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ximapalmtreex Mireia Oliver

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Cuento Todo público. © Todos los derechos reservados. Mireia Oliver

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El Hostal

Bajé del coche con el corazón acelerado. No podía creerlo. ¿Dónde habían quedado mis vacaciones? Miré la casa, completamente asqueada. Algo allí no iba bien. Tenía pinta de estar a punto de caerse a pedazos delante de mí. Dejé las maletas al lado de la escalera de madera y puse un pie encima, tanteando el terreno. Hice presión y la superficie ennegrecida crujió. Me sujeté en la barandilla bamboleante y apoyé mi peso en ella, dos segundos después, me hallaba en el suelo, con un pie enganchado entre los tablones rotos.

—No parece que sea demasiado seguro. —Pensé en voz alta. Oí pasos a mi derecha, mas cuando giré la cabeza hacia esa dirección no había nadie. El sonido no cesó. Seguía acercándose, siseando como una serpiente. Mi corazón empezó a galopar a un ritmo frenético.

—Disculpe, ¿se encuentra usted bien? —Preguntó una señora desde lo más alto de la escalera. Balbuceé, antes de poder decir nada.

Miré mi pie, en un ánimo de que la señora viera cuál era mi problema, y porque estaba en el suelo. Sin embargo, mi pie se hallaba perfectamente apoyado en el escalón, el cual estaba sin rasguño alguno. Parpadeé varias veces, incrédula. Me levanté con la poca dignidad que me quedaba y observé de nuevo la casa. Parecióse que había retrocedido en el tiempo, pues la casa estaba perfectamente; como acabada de construir. Y la mujer no era más que una muchacha de no más de veinte años.

—¿Viene a quedarse en mi hostal? —Preguntó, saltando sobre las maderas.

Asentí. Giré sobre mis talones. Mi coche no estaba. En su lugar, había un Audi RS2 azul, como el que tenía mi padre cuando yo aún era adolescente. Observé las llaves que tenía en las manos, correspondían a la perfección con el coche que estaba a mis espaldas. Suspiré y subí las escaleras arrastrando las maletas a detrás de mí. Empujé la puerta de madera perfectamente tallada, pero cuando entré, el polvo se coló en mis fosas nasales, impidiéndome respirar y obligándome a cerrar los ojos, a pesar de no ver absolutamente nada en la oscuridad. Comencé a toser con fuerza y oí como la puerta se cerraba a mis espaldas, con un fuerte golpe. ¿Qué estaba ocurriendo allí? Tanteé la pared buscando algún interruptor, sin embargo, al encontrarlo, no hubo manera de encender luz alguna. No había ningún tipo de corriente eléctrica.

—¿Aledis? —Dijo un hombre entre la oscuridad—. Te estábamos esperando. Cuando abrí los ojos, todo había cambiado de nuevo. Un enorme recibidor barroco perfectamente iluminado se desplegó ante mí. No entendía absolutamente nada, sin embargo, observé al hombre que estaba frente a mí. Alto, moreno, de mi misma edad.

—¡Hola! ¿Y tú eres?

—¡Oh, vamos! —Exclamó él, sonriendo—. Soy Jairo.

Hice algún tipo de mueca extraña, pues él se puso serio de golpe. Sin mediar palabra, y con un gesto de la mano, me indicó que lo siguiera. Era todo tan antiguo, tan de los años 90, que no sabía si es que me había golpeado demasiado fuerte la cabeza al caerme con el escalón y estaba soñando, o había entrado en un universo paralelo. Nos subimos a un ascensor con las puertas semejantes a las rejas de metal con las que se protegen algunas tiendas. Ascendimos de nuevo, y cuando se abrieron, me vi de nuevo sola y con la oscuridad frente a mí. El polvo era menos denso, y una pequeña luz se entreveía al final del kilométrico pasillo que había frente a mí. Como una polilla hacia la luz, arrastré las maletas hacia allí, acompañada del crujir de la madera.

—Ese es el comedor.

Sobresaltada, me encontré a Jairo a mi lado de nuevo, entre la oscuridad y las motas de polvo a su alrededor. Cuando llegamos al comedor, me encontré con una sala igual decorada que el recibidor. Algo me empujó dentro, y volvió la semioscuridad. Una vela se mantenía encendida encima de una mesa. Fruncí el ceño. Me levanté y sacudí mi ropa. Me fijé en el suelo, ya con la vela en la mano. En el pasillo podían entreverse mis pisadas y las ruedas de las maletas marcadas en el suelo, sin embargo, en la estancia en la que me encontraba no había polvo por ningún lado. Oí pasos a mi espalda, más no había nada ahí. Algo me rozó la pierna y bajé corriendo la linterna hasta allí, pero como era de costumbre, no vislumbré nada. Sin embargo, seguía subiendo. Salté sobre las puntas de mis pies, intentando que cayera, pero seguía ascendiendo a su ritmo, inmutable. Me golpeé con la palma de la mano libre allí donde lo notaba, sin embargo, era como si no lo tocase, pues sentía el golpe directamente en mi pierna, mas nada lo amortiguaba.

—Tranquila, Aledis, es sólo tu imaginación. —Me repetí como un mantra. Sin embargo, seguía notándolo.

Había pasado ya la cadera, y seguía subiendo, lentamente. Pasó a mi espalda. Me retorcí e incluso me apoyé en lo primero que encontré, más nada le afectaba. Lo noté después en mi cuello, enroscándose. Miré la llama de la vela, que cada vez iba haciéndose más difusa, hasta que perdí la conciencia.

—Aquí puedes encontrar tu habitación, —Decía Jairo— no es gran cosa, pero es muy acogedora, ¿no crees?

Observé la habitación completamente de madera. Era realmente acogedora, sin embargo, la hoguera no me inspiraba mucha confianza. No tenía refuerzo alrededor, y todo podría arder a la mínima. Jairo me dejó sola y coloqué mis cosas en su lugar, haciendo mía la habitación. Aparqué las maletas vacías en un rincón entre la pared y el armario. Me dejé caer en la esponjosa cama y cerré los ojos. Cuando los volví a abrir, un policía me apuntaba a los ojos con una linterna. Todo estaba oscuro y estaba tirada en el suelo, a oscuras. La vela hacía tiempo que se había apagado.

—¿Se encuentra bien, señorita? Me incorporé y coloqué uno de los brazos frente a mis ojos a modo de visera.

—Sí, sí... —Contesté, desorientada.

—¿Sabe dónde se encuentra?

No supe responder. La realidad y el hostal se me confundían en la mente. El policía me ayudó a levantarme y juntos salimos de la extraña casa. Los peldaños estaban reforzados con maderas, por lo que supuse que estarían todos rotos. Me costaba caminar y sentía el cuerpo cansado. Mis maletas seguían al pie de la escalera.

—¿De cuantos meses está?

—¿Perdone? —Pregunté de inmediato. El hombre se inquietó.

—El embarazo...

Miré hacia mi tripa, cuidadosamente. Un ligero pero notable bulto sobresalía de mi parte inferior. Confundida, fruncí el ceño. ¿Desde cuando estaba yo embarazada? ¿Y porqué el policía se parecía a Jairo?

3 de Junio de 2017 a las 15:38 1 Reporte Insertar 3
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Ingrid Ramos Ingrid Ramos
muy atrayente. Esperando a ver qué más sucedía
14 de Enero de 2018 a las 10:23
~

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