mrares041 Josué Tecce

Aquél que come está en posición de ser comido. No existe ser sobre la tierra que esté excepto de esta ley. Pues el hambre es un sentir común, una necesidad más natural que la propia vida. Es por esto que muchos le llaman «el rey codicioso», por estar sobre todas las cosas, por avaro, brutal, cruel e insaciable.


Fantasía Fantasía oscura No para niños menores de 13.

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Capítulo 1: El vasallo de blanco.

Aquel que come está en posición de ser comido. No existe ser sobre la tierra que esté exento de esta ley. Pues el hambre es un sentir común, una necesidad más natural que la propia vida. Es por esto que muchos le llaman «el rey codicioso», por estar sobre todas las cosas, por avaro, brutal, cruel e insaciable.

Bajo el vasto cielo azulado, en el octavo mes de la primera mitad del año, yacía el helado cuerpo de un gigante. Un poco más pequeño que los usuales, el cual vestía extrañas telas para cubrir su densa piel, y artefactos duros como la roca para proteger la planta de sus pies.

Sobre el inamovible coloso, una campaña de armados hormigones agradecía a su suerte por tan sagrado regalo. Centenares eran las criaturillas bípedas, rodeadas por un exoesqueleto protector, que marchaban sin romper líneas a través de los pliegues de los pantalones y la camisa. Fueron los capitanes quienes encabezaron la cruzada a través de los labios, quienes cruzaron por la ladera de los dientes y bajaron por la húmeda e hinchada garganta. Llegados ya a las zonas más profundas del cuerpo, desenvainaron sus armas y cortaron una serie de salidas hacia las paredes externas. Esto último con el mero objetivo de evitar el río de mortales ácidos en el estómago.

Forjados en carne y sangre, y cubiertos por una oscuridad tan asfixiante como la del mismísimo abismo, las cavidades exteriores eran conocidas por cobrarse más víctimas que cualquier otra zona. Fácil era perderse entre la inmensidad de espacios y callejones vacíos, por donde acechaba la más silenciosa locura y el destino más agobiante posible. Pero incluso con estos riesgos, la recompensa era inmaculada.

El primero en llegar fue el capitán de la fuerza, Vir’long; un soldado curtido en el arte de la recolección y el combate, quién portaba a sus espaldas un total de cuatro años de servicio ininterrumpido a la voluntad del hormiguero. Así mismo, fue este quien logró divisar de primera mano el aglomerado y grueso montón de carne y grasa; una conexión de dos túneles que se extendían individualmente entre sí, convergiendo en un laberinto pegajoso y solitario.

Los intestinos delgados… —musitó complacido.

El mismo no dudó en esperar a la llegada de sus compañeros para comenzar el proceso de extracción. Una vez reunido el grupo en son a la imponente estructura, le fue cedida la confianza para proceder. De esta forma empuñó su afilada lanza de piedra y valiéndose de no más que su fuerza cortó las paredes exteriores del órgano.

Los intestinos delgados de un gigante son una fuente de alimento invaluable. Allí solía encontrarse comida como ninguna otra; una masa proteínica tan deliciosa como saludable, que podía llegar durar hasta años con el mantenimiento adecuado. Aquel hallazgo era una bendición para todo el hormiguero, y aunque el viaje hasta él fuese un presagio de muerte, la recompensa valía siempre la pena.

Mas allí dentro no había nada de eso. En cuando el filo del arma fue retirado, una baba amarillenta y viscosa salpicó los pies del capitán y se en el suelo a una velocidad de torrente. Junto a este, un hedor pútrido y recalcitrante, similar al de los huevos podridos y la carne de una criatura echada hace varios ciclos diurnos.

Parece que hemos llegado tarde —señaló uno de los subordinados—. El gigante ya se está comiendo a sí mismo.

—Déjame señalar tu error, hermano —replicó Vir’long—. Mira bien las paredes. Siempre que un cuerpo comienza a descomponerse, las paredes de agujerean, la carne se hincha y su color se obscurece. En este caso, el órgano está en perfecto estado, por lo que dices no puede tener sentido alguno.

—¿De dónde sale tanta podredumbre entonces? Ilógico que el gigante haya estado viviendo con esto en su interior; de solo pensarlo me dan arcadas.

La mirada del soldado se clavó en el agujero. Con el arma aún presionando en la abertura, y el chorro de viscosidad emanando de la misma, continuó el corte hacía abajo. El torrente de baba no frenando ni por un momento, sino que incluso, aumentó su fuerza. Tanta era su cantidad que, para el momento en que la presión disminuyó, el líquido ya cubría los talones de todo el grupo de expedición.

Habiendo llegado este punto, el momento en el cual los intestinos yacía vacíos de toda esencia, Vir’long hizo una seña a su escuadra para pasar al frente. —Preparen los armas. Vamos a entrar de inmediato.

