darkholder Alberto Martínez

Una invocación, cinco sacrificios humanos y un hombre dispuesto a todo con tal de lograr volver a abrazar a su hijo fallecido. Sin embargo, esta noche no será la Muerte quien acepte su invitación. Dos señores del averno responden a su llamada, y ninguno piensa renunciar a su premio. Todos los derechos reservados. Registrado en Safe Creative.


Fantasía Fantasía oscura No para niños menores de 13. © Safe Creative

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Piedra

La noche era tan clara y silenciosa, que sus pasos sobre la grava que tapizaba el suelo del camino de la entrada a la antigua fábrica de puertas y ventanas, resultaban groseros y molestos. O esa era la sensación que le daban. Qué curiosa era la mente humana, que se perdía en divagaciones absurdas cuando la realidad le era adversa.


Arrastraba el último cuerpo, envuelto en una pesada lona húmeda que unas horas antes cubría una piscina portátil, en el patio trasero propiedad de su víctima número cinco.


Lo subió a estirones por los escalones de hierro colado, negros y anaranjados por el óxido de años de falta de mantenimiento. Cuando había humedad suficiente en el ambiente, gruesas gotas rojas se desprendían de la estructura metálica, creando charcos y riachuelos por doquier, de tal manera que el edificio parecía desangrarse con lentitud, acusando el abandono. Lo sabía, porque lo había visto; era uno de los motivos por los cuales había escogido aquel lugar relativamente apartado.


Escuchó como el bulto que arrastraba gruñía y se quejaba mientras su cabeza rebotaba en todos y cada uno de los escalones, pero no le prestó demasiada atención.


"Enfócate en los detalles importantes, solo en eso", se repetía así mismo una y otra vez.


"Sé minucioso, pero no remilgado. Poco importa su dolor, si en breves momentos morirá por tu mano"


Llegó a lo que dos décadas atrás habían sido los vestuarios y baños de los empleados. Una sala amplia a la que incluso se le habían retirado los tabiques, en busca del preciado plomo que conformaban las viejas cañerías. Entre el desmantelamiento y el vandalismo, el recinto se había transformado en un espacio casi diáfano, alejado de las ventanas y con los agujeros de los desagües todavía visibles.


Aquello le iría bien para deshacerse más tarde de la sangre.


Soltó el saco cerca de una de las cinco puntas de la enorme estrella que había dibujado durante la pasada luna negra en aquel suelo recubierto de óxido, virutas de madera y polvo rancio. La sangre que no pudiera limpiar o eliminar por los desagües, sería indistinguible del entorno en un par de días.


Había seleccionado con mucho esmero todo los elementos a usar durante aquella noche. La tiza, en realidad un trozo de yeso, la obtuvo de un fulano que trapicheaba con sectas, y se suponía que procedía de las paredes de un nicho de un cementerio desacralizado.


Las velas, gruesas y negras, realizadas con sebo procedente de cadáveres de suicidas o muertos con violencia, las adquirió a una orden de monjas con voto de silencio, mas no de castidad, como así lo atestiguaban las profundas cicatrices que sus uñas habían dejado en su espalda. Tenía que agradecer a Pfizer por la ayuda química en forma de pastillas azules que le había permitido copular con todas ellas durante tres interminables noches. Y al supermercado, por las botellas de vodka que le permitieron sobrevivir con un mínimo de cordura, a las lenguas acartonadas y los alientos a leche agria, vejez y podredumbre.


El cuchillo mellado que le aguardaba en el interior del círculo de piedra blanca salina que contenía la estrella, salió del retén de la policía nacional, relacionado con un asesino en serie no identificado y usado en al menos cuatro muertes confirmadas. Era sorprendente la cantidad de gente que traficaba con lo truculento y hasta con el horror más inhumano.


"Y, sin embargo, intuyo que todo esto no es más que atrezo innecesario".


-Creo que solo se necesitan dos cosas, en realidad -murmuró mientras recorría el círculo buscando algún defecto. De paso iba dejando las cabezas de sus involuntarios ayudantes al descubierto, fuera de sus sacos y lonas. A su alrededor, cinco bultos. Cuatro hombres que lo miraban con ojos enloquecidos de pánico, y una mujer que aparentaba mantenerse más entera que el resto, pero todos ellos apenas capaces de agitarse dentro de sus envoltorios.


