u388 Silvia Jiménez

Meg acaba de terminar sus estudios en el instituto y está a punto de comenzar su vida universitaria en Los Ángeles, la ciudad donde nació y se crió. Sin embargo, un hecho inesperado la lleva a trasladarse a Utah con su familia. Allí, aprenderá que no todo en la vida es tan fácil como lo ha sido hasta ahora y se verá obligada a trabajar como sirvienta en la casa de su tía. Aunque, la vida, le tiene muchísimas sorpresas inesperadas a Meg…


Romance Romance adulto joven No para niños menores de 13.

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Capitulo 1. Adios a mi vida

El timbre acababa de sonar, indicando el final de las clases. No podía estar más agradecida, y es que, a pesar de haber sido nuestro último día de instituto, había sido un día complicado. Un día lleno de despedidas y sentimientos encontrados, y es que, después de tantos años, se avecinaban grandes cambios y la mayoría de nosotros se distanciaría, quizá para siempre.

Por suerte, tenía claro que no me ocurriría eso con Jane. Ella era mi mejor amiga, nos conocimos en la guardería y estábamos juntas desde que teníamos memoria. A pesar de que ambas teníamos un carácter muy similar, había algunas cosas que marcaban la diferencia y esa era la razón por la que nos complementábamos muy bien.

Como os decía, cuando las clases terminaron, salimos al pasillo lleno de estudiantes que iban de un lado a otro. Cuando llegamos a nuestros casilleros, Jane llamó mi atención. Su rostro siempre era pura expresividad y podía notar que algo no iba bien.

-¿Va todo bien, Jane? –llamé su atención-.

-Estaba pensando –se encogió de hombros-…

-¿En qué pensabas? –le dediqué una sonrisa tranquilizadora-.

-En un par de semanas, nuestros caminos se separarán por culpa de la universidad –se lamentó-…

-Eso no significa que no podamos seguir siendo amigas –agarré su mano con fuerza entre las mías-.

-Ya, no me refería a eso, sino a –dudó-…

-Hagamos una cosa, ¿vale? Nos intercambiaremos nuestras pulseras y así, siempre que nos sintamos solas, podremos mirarla y ver el nombre de nuestra mejor amiga –le propuse-.

-¡Me parece una gran idea! ¡Eres la mejor, Meg! –me abrazó-.

-¡Tú también eres la mejor, te quiero Jane! –correspondí su abrazo-.

-¡No más que yo, amiga! –aumentó la fuerza de su abrazo-.

Ambas nos fundimos en un largo abrazo y una sonrisa sincera. Al separarnos, nos intercambiamos las pulseras de la amistad y nos sentimos un poco mejor. La verdad era que no había querido pensarlo mucho, pero me preocupaba la separación entre las dos. Jamás se lo reconocería porque no quería que Jane se sintiera mal, pero confiaba en que nuestra amistad permaneciese como hasta ahora a pesar de la distancia.

Justo en aquel momento, el sonido de mi teléfono llamó mi atención, interrumpiendo nuestra conversación. Al ver el nombre de mi madre en la pantalla del móvil, puse mala cara. Ella se preocupaba demasiado y me llamaba constantemente, pero nunca cuando estaba en clase. Pensé que podía ser importante, así que me disculpe con Jane, que salió corriendo detrás de un chico guapo al que llevaba persiguiendo meses sin resultado, dejándome atender la llamada a solas.

-¿Va todo bien, mamá?

-Meg…Yo…

-¿Sí, mamá?

Justo en ese instante, se hizo el silencio al otro lado de la línea. Y tras el silencio, escuché un fuerte golpe. Aquello realmente me preocupó y no pensé en nada más que no fuera correr hacia el aparcamiento, coger mi coche y ponerme en marcha hacia mi casa. Desgraciadamente, en Los Ángeles, el tráfico es horrible y tardé veinte minutos en llegar a casa. Una vez allí, entré a toda prisa y empecé a buscar y a llamar a mi madre por todas partes, mientras la desesperación se apoderaba de mí al no encontrarla. Y justo entonces, tras el sofá, vi la mano de mi madre. Fui a socorrerla, pero no volvía en sí. Solo tenía dos opciones y ninguna de las dos me gustaba. Podía intentar cogerla y llevarla a mi coche para llevarla al hospital o podía llamar a una ambulancia y esperar que no fuera demasiado tarde. Finalmente, me decanté por llamar a una ambulancia y esperar mientras agarraba la mano de mi madre entre las mías y le pedía que aguantase. Ella tenía que aguantar, tenía que salvarse. Quería pensar que todo esto era un susto del que se repondría, ya que ella siempre había sido de salud quebradiza, pero siempre se había repuesto de todo.

