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DanaD Solar


Vivir con ansiedad social nunca ha sido algo fácil para Agust, quizá el paso del tiempo lo ha vuelto soportable, pero su ingreso a la universidad plantea un nuevo desafío, no sólo para convertirse en un "adulto funcional" sino para aceptar que su vida está a punto de cambiar de forma radical.


Fanfiction Bandas/Cantantes Sólo para mayores de 18.
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El día en que se detuvo el tiempo

El sonido del reloj en el centro de la habitación marcaba 5: 30 A.M de un día lunes como cualquier otro, a excepción de que faltaban tan solo un par de horas para comenzar el primer día de universidad. Agust sentía la superficie de su cama húmeda y las sabanas gastadas pegadas a su espalda por el sudor, no podía despegar la mirada del reloj en la pared, en la cantidad de horas, minutos y segundos que faltaban para enfrentarse a un nuevo escenario. Sentía su garganta cerrarse y la saliva nauseabunda acumularse en su boca. A pesar de tener todas las cosas listas para iniciar el día siguiente: la ruta que debía seguir para llegar a su destino trazada en el navegador de su celular, su bolso con algunas agendas, portátil y elementos necesarios para llevar a cabo sus clases y varias gomas de mascar para calmar los nervios, sentía que algo faltaba.

Quizá no faltaba algo, quizá la alarma por algún extraño motivo no iba lanzar su rutinario sonido para levantarse a la hora y tendría que modificar su ruta de autobuses para llegar a tiempo, tendría que correr y no podría llegar antes que sus compañeros para encontrar su salón designado y su asiento, tendría que correr por los pasillos atestados de alumnos y la peor pesadilla de todas: ingresar al aulario lleno y bajo la mirada del profesor y sus futuros compañeros.

¡Mierda! se levantó y corrió al baño a vomitar los restos de la cena que se preparó hace un par de horas para "celebrar" su ingreso a una de las universidades más prestigiosas del país. Mientras se afirmaba del asiento del inodoro y lágrimas de asco y frustración corrían por sus mejillas, aceptaba el hecho de que no podría dormir el par de minutos que le quedaban antes de que el sonido de la alarma diera inicio a la nueva pesadilla que se había armado en su cabeza.

Se había preparado con meses de anticipación en terapia para darle inicio a un nuevo capitulo de su vida, pero a pesar de las palabras de animo que escuchaba de la boca de su psicóloga, al llegar el día se sentía caminar directo a su muerte anunciada. Mientras abría la llave del agua caliente para tomar un baño, trataba de traer a su memoria la primera vez que sintió esa presión en el pecho, ese nudo en la garganta que lo seguía continuamente a donde fuera y aparecía en los peores momentos.

Quizá uno de sus primeros recuerdos se remontaba a la época de ingreso al jardín de infantes, mantenía en su memoria cómo pasaban las casas a través de la ventana del automóvil que manejaba su madre, la tela rasposa del uniforme nuevo contra su piel y el vértigo que experimentó cuando se bajo del auto y comprobó la estructura de colores imponentes frente a él y las múltiple voces de niños y adultos esperando para dejar a sus hijos en el primer día de clases. Con mirada suplicante miró a su madre para que le dijera que regresarían juntos a casa a jugar con su nuevo set de puzles de "grandes ciudades del mundo" pero pudo ver en la cara de su madre que eso no iba a suceder.

Cuando las lagrimas comenzaron a caer silenciosas por su rostro, su madre reaccionó ante la luz de alerta y le abrió la mano para entregarle un brillante anillo con un rojo y enorme diamante de caramero coronando la bella joya.

-Vamos cariño, los niños ya están ingresando a las salas.

Con un pequeño y cariñoso empujón lo guió para ingresar con los demás pequeños.

Desde ese minuto supo que algo andaba mal en él. No basta con mencionar que lloró hasta que no podía abrir los ojos de la hinchazón, cada vez que alguno de sus compañeros se acercaba a hablarle o mostrarle sus juguetes, escondía su cabeza bajo el pupitre y se quedaba ahí hasta que sentía a las personas alejarse, como si eso no fuera suficiente la maestra consideró como buena idea jalarlo de su pupitre para que dejara de esconder su cabeza frente a las miradas expectantes de sus pequeños compañeros. En el minuto en que vio todas esas caras observándolo vomitó sobre su cuaderno de gatitos. Solo fue cuestión de 2 horas para encontrarse camino a su hogar con la mirada preocupada de su madre en el retrovisor.

Las sensaciones se volvían cada vez más reales mientras se vestía y chequeaba por última vez que todo estuviese en su lugar, antes de cerrar la puerta de su habitación y partir a su inevitable destino. Mentiría si no consideró al menos unas 10 veces no asistir a su primer día, pero consideraba mucho peor asistir a clases cuando ya todos se conocían, de hecho era lo que solía hacer siempre que tenía que asistir a clases a través de los años y los múltiples cambios de colegios a los que su madre tuvo que acceder para que continuara con su educación. Ahora no estaba su madre para darle ese pequeño empujón, tenía que salir adelante y ser un adulto funcional de alguna forma, tal y como se lo repitió su madre con lagrimas en los ojos hasta el último minuto que tuvo conciencia en esta tierra.

En cuanto a lo de ser funcional, sentía que lo había logrado bastante bien. Sus calificaciones siempre fueron sobre el promedio, a pesar de los constantes cambios de establecimiento por los que pasó durante su infancia y adolescencia, se graduó con honores y contra los pronósticos de las amigas insoportables de su madre logró ingresar a una de las mejores universidades del país. Según su criterio era una persona bastante funcional, el problema eran "ellos".