Todo parecía correcto. Depositó con delicadeza un contenedor metálico en el suelo próximo al centro de la estrella, del tamaño de una caja de zapatos. Quizá un poco más grande. A cambio, recogió el enorme cuchillo de cocina, y se dirigió al primero de sus prisioneros, que al verlo aproximarse comenzó a gemir detrás de su mordaza y a sacudirse con desesperación. Le realizó un profundo corte en la frente. Luego repitió la misma operación en todos, ignorando las lágrimas y los mocos. Aquellas heridas no los matarían, aún no. Cuando consideró que había suficiente sangre derramada, encendió la última vela situada en el centro del círculo que contenía la estrella y recitó unas palabras procedentes del Gran Libro de San Cipriano. Después, se sentó con las piernas cruzadas, aguardando mientras pensaba:


"La sangre y la intención, en realidad, es cuanto se necesita".


Esperó paciente, vestido enteramente de blanco y con la mirada oculta tras una amplia venda del mismo color que le cubría parte del rostro sin afeitar. Los cabellos ocultos por una capucha también blanca. Había que ser precavido. Venía a negociar, no a rendirse. El anonimato era importante si quería salir de aquello triunfante.


Los minutos se alargaron hasta convertirse en horas, pero él no se dejó engañar. Hacía rato que la temperatura había descendido casi diez grados de golpe, y desde entonces no había dejado de enfriarse el ambiente gradualmente. A través de la venda, no podía distinguir las nubecillas de su aliento, pero sí las luces brillantes del medidor de temperatura digital que descansaba a su lado.


"Sé que estás ahí... poniendo a prueba mi paciencia. Deseas calibrar mi ansia por lograr un pacto, pero me he preparado bien. Los betabloqueantes evitarán que mi cuerpo me traicione involuntariamente."


A su lado, una mochila de deporte roja, vulgar y sin marcas visibles, comenzó a agitarse, llamando su atención.


-Ah, claro. Podría ser...-dialogo consigo mismo en voz baja.


Introdujo la mano en ella y sacó, sujeto por las inmovilizadas patas traseras, un enorme gatazo negro que comenzaba a revolverse furioso conforme los efectos del tranquilizante que le había administrado, se disipaban. Su otra mano movió el cuchillo como un relámpago y le cercenó el cuello al animal, que lanzó al frente, fuera del círculo. La sangre había salpicado su inmaculada vestimenta blanca, pero le daba igual.


-Mis disculpas, casi me había olvidado de ese detalle -dijo en voz alta, dirigiéndose a las sombras que le rodeaban fuera del círculo de velas.


Ahora sí que hubo una reacción, cuando escuchó unos pasos firmes que se acercaban hasta la luz. Un hombre de estatura media, sombrero hongo e impecable traje de corte clásico con unos zapatos italianos con aspecto de haberse realizado a mano, se inclinó sobre el animal agonizante y humedeció dos dedos en la herida abierta. Después se los llevó a los labios, donde apenas si se demoraron un segundo, mientras asentía aparentemente satisfecho.


-Gracias. Es tradición, ¿sabes? Soy aficionado a respetar las antiguas formas -le contestó con una agradable voz de barítono -. No es que sean realmente necesarias, pero al igual que el envoltorio de un regalo, le dan un toque de distinción.


El hombre en el interior del círculo asintió y, por primera vez, tragó saliva al darse cuenta de que era capaz de advertir cada detalle de su aspecto, pese a la venda y la distancia que los separaba.


"No verás con los ojos, lo harás con el alma. Aun así, cubre los tuyos si quieres sobrevivir. Los ojos son una puerta", escuchó la voz cascada de una de las malditas monjas, la única que no había respetado el voto de silencio. Le había costado tener que yacer con ella en más de una ocasión durante aquellos tres días en la celda del monasterio, pero conocía su oficio. No podía ser más bruja.


-¿Cómo lo supiste? -le preguntó de repente aquel hombre, mientras parecía observar con indiferencia los inútiles esfuerzos de uno de los prisioneros por liberarse de sus ligaduras.


Sabía a qué se refería, por supuesto. Y ese detalle, junto con el necesario sacrificio del animal, le permitió identificar a su visitante.


-Un demonio de encrucijada -murmuró.


El recién llegado alzó una ceja, aunque parecía divertido. Tenía un rostro perfecto de facciones duras y mandíbula cuadrada, que lo hubieran convertido en un divo en el Hollywood de los años veinte.


-Vaya, casi suenas decepcionado. A fe mía, que es una reacción curiosa... A fe mía... ¿gracioso, no? -se rio, mostrando abiertamente una dentadura similar a la de un tiburón.


"Respeto. Siempre. No lo olvides. Son viejos, muy viejos. Y algunos, lo suficientemente orgullosos como para renunciar al cielo", regresó de nuevo la voz de la vieja. Mejor respondía a la pregunta de aquel ente.


