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Renzo Fariña


Novela mendocina de ciencia ficción. La sinopsis se centra en un grupo de cuatro amigos que deciden emprender, por cuenta propia, la búsqueda de tres colegas perdidos en el corazón de la cordillera de Los Andes. En el camino encontrarán obstáculos inesperados que complicarán la situación de manera irreversible.


Ciencia ficción Ópera espacial Todo público. © © De esta edición: 2020 - Editorial Imaginante. www.editorialimaginante.com.ar

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La Búsqueda

FACUNDO

Era una mañana gris con nubes en abundancia, típico día invernal. El frío se hacía notar en el aire mendocino del domingo, 17 de julio. Comencé mi jornada, como siempre, con una buena taza de café para calentar el cuerpo. Decidí ir a dar un pequeño paseo dominguero con mi fiel amigo Rocco, el mejor perro que un hombre podía tener a su lado. Un bull terrier al que todos admiraban cuando recorría las calles del barrio luciendo su encanto y presumiendo el brillo en su pelaje blanco con manchitas marrones. Su firme marcha y cabeza en alto destacaban su rudeza. Atento siempre a su entorno. Juguetón por demás, en fin, el compañero de aventuras que uno necesitaba para estar entero, el perfecto antídoto contra el estrés y la depresión. Tomé mi abrigo, agarré las llaves que posaban sobre la mesa del comedor, busqué la correa, y juntos emprendimos la marcha hacia el exterior. La brisa era tan fría que sentía como si alguien cortara mi rostro con una navaja, ni hablar de mis manos y pies. El aire calaba los huesos; sin embargo, no fueron motivos para abandonar el paseo. Recorrimos alrededor de cinco largas cuadras cuando de pronto mi celular comenzó a emitir sonido, alguien estaba llamando. Se hacía muy difícil tomar el teléfono con los dedos entumecidos por las bajas temperaturas, hasta que por fin pude atender. Era Sebastián, un viejo amigo del vecindario con quien compartí gran parte de mi adolescencia. Una persona honesta, amable, comprensible e incondicional. Siempre estuvo cuando más lo necesité, tanto en las buenas como en las malas. Más que un amigo, podría decirse que era como un hermano.

—¡Hola, Seba! ¿Cómo estás, hermano? —atendí muy expresivo.

—¡Hola, Facu! Bien… que se yo, un poco preocupado —contestó con voz temblorosa.

—¿Qué pasa? No me asustes, te noto angustiado —Mis piernas detuvieron su marcha.

Seba estaba perturbado por Luciano quien había asistido a una excursión en alta montaña en compañía de Marcos y Fabricio, todos estudiantes de Ingeniería Electromecánica, y no había regresado de aquella aventura. No comprendí la gravedad del asunto hasta que comenzó a brindarme los detalles: dicha excursión se realizó el sábado por la mañana y debían retornar por la noche. Transcurrieron aproximadamente veinticuatro horas desde que los tres dejaron de dar señales. Trataron de comunicarse con ellos, pero sus celulares daban directo al buzón. Las familias, preocupadas, comenzaron a pensar lo peor. Seba insistió en establecer contacto reiteradas veces, pero le resultó imposible. Noté la preocupación de mi colega; el tono de su voz delató una profunda angustia, tartamudeaba en cada palabra. En ese instante comencé a inquietarme también. La incertidumbre se hacía notar al compás de una helada ventisca. Decidí, entonces, emprender marcha hacia su domicilio en cuanto f inalicé la conversación. Fueron veinte cuadras interminables, la intriga y la preocupación retumbaban en mi cabeza. Rocco iba arrastrando la lengua por el áspero asfalto. Del frío abrumador pasamos al calor pleno, el sudor recorría mi torso de punta a punta. Cuando por fin llegamos a destino, golpeé insistentemente la puerta de madera despintada. El hogar perteneciente a los Domínguez se mostraba solitario. Los minutos parecían transcurrir demasiados lentos. Repetí los golpes a puño cerrado, pero esta vez con un poco más de violencia. El enfático olfato de Rocco dispersaba el polvo alojado en el tapete del escalón de entrada. El viento invernal volvió a surtir efecto sobre nuestros cuerpos. De pronto escuché pasos detrás de la maltratada puerta y la voz de Seba mientras el picaporte descendía lentamente. Este me recibió muy atento y con gran carisma. Un fuerte abrazo expresó más que mil palabras. Noté la preocupación y la angustia en sus ojos, las ojeras decoraban el pálido rostro de la amargura. Obviamente no tuvo una buena noche. Al instante nos hizo pasar para acomodarnos en el living luego de efectuar el cierre bajo llave. El aroma a café se intensificaba a medida que nos acercábamos a dicha sección. Insistió en que nos situáramos sobre el sillón para ponerme al corriente de la situación. Había dos personas sentadas sobre el sofá de cuerina negro, con las mismas caras de incertidumbre y desentendimiento que la del dueño de casa. Tomé asiento junto al grupo y acepté un poco de cafeína para calentar el cuerpo. Saludé a los muchachos, Blas y Edwin, dos chicos muy cercanos a Luciano, con los cuales no me relacionaba demasiado. Ambos estudiaban con él en la Uncuyo (Universidad Nacional deCuyo). Saludaron muy atentos estrechándome las manos sin abandonar sus asientos. Estos habían llegado hacía una hora aproximadamente según comentó Blas quien fue el primero en hablar sobre el tema. Explicó que el sábado por la mañana, Lucho había salido de excursión hacia la cordillera de los Andes en compañía de dos amigos, con el fin de efectuar una caminata por un sendero llamado Salto del Tigre, ubicado en el cerro Penitentes. Según Edwin, sus tres colegas partieron alrededor de las 8:00 a. m. y debían retornar por la tarde noche, pero jamás volvieron. Este no paraba de mover su pierna mientras relataba el acontecimiento. Sus ojos llorosos repletos de ojeras posaban tras unos cuadrados lentes con un aumento considerable. Comencé entonces a percibir un clima tenso en esa sala, al mismo tiempo que la cafeína corría por mis venas. Sus pálidas caras con vista al suelo reflejaban el lamento. Rocco calentaba la alfombra observando a los allí presentes mientras movía su hocico insistentemente.

—Luciano nos invitó a la caminata, pero decidimos no ir a último momento ya que el martes rendimos un parcial de Álgebra II. Me hubiera gustado acompañarlos en esa aventura, amo el senderismo, despeja la mente o por lo menos la mía, pero le di mayor importancia al examen que se aproxima —explicó Blas sosteniendo la taza con ambas manos.

