u16314049031631404903 Mario Rodríguez

Antaño, feroces guerras se desarrollaron entre los autodenominados puros y los llamados Kródagos, mestizos con la habilidad de controlar levemente los elementos. Dichas guerras terminaron con el desarrollo de un evento cataclísmico, producto del poder y sacrificio de una Kródago Heredera, los más hábiles entre ellos. Dando paso a lo que se conoce como la era de la pureza. En la actualidad, 1200 años después, nuevos reinos y gobernantes se alzan sobre las tierras de Ohrmia. Los Kródagos, que se creían ya un mito, nuevamente vuelven a nacer y ocultarse entre los pueblos y ciudades. Reyes y príncipes sufren de corrupción y traiciones; herederos de imperios son buscados en tierras ajenas; batallas se desatan por doquier y aterradoras bestias gobiernan algunas zonas del continente. Ohrmia y sus habitantes están a punto de vivir eventos que los cambiarán por completo y los harán volver a aquellas épocas oscuras que ya nadie quiere siquiera recordar.


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PRÓLOGO: El Comienzo De Una Era

La ciudad no dejaba de sacudirse intensamente. Las catapultas del Ejército Unido no cesaban en su afán de derribar completamente las murallas con sus proyectiles de roca maciza. En las calles de Talintia; enfrentamientos violentos, entre los Kródagos y los guerreros de la Unión, se desataron en cada esquina. Las lanzas y las espadas se blandían ferozmente con el único objetivo de matar. Cotas de malla, trajes de cuero, y hasta acorazadas armaduras de placas de acero, se encontraban sangrantes sobre los empedrados caminos. Cuerpos totalmente calcinados, congelados y desmembrados se podían observar recostados en cualquier dirección que el ojo escogiese. Los Kródagos, resultados del mestizaje entre elfos, hombres y ahridios, tenían la habilidad de controlar, con fiereza, los elementos naturales como: el fuego o el viento, sin embargo, el ejercer esta habilidad requería mucho esfuerzo y, a veces, hasta la muerte.


La batalla había durado ya 2 Soles y los resistentes muros blancos que rodeaban al Palacio de los Herederos comenzaban a derrumbarse. Las altas casas de la ciudad, de paredes encaladas y tejados rojizos, comenzaban a quemarse. Pilares de humo ennegrecido se levantaban para acompañar a las nubes. Fuertes gritos de ferocidad y dolor se escuchaban por todas partes. El sonido del acero chocando contra el acero retumbaba en los callejones de la ciudad, acompañado del sonido que genera la sangre al derramarse. La Unión por fin estaba logrando su objetivo. Según decían: una vez que los muros blancos cayeran, el palacio color escarlata caería sin dificultad. En este enfrentamiento, los combatientes del Ejército Unido eran claramente mayoría… y no tenían intención de desperdiciar tan grandiosa ventaja.


A las afueras de la ciudad, sobre las Colinas de Hierro, el campamento de la Unión se mantenía expectante. Tres estandartes ondeaban sobre altos mástiles de metal oscuro. La primera, que tenía un dragón blanco con plumas doradas posado sobre un fondo verde, representaba a los elfos. La segunda, de fondo negro con un dragón rojo como la sangre, el cual en una de sus garras sujetaba violentamente a un hombre mientras, sobre su lomo, llevaba montado a otro, representaba a los ahridios. La tercera, la de los hombres, ostentaba a una inmensa ave color rojo con las alas estiradas y que simulaban estar completamente en llamas sobre un fondo púrpura.


—Su Majestad, para informarle que los Kródagos han comenzado a retroceder. Los muros blancos están comenzando a derrumbarse y pronto podremos acceder al palacio —informó agitadamente un joven soldado, pues había corrido unos 500 metros desde Talintia hasta la ubicación del emperador. El combate había dejado su armadura de cuero totalmente destrozada y, además, uno de sus brazos se encontraba casi enteramente calcinado.