El hormigón permaneció inmutable ante las adversidad. Lo mismo, sin embargo, no podía decirse de sus apoderados, pues aunque la figura del capitán se desplazaba por el angosto órgano sin problema alguno, los demás parecían pálidas hojas de bonsái, listas para caer ante el más mínimo soplido del viento. El terror, la incertidumbre y las condiciones altamente insalubres del ambiente comenzaron a pasarles factura mucho antes de lo esperado.

Sin dar la más mínima importancia a lo ya mencionado, los ojos del capitán se deslizaron a través del entorno. Observó con detenimiento el estado de las paredes. Insignificantes crías de gusano, tan blancos como la luz de la luna y tan escuálidos como el avejentado ser de una lombriz, permanecían inertes entre las aberturas de la carne y la sangre coagulada. Eran seres de naturaleza indescriptible, alienígenas si así se lo quiere, más nada como lo que estaba a punto de cruzarse en su camino.

No había forma de que estuviesen preparados para afrontar la escena que acontecieron ese día. Entremedio de la penumbra que nublaba su vista, un objeto enorme, lo suficiente como para taponear las vías del intestino delgado, bloqueaba su paso. Un objeto blanco y translucido, de naturaleza calma pero con un aura de extrañeza agobiante.

Vir’long se detuvo en seco, haciendo que el soldado más próximo chocase con su espalda, y alertando los nervios del resto. Entonces, un movimiento brusco perturbó las aguas; una pata latigueando. Más de uno vomitó del asco, y el resto simplemente se paralizó ante el horror de aquel ser envuelto en pus y podredumbre. Visible ante los ojos de cualquiera, una criatura, un ser pálido de cuerpo humanoide, pero alejado al parentesco de cualquier hormigón o insecto bípedo, yacía flotando dentro del embrión, abrazando sus piernas con ambos brazos.

¿P-Pero qué d-diablos estamos viendo? —acertó a musitar uno de los soldados en el fondo.

Sin siquiera voltear para ver a sus hombres, el capitán alzó un brazo en señal de silencio. Tras esto, allí mismo se quedó, observando en completa intriga, con ambos ojos clavados sobre el misterio de aquella criatura aberrante. Trató a su vez de emparentarle con cualquier otro insecto, con las babosas, los gusanos de tierra, las lombrices e incluso los renacuajos del agua estancada. Mas estaba de más decir que aquello se distanciaba demasiado de cualquiera ser vivo que pasase por su mente.

No… no puedo responder a tal pregunta —replicó espaciado.

La escena se mantuvo estática por incontables minutos. Para el momento en que Vir’long se decidió a actuar, cierto titubeo podía sentirse en el resto de la escuadra. El mismo levantó su lanza, apuntándola al lugar justo bajo los pies del monstruo para evitar lastimarle, y lanzó su poderosa estocada. El huevo se hundió en sí mismo, mismo movimiento que realiza la carne al ser molida. La punta del arma perforó la capa exterior, dejando salir entre sus grietas una flema incolora y mucho más repulsiva que el líquido amarillo. El olor de tal masa era tan solo indescriptiblemente nauseabundo. El grupo entero se lanzó de rodillas vomitando ante tan espantoso aroma. Incluso el capitán, quien ya estaba acostumbrado a los asquerosísimos olores de la naturaleza, fue incapaz de aguantar las náuseas.

A medida que el brebaje iba abandonando el interior de la protuberancia, el cuerpo de aquel ente comenzó a moverse. Primero fueron un par de temblequeos, suaves a la par que gentiles. Pero a medida que el aire iba reemplazando la humedad de su habitad, aquella cosa se volvió errática y violenta. Abanicó sus brazos y piernas con una desesperación de muerte, hasta parecerse a la agonizante locura de una cucaracha siendo sumergida en las profundidades del río. Tal fue la violencia del movimiento que de un momento a otro la grieta en el huevo se desgarró. Primero una pierna, y luego el cuerpo completo fue arrancado de su lugar de origen, cayendo descontrolado y titubeante sobre el carnoso suelo.

El grupo de expedición se alteró por completo. Algunos empuñaron sus armas, otros corrieron hacia la salida sin siquiera mirar atrás y otros tan solo se desvanecieron ante lo surreal de los acontecimientos. Mas el mismísimo capitán, más que aterrado, estaba fascinado.

El mismo alzó un brazo para detener a sus dependientes más violentos. Su mirada se clavó entonces, de nueva cuenta sobre el horrido ser, admirándole con un entusiasmo que no había sentido en años. Contempló como, con el pasar de los minutos, lo errático en sus movimientos se calmó, y pasó a una actitud más calmada; se quedó en el suelo, temblando de frío mientras abrazaba sus extremidades con aquellos brazos larguísimos. «Parecen bastones», llegó a pensar el propio soldado. Su exoesqueleto era inexistente, por lo cual su piel permanecía a la vista en todo momento; una piel tan blanca, tan pálida que dejaba entrever el otro lado del suelo, y demostraba a su vez la falta de órganos en su interior.

