edgarfeerman Edgar Feerman

Bardo, Clara y Rodrigo, tres amigos de la infancia, se levantan una tarde con resaca, después de una fiesta intensa y deciden tomar un viaje sin boleto de retorno a la playa.


Drama Sólo para mayores de 18. © Todos los derechos reservados

#literatura #alcohol #drogas #fiesta #ficción #novela
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Capítulo uno

Por fin abrí los ojos, pero una nata entre mis párpados me impidió enfocar la primera mirada. El ronquido provenía de Bardo, desparramado al lado de Clara y ella con los brazos y las piernas colgando fuera del sofá. Yo había dormido acurrucado, enredado en mi sudadera, entre un espacio sin latas ni botellas de cerveza sobre la alfrombrita ovalada de la sala; a un palmo de distancia de mi nariz era más que notable su olor a vómito rancio y a polvo. Más allá, un par de figuras humanas recostadas a medio pasillo y una más se dibujaba sobre el colchón arrinconado en una esquina del dormitorio. Me incorporé apoyándome sobre un codo y miré los dos navegantes del sofá, los únicos seres alrededor que merecían mi atención, profundamente dormidos.

Me levanté pausadamente y me cerré la sudadera, me dirigí al mueblecito del estéreo, tomé la manija del cajón que se deslizó suavemente y tomé unos cuantos billetes: eso los despertaba. Les escuché removerse y bostezar en mi camino a la puerta, esquivando a los languidos como quien sortea los charcos de orines en los baños de cualquier bar del Centro. Antes de cerrar la puerta pude ver sus ojos acuosos, como uvas pasas flotando sobre arroz con leche; anhelosos de cualquier sustancia que los mantuviera idos, o al menos un tanto mareados y en el mejor de los casos los sacara de esa pocilga, ese maldito vecindario; así el contrato advirtiera que sería alucinando y por tiempo limitado.

Mientras descendía por las escaleras del edificio, intenté una cuenta de todo el dinero que habíamos gastado en tonterías y alcohol y que bien pudimos invertir en largarnos de aquí. Aún no logro entender por qué no los obligué a hacer esto antes.

Cuando volví, el departamento se encontraba limpio. De hecho —y de acuerdo a nuestros parámetros— tirando a impecable. No se percibían latas de cerveza por ningún lado, los tipos del pasillo y la chica cuarto se habían largado a donde sí los conocen y solo quedaban los dos eternos clásicos: Bardo y Clara, esperando como perritos falderos su premio correspondiente por realizar la única suerte que saben hacer: escombrar la casa.

Esa era la condición de su permanencia en mi spot: la limpieza. No importaba que mi departamento fuese una caja de cartón olvidada en el décimo nivel de un edificio viejo: ese piso era un lujo que ellos no podían costearse. Sin embargo, nuestra relación era más bien una especie de simbiosis. Yo obtenía la posibilidad de abandonar varias noches a mis soledades y de refugiarme por un rato en las risas de mis dos mejores amigos de la infancia. Ellos, por su parte, conseguían un lugar dónde drogarse, ponerse hasta el culo y ser tal como ellos eran. Y claro, como buenos yonquis, podían introducirse sustancias en cualquier otro sitio, por peligroso que fuera, pero nunca en sus propias casas. Par de imbéciles.

En algunas ocasiones aterrizan en mi mente algunos recuerdos, memorias nuestras por el tiempo olvidadas: corriendo tras un balón en el parque o arrancando cada uno, por turnos, la envoltura de su paleta de hielo, tratando de adivinar qué sabor nos había tocado a cada uno. Ahora reímos menos, peleamos más y jugamos casi a nada; las caramelos se han convertido en pastillas y en dosis de cien microgramos de LSD ¿Cómo fue que llegamos hasta este punto? No lo sé. Y tampoco sé si es una historia que algún día será digna de ser contada.

Quizás sería la ausencia de piezas importantes en nuestras vidas el pegamento invisible que nos mantenía juntos, dirigiéndonos hacia el mismo destino, tal y como los personajes del Mago de Oz. Solo que nosotros, el lugar de buscar nuestra pérdida, elegimos el viejo sendero de la autodestrucción compartida. Y los tres nos encontrábamos completamente de acuerdo con seguir la misma filosofía de vida: muere a gusto, pero deja vivir…

Y mientras miraba sus rostros expectantes, sentados en el sofá de una sala antinaturalmente limpia, pude ver las consecuencias inmediatas de nuestras tomas de decisiones. La peor de todas, desde mi punto de vista, era la de encontrarnos, años después de comenzada la aventura de las sustancias, repitiendo la misma historia que hasta ahora: la leyenda del Escuadrón de la Muerte. Al menos las últimas tres semanas —por no decir los últimos tres años— las pasamos brincando de fiesta en fiesta, ahogados en cada botella de alcohol que se cruzó en nuestro camino.