Cuando la ambulancia llegó, todo empezó a complicarse. El tráfico seguía siendo denso y aunque los transportes sanitarios tenían preferencia, tardamos demasiado en llegar, al menos, para mi gusto. De camino al hospital, llamé a mi padre para avisarle de lo que estaba ocurriendo. Estaba segura de que él también se daría toda la prisa que pudiera y la verdad, necesitaba que llegase pronto porque me había quedado a solas en la sala de espera mientras a mi madre le hacían muchísimas pruebas y yo seguía siendo presa de la desesperación.

-¡Meg, cariño! –escuché la voz de mi padre mientras se aproximaba-.

-Oh, papá –me abracé a él, intentando contener mis lágrimas-.

-¿Qué ha pasado, cariño? –quiso saber, mientras acariciaba mi pelo-.

-No lo sé… Estaba en el instituto y mamá me llamó… Cuando respondí, solo atinó a llamarme por mi nombre y después se hizo el silencio… Cuando llegué a casa, la encontré desmayada tras el sofá –finalmente, las lágrimas se desbordaban de mis ojos-…

-Tranquila, cariño… Todo irá bien, ya verás –me abrazó con fuerza-…

Quise creer a mi padre, pero había algo dentro de mí que ya había perdido la esperanza, a pesar de que solía ser optimista la mayoría del tiempo. Justo en ese momento, escuchamos unos tacones acercándose a nosotros. Levanté la mirada, aún borrosa por las lágrimas, sin saber de quién se trataba. Aún así, noté tenso a mi padre y cuando escuché la voz de aquella persona, entendí de quien se trataba y porqué la repentina tensión de mi padre.

-Espero que haya una razón extremadamente grave para que hayas cancelado la reunión, David –escuché la voz de mi tía, la hermana de mi padre-.

-No estoy de humor, Regina… Te llamé para decirte que no podía acudir a la reunión porque estaba en el hospital –le recordó-…

-Sí, pero no me dijiste nada más… Es por eso, por lo que decidí venir hasta aquí y comprobar la gravedad del asunto –continuó su explicación-.

-Mi mujer está ingresada… La encontramos desmayada al llegar a casa… Y como comprenderás, ella es mucho más importante ahora –mi padre insistió-.

-¿Y por qué no me lo dijiste al llamarme por teléfono? ¡Claro que esto es extremadamente grave! –Regina abrazó a mi padre-.

Me limpié las lágrimas con rabia. No tenía mucha relación con Regina porque su relación con mi padre no era demasiado buena y podía comprenderlo perfectamente. Regina tenía un carácter complicado, era una mujer déspota y autoritaria, fría y calculadora. No podía entender que fuese tan distinta a mi padre, él era puro amor.

Justo en ese momento, un doctor se acercó hasta nosotros. Estábamos impacientes por tener noticias, fueran del tipo que fuera. Por desgracia, perdí la esperanza por completo. Mi madre acababa de morir por culpa de un aneurisma, no se pudo hacer nada más por ella...

Tres meses después…

Nada más despertar y desayunar, empezó el ajetreo. Peiné mi cabello rubio en una coleta alta, maquillé mi rostro con base de maquillaje, máscara de pestañas que solo mejoraba mi impresionante mirada de ojos azules y brillo labial, además de elegir ropa lo más cómoda posible para el viaje que se aproximaba, es decir, unos vaqueros cortos en tono claro y una camiseta de manga corta de color blanco con flores amarillas.

