eliana-firpo1610837272 Eliana Firpo

Ambientada en el Londres del 1800, esta cuento narra la historia de un hombre con una obsesión: hacer eterna la belleza. Esto lo llevara a insertarse en un mundo de locura y pasiones, con resultados devastadores.


Cuento Todo público.
Cuento corto
0
11 VISITAS
Completado
tiempo de lectura
AA Compartir

El asesino de la calle Road

El ruido nítido y delicado de aquella fuente lo hipnotizaba, el suave fluir del agua embriagaba cada uno de sus sentidos mientras que, con los ojos entornados, sentía el calor del sol penetrar su rostro, correspondiendo a los últimos suspiros cálidos de aquel día primaveral.

Todo a su alrededor estaba colmado de un dulce olor a néctar, y varias flores de colores vivos se levantaban sobre un césped cual alfombra color verde opaco.

Pero sus sentidos se centraban mas que nada, en el correr contiguo del agua cristalina y pura, como la muchacha que a su brazo derecho se agarraba con fuerza, dedicándole palabras tintineantes sobre las flores frente a ellos, palabras que no se esmero en entender.

Ya cuando entre las palabras apresuradas de la joven no se admitía pausa alguna, y su voz comenzó a serle irritante, le dijo con voz pausada y susurrante:

- No admito admiración alguna hacia las flores. Trasmiten mera fragilidad y belleza efímera mas no perpetua, pues al ser arrancadas de su confortable alfombra opacada, se marchitan enseguida como cenizas esparcidas en el viento, y su olor embriagante, culminara en el viento gélido de invierno, para no retornar jamás. No son dignas de admiración pues, con cada primavera, otros ejemplares como ellas brotaran de nuevo, y embriagaran nuevamente el aire con su olor a dulzura carbonizada.

Contemplo los ojos atónitos de la muchacha, cuyo semblante entusiasta fue adquiriendo tonalidades de confusión, mas no perdían su vivacidad característica de la juventud y su ingenuidad.

- Lo dingo de admiración no es aquella belleza que retorna en cada primavera - dijo el hombre mirando a la fuente con semblante anostalgiado - sino la que es congelada con el beso de la muerte, y cuya esencia, es un recuerdo perpetuo de pureza y amargura.

La causa de su repentino estado hipnótico fue el recuerdo de una piel de miel, acariciada por cabellos de ocre, del mismo color que la suave aurora que parecía pintar todo a su alrededor aquella tarde primaveral.

Recordó cuando veloz la vio aquel día, veloz como se ve a todas las cosas hermosas. Fugaz y delicada como una brisa invernal que se escabullía entre sus sentidos. Los finos y pálidos tules se pegaban a su cuerpo esbelto, y parecían querer ser testigos de una piel sonrojada y cálida. Su semblante parecía una delicada pieza esculpida de la inocencia y sus ojos, profundos, era el antítesis mismo entre la dulzura y el misterio. Su larga cabellera la seguía, como una sombra de ceda y fuego.

La siguió por aquella feria como persiguiendo una estrella cuya luz evidenciaba todo lo opacado de su alrededor. Unos metros, luego unos metros menos, y cuando presentía con ansias que iba ya a tocar la calidez de aquel cuerpo el mismo se esfumaba, generándole sentimientos inconclusos de fascinación y desespero.

A pocos centímetros estuvo de tocar su palidez, y cuando su aroma de juventud y carmesí inundo sus sentidos, sintió como toda la sangre hervía por sus venas distensibles, que cedían ante el fuego interno y se asustaba de su propia naturaleza.

La soledad de las calles sobresalto a la muchacha, se dio vuelta un par de veces, pero el limite escaso entre las sombras de la noche y las de su mente, la confundían aun mas. La velocidad de sus pasos iban en incremento, como si un gélido susurro le corrompiera los oídos, y un tacto de hielo pretendiera alcanzarla. Sus ojos se agigantaban en un vano intento de encontrar oscuridad en mas oscuridad, y la noche parecía ser cómplice de su destino.

El corazón del hombre a sus espaldas, latía con un vibrar intenso, furioso. Casi se podía oír en el recinto silenciado. Al percatarse de ello, decidió detener por un momento su paso, para apaciguar la movilidad funesta de la sangre por sus venas, no sea cosa de que alguien pudiese escucharlas y adivinar sus verdaderas intenciones.

Sus pupilas se movían desorbitadas, sus manos les sudaban, y su respiración se entrecortaba, lanzando un vapor gélido de su boca, apretada con fuerza por temor a algún grito inoportuno.

Decidió acortar distancia nuevamente, y con cada paso mas cerca de aquel ángel de fuego, sentía como la frialdad de la noche se tornaba en calidez envuelta en lirios.

Finalmente, alcanzando las pedregosas calles del apartado callejón, pudo contemplarla de frente. Sus ojos infinitos como una noche estrellada, su rostro de porcelana y su cuerpo que emanaba un calor tan vivido, que sintió la necesidad de sentirlo en sus propias venas.

Sus labios enrojecidos, una delicada membrana que separaba la dulzura de sus palabras nunca dichas, con su sangre acalorada. Podía sentirla, palpitante, a tan poca distancia de su tacto.

A que sabría?

Esto lo excitaba aun mas.

