docm88 Doc M

El ajetreo de la vida moderna puede nublarle a cualquiera la visión de las cosas buenas porque lo negativo resalta más. De todas formas, siempre hay quienes tienen una esperanza especial en el regalo de la existencia, como Tarel. Él es un chico religioso "normal" pero con una romántica ambición, la de construir un mundo mejor. Eso sí, dada nuevas circunstancias imprevistas, los métodos para ello se vuelven... poco convencionales.


Crimen No para niños menores de 13.

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Naturaleza

En cierta mañana de mediados de septiembre, cuando ya no pudo soportar más el tímido sol que le abrazaba la cara, cerró el libro de entrenamiento canino que tenía en las manos y se levantó de la banca para ir en dirección a la preparatoria, que quedaba bastante cerca de aquella plaza. El gatito con manchas negras y blanca que acompañaba su lectura estando encima de él, saltó disparado en dirección al hogar del lector, que simplemente se rascó la cabeza.

El reloj de muñeca indicaba las ocho en punto, media hora demasiado temprano, así que volvió su paso más lento y pesado de muy mala gana, sin notarlo se le marcó un gesto algo sombrío, como de un perro rabioso esperando a su próxima víctima desde un rincón, el de la plaza.

Se supone que era un día como cualquier otro, pero al joven le lijaba la conciencia la sensación de impaciencia, no era común que quisiese terminar rápido toda la jornada para volver a casa. Preocupado por el perro pitbull del vecino, que en el momento que era liberado al jardín se mostraba como una bestia viciosa ¿No era peligroso para cualquier ser? Y atestiguaba que al dueño le importaba poco, pero el can no tiene la conciencia como para tener la culpa, se repetía, por lo que pensaba en entrenarlo él mismo, ahora con nuevos métodos.

Tenía un inocente sentido de justicia, surgido de pronto desde lo más interno y misterioso del alma, parecido a un resfriado veraniego que no se quita. Ganaba cada vez más fuerza, y se esforzaba, pero no podía recordar el momento en que.. ¿Cómo se puede llegar al entendimiento de lo divino, de Dios, eso que nos hace piezas que calzan perfecto en el rompecabezas? Había concluido que lo primero era lograr la paz entre las criaturas, en el sentido del equilibrio, el oso solo comerá cuando tenga hambre. Pero no existen héroes que guíen, a esos los tratan de hechiceros, y puede que lo sean. Para que el asunto perdure debe hacerse en comunidad. El propósito de su vida consistía en ser normal y lo idealizaba, no hay que apurar los procesos, aún tenía tiempo, se reforzaba, lo simple arma lo complejo.

Mientras se sumergía en sus pensamientos, una figura conocida lo alcanzó por detrás, haciéndolo saltar.

—¡Buenos días viejo, tan madrugador! Quizás necesitas la ayuda de Dios, jaja —río el recién llegado. Se trataba de Abel, su complexión pequeña junto a la camisa dentro del pantalón le daba un aspecto simplón, y parecía no haberse dado cuenta que llevaba zapatos que no eran iguales. Su piel morena brillaba por el sudor.

El interceptado se limitó a mirarlo confundido, luego sonrío incómodamente.

—Hola, que coincidencia tan buena ¿Qué te trae por aquí? —suspiró, al tiempo que ocultaba el libro detrás de su espalda.

—Hmm, me parece que voy de camino a la escuela -arqueó las cejas -es la ruta más efectiva según este pequeño cuadrito tecnológico ¡Mi celular nuevo! Puedes hasta pedir pizza mientras juegas al jenga desde cualquier parte, te lo mostraré después.

—Ah.. ¿Conectar el teléfono de la cocina en tu habitación? Suena engorroso.

—No, es... te noto un poco distraído, espero que no se te esté pegando lo mío. No será que -se inclina de improvisto y mira el libro oculto —Entrenamiento de cachorros, refuerzo positivo ¿Sirve eso para gatos?

—No es para mí —responde sin fijarle la mirada

—¿¡No serás cuadrúpedo!?

—O sea, es otra cosa, es complicado.

—¿Es un secreto, muy secretoso?

—Es para el perro del hombre de la casa azul, se porta mal ¿Sí? No le digas a nadie. Creo que ya voy entendiendo el origen del problema.

Abel lanzó una risita, respondió:

—No hay que sentir vergüenza de ayudar a los demás. Incluso, un hombre como ese te pidió ayuda. Todos notan tu buena alma ¿Ves? —le tocó el hombro a su amigo

El otro simplemente sonrió cálidamente, y después volteó el semblante. Le costaba trabajo esconder la expresión agria de culpa.

Pasados los quince minutos caminando juntos, llegaron hasta la entrada de la preparatoria y se separaron en el pasillo principal para ir a sus respectivas clases, pues aquel día estaban separados solo en la mañana. Fue una buena forma de distraerse, y para el gusto del joven, las cosas surgieron con total normalidad en la primera mitad; escribió lindos apuntes ocupando sólo una plana de cada hoja, Ed fue felicitado por rendimiento perfecto en matemáticas y al joven ni lo miraron con sus notas promedio. Cuando era la hora de almuerzo, el pecoso Kenneth llegó junto Zachary y Abel a invitarle, pero el muchacho los rechazó reclamando que el profesor le había pedido llevar unos impresos a la oficina. Era parcialmente mentira, y cayeron redonditos mirándolo con inocencia. "Gracias a Dios."

Después de observar que no había nadie en el cuarto del conserje, alcanzó un bolso azul grande que estaba allí. Separó cuidadosamente un buzo deportivo del resto de cosas que contenía; sacó unos premios para perro y un juguete con forma de hueso. También había un mazo, una pequeña sierra y un frasquito con algún liquido de olor ahogante entre los objetos, los contempló por un minuto y se decidió por cerrar el bolso, teniendo la precaución de dejar la ropa en su lugar, arriba ocultando lo demás.