El emperador, sentado sobre su caballo negro, miró de soslayo al joven soldado y simplemente levantó su mano para indicarle que se quedara atrás con los demás hombres; aquel joven entendió la indicación y obedeció. Los negros ojos del emperador estaban meramente concentrados en observar la ciudad. Su capa roja, decorada con hilos de oro en sus hombreras, se movía al ritmo del viento como si de una danza se tratase. Su vestimenta de cuero negro estaba completamente limpia, se notaba que no había pisado el campo de batalla en el que sus hombres estaban luchando con valentía. Flanqueando, sus 4 Adalides, Grohka, Zandar, Merian y Faron se hallaban sentados también sobre sus caballos.


—Zandar —anunció el emperador sin retirar su vista de la ciudad—, eres mi Adalid de Guerra, ¿Cuánto crees que le quede a esta ciudad? Supongo que tú deberías saberlo.


Zandar, vestido con el mismo traje de cuero negro que el emperador, pero sin la hermosa capa que solo este podía ostentar, se acercó un poco más con su caballo. Su cabello castaño, tan largo como la cola de su semental, caía sobre su espalda cuando el viento no lo elevaba. Sus ojos negros, acompañados de una mirada tan fría como la de un cadáver, daban a su rostro pálido una apariencia intimidante. Sus hombres, los guerreros pertenecientes a la Punta de Guerra, no se atrevían jamás a mirarlo directamente a la cara. Llevaba envainada, en cada lado de su cinto, una espada curva con el rostro de un dragón en su pomo.


—Pronto comenzará a anochecer y la ciudad aún está ardiendo —indicó con voz seca y continuó—: Hace horas que iniciamos el fuego y aún sigue vivo, podría indicar que los Kródagos que tienen la habilidad de controlar el agua o el aire, que fácilmente podrían apagar las llamas, están demasiado cansados o, en el mejor de los casos, muertos. Si todo sigue así, atravesaremos los muros blancos en muy poco tiempo, pero… no sabemos lo que pueden ocultar las paredes de ese palacio. Talintia es la ciudad de los impuros y dudo mucho que solo un montón de mestizos sea su mayor defensa.


—Supongo que en eso tienes razón, hijo mío —añadió el emperador—. La batalla ha durado solo 2 Soles y estamos por ganar, aun así…, con el poder que tienen esos malditos, fácilmente pudieron haber arrasado a gran parte de nuestras tropas desde el inicio. Más que atacar, parece que quisieran… —El emperador dio un violento giro con su caballo y cabalgó a gran velocidad hacia donde estaban reunidos sus hombres—. ¡Rodeen la ciudad por completo! —ordenó eufórico—. Creo que estos sucios intentan escapar por algún lado. Busquen cualquier hoyo en la muralla exterior. Si ven que algo se mueve, aunque sea una simple sombra, quiero que le disparen una flecha. No quiero correr riesgos. —Su capa se movía con el frío viento que comenzaba a llegar desde el oeste. Los hombres de la Unión, agotados, lo miraban inmóviles y escuchaban con atención—. ¿Por qué no veo que alguien se haya movido? ¡Muévanse ahora mismo!


En la ciudad, las esféricas rocas lanzadas por las catapultas comenzaron a caer directamente sobre las calles, destrozando las edificaciones que se cruzaban en sus rutas de caída. Hombres y elfos «puros» seguían combatiendo contra otros hombres y elfos Kródagos. El aire de Talintia se había tornado muy pesado y tenía el olor metálico de la sangre mezclado con el asfixiante olor del humo. El sol estaba cayendo rápidamente y en menos de media hora habría desaparecido en el horizonte. Hombres de ambos bandos eran atravesados por flechas, lanzas y estacas de madera. No había espada en la ciudad que no estuviera enrojecida por las vidas que había segado, ni Kródagos que no estuviese completamente exhausto por el uso de sus habilidades. Cerca de los muros internos que rodean al Palacio de los Herederos, los Kródagos más hábiles, y también los más exhaustos, se encargaban de que los hombres del Ejército Unido no llegasen a las puertas este.


