j-j-juarez Juan Jose Juarez

Pensó que sería una simple reunión con sus amigos, pero terminó transformándose en el peor día de su vida. Ahora Jared tendrá que afrontar una nueva realidad emprendiendo una aventura épica en busca de volver a su mundo, su familia y el amor de su vida. Sin saber que todo habrá cambiado, él, junto a sus amigos tendrán que enfrentar más de un peligro y para lograrlo tendrán que superar sus propios límites.


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CAPÍTULO 1: RUNAS, PORTAL

Entreabrí los ojos mientras despertaba lentamente, palpé mi cama en busca de ese molesto zumbido que no me dejaba dormir. Tomé mi celular dudando si debía revisarlo, o lo lanzaba a un rincón del cuarto para seguir durmiendo. Con un suspiro desbloqueé el celular. Eran las diez de la mañana y ya tenía siete llamadas perdidas de Alonso y cuatro de Christian. Me puse a revisar los mensajes; que también eran numerosos; pero sin importancia. Me levanté con pereza, bostecé y estrujé mis ojos para poder ver bien mi celular, que volvió a vibrar en mi mano. Otro mensaje; era Alonso de nuevo:

Cholo, ya estoy en la casa de Christian, acabo de hablar con Alberto y Jesús, ya están viniendo, apura maldita”.

Sin terminar de leer bien el mensaje me llegó otro de Christian:

Primo, el balonso ya está aquí jodiendo la vida jajajaja apúrate pe. Ah, por cierto, hablé con Jesús, estaba bajando al terminal para recoger a Miguel así que apúrate”.

—Tira de desesperados —dije mientras lanzaba mi celular a la cama. No tenía muchos ánimos de ir, ya que, como era costumbre, me había quedado toda la noche cuidando a mi abuelo; quien, por fortuna, había dormido sin problemas, y solo se había levantado un par de veces al baño. No podía faltar esta vez, ya que todos habíamos acordado ir. Éramos amigos desde hace ya varios años. A Jesús lo conocía desde hacía quince años, Alberto y Christian hace trece. Los únicos que tenía menos tiempo conociendo eran Alonso y Miguel; siete y seis años respectivamente. Siempre habíamos tenido contacto entre nosotros, pero ya muy rara vez nos juntábamos, y hacía más de tres años que no nos reuníamos, incluyendo a Verónica y a Augusto que habían aceptado ir al departamento de Christian. Aquello era muy sorprendente, ya que por sus dos hijos era difícil que salieran. No tenía excusas para no ir, así que me metí a la ducha.

Traté de no demorar ni perder la paciencia por los insistentes mensajes que no dejaban de llegar. Al salir de la ducha cogí el celular sin revisar lo demás, e intenté comunicarme con Emma; mi novia. No había ningún mensaje de ella. Emma no se encontraba en Arequipa, nuestra relación era un tanto complicada porque era a larga distancia, pero eso no me desanimaba, yo estaba muy seguro de lo que sentía. Lancé mi celular a la cama, ella me había advertido que estaba lloviendo mucho en Caracas, y que la señal estaría muy baja; así que tendría que esperar paciente a que su señal retornara.

Terminé de cambiarme, cogí las llaves y salí a buscar un taxi. Según los mensajes, Alberto ya se encontraba allá. Aún tenía algo de sueño, pero sabía que me iba a divertir ese día, sentía una muy buena vibra. Aunque me incomodaba el hecho de que Emma no estuviera ahí conmigo; le dejé un mensaje para avisarle que ya estaba llegando donde Christian. Al llegar toqué la puerta y Alonso se asomó por la ventana.

—Negrito, ya bajo —me gritó, Christian también se asomó.

—¡Un reno! —grité al ver a Christian, provocando la risa de todos.

—¡Basuuura! —Christian rio fuerte— ¿Has traído cigarros?

—Nada cholito, ya no fumo —dije en el momento que Alonso abría la puerta.

—Sí, harto —se burló Alonso mientras lo saludaba con un abrazo, Christian estaba en la parte superior de las gradas esperando que subiera.

—A la hora que llegas —reclamó Alberto cuando me vio entrar. Se acercó a mí con la jarra en la mano—. Ya empezamos hace rato.

—Se supone que era a la una, así que es demasiado temprano. —Sonreí mientras cogía la jarra y lo saludaba con un abrazo.

—Este desesperado que nos jode a todos —comentó Christian golpeando suave el hombro de Alonso.

