katyaenriquez Katya Enríquez

Estoy muy cerca de cumplir los cincuenta años y lo menos que me importaba en un principio era enamorarme de nuevo después de haber cruzado el final de mi matrimonio. Por eso, me sumergí en mi trabajo y los cigarros para completar la falta de cariño, sin embargo, cuando conocí a aquella chica de forma casual no creí que avivaría el amor romántico que en mí se estaba marchitando.


Romance Romance adulto joven Sólo para mayores de 18. © Katya Enríquez

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Recuerdos

La vida en el condado de Umiza ha sido la misma desde que tengo memoria, las personas, sus trabajos, así como las hermosas locaciones de la zona. Pero, me he sometido tanto al trabajo que se me ha olvidado lo que es el amor, lo que me lleva a recordar a mi único y controversial amor, Angelica Valentina, la chica con la que me he topado cientos de veces, y me trae loco desde la segunda vez que la vi en aquel estacionamiento.

“Elegante como siempre” destacó con su bella voz.

“Muchas gracias, Angelica” contesté.

“Me ayudas con las...” preguntó olvidando cómo respirar y por suerte la conecté a si pequeño aparato portátil a tiempo.

“¿Mejor?” la observé.

“Sí” asintió acomodando la cánula nasal que estaba en ambas fosas nasales.

“¿Cómo has estado?” tomé sus compras y las metí en la parte de atrás de su auto.

“Muy bien, ¿cómo ha estado, señor Cárdenas?” cerró la cajuela.

“Atareado con el trabajo, no dejan de llegar clientes a la firma” respondí.

La plática así se cortó porque sus padres llegaron; para no incomodar me fui. Después Angelica llegó corriendo a darme mi maletín que había olvidado, le di las gracias además de ver que se había quitado su cánula, así como apagó la máquina.

Me dirigí al trabajo, terminó la jornada, regresé a casa, almorcé para después bañarme, así como descansar viendo mi programa televisivo favorito.

Así se repetía la misma rutina a excepción de que no siempre me encontraba con Angelica, además de que cuando pasaba no era en el mismo lugar ni con la misma ropa y mucho menos la misma hora.

El mes siguiente de habernos encontrado en ese lugar, yo salía del trabajo vestido formalmente con un traje gris en vez de ser negro como el mes pasado. Entré a la misma plaza para hacer las compras, tenía mucha hambre, así que, antes de ir al supermercado almorcé comida tailandesa del local más vacío, me gustó la textura; tiré la basura en el bote y me volteé.

Angelica con sus diecinueve años me estaba observando, sentí que me sonrojaba.

“Hola” me saludó sonriendo.

“Ah, hola, Angelica” le devolví el saludo.

“¿Qué haces aquí?” me cuestionó.

“Haciendo las compras” miré su hermoso vestido floreado.

“¡Son las 4 de la tarde!” dijo, “creo deberías cocinar en las noches tu almuerzo y llevarlo al trabajo” sugirió.

“No sería mala idea” pensé. “¿Qué haces sola aquí en la plaza?”

Hizo una pausa y creí que tendría un ataque.

Me tocó la mano diciendo que estaba bien, que no me preocupara.

“Empiezo a dominar esto” soltó. “Vine a la plaza para comprar pinturas y así, hacer bellos cuadros artísticos en casa.”

“Conozco el puesto indicado” quise ayudar.

“¿Qué tal si tú me llevas ahí y yo te acompaño al mercado? De todos modos, mis padres y mi hermana Spring, salieron de la cuidad para llevarla a su primera conferencia por haber hecho un descubrimiento científico” agregó mirando todo menos a mí que le estaba hablando desde hacía unos minutos.

Comenzamos a tomar paso al negocio de mi amigo Ciro Jenkins, ella tomó mi maletín y metió mis dedos entre el manubrio de este.

“Eres muy olvidadizo con tus cosas.”

“Solo cuando estoy contigo” pensé en voz baja.

“¿Dijiste algo?” alzó sus cejas.

“Llegamos” canté. “Pasa” indiqué. “¿Ocurre algo?”

“No fui a la conferencia fuera de la ciudad fingiendo que estoy mejor para quedarme contigo. No es coincidencia que nos encontráramos esta vez.”

“Me quedé corto de palabras” pronuncié. Se avecinó a besarme en los labios, yo le respondí el gesto y la aparté de mí por nervios.

Compró lo que quería. Luego fuimos al supermercado. Me había explicado que planeaba quedarse en casa durante lo que duraba el viaje de mi familia, si me pudiera quedar con ella. Asentí con la cabeza cuando me lo pidió en la sección de lácteos, le compré un yogur bebible de fresa y un rol de canela.

Pagué las compras y empezó a sufrir los síntomas del Pulmón Frío, el cual era una rara enfermedad respiratoria que hacía que los pulmones vaciaran por completo el oxígeno que contenía y para controlar ello se le tenía que conectar al enfermo a un tanque de oxígeno combinado con dos medicamentos fuertes.

Actúe enseguida, le coloqué todo, pidiéndole que se calmara. El cajero nos vio con preocupación, le ofreció agua a Angelica y ella la tomó.

Nos fuimos a sentar en las bancas junto a las bolsas plásticas llenas de productos, le pasé su yogur y su rol para que lo comiera.

“Te agradezco que me ayudes” se apenó “pocos son quienes lo hacen.”

“Descuida, no me molesta” le acaricié su mejilla que estaba pálida tras el ataque que pasó.

Se le formaron ojeras prominentes y no quería que las viera. Le alcé la mirada, bajé mi mano y ella me la colocó de nuevo en su mejilla.

“Está lloviendo” concluyó “podemos pedir un taxi.”

Nos subimos al primer taxi que nos hizo caso, las compras sonaban en la cajuela cuando subía la velocidad el conductor que miraba el cuerpo de Angelica de forma cochina. Le di mi saco para que así el asqueroso dejara de verla y amenacé al taxista, bajamos las compras en mi casa y se quedó aquí toda la noche además de gran parte de la mañana siguiente.

“Fue lo último en guardarse” dije depositando el último producto en su respectivo anaquel.

“¿Qué quieres hacer?” se me acercó de una manera inadecuada.

“Mira, eres hermosa. Más no nos conocemos lo suficiente” aclaré.

“Quiero que me abraces, nos metamos bajo cobijas en el sofá y veamos una película que yo quiera” rogó.

Hice lo que me propuso, de cena pedimos pizza vegetariana porque fue al acuerdo al que llegamos. Se hizo tarde y nos aliviamos de habernos bañado antes, así solo nos teníamos que dormir en el sofá.

Apagué la televisión y cerré los ojos, supe que se acostó encima de mí porque lo sentí, la abracé con un brazo y le di las buenas noches, no me respondió pues se había dormido profundamente.

Cada momento que nos encontrábamos casualmente era verla más enferma, a veces, me daba pena porque sabía que estaba débil. Pero, ese encuentro fue el último porque pasaron tres años y dejamos de coincidir desde entonces, solo esperaba a que no muriera, aparte, cruzaba por un divorcio naciente con mi antigua pareja.

22 de Agosto de 2021 a las 21:57 2 Reporte Insertar Seguir historia
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Joan Rose Quim Joan Rose Quim
Algo muy diferente a lo que he leído pero muy buen comienzo.
September 13, 2021, 03:57

~

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