Un pequeño río, con forma circular, separaba al palacio de los muros blancos. La hermosa edificación se alzaba sobre rocas negras que habían sido pulidas para que estuviesen perfectamente alineadas con las paredes. Las paredes del palacio, hechas con enormes bloques de granito rojo, se alzaban acompañadas de elegantes decoraciones doradas en las vidrieras horizontales y en pequeñas hornacinas en las que se hallaban pequeñas estatuillas de animales. Arbotantes de mármol se elevaban en los laterales y pilares, tan blancos como la nieve, sujetaban, en lo alto, a enormes pináculos también dorados. Un pequeño puente de piedra negra, y también pulida, unía a la entrada en la muralla interior con los escalones que subían hasta las puertas principales. Tres torres de color escarlata se erguían, dos, tan altas como la muralla exterior, flanqueaban al palacio desde pequeños islotes en medio del rio y, la tercera, tan alta como las nubes, se alzaba en el centro del palacio, y solo era accesible desde el interior del mismo.


En la entrada, parados sobre el puente negro, se encontraban 3 Kródagos, 2 de ellos ahridios, la tercera una elfa.


—Xa’Nari, hermana, el tiempo se está acabando. No podemos esperar más.

—No… no quiero dejarlos atrás, Rakho. Ni a ti, ni a Bralh.

—Mira el cielo —indicó Bralh mientras apuntaba—. No faltan ni 30 minutos para que el sol haya desaparecido. Eres la única Heredera de Kritoria aquí y, una vez que el sol se haya ido, ya no podrás utilizar tu poder.


La mirada de Xa’Nari observaba detenidamente la ciudad. En sus ojos se reflejaban las llamas que quemaban su hogar y sabía que las lágrimas que comenzaron a escurrir por sus blancas mejillas no le servirían para apagarlas. Su cabello gris se dejaba llevar por el frío viento, al igual que las túnicas blancas que los 3 llevaban puestas; sus orejas, curvas y con la forma de una daga, se movían con nerviosismo.


—¿Por qué? ¿Por qué tienen que hacer esto? No les hemos hecho nada, ¿Por qué nos odian? —preguntó casi cayéndose al suelo por el cansancio que sentía.

—Nos odian porque… existimos —respondió Rakho mientras observaba el cielo—. Para ellos solo somos una amenaza. Siempre hemos sido completamente pacíficos, pero saben que tenemos la fuerza para derrocar cualquier imperio. Nos odian porque nos temen.


—Pero…, ¿es esa una excusa para matar? Yo misma observé cómo masacraron a unos niños. ¡Niños! Sus gritos… aún… aún puedo oírlos gritar.

—Nos tratan como si fuéramos monstruos, sin embargo no se dan cuenta de las barbaries que realizan. —Bralh, sujetando una daga larga y curva, comenzó a caminar hacia la entrada en el muro interior; las rejas que antes la protegían, ahora solo eran metal aplastado por rocas. Ya no había nada que detuviese al Ejército Unido y él lo sabía—. Se están acercando, puedo oír sus sanguinarios pasos y el acero de sus espadas. ¡No pierdas más tiempo, Xa’Nari, sube a la Torre de los Herederos y haz tu trabajo!


—Bralh, tiene razón —indicó Rakho observándola directamente a sus ojos, tan grises como su cabello—. No puedes perder el sol. La mayoría de los habitantes y nuestros hermanos ya escaparon por los túneles del palacio; en este momento deben estar yendo a gran velocidad hacia el sur. Los que nos quedamos en la ciudad solo lo hicimos para protegerte y ganar un poco de tiempo para que pudieras recuperarte. Es tu trabajo decidir si nuestro sacrificio será en vano. Y espero que no lo sea.