—Tengo sed, pe —Reí—, ¡Vamos a libar! —Tomamos posiciones dentro; Christian y Alonso se sentaron en la cama, mientras que Alberto se sentó en una silla al lado derecho de ellos; yo me senté al frente, en el escritorio; mientras me servía un poco del licor que habían preparado en la jarra. Por el aroma, era ron.

Por un momento detallé cómo habíamos cambiado en estos años distanciados, aunque nos seguíamos en nuestras redes sociales y miraba fotos de ellos de vez en cuando, la diferencia era notoria.

Christian era el que se veía más igual. Seguía siendo delgado, aunque ya no tan definido como antes. Conservaba el mismo corte de cabello que tenía el día que lo conocí; oscuro, lacio y peinado un poco hacia adelante; siempre con esa sonrisa franca y esa mirada pícara que lo caracterizaba. Lo más notorio en él eran esas arrugas que se formaban a los costados de sus ojos. Siempre tuvo una vida muy ajetreada, nunca supo negarse a tomar un trago con los amigos, y mucho menos se negaba a una mujer; lo que siempre lo había metido en serios problemas. A pesar de tener ya tres hijos con tres diferentes mujeres, no había cambiado su forma de ser.

Alonso era la representación de la frase “gordito bonachón”. Siempre alegre y haciendo payasadas, con su cara de niño te alegraba el día. La diferencia estaba en sus ojos, gruesas ojeras los cubrían, y una mirada más dura. Se notaba que los golpes de la vida lo habían hecho madurar a pasos agigantados.

Por otro lado, Alberto era el más diferente. No había rastros del atlético y deportista que era antes. Ahora lo que más resaltaba en su cuerpo era esa enorme barriga, consecuencia de muchas cervezas. Otra de las cosas que llamaba la atención en él, era la gran pérdida de cabello, había duplicado el tamaño de su frente. Tener su propia familia; esposa y dos hijos; y lo que eso conllevaba; las preocupaciones por el trabajo; los estudios de los hijos y muchas otras cosas, habían hecho estragos en su físico. Lo que al parecer no había cambiado era su carácter fuerte, callado y observador.

—¿No creen que sea muy temprano para esto? —dije. Tomé la jarra, rellené el vaso y la pasé. El sabor fuerte del ron quemó mi garganta cuando di un sorbo—. Creo que le falta gaseosa.

—Está suavecito, no pasa nada —bromeó Christian riendo al ver mi reacción.

—Sí, suavecito, pendejo. —Todos se rieron de mí.

Sonó el celular de Christian. Nos avisó que era Jesús, que le hablaba emocionado.

—¡Fuera!, tú me estas jodiendo… —No tenía mucho sentido lo que decía—… Ver para creer, te estamos esperando en mi cuarto —colgó su celular y se rio mirando nuestras caras.

—Dice que encontró unas piedras rúnicas, ya está en camino junto a Miguel.

—¿De qué hablas? —preguntó Alberto—, no me digas que siguen con sus juegos —acusó mientras cogía la jarra y se apoyaba en el espaldar de la silla.

—No me jodan, no se van a ir a jugar ahora ¿no? —preguntó Alonso—, hemos venido a tomar un trago. Nada más —dijo mientras encendía un cigarro.

—No, no vamos a jugar nada buey. El gordo dice que ha encontrado unas piedras con unos gráficos como las runas de nuestros juegos, esperemos que lleguen y que las muestre.

—Oye, ¿viene con el Getulio?

—Sí, estaba que gritaba como loca cuando hablé con Jesús.

—Que se apuren para ver lo que vamos a comprar —respondió Alberto.

—Llámalos y diles que se apuren —dije mientras le entregaba mi celular a Christian.

—Mejor llamo a tus amiguitas —bromeó con picardía.

—¡Fuera! ya no tengo amiguitas —respondí tratando de quitarle mi celular.

—Si huevón, no te conoceré, por más que estés con tu venezolana aun tienes tus amiguitas —aseguró Alberto mientras le quitaba el celular a Christian.

—Revisa, verás que ya no tengo —sonreí orgulloso—, además, tira de pisados, ¿para qué quieren amiguitas si ya ninguno puede? —Reí al ver como se quedaban callados.

—Nos cancelas —murmuró Alonso mientras le pasaba el cigarro a Christian.

después de unos minutos sonó la puerta, escuché que eran Jesús y Miguel. Christian les abrió saludándolos cordialmente, lo mismo hicimos los que ya estábamos adentro cuando subieron. Cuando los vi entrar noté sus cambios.

