dalianegrawtp Dalianegrawtp Morales

«Tu alma en mi alma brillará por siempre, iluminando así el tiempo de mi existir.»


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LA MIRADA.

Mi cabeza duele como nunca.

El simple hecho de respirar provoca que me den náuseas y, ¿cómo no? Anoche casi me intoxique con alcohol como si no hubiera un mañana, pero no fue así porque es día miércoles y aún me quedan dos días más de universidad y un año entero para soportarlo.

Es el primer mes y, a pesar de que prometí no beber ni una sola gota de alcohol durante la semana, he fallado terriblemente. Suelto un bufido porque esto es un asco. Maldigo una y otra vez en silencio mientras oigo como la alarma suena por tercera vez. Soltando un bufido, me siento en la cama y tomo el teléfono para apagar la alarma y ver que son las siete de la mañana.

—¡Dave! —habla mamá en la planta baja —. ¿No vas a tomar desayuno?

Agradezco su amabilidad en silencio, pero sé que, por el menor bocado que pruebe, terminaré vomitando hasta mi hígado. Al ponerme de pie, un mareo me revuelve la cabeza y el estómago. Tengo que respirar de forma profunda y calmada para no vomitar. Lo hago una, dos, tres y cuatro veces hasta que me siento mejor y camino hasta el baño para darme una ducha con agua helada porque necesito despertar de una buena vez por todas. No puedo comenzar el año fallando igual que todos los anteriores. De una buena vez por todas, tengo que comenzar a hacer las cosas correctamente.

Una vez duchado, me pongo una polera manga corta y encima una camisa de cuadros que no me tomo el tiempo de abrochar los botones. Solo tomo mi teléfono, audífonos y mochila para salir de mi habitación.

Abajo, mamá se encuentra preparándose un café. La mesa está llena de comida deliciosa, mas no me atrevo a probar nada. Incluso mirarla me toma demasiado esfuerzo.

—Tienes una cara horrible, cariño.

—Lo sé.

—No puede ser. Pero, Dave...

—Lo sé, no es necesario que lo digas, mamá. Metí la pata.

—Bueno, al menos está vez lo reconoces. En ocasiones anteriores solo te habrías ido dejándome hablando sola.

La quedo observando mientras bebe un sorbo de café y se come su pan con mermelada. Su cabello rubio luce tomado en un moño alto y lleva ropa carísima. Un vestido de color rojo que se pega a su cuerpo y unos tacones enormes. Es imposible no darse cuenta como en la calle más de un hombre la queda mirando.

Cuando me sorprende mirándola, me regala una dulce sonrisa mientras me observa con sus ojos verdes que, orgullosamente, herede. Muchas veces me he preguntado si tendré alguna otra cualidad que haya heredado de ella, pero nunca he podido encontrar nada más porque todas mis demás facciones son de mi padre.

Decido tomar una manzana simplemente. Le doy un beso en la mejilla y comienzo a caminar a la salida.

—Pero si no haz comido nada, bebé.

—A menos que quieras que vomite en tu mesa, es mejor que no coma nada. Y ya no me digas así, mamá. ¡Tengo veintidós! Que vergüenza.

—Vergüenza debería darte emborracharte de esa manera, jovencito.

—¡De acuerdo! Adiós.

—¡Te amo! —dice de manera cantarina y cierro la puerta para encontrarme con un sol que casi me deja ciego.

Comienzo a caminar hasta el paradero del autobús y me siento soltando un suspiro. Cierro mis ojos por unos segundos porque necesito volver a mi cama. Siento que todo me da vueltas y que el piso se mueve.

Incluso puedo oler colores.

Paso las manos por mi cabello castaño oscuro y echo mi cuerpo hacia adelante para apoyar mis codos en mis rodillas. Inhalo de forma profunda intentando mentalizarme, pero es imposible. Esta maldita resaca hace que mi cabeza palpite sin detenerse. Siento que el cerebro se me va a escapar por los oídos en cualquier momento. Cuando alzo la mirada, el autobús viene doblando en la esquina y me pongo de pie para tomarlo. Al estar dentro me siento en lo primero que veo, me pongo mis audífonos y echo mi cabeza hacia atrás. Intento ni siquiera pensar en algo para poder concentrarme y no vomitar dentro. Ruego que el camino sea rápido y no haya nada de tráfico por el camino. Una que otra vez abro mis ojos para ver como algunas personas suben y como otras se bajan.