-Conocí a alguien que trabajó en la construcción de este lugar. Soy sabedor de lo que encontraron al excavar para crear los cimientos. De las advertencias en la placa metálica de la edad media, de los restos humanos, cabezas, enterradas a los pies de un miliario romano aún más antiguo que la placa. De la ola de muertes que anegó de sangre la población hasta que volvieron a cubrirlo todo con hormigón.


Hizo una pausa, mientras se humedecía los labios con la lengua.


-He escuchado las voces, iracundas, susurrando en mi nuca mientras hacía los preparativos. Esto fue un cruce de caminos entre dos grandes vías comerciales de la antigüedad.


El extraño hombre asentía complacido conforme iba recibiendo la información de sus labios. Había completado dos vueltas alrededor del círculo mientras tanto.


-Sí, sí -hizo un gesto, como apartando una mosca.


-Siguen por aquí, al menos los fallecidos más recientes. Romaníes en su mayoría, gitanos, a los que las buenas gentes no dejaban usar los cementerios cristianos para sepultar a sus muertos. Esta tierra aún los recuerda.


Dio una palmada y se frotó las manos con vigor, una vez más, de pie frente a él. Del cadáver del felino, no había ni rastro.


-En fin, cuéntame que nos ha traído hasta tan insigne lugar. Cuento cinco sacrificios, nada menos. Veo que vas a por todas, muchacho... ¿Disculpa, tienes un nombre con el cual poder dirigirme a ti? -preguntó con falsa inocencia, señalándole con un dedo.


Casi suspiró de alivio. Al fin comenzaba de verdad, la negociación. Pero estaba listo, había invertido mucho tiempo en prepararse exhaustivamente para este momento, así que contestó con firmeza:


-Mi nombre es Piedra.


-Piedra -repitió el demonio con forma humana, inclinando ligeramente la cabeza, con escepticismo.


-Bueno, vale. Piedra entonces. Ya veo que vas a ser de los difíciles y, con cinco ofrendas humanas a mis pies, tengo claro que solo hay una cosa que puedas pedirme.


El hombre con el rostro vendado empujó ante sí la caja metálica y dijo con tono neutro:


-Quiero que le devuelvas la vida.


El demonio silbó de admiración.


-¡Bueeeeno, eso también puedes pedirlo! -exclamó.


Sus ojos centelleaban ahora con curiosidad nada disimulada.


-¿Seguro que no quieres que saque a alguien del infierno? Suele ser lo habitual.


-Su vida a cambio de las de estos cinco pilares de la comunidad. Cinco almas buenas, cinco luces a cambio de la del propietario de estas cenizas. -insistió Piedra, mostrando el contenido de la caja metálica.


El demonio guardó silencio, como sopesando el trato, mientras sus ojos iban de Piedra a las cenizas.


-Un bebé. Interesante. No sería la primera vez que extraigo a alguien del Purgatorio -murmuró entre dientes, mientras se acariciaba la barbilla pensativo -. Pero claro, los pequeños están a buen recaudo, en la zona más inaccesible... y tendría que dar muchas explicaciones. Los Tratados y esas mierdas...


El hombre que se hacía llamar Piedra lo sacó de su diálogo interno.


-¿Está en tu poder, diablo? Porque si no es así, dímelo y probaré suerte con algún otro compañero tuyo con mayor rango o ambición -dijo con voz áspera.


Se arrepintió casi enseguida, cuando la mirada de aquellos imposibles ojos verdes se achicó hasta parecer dos rendijas abiertas a la más profunda de las oscuridades. El termómetro descendió otros diez grados en pocos segundos, mostrando por primera vez valores en negativo.


-Una lástima, hasta el momento lo estabas haciendo bastante bien -se dejó escuchar una voz profunda detrás de él.


No se dio la vuelta, pero la intensidad, la increíble presión que percibía brotando a su espalda, casi lo empuja al suelo de bruces. Logró apoyar una mano en el piso y recobrar el equilibrio en su posición del loto, mientras veía la sorpresa dibujarse con lentitud en el rostro del demonio trajeado. Éste se irguió, contemplando a la oscuridad de una de las esquinas lejanas del recinto.


-Está siendo, ciertamente, la noche más movida de cuantas haya disfrutado en siglos -rio en voz alta el demonio -. Adelante, muéstrate, mi sorprendente invitado sorpresa.



28 de Agosto de 2021 a las 18:25 0 Reporte Insertar Seguir historia
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