ryztal Angel Fernandez

Moon es protagonista de un evento anómalo: una cajera del supermercado lo invita a charlar sobre un libro de contabilidad para empresas tailandesas. ¿A quién diablos se le ocurre discutir sobre semejante estupidez? Esto no lo piensa, pues él se siente solo en la isla Margarita, Venezuela, y necesita hacer amigos. Sin dudas, pagará la lección por comprometerse a devolver un libro escrito en tailandés, al día siguiente, ¡a una desquiciada mujer-mariposa-araña! La chica del supermercado es una historia corta que fue escrita para un concurso nacional en Venezuela. Dada a las circunstancias políticas del país, preferí subirla a Wattpad. Espero disfruten de la composición de la obra y su contenido. Un abrazo y saludo a todos los lectores.


Aventura Todo público.

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Parte 1

Un turpial tocaba la ventana del patio trasero. Todos los jueves, por la mañana, venía a buscar su ración de comida. Me levanté, me cepillé los dientes y, con un short y una camiseta blanca, fui al patio trasero. En efecto, el turpial estaba tocando la ventana con su pico. ¡Los pájaros son inteligentes! Arrastrando los pies, me dirigí a la cocina. Saqué de la nevera un envase plástico con migajas de pan y un cuenco pequeño, de mantequilla Mavesa, rellenado con agua. Luego lo dejé cerca del perímetro de la ventana. Cuando fui a cerrar la puerta, el turpial ya estaba comiendo.

No me había fijado: tenía una lista de artículos de supermercado en la nevera; por supuesto, el papel estaba pegado en la puerta del congelador. De acuerdo con la lista, debía comprar leche, pan, huevos y sardina. Revisé la nevera para asegurarme que, efectivamente, no había leche, pan y huevos. No agregué sardina, dado que conozco la letra de mi gata y resulta que, la muy astuta, se había colado, quizá durante la noche, por la rendija del portón. No sé cómo entró, porque los gatos son un misterio, y anotó sardina. Además, sus huellas estaban marcadas en la cerámica.

—¡Ni modo! —dije a la Virgen del Valle—. Debo ir a Río a comprar leche, pan y huevos.

—Deberías comprar sardina para tu gata —sugirió la Virgen del Valle—. ¿Qué tanto te cuesta comprar un humilde pescado? Es barato, bajo en calorías y, además, alimenta más que el pollo que comes.

—¡De acuerdo! Agregaré sardinas. —Y anoté sardinas. Lo hice en plural para acentuar cantidad, algo que la gata no hizo.

Al llegar a la habitación, calcé unos zapatos negros con bordes plateados. Luego hurgué en la cómoda y encontré mi camisa favorita. En el armario tomé mi chaqueta preferida. En Margarita, el sol es tedioso cuando te acostumbras a vivir, ni hablar del calor. Sin embargo, ese día quería salir con un look diferente al típico margariteño. Después de vestirme y echarme perfume en el cuello, aunque nadie me iba a oler el cuello, caminé hacia el portalón.

—¡Zopenco! —exclamó mi gata.

Los gatos tienen un arte de aparición superior al de los magos más expertos del mundo. Grisa, mi gata, estaba a un lado del pie izquierdo.

—Iré al supermercado —dije e introduje la llave en la puerta.

—Espero no te olvides de las sardinas —acentuó la palabra: sardinas.

—No, no me olvidaré de las sardinas.

—Tampoco te olvides de mí.

Nos miramos por un tiempo indefinido. El cielo era azulado, unas nubes se deshilachaban despacio, un vendedor ambulante gritaba: «Plátano, plátano, plátano. ¡Aproveche la oferta!». Quería comer plátano y Grisa me seguía mirando con preocupación.

—¿Cómo me voy a olvidar de ti? Eres una gata histérica…

—Anda con la misma historia de la histeria para otro lado, psicólogo de pacotilla. —Giró los ojos, molesta—. ¡No soy histérica! Tampoco soy histriónica. Deberías preocuparte por tu salud mental, puesto que hablas con animales y objetos inanimados.

—Desearía tener amigos humanos en esta isla.

—¿Quién se juntaría contigo? Vas a un supermercado con una chaqueta, una camisa negra, unos vaqueros y la temperatura es más o menos de treinta y nueve grados. ¡Falta que vayas a la playa con esa pinta!

—Supongo que puedo ser un nadador con estilo —repliqué para fastidiarla.

—¡En fin! Eres un caso perdido, sin remedio alguno. Solo te pido que no te olvides de mí, por favor. Soy tu única amiga y tú eres mi único amigo.

—¿Y el turpial y la Virgen del Valle? —pregunté, arqueando una ceja.

