gbiaddjiih José Millán

«Vivimos en una isla de plácida ignorancia, rodeados por los negros mares de lo infinito, y no es nuestro destino emprender largos viajes.» H. P. Lovecraft


Suspenso/Misterio Todo público.

#horror #relato #misterio #diario #herencia #maldición
0
10 VISITAS
En progreso - Nuevo capítulo Cada 30 días
tiempo de lectura
AA Compartir

El Baúl Mundo

«Vivimos en una isla de plácida ignorancia, rodeados por los negros mares de lo infinito, y no es nuestro destino emprender largos viajes
H. P. Lovecraft

No es bien sabido entre las voces del populacho, que los subsuelos de algunos pueblos circundantes a las fortalezas de epopeya, poseen canales subterráneos artificiales que fueron fabricados durante las épocas remotas anteriores a la emancipación de la isla caribeña. Mucho menos sabida es la leyenda que sugiere los clandestinos tránsitos de saqueadores insaciables, quienes los utilizaban para el transporte de innumerables riquezas, extraídas de las desembocaduras de los túneles, ahora desconocidos por el tiempo.

Y quién me diría a mí que sería yo mismo, participe de un descubrimiento tan oscuro como enigmático y fascinante, en el que ahora me hallo inmerso y del que intuyo, solo he rasgado una escabrosa superficie, cuya dureza haría desfallecer al más decidido de los excavadores o al más ambicioso arqueólogo. Pues la naturaleza de estos hechos, tengo ahora la certeza, se remontan a un origen remoto, así como también su desenlace, sea cual fuere, sucederán a mi existencia y este texto, quizá solo sea un eslabón más de esta espantosa cadena.

Que sirva lo antes escrito como una breve introducción a lo que ya acontecido, más no aún asimilado, me dispongo a expresar de forma ordenada y limitada a los hechos estrictos en los que me he visto involucrado. Me refiero al hecho que ha cambiado mi vida por completo y que afortunadamente, pude registrar paralelamente en mi diario personal mientras se desarrollaba. Ya advertía desde los primeros instantes, el vertiginoso desenlace de los acontecimientos, cuyos riegos previamente intuidos, motivaron aún más mis deseos de dejar constancia escrita ante el posible advenimiento de algún hecho catastrófico que interrumpiese mi labor.

Pero lo que no pude advertir en su momento, y que ahora, analizado a posteriori, resulta perturbadoramente representativo como desencadenante de estos hechos. Como orquestado por una perversa y diabólica personificación, de eso que llamamos destino y que no es más que una sucesión de hechos causales. Todo iniciaría en agosto del año 2017, con la diversidad de objetos y documentos, entre otras cosas que bajo mi poder quedaron, la fatídica tarde en la que tomaría lugar el fallecimiento de mi abuelo materno, reconocido artista y carpintero del pueblo.

Me perdonará el cielo por lo que, me atrevo a decir, pocos días después se convertiría en la razón de mi incontenible alegría. Cuando pude nuevamente ingresar sin dificultad a la extraña y enigmática habitación del anciano, la cual llevaba mucho tiempo cerrada, y cuyo interior no resultaba completamente extraño para mí. Y es que, puedo recordar una infancia de estrecha cercanía con el hombre, quien inculcó en mí, mucho de los sustanciales conocimientos artísticos que hoy en día poseo, quien me motivaría a la talla de la madera y la piedra de jabón, y me ayudaría a dar los primeros pasos en el dibujo y las esculturas rudimentarias. Pero el tiempo nos fue distanciando de forma inevitable, tal vez porque mi mente precoz, dejó de encontrar en él la figura paterna que nunca tuve en esos instantes, y lo que él a mí pudo aportarme, por la pena de haber perdido al único hijo varón que tuvo, luego de que este, por razones aún desconocidas y cada vez más crípticas que mi curiosidad ha podido determinar, una noche, ya hace casi 18 años, abandonase repentinamente nuestro hogar.

Sería para mí mismo de esperar que me tomase el tiempo necesario para revisar todos sus papeles y objetos personales con cierta atención. Me dispuse con este propósito a inmiscuirme minuciosamente en la habitación del difunto, que por razones claras, siempre me pareció sumamente misteriosa, por serme restringida y atentar contra la inherente curiosidad de mi infancia. También estrecha y polvorienta, como pude comprobar cuando finalmente pude entrar.

La habitación, como ya he dicho, era pequeña, y parecía aún más reducida por el tiempo y los objetos que ella contenía. No eran tantos, pero cada una ocupaba un espacio inamovible, puesto que encajaban como las piezas de un extraño rompecabezas. En el centro, lo que más ocupaba era la cama, una fina y colonial pieza de caoba oscura de su propia manufactura. Al lado derecho, había un estrado de madera y sobre él reposaba, tal y como recordaba de mi infancia, una Biblia polvorienta.