A este último siempre le gustó el deporte, su contextura física lo favorecía bastante. Su casi metro ochenta y su delgado cuerpo lo hacían destacar en atletismo. Solía escuchar a Luciano decir que su amigo era buen corredor y muy veloz. No era hábil en fútbol, aunque como arquero su desempeño era bastante aceptable. En cambio, Edwin resaltaba más en la parte informática y electrónica. Lo suyo eran los números. No poseía gran habilidad como deportista, pero de vez en cuando se prendía en alguna aventura de esta índole. No podían creer que ninguno de los tres contestara su celular. No daban señales de vida, como si la madre tierra se los hubiera tragado. Entre ellos trataban de buscar consuelo, pensando positivamente en una posible solución al conflicto. Fue entonces cuando surgió una idea por parte de Sebastián, quien permanecía parado como un soldado al lado de la estufa. —Muchachos, no debemos perder la calma, hay que actuar ahora. Agarren sus abrigos, vamos a buscarlos —manifestó mientras se colocaba su campera inflada.

La idea era buena, aunque un poco loca. No sabíamos con exactitud por dónde comenzar la búsqueda, pero por lo menos iniciar en el cerro Penitentes para obtener respuestas. Teníamos laesperanza de que ellos estaban bien, que tuvieron algún tipo de inconveniente con el medio de transporte o algo parecido. De todas formas, ir en su rescate era mejor que quedarse en casa tomando café mirándonos sin hacer nada. Blas sugirió llamar a los padres de Luciano, quienes seguramente habían puesto la denuncia policial. Pensó que solo entorpeceríamos la investigación de los oficiales en aquel lugar. Seba desconocía por completo el accionar de la familia, y aun así sostenía firmemente su propósito: emprender una búsqueda por cuenta propia. Estaba convencido de hacerlo con o sin nuestra ayuda. Tomó las llaves del auto y abandonó la sala con dirección hacia la cochera. Comenzó a abrir todos los paños del portón plegable y sin emitir sonido alguno subió en su vehículo, cansado de la situación que allí se vivía. Se mostraba desesperado, decidido a encontrarlos a toda costa. En ese momento, ninguno de los presentes dudó en seguirlo. Los tres nos abrigamos para acompañarlo en su decisión y nos subimos a bordo del vehículo blanco. Así, emprendimos viaje hacia la cordillera de los Andes. En el camino desviamos la trayectoria para dejar a Rocco en casa, no era momento de pasear con mi fiel amigo por la montaña. El reloj marcaba las 12:00 m., el mediodía se presentó mediante un cielo gris que continuaba cerrado. Las nubes tupidas parecían no tener la intención de separarse. El frío persistía. Nuestras miradas perdidas a hacia el exterior eran inevitables. Sebastián no quitaba la vista del frente, sus heladas manos sujetaban el volante de cuero con f irmeza. Nadie emitía ni una sola palabra. La falta de diálogos inquietó a un malhumorado Blas que no cesaba de acomodar su largo cabello tras las orejas. Encendió el estéreo para matar el incómodo ambiente repleto de tensión, nada como un poco de música para calmar las ansias y los nervios.

—¡Hay que ponerle onda, chicos! ¡Vamos, que no decaiga! Van a estar bien los muchachos, los vamos a encontrar —expresé.

—¡Sí! Facu tiene razón, esto parece un velorio. ¿Pueden no ser tan dramáticos? —continuó Blas con su tono algo elevado. Mi intención de calmar a los chicos fue en vano, Seba tenía un mal presentimiento que lo atormentaba por dentro, una fea sensación en lo más profundo de su pecho. Es malo perder la fe, pero este parece que la había dejado en casa guardada en un cajón. Sostuve con firmeza su hombro para darle ánimo con pensamientos positivos. Los chicos apoyaron mi emoción. Su expresión mejoró considerablemente sintiéndose un poco más animado. Con el ambiente menos tenso que al principio seguimos avanzando por la helada carretera. El reloj mostraba la 1:00 p. m. La ruta nacional 7se hallaba tranquila y desolada, si nos cruzaron dos camiones fue mucho. Todo indicaba que el túnel internacional Cristo Redentor continuaba cerrado por derrumbes en dicho lugar y en alrededores. Algunos cerros colapsaron a causa de un fuerte temblor ocurrido el día jueves por la tarde. Aun así, las autoridades demoraron en cerrar el paso fronterizo hacia el vecino país. El paisaje cautivaba toda nuestra atención. El reflejo de la verde montaña sobre el dique Potrerillos era alucinante. El aroma a jarilla se colaba constantemente por la ventilación del auto. Los minutos transcurrían con celeridad mientras Los Piojos sonaban en la radio. ¡Qué banda!, entre las mejores del país. De pronto, la melodía fue interrumpida por el celular de Blas, el cual comenzó a sonar con tono molesto y ascendente. —¡Hola, Vicky! ¿Cómo estás? ¿Qué pasó? —preguntó, luego de atender el teléfono con cierta inquietud.

Victoria presentaba signos de preocupación por su novio Luciano. La angustia en el tono de su voz era devastadora. La pobre estaba desesperada, no sabía qué pensar ni qué hacer. Su cabeza no daba más. No paraba de llorar. Insistía en averiguar si había tenido noticias de él. Inmersa en un mar de lágrimas, suplicaba tras el teléfono. Pude sentir el dolor y el vacío que se apoderaba de ella, una profunda tristeza en su corazón. Una mujer que daba todo por Lucho, su compañera de cada día. Sus ojos verdes como un oasis reflejaban con claridad el amor por él. Pasaban gran parte del tiempo juntos. Adoraban compartir tardes de mates en el parque San Martín y en el predio cercano a la biblioteca de la facultad. Ella salía de medicina y se encontraban en el espacio verde de la Uncuyo siempre a la misma hora. Solía hablarme de Victoria en reiteradas ocasiones. Me sentía muy feliz por ellos. Su amor desbordaba como sudor por los poros. Él adoraba acariciar el rizado mechón rubio que decoraba la mejilla. Se perdían el uno en el otro durante horas. Una relación muy hermosa por donde se mirara. Era una situación muy difícil para todos, pero más para ella. Conmovido, Blas trató de tranquilizarla, mientras revolvía su cabellera, intentó explicarle que nos encontrábamos en el auto de Sebas en busca de Luciano. Vicky se puso como loca. Se molestó a causa de nuestra arrebatada decisión. No pensamos en ella a la hora de emprender la búsqueda. Sin duda le hubiera encantado venir con nosotros, pues claro, se trataba de su novio. Este no encontraba palabras para disculparse con la enfadada y desconsolada mujer.

—Perdón, perdón Vic. Lo decidimos a último momento, de imprevisto, casi sin pensarlo. Es más, ni siquiera nos comunicamos con sus padres. De verdad, te pido mil disculpas. Al igual que vos,estoy con la cabeza en otro lado, no pienso con claridad. Perdón — se disculpó mientras frotaba su rostro con la yema de los dedos.