Una mirada tranquila y una leve sonrisa fueron lo último que expresó el Kródago antes de caminar hacia la devastada ciudad. Sabía muy bien que no viviría un día más, pero estaba dispuesto a ganar todo el tiempo posible. Xa’Nari, observando detenidamente la caída del sol, no estaba dispuesta a desperdiciar el sacrificio de sus aliados. Mientras un pequeño vendaval, producto de la habilidad para controlar el viento que tenía Bralh, y un muro de llamas, de Rakho, se alzaban como última medida de protección a sus espaldas; Xa’Nari se internaba en el interior del castillo, a la vez que escuchaba el choque de aceros tras el muro elemental. Sabía que no tendría mucho tiempo y debía apurarse.


Paredes blancas y techos abovedados se abrían a su paso. Haces de luz se internaban por las vidrieras e iluminaban con claridad el polvo de los pasillos. Cuadros hermosos con marcos de plata y oro se exhiben, casi seguidamente, en cada espacio de las paredes curvadas. Una alfombra negra con bordes rojos y dorados se mostraba prístina sobre el piso de baldosas blancas, como si el polvo evitara tocarla. La elfa, yendo lo más rápido que su cansancio le permitía, se desplazaba con firmeza por cada una de las hermosas estancias del palacio. Así siguió hasta llegar a una enorme puerta de madera azul que daba a las escaleras que subían hasta lo alto de la torre central. Pasos alborotados comenzaron a escucharse tras ella cuando iba subiendo los eternos escalones; debían de ser al menos 1000 de estos en forma de caracol hasta la cima. Los soldados enemigos le seguían el paso, gritando y chocando sus espadas y lanzas en las paredes de los pasillos. —¡Creo que está por aquí! No, por aquí. Creo que vi algo moverse más allá—. Gritaban sin siquiera detenerse a buscar nada.


«Ya falta poco. No puedo detenerme ahora. En algún momento encontrarán la puerta», pensaba Xa’Nari mientras subía. Cuando ya iba por la mitad de la torre. Iluminada por la luz que se internaba por las aspilleras que se repartían por todos los muros. Los segundos pasaban. La puerta azul se abrió y los soldados pudieron observarla mientras subía. —Miren, allá va. No la dejen escapar—. Ellos subían más rápido que la joven elfa, pero esta ya estaba muy adelantada y en unos cuantos escalones más llegaría hasta la cima. Subían con el objetivo de no dejarla escapar, aunque olvidaban que estaban en una torre y en la cima no había por dónde huir, a menos que huir fuese lanzarse hacia el vacío.


Ya en la cima, Xa’Nari, examinando atentamente los últimos retazos de la luz solar, utilizó su habilidad para concebir entre sus manos una pequeña esfera de luz blanca, tan brillante y hermosa como el mismo sol, más bien, parecía un pedazo de él. Los soldados atravesaron la pequeña entrada que había en el piso y se detuvieron, sorprendidos.


—¿Qué es lo que planeas hacer, maldita mestiza? —inquirió uno de los 3 que habían llegado a la cima.

—Sí, todo lo que ustedes hacen solo atenta contra nuestras costumbres. Son una maldición de la que nos debemos librar —añadió otro mientras de su ojo derecho solo quedaba una cuenca sangrante.

El viento era fuerte, frío y aullador. Si no plantaban los pies con firmeza, seguramente caerían. El cabello y la túnica de Xa’Nari se movían con salvajismo. El olor del humo se podía oler aún en lo alto de aquella torre. La esfera de luz que ella poseía, iluminaba con gran fuerza a los allí presentes. Sus ojos estaban completamente concentrados en ella hasta que ésta levantó la cabeza y les habló:

—Ninguno de nosotros quería llegar a esto… —Sus ojos demostraban una profunda tristeza que acompañaban a su voz temblorosa—, Solo queríamos ser libres. Solo queríamos vivir.

—No nos importa tu vida, ni la de los demás Kródagos, ustedes no son más que una plaga, una maleza que hay que arrancar de raíz —afirmó el tercer soldado que no había hablado—. No sé lo que planeas con esa cosa que tienes en tus manos, pero estoy seguro de que no es nada bueno. ¡Soldados! No perdamos más el tiempo y acabemos de una vez con esta maldita elfa.