Justo a mi lado, en la esquina bajo la ventana que da hacia el interior de la casa, había ropa tirada y también estaba recostado aquel cuadro que contenía una prolífica colección de la moneda antigua del país. Aunque estaba deteriorado y cubierto de polvo, el interior estaba intacto: el fieltro rojo sobre el que se posaban los antiguos pero impecables billetes y las monedas de antaño, trajeron a mi mente recuerdos gratos de aquella última y diría que única vez que estuve dentro de estas cuatro paredes.

Pero al lado izquierdo de la habitación, justo debajo de la ventana que da al taller de carpintería, reposa el gran baúl mundo de madera, cuyo contenido, desde que era un niño, siempre había despertado en mí una intriga y curiosidad particular. Y era ahora, con el fallecimiento de mi abuelo, que esos sentimientos serían saciados finalmente, puesto que ya no había nada, ni nadie, que me impidiese adentrarme en su contenido, y ello generaba en mí una mezcla de emoción y ansiedad que no podía contener.

Antes de levantar la tapa que afortunadamente no estaba cerrada con llave, primero tuve que desocupar su superficie, la cual parecía no haber sido limpiada en años, ni desplazado los objetos de la misma, por las marcas que dejaban en la madera al retirarlos. En su mayoría, eran papeles sin ninguna importancia, y montones de pilas de monedas antiguas que hablaban de su ya sugerido gusto por la numismática.

Cuando finalmente abrí el baúl, mi primera impresión fue de una ligera decepción, pues solo veía más papeles, esta vez más limpios y ordenados, y unos tan grandes que estaban enrollados de forma cilíndrica y colocados a los costados. Pero cuando hube apartado todo ello del medio y por fin pude divisar lo que había debajo, mi corazón dio un vuelco de emoción al darme cuenta que también habían dos cajas. La primera que decidí examinar, era cuadrada y de un plástico negro y rugoso que contenía algo muy pesado. La saqué con cuidado, sosteniéndola con ambas manos por el asa y la puse sobre la cama, pulsé los dos botones que tenía en el costado y al abrirla, vi que se trataba de una exquisita máquina de escribir, de color madera y con detalles dorados que generaron en mí una fascinación apabullante. Recorrí sus teclas con los dedos e intentaba imaginar todas las historias que habrían sido escritas con ella. Me fijé que en el torno había una hoja amarillenta, y al sacarla, vi que tenía escrita una serie de números aparentemente aleatorios, algunos con tinta negra y otros con tinta roja.

Me di la vuelta y volví al interior del baúl, y empecé a ojear los diversos papeles que había, ya que mi intuición y la propia lógica, me decían que alguna importancia debían tener, por el simple hecho de haber preferido mi abuelo mantenerlos bajo la custodia de este contundente baúl.

He de decir que de él nunca hubo pretensiones literarias, como pude corroborar por sus notas, de las cuales era evidente su incapacidad motriz a la hora de escribir, tanto por su letra, tosca y atropellada, como por la inexistente sintaxis gramatical. Ya había demostrado en vida que sus manos fueron hechas para las artes más rústicas, y no para la delicadeza de la palabra escrita, por lo que rápidamente proseguí a revisar con más cuidado, todo lo que no fuera de su puño y letra, pudiendo encontrar un gran número de facturas y registros legales sobre la adquisición de objetos artesanales, y sobre la venta de los mismos. Y es que, según me cuenta mi abuela, ellos tuvieron, a finales de los años 80, una fructífera tienda de artesanías y antigüedades, a la que también acudían diversidad de personajes, en su mayoría extranjeros, quienes le ofrecían piezas más exóticas de incuestionable valor, y que mi abuelo adquiría sin dudar, generando así las diversas deudas que terminaron por hacer quebrar el negocio.

También había viajas revistas y recortes de periódicos, entre los cuales, llamó mi atención uno en el que se hablaba de sus tempranas actividades escultoras, llegando a realizar una destacada exposición de un busto de Bolívar en Caracas, en el año 1983.

Aparté los papeles y me dispuse a sacar la otra caja. Esta vez era un baúl rectangular de madera, e inmediatamente identifiqué que era de la realización propia de mi abuelo. Al contemplarlo con detenimiento, pude comprobar la dedicación y el esmero efectuado, pues eran sus detalles: una serie de tallados y grabados geométricos en bajo relieve, los cuales exaltados por una tinta de vino y brillante barniz, los que determinaban una extraordinariamente lujosa pieza de ebanistería; de las más prolíficas que haya realizado mi abuelo en su vida.

Y si así era el contenedor, no podía mi mente albergar el valor de su contenido, el cual solo podía intuir por el contundente peso que su forma expresaba. Pero para mí horror, rápidamente comprobé lo que más temía en ese momento, y es que el baúl, el cual empezaba a costarme sostener, estaba cerrado, y necesitaba una llave que para mí desgracia, yo no poseía…

15 de Septiembre de 2021 a las 17:50 0 Reporte Insertar Seguir historia
0
Continuará… Nuevo capítulo Cada 30 días.

Conoce al autor

José Millán Pgxitfidqatqj igxti ie Oqjv Aniqtjg z ea qgvqogqlqcagxi pkfagqdad.

Comenta algo

Publica!
No hay comentarios aún. ¡Conviértete en el primero en decir algo!
~