—Está bien Blas, perdóname vos, sé que estás tan preocupado como yo, como sus padres, como todos. Sé que quieren encontrarlo y estoy muy agradecida con ustedes. Solo quiero estar al tanto porfa, si saben o se enteran de algo no dudes en avisarme —suplicó la joven sollozando. Aparentemente, según atestiguó Victoria, los padres de Luciano pusieron la denuncia policial. Blas finalizó la conversación con una lágrima descendiendo lentamente de su mejilla. Le fue imposible contenerla y comenzó a marcar el camino en su rostro. Impotencia, angustia, desesperación y dolor, todas las emociones juntas brotaban por sus poros. Mucha gente se hallaba preocupada por nuestro amigo. Edwin se quitó los lentes con el fin de limpiar el lamento reflejado sobre el cristal. Seba no sacaba la vista del camino, pero podía sentirse su aflicción. La incertidumbre seguía en aumento. La culpa de Blas por no acompañar a Lucho en aquella caminata lo torturaba por dentro. Edwin no paraba de observar el deslumbrante paisaje que nos rodeaba, aunque su mirada se centraba en un punto fijo. Este, una persona muy pensativa e intelectual, Seba siempre lo describía como un futuro Stephen Hawking por su gran cantidad de saberes tecnológicos, una habilidad que no cualquiera posee. Facilidad con los números y ecuaciones, además de innovador. Luciano solía contarme que lo ayudaba en ciertas materias donde se requerían esa clase de conocimientos. Desinteresado por los deportes, de hecho, no recuerdo que practicara alguno. Buen compañero, amigo y solidario. A veces un tanto malhumorado y otras simpático. Agradable en la primera impresión. Sencillo, amante de las camisas y relojes. Postura firme y torso corto. Sus enormes anteojos cuadrados de color negro hacían su mirada aún más reflexiva. Edwin expresó que había comenzado un buen día, tranquilo, como de costumbre, bebiendo un café mientras leía un libro de física cuántica que compró en la calle San Juan del centro. Cuando de pronto recibió el llamado de Seba manifestando su preocupación por los muchachos. Blas, lo interrumpió colocándole la mano en el pecho.

—No es momento de lamentarse, hay que encontrarlos y ya —le dijo con mirada desafiante.

—Chicos, chicos, todos queremos lo mismo, no ganamos nada con ponernos nerviosos y discutir entre nosotros. —Traté de calmar la situación—. Somos cuatro personas en el mismo barco tratando de buscar a los chicos y entender qué ocurrió con ellos.

Con voz calma intenté animar a mis colegas dentro del coche. Pero en el interior me encontraba alterado por demás. Solo necesitaba apaciguar la situación tensa que nos atormentaba minuto a minuto. Las 2:15 p. m. reflejaba el tiempo montañés, habíamos recorrido alrededor de 154 km. En ese momento, Seba detuvo la marcha orillando su Volkswagen en la berma de la ruta 7 a la altura de Polvaredas y señaló con su dedo índice hacia el frente del parabrisas con gran preocupación. Un camión celeste volcado, sobre el costado derecho, obstaculizaba el camino en su totalidad. No había nadie más, ningún otro vehículo involucrado, ni se apreciaba hielo en el pavimento. Quedamos deslumbrados ante el repentino siniestro vial. Desconocíamos lo que le había ocurrido al conductor, quien al parecer volcó por algún problema incierto. La desesperación abordó nuestras mentes. En consecuencia del accidente sobre la carretera, nuestros cuerpos quedaron completamente entumecidos. Descendimos del auto y emprendimos marcha con trote moderado en su dirección. Una vez cerca determinamos que se trataba de un Volvo con acoplado de procedencia chilena. El conductor permanecía inconsciente dentro del habitáculo, atorado entre el volante y el cinturón de seguridad. Era un hombre robusto de aproximadamente cincuenta años de edad, de mediana estatura, de alrededor de unos ochenta y cinco kilos de peso corporal, cabello negro con cierta diversidad de canas, y una vieja cicatriz en su mejilla izquierda. Edwin decidió trepar por la cabina con nuestra ayuda. Tomó al hombre por su antebrazo con el fin de verificar su pulso. No se veían lesiones graves a simple vista. De todas formas, no quiso moverlo demasiado al desconocer su estado de salud.

—¡Aún respira! ¡Este hombre sigue con vida! Es un milagro — gritó, con desesperación, de rodillas sujetando la mano del conductor.

Parado sobre la ruta, Blas sugirió retirar entre todos al hombre desvanecido. Seba objetó que sería pésima idea debido a que existía una alta probabilidad de lesiones corporales graves y podría empeorar de forma irreversible. Saqué el celular del bolsillo del jean con la idea de llamar a una ambulancia que pudiera auxiliar al desconocido conductor. Una prolongada frenada dejó su rastro en el asfalto mediante neumáticos despedazados. Trozos de caucho dispersos por doquier. En fin, no dudé ni un segundo y comencé a marcar el número de emergencias médicas, pero como era de esperar, el teléfono se encontraba sin cobertura, debido a las altas cumbres que nos rodeaban. Comencé a correr hacia un cerro en busca de, aunque sea, un mínimo de señal para lograr pedir ayuda.Se tornaba pesado el monte cuesta arriba. Mientras ascendía por la loma, el conductor del camión que permanecía desvanecido hizo un brusco movimiento con quejidos de dolor, le costaba moverse con libertad. Una insuficiencia respiratoria acompañó su malestar. Inconscientemente sujetaba su brazo derecho mientras vociferaba. Edwin intentó calmarlo afirmando que la ayuda venía en camino, cuando en realidad no era cierto, sosteniendo el rostro del herido al mismo tiempo que posaba su mirada en mí. Noté la desesperación reflejada a través de sus enormes anteojos.

—¡Esto está mal, muy mal! ¡Qué domingo, chicos! Un día para el olvido —murmuraba un nervioso Blas que caminaba de lado a lado a punto de perder la calma.

No podíamos creer lo que estábamos viviendo: primero, nuestros amigos habían desaparecido sin dejar rastro alguno; después, un maldito accidente vial que obstaculizó la pasada. El cerro parecía eterno, interminable entre rocas y arbustos con espinas. Continué trepando sin parar, escalando en busca de cobertura. Cuando por fin logré hacer cumbre en el estúpido monte, la situación que observé desde arriba permanecía igual. Por mi parte, también, seguía sin registrarse ni siquiera una línea de señal. Comencé a insultar y a maltratar al pobre teléfono. Gritaba y pateaba toda clase de objetos cercanos que tenían cero culpa de lo que allí ocurría. Una piedra cayó a escasos centímetros de Blas. El proyectil pasó rozando su cabeza hasta impactar violentamente contra el asfalto. Obviamente este no me felicitó por mi actuar, sacudió su mano odiándome por ello. Desde la altura, le pedí disculpas por el arrebatado comportamiento. Blas expresó su preocupación por Luciano y los demás, ya que el acontecimiento que nos mantenía ocupados provocó que olvidáramos el objetivo principal. Sebas me miraba fijamente desde el pavimento, su cabello flameaba siguiendo la helada brisa cordillerana, prometió reanudar la búsqueda de los chicos una vez efectuado el traslado del hombre. Agotado por la ardua espera se dirigió hacia su auto estacionado a un costado de la carretera. Las opciones eran escasas, pero tampoco podíamos dejar al individuo herido dentro del camión, debía verlo un médico urgente. Algo debíamos hacer para afrontar el conflicto.

