numerodoce Número Doce

Ser testigo del asesinato de un compañero, lleva a Julieta a la completa locura. Creyendo que la verdad del crimen saldría a la luz, descubre que en su colegio a nadie parece importarle, mas a ella sí; pues, más allá de su tormento, Julieta comienza a ser acosada por algo que parece ser un ente en busca de venganza.


Horror Horror adolescente Sólo para mayores de 18.

#terror #miedo #suspenso #locura #245 #383
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Capítulo 1

El cielo tenía un tono anaranjado; ya eran más de las cinco de la tarde y Miguel aún no había salido del colegio. No estaba castigado, no llevaba ningún taller vespertino, y aun si lo llevase, ese viernes —para los de cuarto año de secundaria— no había ninguno. Es más, ese día y a esa hora la escuela estaba más vacía que nunca. Y así se mantendría hasta las siete, que comenzaba el turno de la noche.

Miguel esperaba a una chica.

Desde el segundo piso, sentado en las escaleras, veía el portón principal del edificio: algunos alumnos y maestros entraban y salían cada cierto rato. Sin embargo, a Miguel eso lo tenía sin cuidado: a él solo le importaba que apareciese Julieta.

Mientras los minutos pasaban, la angustia comenzó a hacerse presente. Y fue que, ya pasada las cinco y media, el muchacho se convenció de que esa chica no iba a aparecer nunca. Se puso de pie y, completamente abatido, bajó las gradas para irse a casa.

Caminando por el patio, vio que iba a toparse con un compañero de su clase. Se puso tenso, no tenía ánimos para nada; menos para ese muchacho, quien solía fastidiarlo y llamarlo vaca tetuda cada vez que se encontraban. Fingió no verlo y pasó deprisa por su lado; el compañero ni lo notó: estaba muy inmerso en su discusión por teléfono. Miguel se sintió aliviado, aunque eso no apaciguó la depresión que crecía en él cada vez más.

«¿Enserio pensaste que esa chica iba a encontrarse contigo? Sí que eres tonto», pensó mientras llegaba a la salida del colegio.

El muchacho recordó lo emocionado que había estado esa mañana cuando, acabando el receso escolar, en su móvil había aparecido un mensaje de Julieta, donde le decía que tenía muchas ganas de salir con él, y que debían verse esa misma tarde a las cinco en punto. Lo primero que Miguel pensó fue que la chica se había equivocado de número. «Una chica tan guapa como ella jamás invitaría a salir a alguien tan gordo y tonto. Imposible». Pero Julieta no se había equivocado, pues luego, en su móvil, apareció un último mensaje que decía: «Nos vemos en el colegio. Sé puntual, Miguel. Besos».

El naranja del cielo comenzaba a desaparecer. Y antes de a travesar el umbral de la salida, Miguel reparó en algo que antes no se le había ocurrido. Quizás Julieta sí se había equivocado, pero de persona. Es decir; quizás iba a encontrarse, pero con otro Miguel.

«Claro, eso es», pensó. «Pero; espera. No importa si se ha equivocado. En el mensaje ponía: 'nos vemos en el colegio a las 5'. Ella debió estar aquí de todas formas, y no está por ningún lado».

Finalmente, sus pensamientos cedieron ante la terrible e inminente idea de que Julieta —la chica de sus sueños—, simplemente había jugado con él. No se había equivocado ni nada; lo había citado para dejarlo plantado por pura diversión.

Negó con la cabeza. «Ella no haría eso».

Imaginó varias posibilidades para escudarla. Que quizás le había ocurrido algo malo: un accidente, o que no la dejaron salir de casa, o que, en todo caso, se le había olvidado. Cualquier teoría era válida; todo, menos que Julieta se hubiese burlado de él.

«¿O sí lo había hecho?».

Se detuvo afuera del colegio, y a pesar de que las luces en los postes ya estaban encendidas anunciando la noche, Miguel aún no había perdido todas las esperanzas. Allí, de pie, continuó buscando a Julieta con la mirada, imaginando que, tras una esquina, la chica iba a llegar corriendo hacia él, se disculparía por la tardanza y lo demás no iba a importar, pues él sería el chico más feliz del mundo. Pero no; no vio a nadie corriendo. No la vio ni en la acera ni en el estacionamiento. Había un par de personas que caminaban hacia la escuela, pero ni una era ella.

Era lógico. Julieta no corría ni caminaba; estaba de pie, apoyada en un muro y apenas visible tras un poste, fumando un cigarrillo y viendo directamente al desconcertado muchacho que acababa de salir del colegio, el mismo que la buscaba muy preocupado.