—Ellos también, pero yo aparezco y desaparezco cuando me plazca. ¿No te has preguntado si eres psicótico? En serio, no es normal que estemos hablando…

—¡Ya me tengo que ir! —interrumpí—. No te comas el turpial que toca la ventana todos los jueves por la mañana.

—No prometo nada. —Saltó un muro y, después, saltó al techo de la casa contigua.

Silbando Circle Game, del grupo musical japonés Galileo Galilei, anduve por una calle recta hasta doblar una esquina. Continué en la vía, hacia la alcaldía del municipio Mariño. El sendero se elevaba un poco, no me importaba hacer ejercicio. Una vez que pasé dos panaderías, llegué a la avenida Terranova, ahora el camino descendía. Cuando estuve por el semáforo, al otro lado de la calle, frente al Centro Comercial Terranova Plaza, vi el supermercado Río. Me encantaba —y todavía me encanta— el aspecto moderno de ese supermercado. El día no daba señales de ser un día especial, lo sentía como un día más del montón.

En cuanto estuve cerca de las puertas mecánicas del supermercado, una empleada, robusta y alegre, me regaló una lata de Pepsi.

—¡Eres el cliente número setecientos ochenta y ocho! —exclamó y lanzó unos confetis coloridos al aire.

¡Era el cliente número setecientos ochenta y ocho! ¡Qué especial me sentía! Por esa efusividad demostrada al cliente no cambio el ambiente del supermercado Río.

—¡Muchas gracias! —dije e incliné levemente el torso.

Destapé la lata de Pepsi y fui bebiendo el líquido refrescante. Busqué la leche, luego el pan y, por último, el cartón con treinta y dos huevos. No había sardinas en los frigoríficos, me sentí mal por la gata. Como contrapartida, metí una mortadela entera en el carrito.

—¡Qué delicia! —dije en voz alta cuando se acabó la bebida.

No me resistí y cogí una lata de cerveza Heineken. Me puse detrás de un hombre que no vale la pena describir. Yo esperaba que la fila avanzara para pagar los artículos. «¡Soy el cliente setecientos ochenta y ocho», pensé. No tenía nada especial ser el cliente setecientos ochenta y ocho, otros seguirán llegando.

Es triste estar identificado con un número. Imagínate el cliente número cien mil. La gente se olvida que existieron otros números. Aquel instante me habían dado una Pepsi, pero esa Pepsi era parte de la reflexión. En cuanto terminas la lata, la desechas. Por tanto, tenemos: desechos y número de población en aumento. Tener un número que te identifique como parte de un país, es el cruel recuerdo de nuestro efímero paso por el tiempo. Los números sentencian nuestra vida desechable. Quizá el cliente número cien mil, reciba una lata de Pepsi cuando yo esté en una ataúd, y, quizá, el ciudadano cincuenta millones de la población venezolana venga a comprar artículos en Río. Todos beberán una Pepsi y los clientes del pasado habrán muerto.

¡Qué viva el cliente cien mil!

Cuando faltaba un cliente en la caja número cuatro, un empleado delgado señaló la caja número cero: debía ir a la caja número cero. No presté atención al número, suficiente tenía con esperar treinta minutos. Me detuve para contemplar a la cajera. Piel blanca, pecas en sus cachetes, su cuello parecía el de una garza, uniforme verde con el logo de Río en el pecho izquierdo, pantalones negros y ajustados, piernas esbeltas, cabello recogido a modo que una cola de caballo acariciaba su espalda, ojos castaños, labios medianos, nariz corta y tenía gafas.

—Hola —dije.

—Hola —contestó.

Puse los artículos en la cinta negra. Ella presionó el botón, pero no apartaba su mirada inquietante. Yo, como cualquier ser humano haría, conecté con su mirada. Mientras los artículos se movían despacio, manteníamos nuestras retinas conectadas.

—Tengo un reloj —dijo y me mostró su reloj. Era marca Casio—. Lleva conmigo diez años, me lo gané en una rifa.

—¡Te lo ganaste en una rifa!

¡Se lo había ganado en una rifa!

—También tengo un libro.

—¡Ah!

—¿Te gustaría ver mi libro? Puedes abrirlo y olerlo.

—Me gustaría abrir tu libro y olerlo, debe oler a página de libro común —dije con tono educado.

Antes de pasar los artículos por el lector de códigos de barras, ella se agachó para buscar el libro. Extrajo, quizá de una caja tamaño promedio, un libro sobre contabilidad para empresas tailandesas. ¿Qué hacía un libro sobre contabilidad para empresas tailandesas en un supermercado margariteño? Era un libro grueso, su lomo estaba bien cuidado y olía a libro común.