Al momento de llegar al paradero de la universidad, soy el primero en bajarme como un desesperado porque necesito aire fresco.

Avanzo por los pasillos de la prestigiosa universidad en la que me inscribieron mis padres. Doy un paso seguido de otro de la forma más perezosa que pudiera existir. Mantengo mis manos en mis bolsillos todo el tiempo e ignoró el hecho de que voy chocando con todos los que se me cruzan. Para su suerte, nadie me dice nada, pues de seguro me debo ver como un muerto viviente por este lugar a comparación del rostro de todos los demás.

—¡Dave! —oigo mi nombre dicho por una voz femenina y miro sobre mi hombro.

Una chica de cabello negro, largo y ondulado, camina hacia mí saludándome con su mano en lo alto y una sonrisa demasiado brillante. Cuando llega a mi lado, rodea mi brazo y no me da tiempo de liberarme de su agarre cuando comienza a tirar de mí para que comencemos a caminar. Lo mismo que hace durante diez años. Se aferra a mi brazo que casi me lo arranca.

—¿Qué tal estás? Aunque, debido a tu aspecto, esa pregunta esta demás. Pero, asumo con total certeza, que te divertiste en mi casa, ¿verdad?

—Ah, sí.

—¿Irás el fin de semana?

—Lo dudo, Ginebra —respondo porque es la verdad.

Bebí demasiado que no tengo que beber nunca más en mi vida.

—¿Ni siquiera para pasar un tiempo conmigo? —pregunta y alza su mirada haciendo un puchero.

Ginebra es linda, tal vez hemos compartido uno que otro beso durante estos años, pero todo llega hasta ahí. Es de esas típicas chicas que se ilusionan por el simple hecho de darles una sonrisa y eso me cansa. A pesar de que en la fiesta estaba con mis amigos, ella no me dejaba en paz y, yo pasado de copas, me negaba a decirle que no a sus provocaciones.

Y es que siempre ha gustado de mí, a veces pasan meses en que no hablamos ni nos vemos porque viaja mucho, pero siempre volvemos a lo mismo. A vernos y acostarnos. Tal vez, no sea malo, pues ambos sabemos que es simplemente eso.

—Fue divertido, pero nada más que eso.

—Oh —susurra de manera pensativa —. Ya veo, eres de los chicos difíciles.

—No tiene nada que ver eso. Simplemente que necesito tiempo para preocuparme de mis clases.

—De acuerdo —dice con una sonrisa. Me suelta al momento que pasamos frente a su aula —. Nos vemos al almuerzo —agrega y besa mi mejilla.

No puedo evitar observarla como avanza por el aula hasta sentarse en una de las sillas. Se acomoda su cabello negro detrás de sus orejas y su vestido cuando se sienta. Dos chicas llegan de forma inmediata a su lado y comienzan a hablar y reír.

Chicas.

Continúo avanzando por el pasillo, subiendo las escaleras, hasta que llego a mi aula en el quinto piso.

Me quedo parado en la puerta observando al montón de orangutanes que hay dentro. En mi aula solo hay diez chicas y treinta hombres. Sin duda alguna, todos se encuentran necesitados de atención femenina y cuando ellas llegan no les quitan los ojos de encima como unos depredadores. Comienzo a caminar hasta ganarme en uno de los primeros asiento y espero a que llegue el profesor para darnos la clase de Economía.

—Dave, hey, ¿juegas hoy? —pregunta Brian cuando llega a sentarse al lado mío —. Los chicos te extrañamos ayer, sabes que sin ti nos cuesta demasiado. ¿Qué tal si te pasas hoy por la cancha?

—No lo sé, tengo que estudiar más tarde y recuperar sueño —murmuro y suelto un bostezo.

Oigo a Brian soltar un suspiro. Lo observo sacar su cuaderno y lápices y quiero decirle que sí, pero el cansancio que tengo es demasiado. Me arrepiento como nunca de haber ido a esa fiesta del carajo.

—Solo un ratito —insiste y pongo los ojos en blanco.

—No seas insistente. Déjame en paz.

—¡De acuerdo! Dios, esos genios no te los aguanta nadie. Por cierto, ¿me puedes pasar la tarea de matemáticas?

—No.

—Con amigos así para que quiero enemigos —masculla.