Así que tomé la tapa de refresco con la que había estado jugado en el bolsillo de mi sudadera la hice girar en el aire como una moneda dorada y le pegué una patada voladora. La tapa pegó en la pared, rebotando hacia la ventana y cayó pisos abajo, probablemente sobre la cabeza de algún transeúnte. Ellos se miraron con ojos de ¿qué-le-pasa-a-este? Entonces los sorprendí dando un salto tremendo y cayendo sobre el sofá, justo en medio de los dos. Los tomé un poco más cariñosamente de lo normal, por sus cuellos dóciles y les acerqué poco a poco hacia mí. Siempre estarían dispuestos a tolerar una pequeña humillación antes de recibir la pequeña parte de la sustancia que esperaban de mi parte, así que no se resistieron al principio... aunque inmediatamente se soltaron de mis tenazas al escuchar salir de mis labios el pausado susurro: “Nos va-mos”.

—¿Qué? —dijo Clara, alejándose del sofá. Su desconcierto era real, aún sin saber a dónde.

—¿A dónde? —preguntó Bardo, más despierto.

—Nos vamos a la playa.

—Ay, Rodrigo, ya deja de jugar y saca.

—Tú sácate una chichi para cotorrear.

—¡Tarado!

—Deja de jugar, tío —dijo Bardo, ansioso por volver al descontrol, temiendo que fuera verdad mi amenaza.

En ese momento les mostré los tres boletos de avión y los sacudí frente a ellos; nunca vi quijadas más guangas que las suyas al verlos.

Ella: mi ex, la del cabello despeinado y la mirada eternamente con sueño, enfundada en esa ropa que parecen conjuntos de pijamas holgadas. Qué modo de ser tan atractivo y qué bella su piel pálida y sus labios pintados de negro y su natural indiferencia... aunque cuando pronuncien palabras, suelan ir de verdades absolutas, hirientes como cuchillas, a una sarta de mentiras. Hace un par de años que dejamos de salir por esa misma razón. Desde entonces le había conocido a alguno que otro novio. Recuerdo a ese buen tipo: Alex o Axel o Alexis; le dije que jamás conseguiría a alguien que la tratara mejor y que la quisiera de verdad. Y ella lo echó a perder, como de costumbre. Desde entonces caemos juntos en el remolino de los solteros eternos; los que —por alguna extrañísima razón— no encontramos a nadie que nos soporte. Clara y yo somos incapaces de estar juntos y sin embargo, nos seguimos a todas partes. “No puedo continuar saliendo con alguien que se autodestruye todo el tiempo”, fue lo que le dije aquella última ocasión que nos enredamos y ella río, como imaginando quién me habría dicho exactamente lo mismo.

Él: mi más viejo y peor enemigo, el que siempre estuvo ahí, invariablemente, cada vez que caí para caer conmigo. Popularmente se escucha “dime con quién te juntas y te diré quien eres”; pues él y yo éramos en ese momento uña y mugre. Bardo es la persona más desagradable que conozco y al mismo tiempo la que más se parece a mí. Le llamamos de esa manera porque suele tocar la guitarra en todo momento, incluso en plena línea de guerra y algunas veces logra animarnos con su folklor exorbitado. En el fondo no es un mal tipo, pero tiene un lado oscuro que nadie desea conocer... y solo quienes conocemos ese lado oscuro lo soportamos. Y nadie sabe cuál es el mecanismo o la lógica de ello, pero es un tipo que puede ser encantador y horrible al mismo tiempo. Por un momento el ideal colectivo y al instante siguiente la representación de lo que nadie quiere ser de uno mismo. Sin embargo, en algún lugar de su interior existe una luz. Yo mismo he visto esa luz; he creído en esa luz.

De tal forma que sus mentones casi rozaban el suelo cuando comprobaron que los boletos no eran ningún tipo de broma barata.

—Tomen una maleta, métanle toda la ropa limpia que tengan y vendan todo lo que no necesiten. Los espero aquí mismo en —miré la hora en el reloj ficticio de mi muñeca izquierda— veinticuatro horas.

Se miraron a los ojos otra vez, medio emocionados, medio desconcertados, pero con las bocas aun abiertas como las de los vasos; sin saber hacia qué emoción dejarse caer. Y su reacción es más que comprensible, al menos de mi parte: lo que menos desea un yonqui en su asquerosa vida es que le remuevan de su zona de confort, así le ofrezcan regresar al punto de no retorno en su vida para tomar la decisión correcta, o le regalen un viaje a la playa con la posibilidad de reiniciar su vida. Un verdadero yonqui siempre prefiere arrastrarse en el vicio, así que debía decir algo para sacarlos del espasmo...

—Son solo de ida.

Y entonces sí fingieron bien esa sonrisa. Se emocionaron y rieron y me abrazaron.

—Wow, tío. Esto es demasiado. No puedo contenerme de tanta alegría. ¿Unas chelas para festejar o qué? —dijo Bardo.

—Claro, ya sabes dónde está el dinero.

Él tomó un par de billetes del cajón y se fue apresurado, con la sonrisa nerviosa y la piel pálida de Clara, a la tienda de la esquina a comprar un seis de latas. Yo me quedé sentado en el sillón, con las manos enlazadas sosteniéndome la nuca, pensando en lo maravilloso, lo impredecible y lo divertido que sería ese viaje sin propósito, ni destino, junto a mis dos mejores y únicos amigos en el mundo.

12 de Octubre de 2021 a las 01:36 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Edgar Feerman Escritor a pesar de todo.

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