Jesús había subido más de peso, tenía el cabello más corto, por lo demás estaba igual. Su misma mirada, su misma sonrisa. Era agradable volverlo a ver, ya que el fue mi primer amigo de la universidad; con el que pasé más cosas. Notar que seguía siendo la misma persona, era agradable.

En cambio, Miguel si había cambiado mucho. Cuando lo conocí no pesaba más de cincuenta kilos. Lo único que resaltaba en él eran unos exuberantes labios que sobresalían de su cara. Pero ahora, sus labios compaginaban con el resto de su cuerpo. Había subido unos cuarenta kilos, estaba cachetón, realmente irreconocible; incluso se había cambiado el peinado, ahora lo llevaba corto. Sin embargo, la mirada inocente y algo lenta no había desaparecido. Se notaba que a él si le habían afectado los años. Ahora tenía veinticuatro; seguía siendo el menor del grupo, seguido por Alonso que tenía veinticinco. Después estaba yo, con veintiocho; Alberto y Jesús tenían la misma edad: veintinueve. Y el mayor; solo por edad (porque en cuanto a madurez estaba a la par de Miguel), era Christian, con treinta.

Todos nos acomodamos en el cuarto de Christian en lugar de salir a la pequeña sala; esa era nuestra costumbre, incluso en los mismos lugares donde nos sentábamos en esos tiempos. Empezamos a recordar historias de aquellos años en los que estudiábamos juntos, entre bromas y risas terminamos el poco licor que había. Jesús llevó una cajetilla de cigarros, lo cual los mantuvo entretenidos.

Mientras, empezó a contarnos la historia de cómo habían llegado aquellas runas a sus manos y el favor que su padre le estaba haciendo a un viejo amigo arqueólogo. Nos las fue pasando para que pudiéramos examinar las extrañas piedras. Eran realmente muy peculiares y tenían una forma parecida a las runas de nuestro juego, Diablo II, un juego de PC en el que habíamos invertido varias horas en nuestra juventud.

—¡Ey! ten cuidado con eso —le dije a Miguel, que se había puesto a jugar con las piedras. Volteé a mirar a Jesús—. No te la creo cholo, ¿De verdad se las vendió a tu padre?

—Es en serio, así me lo contó en la nota que venía junto al paquete.

—Están bien hechas, parecen reales. —Christian seguía examinando una de las runas.

—Sigo pensando que estas cosas pueden funcionar. —Miguel lanzó una al aire jugando con ella.

—¡Deja eso! —Alonso le dio un golpe en la cabeza y se la arrancó de las manos.

—Alonso no seas abusivo con el jetón —intervino Alberto. Todos reímos.

Miguel se levantó de la silla reaccionando al golpe de Alonso. Se le abalanzó y, sin darse cuenta, resbalaron de la cama y cayeron estrepitosamente, seguido del sonido de un cristal quebrándose.

—¡Cuidado! ¡la jarra! —gritó Christian sacando la jarra del camino, para evitar que se rompiera, al igual que el vaso.

—Levántate, gordo sonso —dijo Alberto mientras le extendía una mano.

—¿¡Cuál gordo!? —refutó mientras se levantaba—. Es la ropa, además todos estamos más llenitos del medio.

—Sí, nos hemos enchanchado un poco —admitió Christian entre risas.

—Ahora huevones, tienen que ir a comprar un trago más.

—Y un vaso, porque ese era el último que tenía —dijo Christian sin dejar de reír. Jesús se sentó en la cama cómodamente burlándose de Miguel, que estaba adolorido porque Alonso le había caído encima.

—¡Apúrense pe! —apresuré mientras me agachaba a recoger los restos del vaso roto.

—¡Ay mierda! —gritó Miguel parándose de un salto—. Me corté. —Hizo una cara de payaso, y no podíamos dejar de reír, hacia demasiado tiempo que no reía así; casi al borde de un ataque.

—Ya pues, vayan a comprar el vaso y un trago más —ordené y le arrojé las runas a Jesús, que estaba sentado en la cama. Una de ellas se cayó. Miguel la cogió con la mano herida para pasársela a Jesús. De pronto esta empezó a brillar. La risa se nos cortó enseguida, todos nos mirábamos estupefactos, Miguel estaba con los ojos desorbitados, pero no soltaba la runa.

—¡Bótala, mierda! —gritó Alberto mientras le golpeaba la mano.