-¿Por qué tengo que tener amigos?- fue una de las primeras preguntas que le hizo a su madre después de salir del despacho de la directora a la edad de 10 años.

-Pues porque es parte de crecer Agust, a lo largo de nuestra vida necesitamos de personas que nos escuchen, nos acompañen y nos quieran. Tal y como lo hacemos nosotros, yo te quiero a ti y tú me quieres a mi.

-Pero las otras personas no son cómo tú mamá. Además si te tengo a ti ¿para qué quiero hablar con más personas?-

-Porque tienes que tener amigos de tu edad, enamorarte en algún minuto. ¿No pensarás que yo estaré para siempre? Además no puedes tener de mejor amiga a una vieja como yo. Te vas a transformar en un pequeño abuelo si sigues encerrado viendo películas conmigo todos los días.

A pesar de los intentos extremos de su madre por conseguirle amigos, para los chicos de su edad seguía siendo el pequeño raro, a lo largo del tiempos sólo fue evolucionando el apodo que sus compañeros le daban, a nombres cada vez más crueles: "mudito", "fantasma", "engreído" y el peor de todos "enfermo".

No es que no quisiera hablar o compartir con personas de su edad, pero cada vez que lo intentaba sentía una extraña sensación crecer desde la boca del estomago hasta la garganta, lentamente comenzaba a sentir como sudaban las palmas de sus manos y como varios pares de ojos se fijaban en él, esa sensación de ser observado y juzgado secretamente por quienes lo rodeaban solo fue creciendo con el paso de los silenciosos años. Para ser sincero le resultaba menos doloroso mantenerse en silencio e ignorar al resto, sentía una extraña paz cuando pasado el tiempo las personas simplemente hacían de cuenta que no existía y poco a poco fue encontrando consuelo en otras actividades como la lectura y el dibujo.

En parte la cantidad de años dedicados a estas actividades lo volvieron realmente bueno en sus bocetos y desarrolló un amor sincero a la lectura. En base a este amor "real", estaba a punto de cruzar la calle para ingresar al campus universitario. Cuando sopesó las opciones que tenía para elegir su futuro, no tuvo problemas para seleccionar aquello que quería estudiar: literatura, era su llamado. Después de todo leer era su actividad favorita, no necesitaba estar en contacto con nadie más que no fuera su libro y lo que le quería transmitir el autor, podría aprender lo básico y trabajar en alguna editorial quizá revisando algunos manuscritos, incluso podría trabajar desde su hogar en correcciones para algunas imprentas. De alguna forma sentía que podría llegar a ser un adulto funcional, puede que no lo que imaginaba específicamente su madre, pero era algo bastante cercano.

Comenzó a recorrer el campus, había llegado bastante temprano para asegurarse de ingresar de los primeros a su aulario y escoger el asiento más alejado de la estancia, recorrió cada uno de los pasillos hasta dar con el salón A-11. Sintió una leve sensación de alivió al tomar el pomo de la puerta, que se esfumó rápidamente al comprobar que estaba con llave. No pensó que la puerta estaría cerrada, pero le hacía sentido que al ser las 7:30 A.M aún no llegara el conserje a abrir las puertas. ¿A quién carajos se le ocurrió poner clases a las 8 de la mañana?, ¿sería una especie de castigo por ser estudiantes de primer año?

-Carajo y ahora qué se supone que haga- Comenzó a sentir como aumentaba gradualmente la ansiedad, cuando comenzó a escuchar voces lejanas de alumnos conversando que estarían buscando sus salas al igual que él.

Antes de alcanzar a visualizar a las personas que hablaban animadamente a la vuelta del pasillo, Agust ya estaba comenzando a caminar a paso firme fuera del edificio. Antes de darse cuenta se encontraba en un sector rodeado de arboles y algunas bancas de aspecto lamentable, en general agradecía que la universidad contara con tantos espacios abiertos entre edificios y aularios. No creía poder soportar lugares demasiados aglomerados.

Se sentó en una de las bancas que estaba lo suficiente alejada del sonido de universitarios animados, mientras su mente trabajaba a mil por horas para encontrar una solución y no toparse con sus compañeros en la puerta de la sala, ni ingresar después cuando ya todos estuviesen sentados y pudiesen observarlo entrar. Si pudiese hacer una lista con sus peores miedos llamar la atención ocuparía uno de los primeros lugares. A la par que su mente trabajaba a toda velocidad y continuaba secando sus manos en un acto reflejo contra sus pantalones negros, no notó los pequeñas alertas y sonidos que le enviaba su pobre cuerpo ante el estrés y hambre al que lo había sometido desde el día anterior, ya que en su apuro por salir temprano no había consumido ningún alimento.

Cuando comenzó a nublarse su razón y sentir que la visión le estaba fallando, tuvo un pequeño flash de conciencia donde se arrepintió de estar en ese lugar. Fue entonces cuando sintió el reloj en su cabeza detenerse y la oscuridad envolverle. Sintió un dolor punzante en su cabeza y un extraño aroma cerca de su nariz, cuando abrió sus ojos pudo vislumbrar una cabellera castaña y unos ojos preocupados observándolo desde arriba.


19 de Noviembre de 2021 a las 02:42 0 Reporte Insertar Seguir historia
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