Los pasillos ahora estaban vacíos y no parecía plausible que alguien hubiese visto al chico salir del pequeño cuarto. Se dirigió directamente a una de las salas sin uso que estaban en el segundo piso. Mientras iba hacia allá se encontró con el conserje, un hombre macizo de mediana edad, y lo saludó con naturalidad.

Al fin pudo estar solo en un rincón de la sala, se puso cómodo encima de unas cajas. El griterío que venía desde los alrededores de la cafetería era ahogado por la distancia. Abrió el libro y estuvo absorto por un largo rato. No tenía una pasión particular por el adiestramiento canino, pero le embriagaba el pensamiento de que iba a generar un impacto positivo, la expectativa lo abrazaba y ponía sus entrañas a mil. Llegaría la paz de nuevo, ese era el primer paso.

Sonó el timbre, a las una, indicando el inicio del resto de las clases. Tarel fue sacado de improvisto de su éxtasis, apenas le bastó el tiempo para acomodar las cosas de perro dentro de su chaqueta y volvió tambaleante al salón de clases.

Así pasó el día, se reencontró con Abel en otra clase. El joven le entregó los documentos encargados al profesor sin que el resto prestara mayor atención, porque todos los ojos estaban puestos en Denisse; un grupito, entre ellos el gigante Carson, estaban haciendo bolas de papel con las hojas arrancadas al cuaderno de la chica y se turnaban para tirárselas a la cabeza, ella intentaba cubrirse la cara con los brazos, sin decir palabra. Nadie reaccionó, más bien, se esforzaban en ignorar la situación. Tarel se quedó observando reflexivo desde su puesto, hasta que hizo contacto visual con la chica, que lo miró inexpresiva, y eso provocó que se volteara a otro lado, sintió un escalofrío que le recorría la columna.

En la salida, emprendió marcha a su casa junto a Abel, ya que eran vecinos. Este último cargaba el bolso azul. Estaba pensativo, y el viaje se mantuvo acompañado exclusivamente de los pasos en el pavimento, hasta que eventualmente se rompió el silencio.

—¿Al final no comiste nada? —dijo Abel

—Me comí una barrita de avena, esa que me diste ayer. Tenía sabor a familia, y berries.

Siguió caminando pensativo.

—¿Pasó algo en el almuerzo? Lo siento por no ir, pero mañana sin falta, como siempre debe ser. Lo juro.

—No te preocupes por eso -hizo una pausa, tragó saliva —Hoy mi bolso reapareció. Me lo dio el conserje.

—Ya era hora pues —ojeó el bolso de su amigo con más detalle y se puso pálido.

—Fue raro ¿crees que fueron ellos, los de la clase? No lo entiendo, yo no he hecho nada malo. Tiene un olor curioso y está rasgado, ni lo abriré —siguió con una voz quebradiza

—Fui yo. Guardé cosas allí, mis padres revisan todo lo que saben que es mío.

El silencio regresó a adueñarse de la situación. Siguió así hasta casi llegar al hogar de Tarel.

—Que tonterías dices —respondió finalmente, y río un poco más calmado —me hiciste imaginarte con un traje a rayas, robándole a viejitas ¡Pobres viejitas, con sus carteras llenas de dulces milenarios! ¡Nos vemos mañana!

El joven se despidió de su amigo, con un tono de preocupación, y partió a su casa.

—No se suponía que tenía que terminar así ¿por qué fue tan pesimista, incluso cuando lo recuperó? Si tan sólo no hubiese ocurrido ese espectáculo en clases... Todo de a poco ¡pero no le mentí! -murmuró para sí, sintiéndose agitado.

La casa estaba vacía, lo cual era inusual, aunque le restó importancia porque había bastantes cámaras instaladas en los rincones por dentro y fuera. Se persignó y procedió a merodear por las habitaciones. No pudo encontrar a su gato, pero la ventana abierta en su habitación le entregó una pista.

Peinó el área de su patio sin ningún éxito, y le picó la curiosidad el estado del perro del vecino, por lo que se inclinó a mirar por arriba de la valla perimetral, por atrás de su casa.

Deseó no haberlo hecho.

Vio al perro comiendo croquetas cerca de la valla contraria, y arriba de la maleza que cubría las orillas del jardín trasero, una ardilla tiesa repleta de gusanos que gozaban del festín. A unos metros de la macabra imagen había otra peor; un gato negro con blanco que parecía reventado, con los ojos salidos de sus orificios, yacía en un charco de sangre y cosas que no pudo identificar. Se veía como su gato.

Se cayó de la impresión y se golpeó en la cabeza, lo dejó viendo en amarillo y tardó en levantarse. Estaba molesto, y también triste. En su derrota, recordó el libro de la mañana ¿El perro tenía hambre, cierto?

Corrió al frente de su casa y se aferró a uno de los pilares del porche. No sentía la típica sensación en la garganta, y eso lo asustó. Era un manto con un olor familiar que hacía que le pesaran los hombros como reo, pero misteriosamente su corazón dictaba acción y más acción, la adrenalina empezó a golpear. Era un sentimiento desconocido difícil de reprimir.

En su conflicto, notó al vecino llegar, aquel le hizo una mueca de disgusto al verlo y redirigió la mirada a otro lado rematando el desprecio. Una paz interna lo invadió, y se le vino de pronto a la mente la imagen del bolso, lo que había dejado allí.

11 de Octubre de 2021 a las 23:02 0 Reporte Insertar Seguir historia
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