La runa cayo sin dejar de brillar, instintivamente Jesús dejó caer las otras runas al piso. Nos mirábamos sin saber qué hacer o decir. Centramos nuestras miradas en la runa que aún brillaba. Quedamos atónitos al ver como la sangre empezó a moverse por las hendiduras de la marca, hasta que se completó todo el dibujo grabado en la runa, poco a poco bajó la intensidad del brillo.

—¿Qué diablos fue eso? —preguntó Alonso.

—No tengo ni idea —le contesté agachándome a recoger las otras runas.

—A ver, agarra otra —instó Jesús empujando a Miguel para animarlo.

—¿Ah sí? Ok, ok —respondió Miguel haciendo un gesto obsceno con las manos.

—¡Piensa rápido! —grité lanzándole una runa a Miguel, quien la tomó con sus manos y la manchó con sangre, asustado la dejó caer, pero esta no tuvo ninguna reacción.

—Dejen las payasadas —riñó Alberto— esto no es un juego.

—No te alarmes —le dijo Christian posando la mano en su hombro— a lo mejor es solo una reacción química de algún elemento que tenia la piedra, que al contacto con la sangre provocó esa luz.

—¿Así? ¿Y cuál fue esa reacción?

—No lo sé, no soy químico. —La respuesta de Christian nos tomó por sorpresa, por un momento pensé que diría algo más elaborado.

—Payaso —contestó Alberto.

—Esto es demasiado extraño, mejor guardemos todo y dejemos de hacer tonteras —recomendé.

—A lo mejor sabe que la otra runa tiene la sangre de Miguel —soltó Christian.

—Deja de inventar huevadas —le respondió Alberto—, ¿cómo lo va a saber?

—Hay que guardar todo, no hemos venido para esto — habló Alonso.

—En un hechizo de seis puntos, se necesitan seis tipos de sangre —interrumpió Jesús. Volteamos a verlo.

—¿Y tú como sabes eso? —cuestionó Christian, a lo que él solo se encogió de hombros y nos alcanzó una runa a cada uno.

—¿Estás seguro de esto? —dudé un instante antes de coger la runa que me entregaba, él me hizo un asentimiento de cabeza—. No puedo creer que tú creas en la magia.

—No existe la magia —afirmó acercándose a Alonso— debe haber una explicación lógica para esto. —Le entregó la runa.

—No creo que sea buena idea —dijo Alonso.

—No me digan que no tienen curiosidad de saber qué es lo que puede pasar. —Nos animó Christian.

—Pero no pasa nada —Alberto movió la runa entre sus dedos.

—Solo reaccionan con la sangre —afirmó Jesús.

—Estás bien huevón si crees que me voy a cortar la mano.

—¡Probemos! —animó Christian, aunque tenía la duda grabada en su rostro.

—Tenemos que probar si funciona con nosotros o solo con el jetón —dijo Jesús mirando el símbolo de la runa, delineando las hendiduras con sus dedos.

—¿Por qué tenemos que probarlo? —le pregunté— es mejor no jugar con cosas que no entendemos.

—¿No te da curiosidad ver que pasa? —Jesús picó mi curiosidad—. A lo mejor si es magia. —Sonrió al ver que me había ganado la discusión.

—¿Qué vamos a hacer, cholo? —Alberto me miraba preocupado.

—Veamos a donde nos lleva. —Tomé un pedazo del vaso roto y me hice un pequeño corte en la palma de la mano. Intenté ignorar el ardor que me provocaba e impregné la runa con mi sangre. Esta empezó a brillar intensamente, estaba fría; tanto que quemaba. La sensación era intensa, pero no quería soltarla, cuando bajó el brillo la puse al lado de la runa de Miguel.

»Parece que tenías razón Jesús, solo reacciona a la sangre de cada uno, eso quiere decir… —sonreí ampliamente mientras alzaba el vaso roto—… ¿Quién sigue? —Ninguno se movía, solo se miraban entre ellos, de repente la runa de Christian empezó a brillar, se había cortado la mano con una navaja.

—Sí, lo mejor es que tú te cortes aparte, no vaya a ser que estés con alguna enfermedad —bromeó Alberto. Tomó el vaso roto y aspiró aire llenando sus pulmones— ¡Están locos, gran putas! —gritó cortándose el dedo. Le pasó el vaso a Jesús, que a su vez se lo pasó a Alonso sin cortarse.

—¡Yo soy sensible! —exclamó Alonso mientras se cortaba la mano— ¡Mother fucker! ¡Arde como mierda! —Empezó a saltar de un lado para otro, nadie hizo caso a sus payasadas, todos estábamos tensos mirando a Jesús que aún no se decidía.