***

Cuando Miguel la vio, no supo que hacer o decir. Ella estaba allí, cruzando la calle, tan tranquila como si nadie la hubiese estado esperando desde hace rato. Quizás debía irse sin más, o tal vez encararla, pero tenía miedo: esa chica no solo le gustaba; lo intimidaba más que nadie.

Según Miguel, Julieta tenía diecisiete: iba en quinto año, aunque, seguramente, había repetido un curso o dos, pues parecía mayor. Era alta y delgada; su cabello era tan negro como las ropas de cuero que usaba, tenía los ojos avellana y los labios pintados a veces en rosa, a veces en violeta (ese día, violeta).

Julieta se encaminó hacia él.

—¿Por qué diablos tardaste tanto? —preguntó luego de dar una bocanada de humo, casi gritando y cruzando la calle con total despreocupación. Su voz sonaba un poco enojada y un poco divertida.

—¿Qué? —murmuró Miguel tontamente.

Y mientras se acercaba, notó que la mirada hosca de Julieta se convertía en una expresión de altivez. Tiró el cigarrillo y se detuvo en su delante. Y al tenerla tan cerca, el muchacho sintió el aroma de su perfume; no sabía que era, pero le encantaba. Asimismo, se quedó hipnotizado viendo su rostro: sus ojos, sus pómulos, sus labios; para Miguel, era perfecta.

—¿Y enserio te vas a quedar viéndome así toda la tarde? —increpó la chica con notable incomodidad.

El muchacho volvió a la realidad y mientras apartaba la vista hacia el suelo, contestó:

—Lo siento. Es que eres muy... muy bonita.

—Te juro que no hace falta que me lo digas —contestó Julieta poniendo los ojos en blanco—. A diario me doy cuenta, ¿sabes?

Antes de que Miguel se disculpase de nuevo, ella añadió:

—No, no te disculpes otra vez, ¡por favor! Solo quiero saber a dónde vamos a ir.

—No, no lo sé —tartamudeó Miguel. Todo aquello le parecía un sueño, por lo que apenas podía pensar con claridad. Y a pesar de que tenía infinitas preguntas, estaba dispuesto a quedarse callado toda la tarde con tal de solo verla y escuchar su voz.

Julieta exhaló con molestia.

—Entonces ven; entremos al colegio: quiero tomar agua—. Metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y caminó delante de él hacía dentro del edificio.

Miguel estaba más que nervioso, y con lo tímido que era, no se atrevió a bajar la mirada mientras la chica caminaba al frente. Por otro lado, lo que sí quería hacer era presumir. Estaba con una de las chicas más atractivas del colegio (la más hermosa para Miguel); quería que todo el mundo los viese juntos, así que se apresuró para caminar a su altura. Nunca había presumido nada —pues nunca tuvo nada que presumir—, por lo que, caminar con Julieta era lo mejor que le podía pasar en la vida. Luego de atravesar la puerta de la escuela, buscó con la mirada a aquel compañero que había visto hace un rato: quería ver su cara cuando lo viese con ella; pero no lo encontró. Apenas había un par de estudiantes entrando a la biblioteca; el colegio seguía vacío.

—Enserio me incomoda que caminemos sin hablar —comenzó a decir la chica mientras veía algo en su celular—. Y yo estoy cansada. Anda, di algo tú.

—Pues... ¿Por qué llegaste tarde?

Ella sonrió.

—No llegué tarde, niño. Simplemente, no llegué. No llegué a entrar, mejor dicho. Estaba afuera desde las cinco en punto. Soy muy puntual, ¿sabes?

Eso lo desconcertó. Si hubiese sido cualquier otra persona, Miguel estaba seguro de que se hubiese enfadado mucho. Pero era Julieta —la chica de sus sueños—; no podría enfadarse nunca con ella, por lo que solo le devolvió la sonrisa.

—¿Y por qué no entraste?

Ella dio otra exhalación.

—Pues... me hacía la interesante. —Volvió a sonreír, aunque esta vez pareció una sonrisa forzada.

Miguel iba a contar todas las veces que sonriese.

—Bueno, en realidad tú eres interesante hagas lo que hagas —comentó atropelladamente e intentando sonar amable, pero se arrepintió al instante: Julieta no reaccionó como esperaba. La chica dio una última exhalación, apretó los labios y dijo:

—Odio que me halaguen. Pensé que ya te había quedado claro.

—Pues yo... —Miguel respondió de inmediato—. Lo lamento, lo lamento.