—Es interesante aprender conceptos nuevos de contabilidad, ¿no crees? —justificó cuando se percató de mi impresión.

—¡Claro! Es interesante. ¿Estudias contabilidad? —pregunté.

—No.

—¿Por qué tienes ese libro?

—Me gusta aprender. —Sonrió y ladeó la cabeza, incluso reposó el peso del cuerpo en una pierna. Ese gesto dio un aire risueño a su personalidad.

—Me agradan las mujeres que aprenden cosas nuevas —aclaré.

—¡Ábrelo y pega la nariz! —dijo y empezó a pasar los artículos por el lector.

Abrí el libro y acaricié los signos tailandeses mientras sonaba el pitido de la máquina.

—¿Verdad que es entretenido? —preguntó, concentrada en los artículos.

—¡Tiene buena trama! —No entendía nada de lo que estaba sucediendo, pero la chica era guapa y me atraía. Debo añadir que tampoco entendía la escritura tailandesa.

—¡Bastante! Tailandia es un país complicado para emprender un negocio. Es mejor que un tailandés cree una sociedad y tú seas el inversor.

—¿Quieres viajar a Tailandia?

—No.

—¿Por qué sabes tanto de Tailandia?

—¿Por qué preguntas tanto? Un día quise averiguar sobre la contabilidad para empresas tailandesas y fui a la biblioteca, como cualquier ser humano haría, a pedir un libro que tratara del tema.

Yo hubiera indagado en internet, eso haría cualquier ser humano antes de dirigirse a la biblioteca. Supuse que, tal vez, ella era una mujer diferente.

—¿Cuánto debo pagar? —pregunté al ver que en la pantalla no estaba el precio marcado.

Sus uñas largas golpeaban la carcasa del reloj, adoptó una expresión siniestra por unos breves segundos. Me asustó ese abrupto cambio en su semblante.

—Es gratis, pero el libro debes devolvérmelo —dijo y volvió a sonreír.

—¡¿Gratis?! No puedo salir sin la factura en la mano. ¿Y cuándo te pedí el libro prestado?

—Yo te lo presto y no puedes hacer nada por negarlo. Me lo tendrás que devolver y así nos volveremos a ver.

—¡Ajá! Escúchame, no tengo idea quién eres…

—Tú estás solo, no tienes amigos, despides soledad en tu cuerpo. ¿Por qué negar la amistad de una chica amable con un reloj marca Casio, que se lo ganó en una rifa hace diez años, y lee sobre contabilidad para empresas tailandesas? Soy una chica normal, común y corriente. ¡Soy como cualquier venezolana! Agradable, amistosa, calurosa, bella…

—¡Está bien! Me llevaré el libro y la compra, pero ¿cómo hago para salir sin factura?

—Tan solo di que eres el cliente setecientos ochenta y ocho. —Guiñó un ojo.

Me dio cuatro bolsas. Cuando terminé de meter los artículos y el libro en las bolsas, intenté despedirme, pero ella llevó el dedo índice a sus labios y volvió a guiñar el ojo derecho. Caminé, nervioso, hacia la salida. Un oficial de seguridad me retuvo.

—Soy el cliente setecientos ochenta y ocho —dije.

El oficial de seguridad asintió, sonrió y me dejó continuar. Giré para observar la caja número cero: la chica no estaba. Miré mis bolsas y los artículos, luego observé los carros que transitaban en la avenida. Todo parecía normal en el exterior. Por instinto, me devolví hacia el guardia.

—¿Había una cajera en la caja cero? —pregunté.

—Sí, pero es su hora de almuerzo —respondió y añadió—: Felicidades cliente setecientos ochenta y ocho.

—Gracias.

Seguí la ruta, antes descrita, de regreso. Escruté el ambiente para saber si había alguna alteración del espacio. Comprobé que Margarita no experimentaba perturbación alguna que afectara la normalidad, dado que una mujer extranjera estaba paseando un oso frontino como si fuera una mascota cualquiera. Es normal tener un oso como mascota.

Cuando estaba abriendo la puerta del portalón, de improviso apareció la gata.

—No traes sardinas. —Olisqueaba la bolsa de la mortadela—. Pero traes mortadela.

—Es para ti —dije.

—¡Existe un Dios que todo lo ve! —Con un trote gatuno, pasó al patio.

Cerré la puerta y nos quedamos un rato con la mirada en el suelo. Una fila de hormigas llevaba una cucaracha muerta en sus espaldas.

—¿Y ese libro? —preguntó la gata.

—Me lo dio una amiga.