—Vamos cholito, si ya llegamos hasta aquí no vamos a parar, tú nos has incitado a todos y además ¿qué de malo podría pasar? —Traté de sonar lo más confiado posible, «esto no está bien, esto no está nada bien. Tengo un mal presentimiento», repetía en mi mente mientras miraba las runas brillar, quería detenerlos, pero mi curiosidad era mayor.

Jesús tomó el vaso roto y lo apretó con fuerza, dejó caer unas gotas de sangre en la runa, la cual brilló igual que las otras. Cuando el brillo disminuyó la puso al lado de las demás, estas empezaron a tintinear, yo estaba sudando, los nervios se apoderaron de mí. Traté de respirar tranquilo para que no se dieran cuenta, Alberto empezó a retroceder junto con Christian; Jesús se volvió a sentar en la cama. Yo empecé a retroceder jalando a Alonso y Miguel se sentó al otro lado del cuarto. El brillo se hizo más intenso, hasta el punto de cegarme, traté de hablar, pero ya no escuchaba mi voz, solo un silbido agudo… hasta que por fin pude abrir los ojos, las runas habían dejado de brillar y no había rastro de nuestra sangre en ellas, nos miramos sorprendidos sin decir nada.

—Creo que les faltó sangre —habló Jesús rompiendo el silencio, al tiempo que suspiraba lleno de alivio.

—Estaba que me cagaba de miedo —Miguel fue el primero en confesar, rompiendo la tensión que nadie quería admitir.

—Dejemos de jugar con estas cosas —sugirió Alberto—. Dejemos las cosas que no entendemos para cuando estemos más ebrios.

Me senté más calmado y le di un pequeño golpe a Alonso.

—Ahora sí, cholito ¡Vayan a comprar el vaso que han roto!

—¡Fuera! yo no voy solo —agarró a Miguel y lo jaló para salir a comprar el vaso.

—Eso fue raro, para mí que fue algún químico que reaccionó al pH de la sangre —insistió Christian mientras prendía otro cigarro.

—Si fuera así, las runas habrían reaccionado con cualquier sangre —refutó Jesús.

—Sea como sea, solo fue un susto —dijo Alberto mientras se prendía un cigarro.

—¿Tu papá no te comentó nada mas sobre ese arqueólogo que le vendió las runas? —le pregunté.

—No lo recuerdo bien —contestó Jesús pasando sus dedos por su frente—, dejó una nota más extensa pero no la leí detenidamente.

—Sería bueno comunicarnos con ese arqueólogo —comenté—, para ver qué información tiene sobre estas runas y ver que diría cuando le contáramos lo que pasó aquí.

—¿Para que seguir con esto? —nos dijo Alberto—. Lo mejor sería botarlas, esas cosas brillando así me dan mala espina.

Todos nos levantamos para estirar las piernas, los nervios nos habían entumecido. Salimos del cuarto y nos quedamos en la sala decidiendo que trago íbamos a comprar.

Un golpe sordo nos asustó, venía del cuarto. Alonso fue el primero en entrar; se quedó de pie con la mirada fija sin decir palabra alguna, todos nos quedamos de pie en la puerta de la habitación, no podía creer lo que estábamos viendo. Las runas estaban flotando formando un círculo que iba desde el suelo hasta el techo, en el medio se veía algo distorsionado, como si se tratara de agua.

—¡Esto no está bien! —exclamó Alberto mirándome con seriedad.

—¿Qué es esto? —preguntó Miguel lleno de pánico—. No estoy lo suficientemente borracho para ver estas cosas.

—Creo que ahora si es hora de llamar a la policía —dijo Alonso

—¿Y ahora qué hacemos?

—Tratemos de mover las runas —sugerí mientras buscaba algo con que golpearlas.

—¡Estás loco! No sabemos si es peligroso —me detuvo Christian.

—No debimos jugar con estas cosas —se lamentó Jesús.

—No hay tiempo para lamentos —Alberto subió el tono de su voz— ¿Alguien tiene alguna idea de que es eso?

—Se parece a un portal del juego —comentó Christian—, pero no puedo creer que sea real.

—Quitemos las runas de ahí —insistí—, a lo mejor es solo una ilusión.

—No lo sé, a mi me parece muy real —afirmó Jesús.

—voy a llamar a la policía —dijo Miguel, que era el más nervioso.

—¿Y qué les vas a decir? —Alonso, lo detuvo—. Señor policía se abrió un portal en el cuarto de un amigo —dijo imitando su voz—. No seas idiota.

