juanmi329 Juan Miguel Fernández Candela

Una agradable tarde en una cafetería no tardará en torcerse.


Horror No para niños menores de 13.

#terror
Cuento corto
0
12 VISITAS
Completado
tiempo de lectura
AA Compartir

Perdido

Ernesto salió de casa y se dirigió hacia la cafetería.

Tardó poco más de un cuarto de hora en llegar.

En cuando entró, vio a su hija, que lo estaba esperando en una mesa.

Fue hasta la mesa, se sentó junto a ella, y se saludaron.

En ese momento llegó el camarero.

Conversaron sin prisas, mientras disfrutaban de un delicioso café.

Todo iba bien hasta que salió “ese” tema.

-¿Te estas tomando las pastillas?-le preguntó su hija.

Ernesto se quedó unos segundos en silencio.

-Llevo dos días sin tomármelas.

-Papá, no puedes hacer eso. Tienes que tomártelas es por tu bien.

-¿Por qué tengo que tomarme esas pastillas? ¿Qué sabrán los médicos? Mírame, llevo dos días sin tomármelas y estoy mejor que nunca.

-Papá, me preocupo mucho por ti.

-¿No vas a dejarme hasta que me tome esas dichosas pastillas?

-No.

Ernesto soltó un suspiro de frustración.

-Está bien, lo haré, pero solo porque tú me lo dices.

-Gracias por hacerme caso.

Ernesto se levantó de la silla.

-Voy un momento al baño.

-De acuerdo, te espero aquí.

Ernesto entró en el servicio de caballeros.

Eligió un cubículo cualquiera, ya que no había ninguno ocupado.

Mientras estaba usando el cubículo escuchó unos susurros.

Intentó descifrar lo que decían aquellos susurros, pero no logró identificar alguna palabra o frase con claridad.

Cuando salió del cubículo los susurros cesaron.

Miró a su alrededor.

No había nadie en el servicio excepto él.

Él y su hija pagaron la cuenta a medias.

Hecho esto, salieron de la cafetería.

-Bueno, yo me vuelvo a casa-dijo Ernesto.

-Yo iré a dar una vuelta. Cuando vuelva de dar la vuelta iré a tu casa para asegurarme que te has tomado las pastillas.

Ernesto caminó de vuelta a casa.

Cuando volvió a casa, se dirigió a su dormitorio, se sentó en la cama, y abrió el cajón de la mesita de noche donde estaba el bote de las pastillas.

Lo cogió.

Se quedó mirándolo.

Los murmullos volvieron, está vez eran entendibles.

¿De verdad vas a hacerlo?

-Mi hija ha dicho que debo de hacerlo.

¿Por qué tienes que hacerle caso? ¿Qué sabrá ella? ¿Acaso no estás bien?

-No puedo estar mejor.

Bien dicho. Ahora, tira esas pastillas

Ernesto se levantó de la cama, se dirigió hacia la cocina, y tiró el bote de pastillas a la basura.

Estoy orgulloso de ti.

De pronto, sonó el timbre de la puerta de la calle.

Ya está aquí

-¿Quién está aquí?

Abre la puerta y lo sabrás. Pero antes coge un cuchillo de cocina.

Ernesto salió de la cocina, armado con el cuchillo.

Abrió la puerta de la calle.

El miedo se metió en su cuerpo.

Temblaba de arriba abajo.

Notaba que le faltaba el aire.

Le había abierto la puerta a un demonio.

A un demonio con aspecto de macho cabrío.

El demonio empezó a hablar en un idioma ininteligible, mientras avanzaba hacia él.

Ernesto, retrocedió aterrado.

¿Para qué te he dado un cuchillo? Él quiere tu alma. Quiero llevarte con él al infierno. Mátalo y líbrate de él.

El demonio acorraló a Ernesto contra la pared.

Ernesto vio su vida en peligro.

Se armó de valor, y se abalanzó contra el demonio.

Clavó diez veces seguidas el cuchillo en el pecho del demonio.

El demonio cayó desplomado al suelo.

Un río de sangre brotó de su pecho.

¡Lo hiciste, lo hiciste!

-¡Sí, lo hice, lo hice!

¡Ya no podrá hacerte daño!

-¡Estoy a salvo! ¡Ja, ja, ja! ¡Estoy a salvo! ¡Ja, ja, ja!

¡Lo estas, lo estas, ja, ja, ja!

En realidad, Ernesto no había matado a un demonio.

Había matado a su hija.

24 de Octubre de 2021 a las 16:42 0 Reporte Insertar Seguir historia
1
Fin

Conoce al autor

Comenta algo

Publica!
No hay comentarios aún. ¡Conviértete en el primero en decir algo!
~