—¿La playa te dio un libro? De verdad deberías considerar ir a un psicólo…

—¡Una amiga humana! ¿Cómo la playa me va a dar un libro?

—¡Esta isla guarda sorpresas, hombre!

—Venezuela parece el país de las maravillas.

—Que yo sepa, en Caracas, no hay mujeres extranjeras paseando osos.

—¡Qué vas a saber tú de mascotas! Tener un oso frontino como mascota es normal.

Grisa entornó los ojos.

—Usted necesita un psicólogo urgente —puntuó la gata insulsa.

—Me voy a la cocina.

—¡Espera! —Volteé para ver sus ojos verdes—. ¿Por qué un libro tan grueso?

—Es una excusa para volver a verme, debo devolverlo mañana.

—¡Ah! Espero no te olvides de mí mañana, por favor, siempre ten mi imagen en tu memoria.

—Parece que estás deprimida.

—No, no es eso. Solo quiero que me tengas en tu memoria, mañana. ¿Hoy lo hiciste?

—Claro, te compré mortadela, es suficiente prueba de que estás en mi cabeza a toda hora. ¿Quién puede olvidar una gata tan peculiar como tú?

Grisa se acercó y frotó su lomo contra mi pierna.

—Mañana no me olvides —reiteró Grisa, sus esmeraldas estaban fijos en mí.

—No, no te olvidaré —aseguré.

Entré a la sala por la puerta principal. Encendí las luces, atravesé el pasillo, dejé las bolsas en la mesa, busqué la lata Heineken, también tomé el libro y me senté a hojearlo. Antes no entendía el tailandés, pero cuando empecé a leerlo, podía entender el libro como si estuviera traducido al español. Me adentré en la piel de un tal Thaksin Shinawatra.

La contabilidad para empresas tailandesas es un tema apasionante. Si planeas emprender en Tailandia con una sociedad tailandesa de capital extranjero, es, por no decir imposible, fastidioso, ya que el cincuenta porciento del capital está en manos del personal tailandés.

—¡Vaya, es interesante!

Sorbo tras sorbo de cerveza y párrafo tras párrafo, me instruía sobre los principios de contabilidad para empresas en Tailandia. Cuando me aburrí del discurso de un empresario, cuyo nombre no recuerdo, tiré el libro a un rincón. Preparé unos huevos fritos en la sartén, calenté unas rebanadas de pan en el horno, piqué una cebolla morada que había en la nevera y lavé una lechuga.

—¡Oye! —gritó Ana, mi araña de rincón.

—¿Qué quieres Ana? —pregunté con las hojas de la lechuga en la mano.

—¡Es aburrido el libro! Si vas a tirar cosas que sean, por lo menos, alimento.

—¿No tienes suficiente con las cucarachas y los grillos?

—Sí, pero lanzaste este libro sin consideración a mi propiedad.

—Mañana debo devolver el libro, no te lo comas.

—¡No entiendo ni pío de lo que está escrito! Parece chino…

—Es tailandés —corregí.

Ana acariciaba las páginas con sus patas largas.

—Me entretienen sus figuritas y números —dijo, sus ocho ojitos brillaban de curiosidad—. He leído muchas obras, pero nunca leí un libro en tailandés.

Estaba harto de la mención de Tailandia, así que no respondí su comentario.

—¿Me lo puedo quedar hasta mañana? —preguntó como si hubiera reunido valor para hacerlo.

—Sí.

—¡Gracias!

Prefería que se quedara quietecita y gozara de un buen libro escrito por el antiguo primer ministro Thaksin Shinawatra. Me gustan las arañas, pero me dan miedo cuando se acercan a mi cama. Ana respeta mi espacio, caza cucarachas, las cuales odio, y grillos molestos. Empleo el verbo presente porqué está viva, no ha muerto.

Apenas terminé el pan, me senté a comer. Luego fui continuar mi obra, que nadie lee, magnífica. Escribí diez páginas como haría el maestro Haruki Murakami. Me senté en el borde de la cama y, con las manos en el estómago, pensé en los acontecimientos. Me emocioné, puesto que tenía una amiga humana con quien charlar al día siguiente.

Desde que llegué a la isla Margarita, conocí la verdadera soledad. No tenía amigos, mis parientes estaban lejos y, además, no encajaba con la sociedad margariteña. Pero su naturaleza me recibió con los brazos abiertos. ¡Ya ven, pues tengo buenas amistades! Una araña, una santidad católica, una gata y un turpial, aunque este último no hablaba en su momento.

