintió cesó en cuanto el muchacho se marchó con pasos rápidos, sin decir nada más.

―Hermano ―musitó su hermana menor― ¿Estás bien? Tenías razón. Él era extraño, aunque no lo sentí como mala persona.

―No, no lo era ―aseguró su hermano, pasando sus manos por su cara ― No lo recuerdo.

―Hermano, lo que dijo… ― murmuró su hermana con gesto de preocupación.

―No sé de dónde lo sacó. Seguro estaba chiflado. Igual, no lo conocemos de nada.

Ese fue el fin del asunto para ella, pero él se quedó pensando en sus palabras y en cómo había podido adivinar sus pensamientos. Y en si realmente le había conocido alguna vez. Cuando llegaron al humilde apartamento donde ellos vivían, él se encerró en su cuarto se esforzó en recordar, por primera vez en más de quince años, el día del accidente.

Tenía doce años y acababa de salir del conservatorio de música. Llevaba su violín en su espalda e iba corriendo por las aceras. Estaba ansioso por llegar a casa después de una lección extraña, en la que la maestra se comportó más amable que de costumbre. Hacía bastante sol y le molestaba la vista mirar de frente, por lo que intentaba taparse los ojos con su mano izquierda. Solo le faltaba cruzar una pista grande para luego caminar por calles pequeñas donde se encontraba su casa. Ese había sido el momento crucial. De un momento a otro escuchó unas llantas correr por la acera y la silueta de un bus apareció en la pista. Estaba por impactar a un niño más pequeño que él que estaba caminando a su costado derecho. Él ni siquiera lo pensó y le dio un empujón hacia atrás, siendo él el que llegó a ser impactado. Después no recordó nada más hasta que despertó días después. Dentro de todo lo que le pasó, nunca se había preguntado qué habría pasado con el niño que salvó. ¿Ese joven con quien se toparon…habría sido ese niño?

Esa noche no pudo dormir. Mientras se lavaba el rostro en el baño se quedó observando su bulto en la cabeza y un par de pensamientos dominaron su mente.

«Él debía estar en su lugar. Él no había merecido nada de esto.»

En ese instante su hermana le tocó la puerta. Cuando le abrió, pudo notar que había venido con una sonrisa que desapareció al verle.

―Martín, luces extraño. Jamás te había visto así.

Ella casi nunca le llamaba por su nombre. Decidió decirle lo que de verdad pensaba en ese momento. Percibía un calor en su pecho que no había sentido desde que le dijeron que era posible que no volviese a tocar.

―Al contrario, hermana. Me siento más vivo que nunca. No lo entenderías.

Ella no dijo nada más. Martín siguió pensando en lo que haría cuando lo volviera a ver. ¿Acaso debía recriminarle? ¿Debía exigirle algún pago económico? Toda su vida posterior al accidente había sido solitaria, pero no porque las personas le incomodaran, sino sólo porque no le importaba formar vínculos con ellas. La única persona que le importaba de verdad era su hermana menor. Pero en el caso de este chico era diferente. Quería volverlo a ver y decirle muchas cosas, cosas que no eran claras ni para él mismo. No, en realidad, lo que quería era que él sintiera un poco de lo que él padeció. Quería sentir que tenía el poder de hacerle sentir eso. Lo necesitaba.

Esperó ver al muchacho algún día próximo, pero no volvió a verlo. Preguntó a todos los indigentes y trabajadores de la zona que conocía y tampoco lo habían visto. Al cuarto día comprendió que lamentablemente se le había escapado y su mente se nubló. Se enojó consigo mismo por haber tenido la oportunidad tan cerca y desperdiciarla de tal forma. En su histérico estado, evitó lo más que pudo hablar con su hermana, pero cada vez se le hizo más insoportable ver su sonrisa, la que no había cambiado en lo absoluto. Antes de que se diera cuenta, empezó a tratarla mal todos esos días, gritándole cuando no había motivo alguno. Ella sólo aguantaba como podía, hasta que una noche a la hora de dormir se recostó en el marco de la puerta de su cuarto y le habló desde allí.

― Hermano, ¿qué te sucede? Tú nunca…

Pudo darse cuenta de que ella había llorado un poco. Pareció cambiar de opinión y se fue, dejando a Martín reflexionando por primera vez sobre si debía abandonar su reciente obsesión o no. Pero el orgullo le ganó y pensó que debía seguir intentándolo. Ese día en la plaza le pareció verlo, pero cuando estuvo a unos metros de él se dio cuenta de que no era él.

―Martin, ¿qué haces?

Su hermana lo miraba con preocupación. Sin embargo, él sólo hizo un gesto negativo. Ella insistió tocándole el hombro, pero él le dio un manotazo.

Esa noche ella le dejó una nota encima de la mesa diciéndole que debían pasar un tiempo separados y que cuando quisiese, ella le ayudaría. Él soltó la nota y se fumó un cigarrillo que tenía escondido por ahí, cosa que no había podido hacer cuando ella estaba, mientras pensaba en que haría sin su hermana y encendía la radio de la sala. Luego pensó en como llegó a su situación actual y volvió a enojarse.