El miedo indudable de la chica hacia que su respiración se acelerara, moviendo rítmicamente su pecho camuflado bajo telas de pureza, demasiado finas para el frio que había a su alrededor.

Su cabellera enrojecida danzaba a sus espaldas con el viento invernal, perfectamente homogenizada en misterio con sus ojos de ébano, pero que con la pureza de su piel y la inocencia de sus rasgos, había un algo en ella que sencillamente lo desconcertaba.

La contemplo como quien contempla la armoniosa melodía de un baile antiguo, rítmico en sus pasos, rítmico en su latir.

Pero el semblante del hombre se quebró, y el fuego que inundaba sus venas parecía tornarse hielo, al percatarse de que toda melodía, por tal majestuosa que fura, llegaba a su fin, inundándose en un funesto silencio. El danzar de su cabellera de ceda cesaría, al igual que su latir rítmico que levantaba su pecho en suspiros. Su piel sonrojada y cálida por su sangre candente se tornaría gris, estática y su aroma embriagante como néctar de opio y miel, se resumiría en la nada.

No podría perseguirlo, ni sentirlo ... nunca mas.

Seria posible congelar su semblante angelical como una estatua hermosa en un antiguo mausoleo?

y persistir su embriagante aroma en un perfume eterno?

O tal vez, conservar la calidez y pudor de su piel al sentir el palpitar, suave e intenso del fluir rojo sobre sus venas?

Seria la muerte, lo único que podría congelar su belleza con un beso eterno?

El mismo viento conmovido se detuvo aquella noche invernal para escuchar aquellos gritos, que pronto se resumieron en el gotear de la sangre espesa, carmesí, como sus labios de gloria, que permanecerían besables ... para siempre!

Su mirar se volvió ocre, la piel se volvió pálida y sus tules dejaron de danzar, cuando con la noche en su cabeza, contemplo al hombre alto, de negro traje y gorro de galera, que, con boca entreabierta y ojos desorbitados, la contemplaba como contemplando los fragmentos quebrados de un espejo infernal.

Fue lo ultimo que sus ojos opacados contemplaron, y lo ultimo sobre lo que su cuerpo ahora inerte reposo.

Los sentidos del hombre se extasiaron, y su pasión parecía emanar con mas fuerza de sus poros. Un calor exuberante le erizaba la piel, al contemplar aquella belleza estática, fija, nunca mas corrompida por el paso de un tiempo que lo devastaba.

Pero no era solo la pretensión de congelar una efímera belleza, ahora estática, tan digna en su pureza, lo que lo hacia discípulo de la muerte con un beso eterno, sino también esa llama intensa y carmesí, que brotaba, mas y mas, al contemplar la desesperanza en aquellos ojos vidriosos.

Pero ahora ... el perfume que inundaba su piel se esparcía en el aire, desintegrándose como cenizas aromáticas volátiles, que no pudo contener de ninguna forma. El rubor de su cuerpo se tornaba hielo, y sentía en su cabeza, las carcajadas de un pacto inconcluso.

Un sentimiento de tristeza profunda envolvió su alma. La tomo, como un delicado trozo de cristal fragmentado, se poso sobre su cuello, con la esperanza de embriagarse nuevamente con aquel dulce néctar, pero lo único que sentía, era una frialdad en incremento, y el dulce brotar de la sangre, rítmica y calma.

Tan rítmica y calma como el brotar de aquella fuente de aquella tarde primaveral, cuyo sonido hipnótico lo hizo trasladarse a sombras profundas de su pasado. Recordaba muy vivida aquella noche, aunque ya habían pasado varios años. Pero el recuerdo permanecía vivido en su pecho.

Asimilo que estaba en el parque frente a aquella fuente hipnótica. Lagrima de cristal broto de su rostro, para escabullirse para siempre en sus aguas silenciosas.

Miro nuevamente a la chica, que había sido su acompañante desde hacia algunas horas. Su palabras ligeras por fin se detuvieron, y pudo contemplar, mientras la noche caía nuevamente para cerrar otro ciclo, como su rostro denotaba ahora, cierto temor.

Lo cierto es que su presencia no había sido mas que un tramite para complacer las tan molestas normas de la sociedad inglesa de la época. Su presencia incluso le estorbaba y su apariencia no le parecía mas que ordinaria.

Pero cuando la luna pálida alcanzo su culmen una vez mas tras un cielo ennegrecido, siendo su eterna testigo temeraria, noto como su presencia robusta le generaba ahora cierta simpatía. Su pelo opacado denotaba ahora un cierto brillo, al igual que sus ojos, y su piel sonrojada ... le recordaba cierto espectáculo perpetuo en la memoria.

Estático contemplaba a la muchacha, con sonrisa extendida y ojos desorbitados, complacido de ver el rostro de la joven ahora corrompido por el miedo.

La chica echo a correr por las calles desoladas, mientras la noche le dedicaba un manto oscuro cada vez mas gélido, y le susurraba palabras de su desafortunado porvenir.

Y a sus espaldas... a sus espaldas un hombre alto y de galera se le acercaba, a paso lento, insaciable, caminando silencioso por la calle Road.

20 de Octubre de 2021 a las 23:59 0 Reporte Insertar Seguir historia
0
Fin

Conoce al autor

Comenta algo

Publica!
No hay comentarios aún. ¡Conviértete en el primero en decir algo!
~