—Entonces ¿Qué hacemos?

—Sí es un portal. —Las palabras de Jesús me hicieron pensar en lo peor, en ese momento levantó la mano señalando hacia las runas. Una especie de garra salía de ella.

—Ok, esto no es real, no puede serlo. —La voz de Christian sonaba entrecortada, yo no sabía cómo reaccionar, el miedo invadió mi mente, nadie dijo nada, solo mirábamos boquiabiertos lo que estaba pasando.

Una criatura salió de ahí. No parecía un humano, a través de sus ropajes rotos se podía ver que tenía escamas en algunas partes de su cuerpo. Sus piernas parecían humanas, al igual que su rostro, aunque tenía escamas en su frente y pómulo. La criatura emanaba un hedor difícil de soportar. Resopló agitado y lentamente empezó a mirar a todos lados, hasta que sus ojos se clavaron en nosotros. Parecían los de una serpiente; amarillos e inexpresivos. Se irguió ante nosotros, su cabeza rozó el techo; era un ser imponente. Tenía un espada rota en su cinturón, no llevaba zapatos y sus pies eran parecidos a los de un animal.

La criatura abrió la boca emitiendo un sonido gutural, avanzó unos débiles pasos en el cuarto. Me dio la impresión de que quería comunicarse, pero no pude entender lo que decía, entonces volvió la mirada como esperando alguna respuesta, sin embargo, continuamos en silencio.

Al ver que no decíamos nada y permanecíamos quietos, la criatura dio un paso hacia nosotros. En ese momento un vehículo en la avenida tocó con fuerza la bocina, haciendo que la criatura se asustara. Al retroceder tropezó con la cama, cayó encima de ella partiéndola a la mitad.

Alonso; que era el que más cerca estaba de la criatura; hizo un ademan por salir del cuarto, pero la criatura lo notó y volvió a decir algo en esa lengua extraña. Lo tomó por el brazo y lo arrojó contra la destruida cama.

Quise evitar que lo atacara y sin meditarlo traté de detenerlo, pero la bestia me sujetó por el cuello levantándome del suelo y acercó su rostro hacia el mío. Pude sentir el calor que emanaba su pestilente aliento, produciéndome arcadas.

En ese momento la criatura volvió a pronunciar algo y fue entonces que sentí que la cabeza me daba vueltas. Mis ojos empezaron a cerrarse contra mi voluntad, miles de imágenes pasaron por mi mente, varios recuerdos de noticias, historia, guerras, presidentes actuales, armas e incluso escenas de películas. La cabeza me daba vueltas, sentí que su agarre se aflojaba. Luego de un momento lanzó mi cuerpo que ya estaba sin fuerzas. Caí al lado de Alonso que me preguntó cómo me sentía.

—Entonces, ustedes abrieron el portal. —Su voz era ronca, áspera, como si tuviera problemas en la garganta. Traté de recobrar la compostura, Alberto y Christian corrieron hacia mí.

»Ahora entienden lo que digo —soltó un suspiro y caminó pesadamente hacia la ventana del cuarto, la corrió con cautela observando el exterior.

—Tiene cola. —Christian susurró casi como si fuera un sollozo, lo miré sorprendido, en efecto el ser meneaba una cola parecida a la de un reptil, mi respiración se agitó.

—Ahora puedo hablar su misma lengua. —Volteó a vernos con una amplia sonrisa—. Así las cosas, serán más sencillas. —Sus palabras me llenaron de temor, no podía disimular el miedo, vi como los demás se encontraban igual que yo, paralizados por el miedo, el ser se movió con cautela por la habitación, sin quitarnos la mirada de encima, Miguel empezó a retroceder, él era el más cercano a la puerta. —No creo que sea prudente que intenten iros mis pequeños... —nos estudió con la mirada, de pies a cabeza—, humanos ¿verdad? —terminó su frase entre tosidos—, ¿cómo pueden respirar este aire? agrio, lleno de hollín —cuestionó volviendo a hurgar por la ventana, teníamos que hacer algo, pero mi mente estaba nublada, me puse de pie con dificultad sin saber qué hacer en el momento que Jesús dio un paso hacia él.

—¿Qué eres? —le preguntó con aparente tranquilidad.

—Soy un redentor —dijo riendo ampliamente—. Un Dios que viene a corregirlos, a ayudarlos a encontrar su naturaleza de servidores, en resumen, he venido a salvarlos —habló con sorna.