—Seba tiene razón chicos, no podemos abandonarlo. Hay que ser un poco más humano. No hay señal de celular, por ende, no hay ambulancia. Pero hay cuatro personas con ganas de salvarle la vida a otra. Vamos, retomaremos la búsqueda de los chicos en cuanto dejemos al señor en el hospital —concluyó Edwin, con sabias palabras, colocándose de pie sobre la cabina.

Al llegar al coche, Seba subió en él y colocó la llave en el tambor. Desde el cerro pude escuchar al auto queriendo arrancar, pero por más que intentaba el resultado seguía siendo el mismo. Evidentemente, el maldito automóvil, estaba descompuesto.

—¿Es esto una joda? ¡Hacé funcionar esa torta, Seba! Seguro que es la batería. ¿Dejaste las luces encendidas? —preguntó Blas caminando en dirección al auto e indignado por la situación.

Este le ordenó abrir el capó del Gol con el objetivo de verificar el estado general del sistema. Seba no podía contener la furia, aclaró que la batería era nueva, pues la había adquirido hacía unas pocas semanas, la sangre hervía por sus venas. Esto sí que era insólito, lo que faltaba, quedarnos varados. Parecía que nos había meado un elefante, pero uno muy grande. Edwin, miraba hacia el cielo con sus brazos extendidos. El signo de preguntas decoró nuestros helados y frustrados rostros. La fresca brisa de la cordillera, con su característico aroma campestre, se adueñó de aquel escenario envuelto de angustia e impotencia. La tarde comenzaba a imponerse paulatinamente ante nuestra presencia indicando las 5:00 p. m. Solo se escuchaba el sonido del río golpeando en las rocas. Sin señal alguna, sin movilidad, con un herido y tres amigos perdidos, comenzamos a quedarnos sin opciones. Restaba esperar a que otro vehículo pasara por la ruta para socorrernos. Los minutos no dejaban de transcurrir y la espera se tornaba aún más larga. No había registro de ningún automóvil en circulación, evidentemente el túnel internacional continuaba cerrado. Seguí parado como una estatua en la cima de aquel cerro observando la geografía, la grandeza y belleza que el entorno proporcionaba. De repente, Edwin rompió el silencio desde el camión, necesitaba una mano para sacar al sujeto de la cabina, ya que en un par de horas, la fría noche caería ante nosotros y el chofer se congelaría. Su plan consistía, básicamente, en retirar al hombre y trasladarlo al auto. Blas, lo ayudó con la ardua tarea de rescate junto a Sebas, que desistió con la puesta en marcha del Gol, mientras yo continuaba en el monte en busca de señal. Estos se enfadaron al ver mi estático estado, a los gritos ordenaron que bajara de inmediato para brindarles apoyo, ignoré su petición insistiendo con mi propósito de llamar a emergencias. No me daría por vencido con el maldito celular. Sebas sostenía f irmemente al individuo desde las piernas mientras que Blas lo tomaba directo del torso. Edwin trataba de mantenerlo con la cabeza recta, pero el conductor volvió a quejarse bruscamente al momento de sacarlo del habitáculo. Los chicos temían agravar su crítico estado mediante un movimiento erróneo.Parado, como un tonto en aquella cumbre al costado de la desolada carretera, el aire polar parecía no tener consideración. Las nubes opacaban la timidez del sol. Mi mano temblaba gracias a la baja temperatura que la tarde proporcionaba. Al desviar la mirada hacia la escena del rescate percibí algo extraño en el acoplado del camión. En el lateral del tráiler se podía apreciar un daño sobre la chapa, lo cual cautivó mucho mi atención. Había tres tajos y a continuación un agujero casi perfecto, como si alguien hubiera subido allí para provocar ese deterioro y tener acceso al contenido del cargamento. Bajé corriendo de aquel cerro con el fin de acercarme a investigar. La compuerta trasera estaba bien cerrada con pasadores y candados. Imposible acceder con facilidad. Decidí trepar por el viejo remolque para apreciar la abertura que descubrí desde el monte. Una vez arriba me acerqué lentamente. Increíble, parecían arañazos provocados por las garras de un enorme oso grizzly. Un hueco de forma circular casi perfecto por el que cabían tres personas al mismo tiempo. Muy extraño debido a que el material del semi tenía un espesor considerable. Al aproximarme hacia el borde del agujero miré al interior. Pude notar que el transporte consistía en un cargamento de conservas enlatadas. Una surtida variedad de alimentos con procedencia chilena. Lo que más cautivó mi atención fue que varios envases yacían abiertos, algunos reventados y otros con una diversidad de orificios provocados por colmillos. Al menos, esa impresión me dio cuando los observé en detalle. Indudablemente, algo muy extraño había ocurrido en ese lugar. Sostuve mi cabeza con las manos, agazapado a orillas de la apertura, una serie de sospechas brotaron bloqueando mi mente. Pudo haberse tratado de un asalto al trasporte con el objetivo de robar el cargamento. Aunque esa hipótesis no me convencía en absoluto, ya que la mercadería no fue robada sino consumida dentro del acoplado. Pero… ¿quién destruye y consume comida dentro de un acoplado? Seguramente, quien provocó aquel hecho lamentable tuvo relación directa con el accidente del camión.

—¡Bajá de ahí, Sherlock Holmes! ¡Ayudanos a sacar al conductor! Pesa bastante y está atascado con el cinto. Dejá de pavear, Facu y vení a dar una mano —gritó un enfurecido Blas desde la maltratada cabina.

—¡Pará un poquito, Blas! Estoy tratando de averiguar qué pasó acá —respondí algo cortante sin siquiera mirarlo a los ojos.