La chica se detuvo en seco. Entonces, el muchacho recordó que, antes, ella le había pedido que no volviese a disculparse. Se sintió realmente estúpido; cerró los ojos y esperó que le dijese algo como: «¿Sabes qué? Mejor me voy, eres muy tonto. Hasta nunca, idiota». Sin embargo, Julieta se mantuvo en silencio. Así que, con miedo, Miguel abrió los ojos; y lo que vio fue la sonrisa más hermosa que vería en toda su vida.

—Solo estaba bromeando —dijo ella con dulzura y, mientras reía afablemente, agregó: —Espero no haberte incomodado tanto con mi actuación de chica mala. ¿Me perdonas?


***

Los ánimos de Miguel aumentaron desmesuradamente. Cuando volvieron a andar no tenía ni idea de a dónde iban; solo la seguía sin importarle nada más. Subieron unas gradas hasta llegar a un tercer piso: esa era la parte más inhabitada en todo el colegio. Miguel se dio cuenta de ello porque oía con claridad el eco de sus pisadas.

—Oye, ¿qué hacemos aquí? —preguntó sintiendo algo de inquietud. El cielo ya comenzaba a oscurecerse y ese inhóspito pasillo parecía fantasmal. Si hubiese estado solo, el muchacho habría estado muerto de miedo; pero estaba con Julieta, eso le bastaba para ser valiente.

—¿No me digas que te asusta este piso?

—Claro que no —mintió Miguel—. Solo que nunca he llevado ningún curso aquí, y rara vez vengo, y solo de día, y no hay casi nadie en el colegio, y...

—Y no importa —interrumpió la chica—. Yo sí vengo a menudo por aquí, ¿sabes?; pues uno puede fumar en aquel salón del fondo. Y como es la parte más abandonada en todo el colegio, puedes venir con quien sea y hacer lo que quisiesen sin que nadie los vea o escuche.

Miguel se ruborizó. Nunca había tenido a Julieta por una chica tranquila o pura, pero tampoco por alguien tan libertina; por tal motivo le sorprendió oír aquello. Siendo él un muchacho inocente, no quería imaginar qué podría haber hecho Julieta en ese salón las otras veces que había estado allí, y menos con quién.

—¿Y ahora en qué piensas? —preguntó la chica con algo de diversión en la voz—. No te preocupes, no te traje aquí para hacerte algo malo. No soy tan mala como parezco, Miguelito.

Y le tomó la mano, llevándolo hasta ese último salón del que hablaban. Con la poca luz que había, se veía que el lugar no era utilizado para hacer clases, pues había muchas mesas y sillas viejas, rotas y apiladas por todo lado. Miguel se detuvo antes de entrar al aula.

Julieta sonrió.

—¿Qué? ¿Aún tienes miedo?

—No, ¿por qué lo tendría? —tartamudeó y tragó saliva—. Aunque me gustaría saber qué hacemos aquí.

Julieta tiró de su mano, y con eso Miguel entró completamente al oscuro salón.

—Pero, ¿por qué entramos a...

Julieta lo besó, y luego añadió en un susurro:

—Te mentí. Sí te traje para hacerte algo malo. —Lo volvió a besar.

Pensó que era un sueño, y estaba dispuesto a odiar con toda su alma a quien lo llegase a despertar. Pero no; toda esa fantasía —la cual ni en sus más profundos deseos hubiese imaginado— estaba ocurriendo en verdad.

Mientras daba su primer beso, ignoró estar en la escuela, ignoró que ya era de noche, ignoró estar en ese salón abandonado y terrorífico, e ignoró la sombra que se había movido entre las mesas apiladas del fondo.

Cuando Julieta dejó de besarlo, creyó que podría al fin calmar sus emociones y tranquilizarse; pero no, ocurrió todo lo contrario; sintió que en cualquier momento iba a desplomarse por el repentino temblor que sintió en el cuerpo. Julieta se había puesto de cuclillas y comenzaba abrirle la bragueta de los pantalones.


***

Después de unos segundos, mientras Julieta comenzaba a bajarle los pantalones, el muchacho notó que, en la esquina del salón, había una sombra que se movía. No obstante, estaba tan excitado, que no quería distraerse. Tener a la chica de sus sueños bajándole los pantalones era lo mejor que le podía pasar, y no quería que nada interrumpiese tal escena; por eso se convenció de que aquella sombra había sido solo su imaginación.

Cuando Julieta empezó a quitarle la ropa interior, Miguel volvió a ver que algo se movía en la oscuridad. Está vez era demasiado evidente; no era imaginación suya; algo se movía allá atrás: una sombra, una sombra que se acercaba hacia ellos muy lentamente.