—Esto no está bien —dijo Miguel tratando de recomponerse— ¿Qué hemos hecho? —susurró pasando la mano por su rostro mientras se limpiaba el sudor.

—Me han dado una nueva oportunidad. —Fue lo último que dijo antes de abalanzarse contra nosotros. Nos golpeó con fuerza, sin darnos tiempo a reaccionar o a defendernos.

Fui el primero en recibir un golpe, no vi con que lo hizo, solo sentí un terrible dolor en el estómago. Quedé sin aire cayendo de rodillas; traté de tomar aire, desesperado, al tiempo que las arcadas lo impedían. Terminé recostado en el suelo, escupiendo bilis combinada con mi saliva. Quise mirar a mi alrededor, pero todo estaba borroso y me sentía mareado. Con las pocas fuerzas que me quedaron procuré alejarme de la criatura. En ese momento sentí una fuerte presión en la cabeza; me había tomado del cabello y me acercó a su rostro. Intenté zafarme de su agarre, pero todo fue inútil, sus ojos tenían una expresión de locura y satisfacción. Miré hacia los costados en busca de ayuda, pero todos estaban en el suelo arrastrándose, mientras hacían esfuerzos para levantarse.

—Ahora creo que están dispuestos a colaborar conmigo, ¿verdad? —Sonrió sádico y me lanzó contra la pared. Un líquido caliente comenzó a recorrer mi mejilla, pero no sentía dolor, al parecer la adrenalina del momento lo bloqueaba—. Son muy débiles los humanos de este lugar.

Por un momento todo quedó en silencio, intente pararme, pero mi cuerpo no respondía.

—Este lugar es diferente, bullicioso. —Volvió a hablarnos, levanté un poco la cabeza para ver que se encontraba junto a la ventana—. No hay problema si no quieren hablar. —Sonriendo, colocó su pie sobre mí quitándome la respiración—. Ya vi todo lo que necesitaba saber. —Quitó su pie y finalmente pude volver a respirar, tragando amplias bocanadas de aire.

—¿¡Estás bien!? —gritó Alberto, que me giró para que pudiera respirar mejor.

—Ya veo, ustedes sacrificaron su mundo a cambio de tecnología. —No parecía que se dirigiese a nosotros. Se recostó contra el muro al lado de la ventana, hablando solo y meditando sus palabras.

—¿Qué fue lo que te hizo? —preguntó Alberto mientras Christian se acercaba.

—No tengo idea. —Mi voz sonaba ronca, cada vez que el aire pasaba por mi garganta me llenaba de dolor.

—¡Perfecto! —La criatura gritó alejándose de la ventana, nos sorprendimos tratando de alejarnos de él—. Solo tengo que maldecirlos. —Rio bajo acercándose a nosotros y sacó la espada rota de su cinturón—. Voy a necesitar de ustedes. —Nos señaló con su espada. Su mirada era fría, después se dio la vuelta y empezó hacer un dibujo pequeño en el suelo. Murmuró algunas palabras en un idioma que no entendí. Cuando terminó de dibujar noté que era una estrella de seis picos, con escritos alrededor en un idioma desconocido, que formaban un círculo alrededor. Se levantó con lentitud mientras su espada (con la que había hecho el dibujo) se hacía polvo—. Valió la pena — dijo mientras todos lo mirábamos sin saber qué hacer, paralizados por el miedo.

—¿Qué quieres de nosotros? —Alonso trató de sonar firme.

—Un trato —sonrió—, quiero que cada uno de ustedes haga algo simple por mí. Quiero que pongan un dedo en cada punta de la estrella y que no la suelten hasta el final —empujó los restos de la cama contra la pared para hacer algo de espacio.

—¿Qué pasará si no aceptamos? —Lo retó Alberto.

—Los torturaré —respondió en seco—, hasta que acepten, o mueran. Lo que suceda primero.

—¿Y si aceptamos obedecer? —preguntó Jesús.

—Los dejaré vivir.

—¿Por qué tengo la sensación de que nos dejará vivir como sus esclavos? —susurró Miguel.

—Yo también lo creo, pero pienso que no tenemos alternativa —respondió Christian y se acercó a la imagen en el suelo.

—¡No!, ¡es un maldito demonio!, ¡no podemos ayudarlo! No sabemos qué es lo que quiere hacer. —Traté de hablar fuerte pero apenas se escuchó.

—Entonces, ¿qué sugieres que hagamos? —preguntó Alberto ayudando a levantarme.