No le gustó para nada mi respuesta. Luego de emitir un insulto, insistió nuevamente en que bajara del acoplado. Según él me encontraba viendo el paisaje. Edwin trató de calmarlo aclarando quehabía cosas más importantes en juego que estar discutiendo entre nosotros. Luego del pequeño intercambio de palabras, los muchachos continuaron con su objetivo centrado en retirar al herido del camión. Mis ojos observaban detalladamente a través de la enorme cavidad que conectaba con el interior, en ese momento, me percaté de un objeto a escasos metros que brillaba con la pálida y débil luz solar. Era una argolla, similar a un aro de acero, pero de gran tamaño y textura, lo bastante grande como para una oreja o nariz. El panorama se tornó más confuso con el hallazgo, en silencio lo guardé en mi bolsillo ocultándolo del grupo. Por el momento, debíamos preocuparnos por el hombre, cuya identidad desconocíamos, que permanecía atrapado dentro del camión. Luego de varios minutos, los muchachos, por fin lograron con éxito retirar al chofer del transporte volcado. El descenso del accidentado fue toda una odisea, la incómoda posición de la cabina complicó el rescate. Además, trataban con una persona de gran porte y peso considerable. A duras penas lograron su cumplido. Entre los tres cuidadosamente lo trasladaron al auto de Sebastián, el casi inconsciente no paró de quejarse de dolor en todo el trayecto, estos tenían relación directa con su brazo y su cabeza. No había sangre ni quebraduras expuestas a simple vista. Pero lo mejor era que un médico revisara en detalle su estado de salud. Lo recostaron sobre el asiento trasero y colocaron posteriormente una campera bajo su cabeza. Edwin tapó al herido con una frazada que Seba guardaba en el baúl. El sol se ocultaba lentamente detrás de las altas montañas. La curiosidad dominaba mi ser, añoraba saber con exactitud qué estaba sucediendo. Seguía parado sobre el acoplado pensativo e inmóvil. Volví a acercarme al borde de la abertura, no paraba de mirar esas latas afectadas. Me pregunté una y otra vez: ¿quién pudo haber hecho esto? ¿Con qué fin? La verdad, en mi vida vi algo igual. Decidí abandonar el tráiler e ir con los chicos con una buena dosis de confusión. Comencé a acercarme al auto para compartir en detalle la extravagante observación. El único pasatiempo productivo era reflexionar sobre las posibles causas del accidente que dieron lugar a un misterioso vuelco: alguien provocó el siniestro vial mediante un extraño método, pero la pregunta era: ¿quién? No encontraba explicación razonable que evacuara mis dudas. Cómo una persona podía ser capaz de perforar semejante chapa, ejecutando tres tajos paralelos entre sí con una cavidad. Pensé que quizás los atacantes utilizaron algún tipo de herramienta sofisticada para tal fin. Tal vez, el supuesto aro, en cercanías del agujero, teníarelación directa con el culpable del incidente. Ambas cosas estaban relacionadas y se centraban en el repentino tumbo. De algún modo, el transporte fue interceptado, lo cual provocó que el conductor perdiera el dominio del volante y en consecuencia de la brusca maniobra, el camión no pudo evitar volcarse. El maleante debió encontrar la manera exacta de concretar el batacazo para poder hacerse fácilmente con la mercancía. Quien haya sido pudo matar al conductor con tal atroz acto. De pronto, un sonido en aumento comenzó a escucharse a lo lejos, interrumpiendo el debate grupal. Un vehículo se aproximaba por la ruta 7 a gran velocidad con procedencia desde el este, echando humo a su paso. Cuando los faros asomaron convincentes, determinamos que una camioneta venía al encuentro. Una Ford Ranger roja cautivó nuestra atención al clavar violentamente sus frenos dejando, como consecuencia, una pronunciada marca sobre el asfalto. Un extraño hombre solitario conducía el vehículo recién llegado, posó su mirada en nosotros y en el camión volcado. Abrió la puerta y comenzó a descender sin quitarnos la vista de encima, era una persona de aproximadamente cuarenta años, alto, de cabello negro rizado, con ceño fruncido y barba desprolija. Vestía una camisa desarreglada, un pantalón estilo militar y unos borcegos gastados. Comenzó a marchar a paso firme hacia nosotros. Parecía relajado, pero a la vez tenso.

—¡Vaya desastre, eh! ¿Qué pasó acá? ¿Están todos bien? Los veo bastante pálidos. ¿Alguien puede explicarme qué sucedió en este lugar? —interrogó el recién llegado mientras encendía un cigarro.

—Sí, señor. Estamos bien, los cuatro bien. Simplemente veníamos en nuestro auto cuando de pronto nos topamos con este accidente vial. El chofer, está herido e inconsciente, desconocemos la gravedad de sus lesiones —expliqué.

—Entiendo. ¿Llamaron a emergencias? —preguntó el extraño, envuelto en una cortina de humo.

—No, es imposible. Nuestros teléfonos carecen de señal y el auto no arranca —respondió Blas, con gran temor.

El tipo sonrió luego de varios gestos de confusión y desentendimiento, decidió ocuparse de la situación.

—Ok, señor. Muchas gracias, es usted muy amable. Hace rato que estamos acá y nadie ha pasado desde entonces. —Agradeció Edwin algo alterado por la situación.

—¿Cómo es su nombre? —interrogó Sebastián con cierta curiosidad.

Se trataba de Emmanuel Sandoval, oficial de la policía de Mendoza y comisario de la seccional 23 de Uspallata, la persona indicada para auxiliarnos. Nos presentamos de inmediato con élestrechándonos las manos. Contó que se dirigía hacia la aduana argentina por problemas de derrumbes ocurridos en dicha zona. Luego de su breve explicación expulsó el humo que albergaba en sus pulmones. Arrojó la colilla al suelo donde posteriormente la aplastó. Colocó sus manos en la cintura y continuó con el incómodo interrogatorio.

—¿Alguien de ustedes sabe cómo ocurrió el accidente? —Movía sus pupilas de lado a lado captando cada expresión de nuestra parte.

Expuse mi teoría sobre el vuelco, manifestando que había sido intencional ocasionado por alguien que no estaba presente en la escena del siniestro.

—Sí, bueno… Definitivamente es extraño. ¿Cómo sé que no están mintiendo? ¿Cómo sé que ustedes no tuvieron nada que ver con esto? —continuó cuestionando con sus cejas levantadas.

Nos quedamos congelados al escuchar las dudas de Sandoval, evidentemente, no creyó ni una palabra de lo que dijimos, se notaba en su expresión. No paraba ni un segundo de intimidarnos, observaba nuestros pálidos y confusos rostros mientras un nuevo cigarro encendía. El escenario era demasiado confuso para él. Éramos los únicos en el lugar. Demasiado sospechoso. Teníamos la dura tarea de convencerlo de que no estábamos involucrados.

—¿Qué hacían en este lugar, chicos? De alguna u otra forma lo voy a averiguar, pero está en ustedes decirme la verdad —insistió con voz grave apuntándonos con su dedo índice.

—No tuvimos nada que ver con este asunto, oficial. Circulábamos con dirección hacia el oeste con la idea de encontrar a unos amigos perdidos, después nos topamos con este hecho lamentable. Decidimos colaborar con el hombre accidentado llamando a una ambulancia, pero nuestros teléfonos carecen de señal. Se nos ocurrió trasladarlo por nuestra cuenta al hospital más cercano, pero este bendito auto se descompuso. En fin, como usted puede ver, estamos completamente varados, sin opciones, en medio de la fría cordillera de Los Andes. Luego, apareció con su camioneta roja y comenzó a intimidarnos con su falta de credulidad —explicó Blas con tono elevado a punto de perder la calma.

—Ok, tranquilo joven… Simplemente necesito corroborar los hechos. Voy a suponer que lo que dicen es verdad. De todas formas, voy a interrogar al herido en cuanto recobre el conocimiento. Por lo tanto, les pido que no se alejen de la zona hasta confirmar los sucesos —expresó Sandoval un poco más convencido que antes.— ¿Qué ocurrió con sus amigos? Mencionaron que están perdidos —continuó interrogando tras un espeso humo de tabaco.