¿Qué clase de monstruo eres? —inquirió el señor Vir’long, apuntando con su lanza.

Le costó bastante, pero poco a poco el ente logró levantarse. Su rostro giró para ver directamente al capitán de la fuerza, cuyo semblante se llenó de sorpresa al distinguir una cabeza carente de boca, antenas, oídos o nariz. En su lugar, allí yacían un par de ojos azules, tan brillantes como para alumbrar la penumbra del lugar, y enormes como las estrellas del cielo; demasiado inquietantes a su vez para que cualquiera mantuviese el contacto visual por más de un minuto, he de recalcar.

Ya veo. No puedes hablar, ¿no es así?

El ser mantuvo su mirada fija, dando a recalcar su acierto con un silencio profundo. Sin embargo, a pesar de ser incapaz de hablar, sí podía entender cada palabra que saliese de la boca de Vir’long. Por tanto, luego de un par de segundos, giró su semblante de lado a lado, negando con un gesto y dando a conocer su intelecto.

Vaya criatura más extraña que resultas ser… —musitó el hormigón para mí mismo.

Hermano Vir’long, no debería relacionarse con esa cosa —sugirió un joven de la escuadra—. Ni siquiera sabemos lo que es. Lo mejor será que lo deje y nos vayamos de aquí lo antes posible.

Tal recomendación hizo mella en la conciencia del capitán. Si bien, había verdad en las palabras del chico, su curiosidad le permitió ver un potencial invisible para los atemorizados ojos de la mayoría. La idea de que, de forma tal vez inconsciente, hubiese sido este ser el que causó la muerte del gigante noble. Y si este hubiese sido el caso, el tenerle bajo su tutela hubiese representado una fuente de alimento ilimitada para el hormiguero.

Estoy al tanto de los peligros que corro, hermano. Sin embargo, creo yo que, siendo que este es un ser consciente, y de que claramente es capaz de entender lo que decimos, debería ser nuestra querida madre quien decida su destino.

—¡¿Pero qué está diciendo?! —clamó indignado—. No podemos presentar a tal bestia a la reina. Sería un riesgo incalculable, ¿quién sabe incluso de qué es capaz?

—Tú mismo lo has dicho, no sabemos de qué es capaz. Es por eso que, digo yo, tener a una criatura como esta, capaz de sobrevivir y prosperar en el interior de un gigante, podría simbolizar una ayuda inimaginable.

—O una muerte segura —se atrevió a corregir.

¿Has visto hasta el momento que intente atacarnos? Es más, ¿cómo crees que sería capaz de lograr algo así, si ni siquiera puede esforzarse para ponerse de pie?

Ante esta respuesta, el grupo observó desde su distancia al extraño monstruo. Sus enormes ojos devolvieron el acto con cierta curiosidad, de la cual emanaba además una calma destellante de inocencia; era como ver a un bebé recién nacido, cuales ojos se posaban por primera vez sobre la rareza del mundo que le ofrecía su bienvenida.

La discusión con su propio equipo continuó un par de horas más. Fueron diversas las opiniones, a la cuales se le sumaron más temprano que tarde la de los demás capitanes; más negativas que positivas, he de advertir. El mismísimo Vir’long hizo frente a cada una de ellas, con la disposición suficiente para proteger a su nuevo hallazgo, con el escudo del dialogo, y espada de su prestigio. Aquel era un hormigón obstinado, cuanto menos. Bien podríamos decir que, cuando al hombre se le metía algo entre antena y antena, era prácticamente imposible hacerle cambiar de parecer, y aquella escena lo demostraba a la perfección.

Más temprano que tarde la negativa dio por perdida la batalla. Se contaron los votos, y la gran mayoría dio como visto bueno el llevar a tal bestia ante la reina, y que fuese esta quien dictaminase el destino de su cabeza. Sobra decir que (aunque sus compañeros no) el capitán de la fuerza estaba más que contento por ello. Tanto fue su ánimo que este mismo se ofreció para cargar al joven (Vasallo, como posteriormente se le conocería) todo el camino de regreso hasta el hormiguero.

Es así que comienza esta historia; con una idea forjada de la más inocente necesidad de ayudar al prójimo, y con la ignorancia de un guerrero por adentrarse en un mundo que desconocía… el mundo del «rey codicioso».

15 de Noviembre de 2021 a las 19:40 1 Reporte Insertar Seguir historia
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Leer el siguiente capítulo Capítulo 2: El hormiguero.

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Katya Enríquez Katya Enríquez
Tan oscuro y tan precioso 😍💖
November 18, 2021, 05:17
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