Suelto una sonrisa y veo como el profesor entra y cierra la puerta sin importarle que vinieran alumnos detrás de él. Los deja fuera como si nada y siento lástima por ellos. Es por eso que, cada vez que me toca con él, siempre llego antes. No pienso quedarme fuera de sus clases cuando son las que más me cuestan porque es un hombre completamente exigente y terco. Además, ¿qué más se le puede pedir? Tiene casi cincuenta años. Yo asumo que sería igual a esa edad.

—Por cierto...

—¡Ya deja de hablarme!

—Dios... De acuerdo.

—Que fastidioso eres

—Y tú un amargado.

—Que ya no me hables.

—¡Pero si tú me hablas!

Golpeo su brazo con mi cuaderno y me acomodo en el asiento para comenzar a prestar atención y anotar todo lo que el profesor dice.

—A todo esto, ¿Ginebra te ha dicho algo? —le pregunto.

—Deja de hablarme, quiero poner atención. Que fastidioso eres —dice haciéndome burla de una muy mala manera.

—Pedazo de idiota.

Lo observo esperando que me responda, mas no dice nada. Ginebra es su hermana y, a pesar de que nos conocemos hace demasiados años, a veces me preocupa lo que ella pueda pensar. Sé que nunca ha hecho algo extraño o me ha dicho algo que pueda complicarlo todo, tampoco va por ahí alejando a las chicas que me hablan, pero siempre me parece que algo hay en sus ojos cuando me observa.

Las clases avanzan de forma rápida. El dolor de mi cabeza no ha disminuido en lo más mínimo y el bullicio del pasillo solo aumenta mi malestar. A donde sea que vaya hay ruido y más ruido y me encuentro a punto de gritar por el estrés que me provoca.

Cuando llega la hora del almuerzo, no pongo ni un solo pie dentro porque el simple olor a comida me revuelve el estómago. Miro a todos lados y veo a los chicos con los que siempre estoy. Todos ríen y hablan tranquilamente. Pareciera que no les hace falta nada ni nadie más para estar completos, ni siquiera yo y eso me da un mal sabor de boca. Ni siquiera se fijan en la silla que se encuentra vacía a su lado derecho. Y, por primera vez, me doy cuenta de que no es la primera vez que me siento así. No es la primera vez que me siento excluido de mi grupo de amigos que he tenido toda la vida. Ya son muchas las veces que me siento mal mientras ellos ríen a mi alrededor, como si nada. Y, nuevamente, tengo la misma pregunta rondando mi mente: ¿son ellos realmente mis amigos?

Y es que, si lo fueran, no me sentiría así con ellos, pero lo hago. Bajo la mirada para observar el suelo. Muchas veces, con el único que me siento bien es con Brian. Con él solo comparto palabras en clases y ya, pero a pesar de eso, con eso siempre me divierto a pesar de que es un fastidioso que lo único que sabe es pedirme las tareas.

Cuando alzo la mirada, es como si me sintiera en un mundo diferente. Como si fuera un alíen en la tierra. Y es horrible. El dolor de cabeza es reemplazado por un dolor en el pecho que provoca que se me encoja y trago saliva con dificultad, pero el sentirme así no es algo nuevo.

Desde que tengo memoria, todos, siempre, me dejaban de lado. Los niños nunca me dejaban jugar con ellos porque decían que era raro. Cuando se formaban grupos nadie me quería en el suyo, siempre tenía que hacer los trabajos y presentaciones solo frente a un grupo de niños que solo se dedicaban a hacerme muecas. Aquellas cosas eran un martirio. Me sentía como una pequeña hormiga frente a miles de zapatos que solo querían pisarme una y otra vez. Muchas veces me preguntaba el porqué. Me quedaba viendo horas en el espejo para entender que estaba mal conmigo, pero nunca lograba encontrar nada. Yo me veía y sentía normal, no obstante, todos ellos me veían como un bicho raro que debían alejar por tener alguna especie de enfermedad contagiosa.

Los niños, cuando se lo proponen, pueden ser crueles y viles sin ningún problema.

Conforme iba transcurriendo el tiempo, fui cambiando. Ya me daba igual si me elegían o no. No me importaba hacer los trabajos solos porque me sentía más cómodo y mis notas eran excelentes. Desayunaba y almorzaba solo. Volví la soledad mi mejor compañía y la aprecie como muy pocos saben hacerlo. Muchos le temen, pero yo aprendí a amarla.