En ese momento me descongelé y comencé a contarle al oficial lo ocurrido con Luciano y sus colegas. Blas aportó mencionando que la familia de Lucho había realizado la denuncia policial a causa de la repentina desaparición. Dicho eso, abrió la puerta delantera izquierda de su camioneta susurrando entre dientes. Se tiró en el asiento del conductor dejando caer el peso de su cuerpo sobre su pierna derecha, mientras que la izquierda permanecía fuera del vehículo. Comenzó a revolver debajo del torpedo, lugar desde el cual tomó una radio móvil de comunicación. Hizo varias llamadas por una extraña frecuencia. Del otro lado, alguien respondió exaltado, pero con mucha descarga.

—Buenas tardes Rivero, hemos tenido un accidente vial sobre ruta nacional 7 a 41 km al oeste de Uspallata y a 23 km al este de la localidad los Penitentes. ¿Me copia? —informó con serenidad. —¡Fuerte y claro, señor! Eso sería a la altura de Polvaredas si no me equivoco. ¿Cómo ocurrió el siniestro vial? ¿Hay heridos? —El oficial Rivero, de la comisaría seccional 23 Uspallata, estaba devolviéndole el comunicado.

Sandoval le describió los hechos con lujo de detalles, tal y como se lo habíamos contado. También, lo mandó a averiguar si existía una denuncia policial por parte de la familia sobre la desaparición de Luciano y sus dos amigos. Con mucha interferencia, Rivero mencionó que iba a mandar una ambulancia al lugar y se comprometía a investigar y comunicarse luego de obtener respuestas. Este concluyó con la comunicación colgando el móvil nuevamente bajo el torpedo. En ese instante, pendientes de la charla establecida entre los oficiales, oímos un quejido de dolor proveniente del auto de Sebastián. El chofer del camión gemía con un malestar desesperante.

—¡Me aplasta! ¡Me aplasta! ¡El chupacabras! —repetía una y otra vez sin sentido el chofer moviéndose bruscamente. Edwin colocó la palma de su mano derecha sobre la frente del conductor delirante. Pudo comprobar que hervía de fiebre, por lo que debíamos actuar de forma urgente. Todos estábamos nerviosos y alterados por el estado crítico del hombre. El oficial Sandoval se encontraba parado como una estatua contemplando el duro escenario en medio de la ruta, pensando en una posible o rápida solución para atenuar el inconveniente. El chofer retomó el sueño profundo en aquel asiento trasero. La ausencia de palabras se hizo notar. El único sonido era el del viento polar de aquel cruel atardecer, acompañado por los acordes del caudaloso río Mendoza. No dejaba de pensar en Luciano, y en sus dos amigos que lo escoltaban en esa caminata, en la preocupación que debía sentir su familia y su novia Victoria.Mi angustia fue interrumpida por el ruido proveniente del encendedor recargable de Sandoval. Comenzó a fumar nuevamente para acortar la espera. El tercer cigarrillo dio inicio a una nueva quema de tabaco. Podía percibirse una gran adicción a la nicotina. Sus uñas mostraban un pálido color marrón claro, mientras que el sudor delataba un vicio considerable. Sin mostrar preocupación, contemplaba y disfrutaba del puro, apoyado sobre su camioneta. Segundos más tarde pude escuchar el sonido de un vehículo que se aproximaba. Volteamos en dirección hacia el este. Percibimos una sirena a lo lejos retumbando, haciendo eco e iluminando de rojo la gran geografía cordillerana. Una ambulancia se acercaba a gran velocidad. El aroma a caucho quemado desplazó con facilidad al campestre cuando el conductor del servicio de emergencias clavó los frenos en el congelado pavimento.

—¡Ya era hora! No sabemos el estado de salud del hombre recostado sobre el asiento trasero del auto. Ni sabemos con exactitud lo que ocurrió aquí —explicó Sandoval, a los enfermeros, sin saludarlos.

—¡Buenas tardes, señores! No se preocupen, nosotros nos ocuparemos del hombre —respondió uno de ellos, descendiendo rápidamente.

—¿Saben cuál es su nombre? ¿Dónde vive? ¿Con quién? ¿Algún conocido o familiar con el que podamos comunicarnos e informarles lo sucedido? —Hizo reiteradas preguntas el practicante, corriendo hacia la parte trasera de la ambulancia donde retiró una camilla blanca.

Sandoval revisó los bolsillos del herido mientras ponía al corriente de la situación, mencionándole las incoherencias que este emitía desvanecido, al joven camillero. El chofer llevaba consigo una billetera que albergaba el documento de identidad, el cual delató su procedencia desde el vecino país. Enrique Valdivia era el nombre del camionero.

—No se preocupen. Él va a estar bien, vamos a cargarlo y trasladarlo al hospital de Uspallata. Es el más cercano. Allí le harán una serie de estudios para determinar su estado —continuó el sanitario cargándolo con ayuda de su compañero.

Sandoval les proporcionó una tarjeta para que se comunicaran con él ante cualquier novedad. Luego de concluir, la ambulancia emprendió viaje alejándose poco a poco con la ensordecedora y cegadora sirena roja. La noche se asomaba con calma mientras la ambulancia se perdía por la oscura y sombría ruta 7. El sonido intenso de la sirena se alejaba más y más ocultándose entre las montañas. Cruzados debrazos algunos, otros con las manos en resguardo de los bolsillos, observábamos como aquel transporte se perdía por la carretera. Sandoval nos invitó a subir en su camioneta con el fin de llevarnos a Uspallata. Allí pasaríamos la noche y obtendríamos señal para llamar a la grúa con el fin de remolcar el auto de Sebas. No podíamos retomar la búsqueda de nuestro amigo debido a que la noche se había hecho protagonista. Una vez en la ciudad, el oficial organizaría una búsqueda policial en el cerro Penitentes y en sus alrededores dedicada exclusivamente a los chicos. Mientras tanto, sin objetar absolutamente nada, debíamos quedarnos en un hotel a pasar la noche para luego reparar el auto de Seba en algún taller cercano. Por último, regresaríamos a Mendoza, pero no sin antes declarar en la seccional 23. Ante los ojos de este continuábamos siendo sospechosos por el siniestro vial. Alrededor de las 10:00 p. m., detuvo la marcha de su Ranger roja en la estación de servicio de Uspallata. Descendió del vehículo para cargar combustible. El fuerte olor a gasoil nos activó las neuronas a los cuatro dentro de la camioneta. Luego, se acercó a la ventanilla trasera y golpeó el vidrio en el cual se apoyaba mi cabeza.

—Chicos, voy por un café. ¿Alguien quiere uno? Tienen cara de que lo necesitan.

Con mucho gusto acepté uno. Los muchachos únicamente decidieron comprar algo para comer. Al regresar con el café y unos sándwiches, el agente mencionó unas cabañas eslavas de nombre Bogdan ubicadas en la calle Chacay a dos cuadras de la ruta 7. Allí, era el lugar perfecto para pasar la noche. Muy acogedoras y buen precio. Los cuatro estábamos de acuerdo en ir. Necesitábamos asearnos y descansar luego de un largo día de estrés. Después de aconsejar el lugar para hospedarnos, no se cansó de repetir reiteradas veces, que al día siguiente debíamos llevar el auto a un taller para luego declarar en la seccional. Subió a su vehículo, le dio marcha y condujo hasta el complejo de cabañas. Nos encontrábamos bastante cerca, por cierto. Al llegar a destino, mientras descendíamos de la camioneta, Sandoval recibió un llamado por radiofrecuencia. Se trataba nuevamente del oficial Rivero quien hizo mención del chofer, Valdivia se hallaba internado en observaciones del hospital de Uspallata. El centro médico quedaba a la vuelta de donde pensábamos hospedarnos. Destacó que el estado del conductor era reservado. También informó que la denuncia sobre la desaparición de Luciano y los dos amigos era cierta. Este finalizó la conversación encendiendo otro cigarro, el número cuatro o cinco tal vez, si no me equivoqué en contarlos.