Me encontraba haciendo la maleta. Mi destino no era la universidad de bellas artes de Los Ángeles, como siempre deseé y planeé. Por desgracia, nuestra situación económica había empeorado tras la muerte de mi madre. Y esa era la razón por la que, de momento, mi sueño de estudiar arte no podría cumplirse. Ahora, mi próximo destino era Utah, el lugar de nacimiento de mi padre. Y por desgracia, tendríamos que vivir con mi tía Regina. Me sorprendía su ayuda sin querer nada a cambio, pero no me quedaba otra más que esperar lo que nos deparase el destino y observar.

-¿Estás preparada, Meg? –mi padre asomó la cabeza por el hueco de la puerta de mi habitación-.

-Sí, creo que sí –asentí-…

-No sabes cuánto siento hacerte pasar por esto… Debí haber actuado con cautela, no perder la casa, que hubieras podido ir a la universidad –se lamentó-…

-Papá, no te preocupes por eso. La vida es larga y podré hacer todas esas cosas cuando nuestra situación mejore –intenté tranquilizarle-.

-Sabes que convivir con Regina no será fácil y tendremos que aguantar mucho hasta poder marcharnos de su hogar –me recordó-.

-Lo sé, no te preocupes. Estoy preparada para ello –le guiñe un ojo, pareciendo despreocupada; pero sabía perfectamente que aquella situación no acabaría bien-.

-En ese caso, debemos salir ya hacia el aeropuerto o perderemos el avión –me recordó-.

-Sí, vamos –asentí-.

Ambos salimos de casa, en dirección a nuestra nueva vida en Utah. Al llegar a nuestro nuevo hogar, me sorprendió encontrarnos en mitad de una urbanización residencial de lujo. Resoplé solo de pensar que de ahora en adelante, estaría rodeada de hipócritas como Regina.

-Bienvenidos a vuestro nuevo hogar –nos recibió Regina al llegar-.

-Gracias por la ayuda, Regina –mi padre la abrazó-.

-Vamos, pasad… Kate se muere de ganas por vernos –Regina sonrió, pero no le llegó a los ojos-.

Recordé a mi prima Kate. De pequeñas, habíamos estado bastante unidas. Sin embargo, ya hacía muchísimos años que no nos veíamos y las personas cambian, obviamente ya no éramos dos niñas. Y el hecho de que mi tía Regina parecía odiar a todo el mundo, tampoco parecía ser una buena señal para que la relación entre Kate y yo fuese buena, pero ojalá me equivocase y nuestra relación fuese buena.

Al entrar a la enorme mansión, un hogar que no hubiera imaginado así ni en mis mejores sueños y un lugar que no recordaba en absoluto; encontré que Kate charlaba con un chico que nos daba la espalda en aquel momento.

Recordaba a Kate como una chica de largo cabello castaño y unos preciosos ojos de color miel. Sin embargo, ahora Kate llevaba el cabello más corto y de color rubio. Y su expresión facial… Dios, siempre había sido una persona muy expresiva, pero en aquella ocasión su rostro estaba enmarcado en una máscara de frialdad; por lo que supe que nuestra relación no sería fácil. Nuestras miradas se cruzaron y Kate se permitió una pequeña sonrisa, pero no iba dirigida a mí, sino a su acompañante, que aún me seguía dando la espalda y al que no había podido conocer aún. ¿Sería el novio de Kate?

El chico se giró al tiempo que Kate se acercaba a mi padre y a mí, a los recién llegados. Kate se abrazó con cariño a mi padre y a mí solo me dio un par de besos en la mejilla, sin hablar demasiado. Sin embargo, el chico se aproximaba a nosotros con una sonrisa cálida y por fin pude verle. Era un chico muy alto, eso fue lo que más me sorprendió. No había visto a un chico tan alto en toda mi vida. Y además de eso, se notaba que se cuidaba ya que se vislumbraba que tenía un buen cuerpo. Su cabello negro estaba perfectamente peinado y sus ojos eran tan azules que resultaba complicado no perderse en ellos. Sin duda, era un chico guapísimo.

-Bienvenidos a Utah. Espero que os agrade nuestra gran, pero humilde urbanización. Soy George, un amigo de la familia –se presentó-.

-Ellos son mi tío David –Kate señaló a mi padre- y mi prima Megan –me señaló a mí-.