Luego, apareció Brian y Ginebra. Ellos nunca me excluyeron de nada. Siempre me invitaban a todos lados o me llevaban a la rastra si era necesario. Ginebra siempre estaba allí como una buena amiga, pero sus intenciones, lentamente, fueron cambiando. Aunque no puedo decir lo mismo de las mías. A pesar del tiempo y de las cosas que hemos hecho, ella siempre ha sido una amiga para mí y me alegra que ella lo respete, pero también me asusta el desenlace que pueda haber.

Luego, llego alguien más. Alguien que me hizo sentir demasiadas cosas, pero no las suficientes para poder entenderme. Era una persona amable, graciosa, altruista e inteligente. Fueron dos buenos años, pero todo quedo en eso. Cuando se terminó, me di cuenta de que nunca me hizo sentir diferente realmente, yo mismo fue quién se obligó a creer que lo era. Muchas veces hablamos, nos juntamos a beber algo o a conversar, pero solo como buenos amigos.

Me encuentro tan sumido en mis pensamientos que, cuando me encuentro sentado en la biblioteca, es que me doy cuenta de dónde estoy. Suelto un suspiro y dejo mi mochila en el asiento de al lado. El cansancio es tanto que, sin poder evitarlo, mi cuerpo se va hacia adelante y mis ojos se cierran. Quizás solo debería dormir una hora. Una simple hora y ya.

Silencio.

Todo lo que hay es silencio. Un perfecto silencio que hace que me relaje. Un silencio que calma todos mis pensamientos. Un silencio que a veces es sofocante, pero que sé que es lo único que me hace bien. Un silencio que duerme todo dentro de mí. Sin embargo, a veces quisiera tener ruido.

Ruido.

Un ruido que no me permitiera perderme en aquellos pensamientos dolorosos. En aquellos recuerdos que me hacen querer llorar. En aquellos recuerdos llenos de momentos desagradables y burlas. Y es por eso que, muchas veces, me pregunto: ¿por qué si el ruido es tan ensordecedor, a veces el silencio parece gritarte en el oído que es peor?

—Hey —oigo a lo lejos, entre sueños y nebulosas —. Hey, creo que tienes que despertar.

Me remuevo y entre abro mis ojos de manera lenta para observar a quién me habla. Veo un gran destello de luz que, poco a poco, se va apagando. Entonces, veo una sonrisa. Lo primero que veo es una sonrisa que me brinda aquella persona que se encuentra sentada a mi lado y que me observa con suma paciencia. Es una sonrisa llena de pureza y amabilidad, pero sus ojos son otra cosa. Esa mirada es imposible de describir y se ve cargada de cosas indescifrables. Pestañeo un par de veces y reaccionó cuando veo que es un chico.

Me enderezo de golpe y aclaro mi garganta.

—¿Qué hora es? —pregunto mirando a todos lados dándome cuenta de que no hay nadie más que nosotros dos.

—Las cinco de la tarde.

—Ah, las cinco de..., ¡¿qué?! —pregunto y observo al chico de ojos azules frente a mí.

Sin siquiera mirarlo cinco segundos, me doy cuenta de lo delgado que es. Tal vez tenga sus dieciocho años o por ahí. Su cabello negro cae sobre su frente y varios rulos rebeldes se ven para todos lados. Lleva una polera manga larga roja que pareciera que es cinco tallas más que la suya.

—Las cinco de la tarde —responde nuevamente y me observa con curiosidad —. Creo que has dormido mucho. Yo llevo tres horas aquí.

«No puede ser. Es un ratón de biblioteca.»

Pienso y desvío la mirada. Me echo hacia atrás y suelto un suspiro. De pronto, veo que se pone de pie y lo observo.

—Maldita sea —espeto.

—Tenemos que irnos, la señora ya se va y esta muy gruñona.

—Siempre está gruñona.

—Sí, pero hoy un poco más porque te has quedado dormido aquí. A ella no le agrada que ocupen la biblioteca para dormir. Estuvo regañando todo el tiempo. Creo que hasta te echo mal de ojo —murmura de una forma completamente tranquila y pasiva.

—Mal de ojo, eh.

Suelto una pequeña sonrisa.

—Vamos.

Tomo mi mochila para ponerme de pie y me estiro unos segundos. Comienzo a caminar de manera lenta mientras que él lo hace de manera rápida. La mochila que lleva en la espalda pareciera que la lleva usando toda la vida, pues tiene dos parches y se encuentra cocida.