—Chicos, que tengan suerte. Traten de descansar. Mañana, luego de declarar, pueden regresar a sus casas, sus familias deben estar preocupadas. Por la mañana voy a mandar unas patrullas para buscar a los tres desaparecidos en Penitentes —expresó exhalando el nauseabundo humo de tabaco. —Gracias oficial, le pedimos que por favor nos mantenga al tanto. Estamos muy preocupados por nuestros amigos. Necesito que entienda que no vamos a permanecer tranquilos —supliqué al mal agestado oficial.

Dicho eso, intercambiamos los números de celular con el objetivo de no perder la comunicación con él. Minutos más tarde giró en “u” abandonando el lugar. Parados como idiotas, observábamos al comisario esfumarse por la calle Chacay en dirección a la ruta 7. Decidimos entrar al hospedaje eslavo, donde una señorita muy amable nos atendió cordialmente. Nos acomodamos en una cabaña con cuatro camas, un baño, cocina-comedor y lo más importante, wifi. La noche se tornó más helada de lo que venía. Lo primero que hicimos fue tratar de encender una vieja salamandra próxima a la puerta principal. Tomar una ducha caliente y recostarnos en las camas era justo lo que ansiábamos, pero no sin antes conseguir algo de leña para calentar el ambiente. Contactamos a nuestras respectivas familias informándoles lo sucedido con los chicos y la descabellada idea de buscarlos, lo que nos llevó a quedar varados en Uspallata. Sebastián llamó a la compañía de seguros que había contratado para su auto. Por fortuna su vehículo sería remolcado y trasladado en unas horas al taller más cercano. Un poco más calmados y relajados, permanecimos recostados pensando en Luciano. Meditando acerca del día vivido y en el pobre chofer herido a causa del extraño accidente vial. Estábamos esperanzados en que Sandoval y sus patrullas encontrarían a los tres sin problemas. Blas aprovechó para llamar a Vicky y ponerla al corriente, la pobre continuaba muy angustiada y desesperada por su desaparecido novio. Por el tono de voz era evidente que había llorado desconsoladamente. Se encontraba acompañando a la familia de Luciano, quienes transitaban por un pésimo y desconcertante momento buscando consuelo entre sí. Este concluyó la llamada con una lágrima de por medio. La angustia era tan grande que carecíamos de apetito, solo necesitábamos descansar en las viejas camas de madera de aquella rustica cabaña de troncos. Me acerqué a recepción para solicitar algo de leña. No había nadie allí, solo varias mesas y cuadros en las paredes. Las imágenes deslumbraban con hermosos paisajes desconocidos para mí. —¿Hermosas, verdad? Cada foto muestra un paisaje diferente de Ucrania. Mi padre es fotógrafo. Él las tomó. Es una forma de recordarsu país natal —explicó, la bella recepcionista, tras el gigantesco mostrador.

—Son muy buenas, tu papá tiene talento —expresé observándola directo a los ojos.— Soy Facundo, mucho gusto señorita —continué acercándome a ella con cierto temblor en mis piernas. Estreché su delicada mano mediante una formal presentación. Kveta Antonenko, la simpática recepcionista que cautivó mi atención. Su nombre era de origen eslavo, más precisamente de Ucrania. Las cabañas pertenecían a sus padres nacidos en aquel lejano país de Europa. Hacía tan solo veinte años que residían en Uspallata. Con gran esfuerzo su abuelo Bogdan compró el terreno en el cual posteriormente comenzó a construir el complejo. Por desgracia, aquel hombre emprendedor no tuvo la suerte de ver su proyecto terminado. Un fulminante cáncer de pulmón se interpuso en su camino destruyendo despiadadamente sus sueños. Tiempo después, su hijo decidió terminar lo que él una vez empezó. Para homenajearlo, colocó el nombre Bogdan como alias del complejo de cabañas. Una historia verdaderamente conmovedora. Quedé deslumbrado durante varios segundos ante su tierna mirada y el dulce tono de su voz.

—¿A qué se debe tu visita a recepción? —preguntó Kveta, algo incómoda, al ver que quedé inmerso en un profundo silencio.

—¿Eh? Perdón, me colgué pensando en otra cosa… Necesito encender la salamandra y no hay leña en la cabaña —contesté nervioso, sonrojado por demás.

Con una sonrisa encantadora, Kveta indicó el lugar donde se encontraba la pila de troncos. Agradecido me despedí de ella y abandoné la sala con el sudor corriendo por todo mi cuerpo. Al regresar, los muchachos contemplaban un sueño intenso sumergidos en sus camas. Luego de encender la calefacción, una ducha caliente fue la perfecta solución para relajar el cuerpo al extremo, y quedar completamente dormido en el viejo catre de roble. El sol ingresó violentamente a través de la estrecha ventana que conectaba con el patio. Una dura noche había quedado atrás, opacada por la luz de otro día invernal. Blas mantuvo las cortinas abiertas como de costumbre. Su TOC se caracterizaba por el rechazo al encierro total, sobre todo en ambientes reducidos, como era el caso del hospedaje. La claridad me despertó de inmediato. Al abrir los ojos noté un sentimiento físico similar a la tristeza. Una angustia presionaba mi pecho y los latidos se aceleraron de forma paulatina. Decidí vestirme e higienizarme para quitar el peso de las ojeras. El espejo reflejaba el resultado de una falta de descanso y agotamiento excesivo. Las causas debían estar relacionadas con las preocupaciones que cargué a lo largo del día. Los ataques de pánico nocturnos habíanregresado mediante un episodio de ansiedad. Creí haber superado el problema de la clinofobia durante la infancia, pero debido a la situación que estábamos atravesando los síntomas volvieron a manifestarse. Acomodé mi cabello y salí en busca de un poco de aire fresco. Los muchachos dormían profundamente. Lo merecían después de todo. Una vez afuera, el hermoso predio de césped amarillento junto a la piscina calmó mi ansiedad inexplicablemente. Allí estaba la bella chica de recepción. Me acerqué saludándola educadamente, mientras ella levantaba algunas hojas moribundas amontonadas sobre el congelado pasto seco. Con una bella y cautivadora sonrisa me alegró la mañana.

—Disculpe, señorita Kveta, ¡buen día! Necesito comprar algo para el desayuno. ¿Conoce algún lugar cercano? —pregunté perdiéndome ante la belleza de sus ojos.