Él no tenía empleo fijo. A veces escribía en blogs de internet, otras veces diseñaba logos y otras hacía tareas manuales, sencillas, pues había perdido su antigua capacidad de concentración. Su pasatiempo favorito, que en realidad era más que pasatiempo porque era lo que lo mantenía cuerdo, era escuchar música. Sobre todo, la música en vivo con instrumentos como el piano y el violín, porque en esos escasos momentos el sentía que volvía a ser el de antes y porque extrañamente la música lo llevaba a otro lugar, a un plano donde el golpe de su cabeza no importaba.

Martín había sido uno de los mejores de su clase de violín. De hecho, todos los instructores decían que su futuro era prometedor y que fácilmente alcanzaría una plaza en cualquier orquesta que quisiese o que hasta podía dar presentaciones en solitario. Mientras pensaba en eso se quedó dormido encima de su sofá y soñó que estaba presentándose en un lujoso y gran escenario lleno de personas. Tenía la edad que tenía actualmente, pero en lugar de tener puesta una polera raída, estaba vestido con un frac y un corbatín que olía a nuevo. Tenía un violín caro entre sus manos y estaba por tocar la primera nota de una pieza cuyo nombre no recordaba, pero la cual sabía de memoria…

Un ruido de algún vecino le despertó. Todavía tenía las primeras notas musicales en su mente e intentó recordarlas con todas sus fuerzas. Fue corriendo al cuarto de su hermana, agarró su violín e intentó tocarlas.

“Era Re. La primera era Re” dijo en voz alta al aire. Su voz tenía un dejo de desesperación, lo que no era nada comparado a todo lo que sentía en ese momento.

Se colocó en posición y tocó la nota, pero no estuvo seguro de si era la nota deseada. No podía distinguirla bien y le empezó a doler la cabeza. Intentó recordar las demás notas que seguían y al no ver ningún papel cerca, habló en voz alta.

“Mi Bemol. Es Mi bemol. Luego Fa, luego…”.

Por más que intentase, se topó con una pared negra dentro de su mente. Había olvidado la siguiente nota. Por un instante había sentido ese escenario tan real y ahora se deshacía ante él por enésima vez. Sintió un nudo en su garganta. Sin embargo, se recostó y con el pasar del tiempo se volvió a quedar dormido. A la mañana siguiente se despertó con la voz de su hermana, quien comprendió todo al ver el violín a un lado.

― ¡Hermano! No hagas esto. No te volveré a dejar solo, ¿está bien? Me quedaré contigo e iremos a la plaza y volveré a tocar para ti. ¿Está bien? Mira, voy a tocar para ti ahora.

Aun estando semi dormido, Martin esbozó una ligera sonrisa. No era la primera vez que pasaba algo como eso. En realidad, ella vivía con él para cuidarlo, aun cuando no tenía que hacerlo. Ella era todavía estudiante y se había regresado con sus padres esa noche, pero había vuelto seguramente después de hablar con su madre, quien fue la que la convenció la primera vez para vivir con él.

Al oír la música, Martín volvió a calmarse. Sus labios terminaron de formar una sonrisa auténtica y sus ojos se cerraron. Justamente esa era una de sus piezas favoritas y cómo la estaba disfrutando…

Pensó en el muchacho. Recordó su rostro y su vestimenta y al sentir un breve enojo optó por olvidarle. En ese momento, nada era más importante que lo que le estaba dando la música. Su hermana y él continuarían con la vida que ya tenían, ella pronto se graduaría y podrían mudarse a un mejor lugar. Recordó vaga y vergonzosamente lo que el propio chico le dijo sobre trazarse nuevas metas, pero él sintió que ya había llegado a su tope y que no podía exigirse nada más.

Esa misma tarde, él y su hermana fueron a la plaza como solían hacer desde hace diez años. Ellos decían que era para recaudar monedas para niños y realmente se las daban, pero su principal propósito era el propio regocijo de Martín, porque escuchar tocar a su hermana le daba mucho más que escuchar cualquier otra música grabada. Su hermana lo sabía, aunque Martín no le dijo nada directamente. Debía de saberlo después de tantos años. Él, a cambio, la cuidaba viéndola desde cierta distancia. Por fortuna, casi nunca habían tenido algún percance. Esa era su plaza favorita, pues tenía dos árboles de cedro que formaban un escondite y nadie podía verlo aún desde pocos metros a la distancia, si se acomodaba bien.

Todavía había luz solar. Su hermana estaba esperando el mejor momento para tocar, ese momento en el que viene un tropel de transeúntes desde alguna dirección, cruzando la plaza. Como una hora después, vieron a un chico de cabello oscuro con una mochila negra cruzar de forma diagonal el parque. Parecía apurado.

22 de Noviembre de 2021 a las 23:33 0 Reporte Insertar Seguir historia
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