—¿Qué sucede? —cuestionó Julieta cuando ya le hubo bajado los calzoncillos—. Estás demasiado nervioso. Estás temblando.

El muchacho no reaccionó de inmediato, pues, lo siguiente, ocurrió antes de que pudiese comprenderlo siquiera.

Primero, Julieta, después de bajarle la ropa interior, se puso de pie, le dio un beso en la mejilla, y luego se apartó para que el chico que acababa de salir de entre las sombras, empezase a fotografiar a Miguel, quien, a parte de tener los calzoncillos abajo, tenía una erección.

Julieta volvió a sonreír.

Los flashes del teléfono tomando fotos hicieron comprender al muchacho que esa pesadilla estaba ocurriendo de verdad. No podía, no quería creerlo; y en su desesperación solo pudo cubrirse el pene con las manos. Quería correr, quería llorar, pero estaba paralizado; ni siquiera podía hablar, lo único que se escuchaba en el salón eran las risas de aquel chico. Lo reconoció de inmediato; lo había visto en otra ocasión conversando con Julieta: era su novio. Y vio que ella —la chica de sus sueños— se reía junto a él, era más acomedida, pero se burlaba igualmente.

—Lo siento, Miguel. —Logró escuchar entre sus risas.

Era tanto el miedo que sentía, que el muchacho notó que su erección había desaparecido, pero lo siguiente fue peor: pues comenzó a sentir un líquido caliente entre las piernas. Aún en shock, no comprendió que se estaba orinando hasta que el novio de Julieta dijo:

—Mira; se está meando. —Y rio más fuerte que nunca, tomando más fotografías con mucha más emoción.

«¡Es suficiente!».

Repentinamente y entre lágrimas, Miguel —aún con los calzoncillos abajo— se giró y tomó su mochila mientras recordaba las palabras de su tío Enrique. «Oye», le dijo una vez; «veo que, aparte de retrasado, eres gordo. Qué triste ser como tú. Mira, toma». Miguel metió su mano en un bolsillo de dentro de la mochila. «Usa esto si alguien te molesta. Se abre así y se clava así». Y cogió la navaja que le había regalado, la cual siempre llevaba consigo.

—¡Miguel, no! —chilló Julieta cuando vio que el muchacho corría con la navaja en la mano hacia su novio.

Ocurrió un forcejeo; pues, aunque Miguel ya daba por hecho que clavaría el cuchillo en la garganta del otro chico, tal cosa no ocurrió de ese modo. El novio de Julieta tenía músculos y era más alto y rápido, y al parecer ya había peleado con navajas antes. Y aunque Miguel estaba cargado de adrenalina no fue suficiente.

«Mátalo, idiota», se decía, mientras luchaba por clavarle el cuchillo en el cuello. El otro chico intentó quitárselo, pero Miguel lo tenía muy bien agarrado, por lo que solo optó por coger sus muñecas. Miguel tenía más fuerza de lo que pensaba.

Mientras todo eso ocurría, Julieta no sabía qué hacer. En la oscuridad del salón apenas veía a los dos muchachos forcejeando: su novio intentaba sacarse de encima al enloquecido Miguel. Entonces, acercándose más a la lucha, y presintiendo lo peor, exclamó:

—¡No lo mates! Por favor, no lo mates.

Por un momento, Miguel creyó que se lo decía a él, por un momento sintió que aquella mujer temía por la vida de su novio; se sintió con poder. Pero hasta en eso fue un idiota. Ella no se lo decía a él, se lo decía a su novio.

—¡No lo mates, Braulio!

Y era cierto: Miguel ya no forcejeaba por clavarle la navaja, sino para que Braulio no se la clavase a él. Se esforzó, pero tampoco fue suficiente.

Ella no sonrió más.

En el cielo comenzaron a aparecer unas cuantas estrellas.

—¿Qué hiciste? —preguntaba Julieta, con miedo e incredulidad en el rostro.

Su novio, tan desconcertado como ella, ni siquiera llegó a escucharla; también estaba muerto de miedo y apenas comprendía lo que había hecho. Mientras tanto, Miguel caía al suelo agarrando la navaja clavada en su garganta.

Lo último que vio, fue a Julieta —la chica de sus sueños— tapándose la boca y llorando. Y luego no vio nada más.

13 de Septiembre de 2021 a las 20:26 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Conoce al autor

Número Doce Soy hombre, me llamo Ronaldo. Si uso avatares de chicas es porque todas mis cantantes, actrices, personajes de ficción, influencers, etc... favoritas son mujeres (al menos la gran mayoría). Lo que más me gusta es el terror, el drama, el romance, la comedia y la fantasía; y ya... pa tu casa, bro.

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