Entre cierro mis ojos y observo mi cuerpo.

¡Soy dos veces él! ¿Este chico come? ¿Acaso es anoréxico? Miles de preguntas asaltan mi mente, pero las olvido de forma rápida porque no tienen sentido y es algo sin importancia para mí.

Salimos de la biblioteca y él simplemente se va caminando hacia la salida. Lo hace de manera lenta, como si quisiera que el camino a casa fuera lo más lento posible. Como si quisiera no regresar nunca y, por un momento, lo único que siento al verlo es tristeza. Una tristeza tan grande que me estremezco. Desvío la mirada, trago saliva y, cuando vuelvo a mirar, él ya no está. Vuelvo a pestañear de forma rápida porque, por un segundo, pienso que todo ha sido imaginación mía y que nunca lo he visto.

Saco mi teléfono y observo la hora. Definitivamente son las cinco de la tarde. Suelto una maldición porque, lo que se suponía que sería una pequeña siesta, se volvieron seis horas de sueño. Se suponía que prestaría atención a todas mis clases y, una vez más, he fracasado. Si continuó de esta manera tan perezosa, para fin de año, estaré repitiendo y eso no puede suceder una vez más. Alzo la mirada e inhalo profundo.

«Llegaré a casa a estudiar.»

Pienso de forma decidida y llego a casa con ese pensamiento. Ni siquiera como por repasar todo lo que hemos pasado en este primer mes. Hemos ido de forma lenta con las materias, pero, después del primer mes, todo cambia. Los trabajos se vuelven infinitos y cansadores y ni siquiera tendré una hora para descansar o tomar un respiro. No acabaré un trabajo cuando ya tendré cinco más encima. No terminaré de estudiar para una prueba cuando ya tendré que estudiar para las demás y así será todo el maldito año del carajo.

Cuando siento que ya no me quedan neuronas, suelto el lápiz que cae en el cuaderno y me echo hacia atrás en la silla. Observo el techo de color marrón y cierro mis ojos. Los abro cuando mi puerta es tocada.

—Cariño, ¿estás bien? Son las nueve de la noche y no has comido nada.

La voz de mamá es preocupada, así que me esfuerzo por darle una sonrisa.

—Tranquila, solo quería estudiar un poco.

—Pero ya van tres horas, es suficiente. Baja a comer.

—Si insistes.

—Además, sabes que no me gusta comer sola —susurra.

Esas simples palabras se repiten en mi mente una y otra vez. Veo todos aquellos momentos en que la oía decirle eso a un hombre que lo único que hacía era mal tratarla. Que no sabía darle el amor que merecía ni mucho menos el respeto.

Mi padre era el típico cretino de pacotilla por el que piensan que todos los hombres son iguales. Era un maldito soquete que no se merecía nada. Ni la más mínima cosa buena. Tuvo a mi madre, lo mejor que le pudo pasar, y nunca fue capaz de darle el amor que merecía. Ella hacia de todo por él, pero él solo le daba palabras llenas de mierda, crueldad y golpes. Muchas veces recuerdo aquellos momentos donde la golpeaba y la impotencia llega a mí, pero, ¿qué podía hacer un pequeño niño de diez años? ¿Qué podía hacer contra un adulto que, prácticamente, se convertía en un monstruo cuando bebía? Sin importar lo mucho que quisiera proteger a mamá, siempre terminaba golpeado por él por el hecho de entrometerme.

Bajo la mirada sintiendo un dolor en el pecho y, a pesar de todo, no puedo evitar preguntarme si estará bien. Es posible que, ahora mismo, se encuentre ebrio y drogado sin saber nada de lo que sucede en el mundo, sin recordar nada de todas las cosas que nos hizo, sin siquiera tener un poco de remordimiento.

«No es el momento.»

Obedezco a mis pensamientos y sacudo mi cabeza para olvidar ciertas cosas innecesarias, pues lo que menos deseo es que mi madre note que algo me ocurre. Alzo la mirada y me pongo de pie con una sonrisa. Sus ojos verdes me observan dudosos y beso su mejilla.

—Vamos, mamá.

Me regala una sonrisa.

—Me cuentas como te fue, ¿de acuerdo?

—Me quede dormido en la biblioteca todo el día.