—¡Buen día, Facundo! Sí, cerca del hospital hay una panadería donde hacen unas medialunas muy ricas —contestó, amablemente, explicando con señas hacia dónde debía dirigirme.

— ¿Pudieron descansar bien? ¿Pasaron frío? —interrogó.

—Sí, gracias. Tienen un lugar muy bonito, las cabañas son completas y acogedoras —respondí con las manos en los bolsillos de la campera.

Después de la pequeña, pero agradable, conversación abandoné el hospedaje con dirección hacia la panadería. Los árboles desnudos movían sus ramas bailando al compás del frío viento invernal. No paraba de contemplar el bello entorno que proporcionaba Uspallata. En eso, me encontré caminando sobre la vereda del hospital, lugar donde permanecía internado Enrique Valdivia. Mirando detenidamente la iluminada cruz roja de entrada, decidí que era prudente ingresar y averiguar por él. Necesitaba saber cómo estaba. Si había logrado recobrar el conocimiento. Expliqué en recepción, que en compañía de unos amigos, hallamos al conductor herido en un accidente vial sobre la ruta 7. La elegante dama tras el mostrador me comunicó con el médico que llevaba el caso. Por fortuna se encontraba estable, aunque con quebraduras en su brazo derecho y en tres costillas. Además, recibió un fuerte impacto en la cabeza ocasionándole un leve traumatismo en el cráneo, pero aun así permanecía estable en sala común y recientemente había recobrado el conocimiento. Autorizaron mi ingreso luego de varios minutos de conversación con el doctor Bertollini. Entré en la sala donde se encontraba Valdivia. Estaba despierto mirando hacia la ventana, tenía yeso en su brazo derecho, vendas cubriendo su torso y también en su cabeza. Me puse contento en cuanto vi su estado favorable. Lo saludé acercándome, poco a poco, al costado de la cama. Desconcertado respondió al saludo observándome de reojo. Obviamente él no meconocía, ni siquiera recordaba que estuvimos en el lugar para auxiliarlo.

—¡Hola!, buen día, señor Valdivia. Mi nombre es Facundo Williams. Fui testigo junto a mis amigos del accidente que tuvo ayer sobre la ruta. Colaboramos con su rescate —comenté.

—¡Hola, chiquillo! Desde ya muy agradecido a usted y a sus amigos. Salvaron mi vida. No logro recordar nada después del choque, solo secuencias borrosas —respondió con voz ronca luego de toser tres veces. El hombre conducía desde Chile con el objetivo de entregar un cargamento de conservas en un depósito ubicado en Mendoza capital. Había logrado cruzar el paso fronterizo horas antes de que gendarmería decretara el cierre del mismo por derrumbes. Iba muy concentrado bebiendo una gaseosa, mientras manejaba su Volvo por la ruta 7 a la altura de Polvaredas, y de pronto, en una pronunciada curva, una extraña criatura aterrizó de pie sobre la carretera. Al parecer brincó desde un cerro para interceptar al camión. Con la idea de esquivarlo, perdió el total dominio del volante y posteriormente volcó sobre el pavimento. El hecho ocurrió alrededor de las 10:00 a. m. del día domingo. Atascado con el cinturón de seguridad y sin lograr moverse a causa del dolor que sentía, permaneció consciente por unos minutos, lo suficiente como para identificar, a través del cristal del parabrisas, al culpable: un monstruo de unos dos metros de altura, de gran porte, con apariencia similar a un ganado. Tenía cabeza de toro decorada con enormes astas de color negro y llevaba un enorme aro entre las fosas nasales. Su contextura física era similar a la de un humano. Poseía pezuñas en sus dos patas, sus robustos brazos finalizaban con enormes manos, las cuales albergaban unos dedos gruesos con afiladas uñas oscuras. Un deslumbrante pelaje azulado cubría todo su cuerpo. Una especie de taparrabos gastado color verdoso ocultaba su entrepierna. Su cola peluda flameaba mientras observaba detenidamente al conductor. En la mano izquierda empuñaba un hacha con un filo espeluznante, mientras que su antebrazo derecho alojaba un llamativo escudo metálico. El extraño ser con un brinco de cinco metros de altura, aterrizó sobre el volcado acoplado del transporte. Valdivia comenzó a escuchar como el metal del semi era terriblemente dañado, un desesperante sonido, como si enterrara las terribles uñas o el hacha en la estructura. Seguido de eso, el chofer oyó a la bestia destruir y devorar las latas de conservas. Con impotencia, dolor y miedo entró en estado de shock. No podía creer por lo que estaba atravesando. Nunca antes vio algo similar como aquel día. Pensó que sería su fin, que la criatura vendría a matarlo. Después no recordó nada más. Su cabeza se vio envuelta en un confuso panorama con imágenes distorsionadas. Creyó que setrataba de algún ser parecido al famoso “Chupacabras”. Que la leyenda de hace unos años era cierta. El testimonio de Enrique me había dejado paralizado y deslumbrado. Parecía imposible. Muy irreal para aquel que no estuvo presente en el lugar del hecho. Me proporcionó la última pieza que faltaba para armar el rompecabezas, el arete hallado sobre el acoplado pertenecía al minotauro. ¿Quién era esa criatura? ¿De dónde venía? ¿Qué quería? Salí del hospital desesperado. Necesitaba tranquilizarme. Un nuevo ataque de pánico me obligó a colocarme de rodillas sobre la vereda. Sensación de náuseas y un fuerte mareo complicaron mi estado. Como pude corrí hacia las cabañas para contarles a los demás sobre el relato del camionero. Kveta observó mi arrebatada entrada al complejo y no dudó en acercarse. Los muchachos estaban levantados y vestidos para salir.

—Facu, ¿qué pasa? ¿Por qué esa cara? ¿Dónde estabas? —preguntó Blas con preocupación.

Edwin y Sebas me miraban desconcertados. No lograba responder a la pregunta. Tenía una especie de nudo en la garganta con una asfixia importante. La dura confesión de Enrique Valdivia me dejó impactado. Me senté en la cama y les conté todo con lujo de detalles pese a la insuficiencia respiratoria. Kveta escuchó cada palabra, de pie afirmada en la puerta de ingreso a la cabaña. Todos se agarraban la cabeza al escucharme relatar la increíble historia del minotauro azul.

—Facu, es muy fuerte esto. Tenemos que ir con Sandoval para contarle todo —interrumpió Seba con desesperación.

—¿Y si esta criatura tiene algo que ver con la desaparición de Luciano y los demás? —continuó Blas perdiendo el control.

Kveta tomó asiento a mi lado, sostenía un vaso con agua que segundos más tarde bebí para calmarme. No lo pensamos demasiado, cuando logré reponerme, decidimos emprender rumbo a la seccional 23. Debíamos poner al comisario Sandoval al corriente de la terrible situación y del posible peligro que se aproximaba. Era la única persona capaz de ayudarnos. Abandonamos el rústico complejo con tensión en el ambiente.

21 de Septiembre de 2021 a las 00:19 0 Reporte Insertar Seguir historia
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