-Meg –aclaré con una sonrisa-.

-Es un placer conocerle, señor –George estrechó la mano de mi padre-.

-Igualmente, muchacho –le sonrió mi padre-.

Cuando ambos se presentaron, Regina y mi padre intercambiaron miradas y se apartaron un poco mientras cuchicheaban. Preferí ignorar la sensación de incomodidad que sentí en aquel instante.

-Es un placer conocerte, Meg –George me dio sendos besos en las mejillas-.

-Gracias… Igualmente, George –le dediqué una sonrisa-.

Tras las educadas presentaciones, me dirigí hasta mi coche, un precioso Renault de color blanco, un coche pequeño pero muy manejable y cómodo para la conducción. Como durante un par de años había estado trabajando como camarera en una cafetería, conseguí comprar el coche con los ahorros que había ganado y como estaba a mi nombre y totalmente pagado, el banco no pudo quitarnos el coche. De hecho, el viaje desde Los Ángeles hasta Utah había sido muy largo, pero había merecido la pena.

Abrí el maletero del coche para empezar a sacar el equipaje, mientras mi padre y Regina seguían conversando en la distancia, al igual que Kate y George. Con calma, fui sacando todas las maletas del coche, pero una de ellas, pesaba más de lo que hubiera esperado. Justo entonces, una voz me sacó de mis pensamientos.

-Creo que te vendría bien un poco de ayuda. Esa mochila debe de pesar mucho –George estaba unos pasos detrás de mí, observándome-.

-La verdad es que sí –le dediqué una sonrisa cálida-.

-Déjame ayudarte –se ofreció-.

-Adelante.

Me aparte de la maleta tan pesada y dejé paso a George, que casi sin dificultad aparente, cogió la maleta y la acercó al resto del equipaje, que estaba en la puerta de entrada de la mansión.

-Muchas gracias por tu ayuda –le agredecí-.

-No tienes nada que agradecer, Meg. Sé que nos acabamos de conocer, pero puedes contar conmigo si necesitas cualquier cosa –me recordó-.

-Vaya, eres todo un caballero… Lo tendré en cuenta, gracias –me sonrojé-.

Ambos nos sonreímos y nos miramos en silencio, un silencio cómodo, un par de minutos. Sin duda, había una conexión especial entre nosotros y sentía que le conocía desde hacía muchísimo tiempo.

-¿De qué hablabais? –la voz de Kate rompió aquel momento-.

-Le decía a George que es todo un caballero –aclaré-.

-Oh, sí… George es un encanto –Kate sonrió con ganas-.

-¡Vamos dentro, la cena se enfría!

La voz de Regina llamó nuestra atención, así que entramos al interior de la mansión y me recordé mentalmente que estaba muy impresionada. Mi casa no se parecía en nada a esto, a pesar de que mi padre había intentado que su negocio progresase para poder tener una buena vida. Y habíamos sido muy felices, sin necesidad de vivir en una gran casa, como ésta.

Durante la cena, cena en la que también nos acompañó George, Regina acaparó toda la conversación. Comentó por encima el trabajo que tenía preparado para mi padre y después, hablando del futuro, reparó en mí. Al parecer, también había pensado una oferta de trabajo para mí.

-Hablando de futuro… Tengo una propuesta para ti, querida –Regina fue directa-.

-Oh, vaya –no sabía cómo sentirme al respecto-…

-Ayer tuve que despedir a nuestra sirvienta porque nos robaba comida de la nevera y me preguntaba si te gustaría ocupar su lugar –concluyó Regina-.

-¿Te gustaría ser nuestra sirvienta, Megan? –Kate repitió las palabras de Regina de un modo más contundente-.

¡Estaban locas! ¿Cómo iba a aceptar algo así? ¡Éramos familia, no podían tratarme así! Miré a mi padre, buscando ayuda; pero él solo apartó la mirada. Suspiré resignada porque sabía perfectamente lo que me debía contestar, a pesar de ir en contra de todos mis principios:

-Sí, me gustaría –acepté-.

8 de Octubre de 2021 a las 09:38 0 Reporte Insertar Seguir historia
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