—No puede ser —dice llevando sus dedos a sus cienes y negando una y otra vez con su cabeza. Definitivamente le terminaré sacando canas verdes.

—Pero, ¡hey! Estudie toda la tarde.

—Pero esas cosas no deben suceder cariño. Se supone que le ibas a poner ganas este año y, en un mes, ya te has ido de fiesta y dormido en la biblioteca. No quiero que suceda lo mismo del año pasado.

—Pero no me he peleado con nadie.

—Pero si has salido de fiesta.

—Pero no me he peleado con nadie —hablo con la cabeza en alto y orgulloso de aquel logro.

Cuando llegamos a la mesa, comenzamos a comer sin más. Mamá suele traer cosas dulces siempre, así que no hay como comer tarta de yogurt y unos deliciosos biscochos.

—Últimamente he estado pensando en algo —dice de pronto y dejo de comer al notar lo pensativa que se ha oído.

—¿En qué?

—Bueno, tal vez te moleste lo que te diré, pero lo haré de todas formas porque, si luego te enteras por terceras personas, será peor.

—¿Qué pasa? —pregunto temiendo lo peor que hasta el hambre se me evapora del cuerpo y solo me queda un mal sabor de boca.

—He estado hablando con tu padre.

Sin más, me pongo de pie para irme a mi habitación, pero, su voz autoritaria y dictadora, me detiene al decir:

—Dave, siéntate. Te estoy hablando y creo que te he enseñado modales muy bien como para que me dejes hablando sola.

—No me interesa escucharte hablar de él.

—Es tu padre y...

Me giro dominado por el enojo y pego las palmas a la mesa dando dos fuertes golpes.

—¡No! ¡No es mi padre! ¡Es un maldito infeliz que solo te hacía llorar y te lastimaba! ¡¿Acaso ya lo has olvidado?! —grito con tanto enojo que incluso me desconozco.

Sus ojos me quedan mirando sorprendidos y baja la mirada porque sabe que es verdad. Formo puños y quiero tirar todo al suelo y golpear lo primero que vea, pero me controlo. Reúno fuerza de voluntad para no descontrolarme una vez más y dejar todo patas arriba, pero es complicado cuando me sale con babosadas como esas. No sabe lo mucho que me hierve la sangre por el simple hecho de saber que el maldito de mi padre escucho su voz. Aprieto tanto mis dientes que siento que, en cualquier momento, se me van a romper.

—No lo he olvidado, pero siempre llega el tiempo de perdonar a las personas para que...

—¡Perdonar una mierda! ¡Las cosas que te hacía son imperdonables! ¡¿Cómo puedes ser tan tonta?! ¡De seguro solo te está manipulando como siempre lo hacía!

—¡Dave! —exclama y se pone de pie —. No te voy a permitir que me hables de esa manera.

—¡¿A mí no?! ¡Pero a él le soportabas todo, incluso que te violara!

Al segundo que las palabras salen de mi boca, me arrepiento, pero es tarde. Veo como sus ojos se llenan de lágrimas y se va para su habitación.

Paso las manos por mi cabello de forma desesperada y un grito brota de mi garganta porque lo odio, lo aborrezco, lo único que deseo es que desaparezca de nuestras vidas de una buena vez por todas, mas no sucede. Grito una y dos veces intentando eliminar el enojo de mi interior. Siempre, de alguna u otra manera, regresa para hacerle daño, para hacerla llorar.

Por un segundo, quiero dar vuelta la mesa de una sola patada, sin embargo, esta vez me controlo. Inhalo profundo un par de veces y me preocupo de dejar todo ordenado. Intento liberar mi mente de todos aquellos pensamientos innecesarios de mi cabeza, pero me cuesta. Cuando él se mete en mi cabeza me provoca tanto enojo que no controlo mis actos ni mucho menos lo que digo. Activa un botón en mi que nunca he podido apagar. Es un botón que libera toda mi ira, dolor, miedo, desesperación y odio hacia él. Hacia el hombre que debía cuidarnos y darnos protección no miedo y desesperación.

Yo solo era un niño de diez años que necesitaba protección de un padre en las noches, pero él lo único que hacía era provocarme daño físico y psicológico como si nada. Ni siquiera le importaba cuando me dejaba tirado en el suelo por sus golpes. Ni siquiera le importaba que estuviera al frente cuando golpeaba a mi madre y la obligaba a hacer cosas que no quería.