—No os preocupéis por insulsos detalles, lo importante es que sobrevivirán —aseguró mientras caminaba lentamente hacia la puerta del cuarto. Al ver nuestras dudas, quiso evitar cualquier intento de escape.

—Pero ¿sí le pasará algo malo al resto del mundo verdad? —pregunté, aunque ya tenía la respuesta. Al ver la determinación de los demás supe que ellos también lo sabían.

—El mundo será un mejor lugar para vivir, la naturaleza volverá a tener su fuerza —habló con serenidad mientras se recostaba en el umbral de la puerta—. Será como traer el edén a este asqueroso mundo.

No tenía ninguna duda de lo que podría pasar, aquel monstro lo destruiría todo. Miré a mi alrededor tratando de buscar la forma de salir de ese lugar cuando vi el portal. Esa era la única ruta de escape. Jalé la ropa de Alberto con la poca fuerza que me quedaba, él volteó a verme, no dijo nada, tampoco hizo ningún ademan; solo empezó a retroceder hacia el portal. Cuando Christian se dio cuenta lo imitó. Jaló a Jesús con lentitud, quien, al darse cuenta, jaló a Miguel y a Alonso.

—No sean estúpidos —advirtió— ¡No sobrevivirán si entran al portal! —exclamó en tono de burla.

—Tú saliste vivo de ahí —refuté.

—Yo soy un ser superior, no te compares conmigo —espetó.

—Al menos no podrás obligarnos a nada —dijo Alonso.

—No es necesario que sean ustedes, puedo obligar a otras seis personas a poner su dedo en el dibujo. —No se movió, solo nos miraba con tranquilidad.

—Si sales de este cuarto, todos te enfrentarán.

—Su raza es cobarde, nadie me hará frente —se burló. Mientras, yo me apoyé en Alberto para poder moverme.

—Has estado en mi mente, sabes que te matarán —repliqué.

—Es posible, pero no necesito salir. —Sonrió mientras rompía un pedazo de pared—. Su sacrificio será en vano.

—De todas maneras, estamos muertos —contestó Alberto—, por el portal o por ser tus esclavos.

Sus palabras nos dieron valor, estaba decidido, al menos por el portal no era del todo seguro lo que nos pasaría.

»No podemos dejar el portal abierto —ordenó—, cada uno coja su runa.

—No sé cuál es la mía —dijo nervioso Miguel.

—A la suerte, cada uno coja una y salten. —Christian empezó a avanzar lentamente hasta el portal.

—Si cogemos las runas, ¿no se cerrará? —preguntó Alonso.

—Correremos el riesgo, todos, juntos —animé.

La criatura se abalanzó contra nosotros al tiempo que cada uno saltaba al portal cogiendo una runa. Sin fuerza me dejé caer, y logré tomar la que se encontraba más cerca del suelo. Atravesé aquella masa acuosa, cuando escuché un gritó espeluznante, seguido de un fuerte gruñido que me hizo voltear, sin embargo, no logré ver nada, la obscuridad nubló mi vista al tiempo que me absorbía una fuerza extraña. Una curiosa sensación me hizo sentir que todos éramos arrastrados por la misma fuerza. No sentía dolor, realmente no sentía nada; solo el vacío, oscuro, frío y silencioso. Me costó mantenerme cuerdo, apreté con fuerza contra mi pecho la runa que tenía en mi mano, lo que provocó un fuerte ardor. No supe cómo ni por qué nos había pasado esto; sentí que iba a morir. Mi mente se llenó de recuerdos de Emma, de mi familia. No los volvería a ver. Me sentía perdido, cada vez era más difícil mantenerme consciente, el cansancio me ganaba, pero no quería dejar de pensar en ella. Deseé pelear, no quería morir, pero no me quedaban fuerzas.

Sin saber a dónde era arrastrado, perdí el conocimiento.

8 de Octubre de 2021 a las 23:30 4 Reporte Insertar Seguir historia
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Anadelie Rivera Anadelie Rivera
Ansiosa por ver que mas sigue. ¡¡¡Está genial la historia!!!
July 13, 2022, 20:11
Derek Derek
No pues chupo faros mi compa
May 24, 2022, 03:47
Tania R. Zúñiga Tania R. Zúñiga
Puedo notar el amor que le das a tú historia, la dedicación y el cuidado con el que escribes, espero por más actualizaciones y ver como se va desarrollando cada día.
October 27, 2021, 23:30
Yorgelis Socarrás Yorgelis Socarrás
me encanta, sube maaaaasss!!!
October 08, 2021, 23:46
~

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