Los hombres afirmaron con la cabeza y estiraban sus espadas mientras se acercaban lentamente hacia Xa’Nari. En los escalones todavía estaban subiendo algunos. Al sol solo le quedaban unos 3 minutos de vida y, si no hacía algo rápido, a ella mucho menos tiempo. Las cotas de malla que vestían los soldados, generaban un tintineo que se iba con el viento, y sus espadas, tan largas como sus brazos, relucían por la esfera de luz.


—Rogaré porque algún día, en esta u otra era, ustedes, los que se hacen llamar «puros», dejen de ser tan insensatos. —Esas fueron las últimas palabras que se escucharon en aquella torre, antes de que Xa’Nari, con gran fuerza, utilizara las palmas de sus manos para presionar aquella brillante esfera.


Un deslumbrante pilar de luz, proveniente del mismísimo cielo, cayó sobre la elfa y esta sonreía mientras su cuerpo era evaporado. La esfera de luz que aún tenía en sus manos emitió un brillo tan intenso que por un par de segundos desapareció cualquier pequeña sombra que se hallase sobre el continente. Los soldados que estaban demasiado cerca sintieron como sus ojos eran derretidos por el intenso calor que ella emitía. Cuando el cuerpo de Xa’Nari fue totalmente desintegrado, centenares de haces de luz se emitieron desde la esfera hacia el cielo, de allí, cayeron como gruesos pilares sobre la tierra que arrasaban todo a su paso. El ejército que se hallaba en las Colinas de Hierro, solamente observó como un enorme e incandescente pilar de luz cayó sobre ellos. Todos fueron desintegrados a menos que polvo.


Todo el continente de Ohrmia tembló brutalmente por lo acontecido. Los pilares de sol seguían cayendo y con ellos, fuertes mareas inundaron parte de la tierra; montañas enteras desaparecieron y donde no las había, las más altas se alzaron; tierras llenas de vida se convirtieron en desiertos y desiertos se convirtieron en verdes valles; donde no había ríos, estos comenzaron a fluir y donde había bosque, solo quedó madera muerta. Naciones enteras fueron erradicadas y ciudades pobladas quedaron en ruinas. Este era el poder que tanto temían los «puros», la Ira del Sol. El poder que, según decían, Kritoria, el Supremo de la Luz, daba a aquellos escasos Kródagos que nacían con la habilidad de controlarla.


Pocos fueron los hombres que quedaron intactos sobre estas tierras. Los Kródagos que escaparon, no se sabe a dónde fueron a parar. Y los pertenecientes al Ejército Unido que por casualidad no fueron eliminados, no aprendieron la lección, pues más odio invadió sus corazones y sus armas estaban listas para seguir erradicando a aquellos que consideraban monstruos impuros.


Después de un tiempo, todos los mestizos desaparecieron de Ohrmia, no se les volvió a ver y los que quedaban en los distintos pueblos y ciudades fueron masacrados. La ciudad de Talintia, antiguo hogar para todos los Kródagos, se transformó meramente en un enorme cráter. Los pilares de luz perforaron la tierra hasta llegar a unos subterráneos ríos de lava. Y en el centro del cráter, la enorme torre escarlata, epicentro del violento poder, es lo único que hasta nuestros Soles se mantiene en pie. En la actualidad se la conoce como la Torre de la Victoria, sin embargo, no se sabe qué bando le dio tal nombre.


Decenas de guerras y cientos de batallas se libraron para conformar las 5 regiones que hoy dividen Ohrmia. Zérxarus y Mórthiumh se convirtieron en hogar para los hombres; Vall’Ázar en el de los elfos, Ahridia en la tierra de los ahridios y Narulhta… Nadie sabe aún lo que hay en Narulhta. Aquel poder devastador que hoy en día aún es temido, y la desaparición de todos los Kródagos, hicieron que los «puros» ahora se dediquen a matarse entre ellos mismos. Dando inicio a lo que, desde hace 1200 años, se conoce como la Era de la Pureza.

12 de Septiembre de 2021 a las 00:31 0 Reporte Insertar Seguir historia
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