Era un niño de diez años que vio cosas que los niños no deben y todo eso se me ha ido acumulando con el pasar de los años. Cada día sueño con verlo y poder molerlo a golpes, pero eso nunca sucede. Busca a mi madre preocupándose de que yo no me enteré porque sabe que ya no soy un niño y de lo que puedo ser capaz. Inhalo profundo, observo el techo de mi cabeza y comienzo a subir las escaleras. Me detengo fuera de la puerta de mamá y la oigo sollozar. La culpabilidad me aborda. Durante años odie a mi padre por hacerla llorar, pero yo muchas veces también le provoco aquello cuando no soy consciente de las cosas que digo.

Toco la puerta. Deja de sollozar y se queda en absoluto silencio. Vuelvo a tocar, pero no me abre. No importa cuantas veces toque la puerta, sé que no me va abrir.

—Mamá —digo sabiendo que no obtendré respuesta —. Lo siento. Lo lamento mucho, pero me enferma que seas tan... ilusa con él. No te quiero cerca de él, mamá. Él solo te hará daño nuevamente. No tienes porque buscarlo cuando me tienes a mí y yo nunca te dejaré sola.

Silencio.

Mis mejillas son humedecidas por las lágrimas, pero paso el dorso de mis manos de forma brusca por ellas para quitarlas. No puedo ser un estúpido debilucho.

—No permitiré que te vuelva a poner un dedo encima, ¿de acuerdo? Ya no soy un niño y te puedo proteger muy bien, pero eso no significa que te puedes andar juntando con él a escondidas. No confíes en él. Sabes como es de manipulador y chantajista. Por favor, mamá, te lo ruego. Yo...

—Vete a dormir, Dave —habla de una manera tan seca que el corazón se me encoge de dolor.

Cuando llego a mi cama, me siento terrible. De lo único que soy capaz es de volverme un ovillo y comienzo a llorar. Lloro por los recuerdos, por las palabras crueles, por los golpes, humillaciones y burlas que he tenido durante toda mi vida. Por un momento, me veo en medio de todos esos niños que se divertían riéndose de mí, que se divertían haciéndome llorar y golpeándome. En aquellos días, quería un padre. Un padre que me defendiera, que se preocupará por mí, pero nunca lo tuve. Nunca supe lo que era una figura paterna, la única que siempre estaba en todo es mamá y nadie más.

Mamá me daba cariño, amor, protección y felicidad. Papá solo me daba golpes, palabras crueles y miradas llenas de odio.

¿Por qué? ¿Por qué me trataba así? ¿Qué hacía de malo? Yo solo quería su aprobación y su cariño. ¿Acaso era poca cosa para él? ¿Acaso no era lo que esperaba tener? ¿Acaso nunca le importó mi existencia? ¿Acaso era algo tan insignificante para él que hasta se olvido de que existía? Porque muchas veces pasaba a mi lado y simplemente me ignoraba. Era como si fuera invisible para él.

¿Por qué, padre? ¿Por qué nunca nos diste protección? ¿Por qué nunca nos amaste? ¿Por qué nos lastimabas? ¿Por qué? ¿Por... qué?

Sin poder evitarlo, mi mente viaja a aquellos momentos horribles que pasábamos:

—¡No eres mi hijo! ¡No eres digno de serlo! ¡Tú y tu madre son un par de porquerías de mierda que no sirven para nada! ¡¿Quieres hacerme feliz?! ¡Entonces, ve a comprarme alcohol!

—N-no tengo d-dinero, papi...

—Entonces, no vales nada. ¡Mientras no me traigas dinero, seguiré golpeando a la puta de tu mamá una y otra vez!

—N-no, papi, n-no, por favor...

—¡Eres mierda y siempre serás eso! ¡Eres una porquería! ¡No vales ni un solo centavo!

Ese y miles de recuerdos más solo terminan en golpes y palabras crueles y entre lágrimas, temblores incontrolables y recuerdos dolorosos, mis ojos se cierran.


29 de Octubre de 2021 a las 00:01 1 Reporte Insertar Seguir historia
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Dalianegrawtp Morales Dalianegrawtp Morales
Subo capítulos todas las semanas. No es un día exacto, pero apenas tengo el capítulo listo, lo publico. Si tengo dos, pues subo los dos. Trabajo, así que mucho tiempo no tengo:(
December 02, 2021, 01:45
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