Al día siguiente, me levanté extrañado, porque Sabrina Ibuse, mi editora de Sueñonovel, no había llamado para hablar de las ventas del libro en Singapur. Encendí la laptop, redacté un mensaje y se lo envié. Su tío se había suicidado hace un año cuando yo estaba enfrentando una terrible depresión.

Me fui a lavar los dientes, luego preparé tres panqueques y desayuné. Ana había dejado una notita escrita en tailandés sobre la portada del libro. «¡Ahora mi araña sabe escribir en tailandés!», pensé. Lavé los platos, me dirigí a la cómoda y busqué una camisa blanca con el sol naciente de Japón. Calcé los mismos zapatos negros con bordes plateados. Registré el fondo de una gaveta y encontré otros vaqueros limpios y en buen estado. Busqué el perfume de heliotropo, me eche un poco en el cuello. «¡Los amigos se huelen el cuello!», cavilé, entusiasmado. Por último, tomé el libro y abrí la puerta.

¡Aquel día era espléndido! El cielo era límpido, las aves gorjeaban, las plantas retozaban lozanía y el hombre de los plátanos aullaba: «Plátanos, plátanos, plátanos. ¡Aproveche la oferta!». Desde el día anterior quería comer unos ricos plátanos.

—¡Idiota! —gritó mi gata—. ¡Te olvidaste de la mortadela!

Sin decir nada, corrí a picar unas quince rodajas de mortadela. Abrí la puertecita del microondas e introduje las rodajas. Una vez que estuvieron listas, las agarré y, con la misma velocidad, se los dejé a Grisa.

—¡Gracias! —gritó, furiosa.

—¿Por qué gritas? —pregunté.

—¿Por qué grito? —dijo sin bajar el tono de voz—. ¡Tenía hambre! Y el gato—poeta con sarna apareció anoche sin dejarme dormir. ¡Con hambre, con sueño y con la certeza que fui acosada! Estoy irritada. ¡No me hables!

—Iré a devolver el libro…

—¡Cállate!

Me callé.

Grisa se comió todas las rodajas sin importar lo caliente que estaban.

—No me olvides, por favor —dijo, calmada.

—No lo haré.

—Puedes irte.

—¡Espera! Tú no me mandas a mí.

Grisa entornó los ojos, sus esmeraldas centellearon de furia.

—Voy a contar hasta tres…

—¡Ya me voy!

Caminé hacia la alcaldía. Los negocios de repuestos de autos estaban atiborrados de clientes. En la acera izquierda, un auto lavado tenía música puesta. No me gusta la salsa ni el vallenato, pero debo admitir que, en aquel entonces, alegraba el ambiente. Además, dos ancianos bailaban en la primera cuadra.

—¡La calle está muy alegre hoy! —dije en voz alta.

A la derecha veía los edificios y sus ventanas oscuras, unas abiertas y otras cerradas, me distraían. La brisa removía el follaje de los árboles pequeños. En la primera panadería estaba sentada la señora extranjera con su oso frontino. El oso comía empanada de pollo y la señora comía una torta de chocolate. Percibí un aura funesta en ambos. La señora acariciaba la pata del oso como si este fuera un niño. El oso parecía sonreír, como si tratara de transmitir seguridad a su dueña. ¿Qué habrá ocurrido para que estén así?

Cuando llegué al semáforo había un detalle extraño: Río estaba solo. No habían carros estacionados, no habían clientes, no había nadie en la construcción del edificio de al lado y por la avenida no transitaba ni un auto. Iba a retroceder, supuse que estaba cerrado, pero la chica estaba en la entrada, esperándome. En el cielo, nubes grises se arremolinaron, parecían barcos que navegaran despacio en el mar azul. La luces del semáforo no funcionaban; a veces marcaba rojo y saltaba al verde o el amarillo titilaba como si sufriera un tic nervioso. Por la tonalidad del ambiente, quería devolverme. No obstante, desde niño me enseñaron a ser responsable con lo que me prestan. Por tanto, debía devolver el libro.

Cruce la entrada del enrejado verde del estacionamiento. La chica esperaba con las manos cruzadas de frente, erguida, tiesa y miraba a un punto en el vacío. Pensaba que veía el café del Terranova Plaza. Entonces, acercándome, esbocé una cordial sonrisa. Quería salir de prisa del sitio.

—¡Hola! —dije—. Traigo tu libro.

—¡Ah, mi libro! —dijo con la mirada en el vacío.

No parecía oírme.

—¿Puedo dejar el libro? Tengo unos compromisos que atender —mentí.

De repente, dobló el cuello y sonó su cervical. Sus ojos inexpresivos me vieron.

—¿Te gustó el libro? —preguntó con voz raspada.

Tragué saliva.

—Sí —respondí.

—Tengo muchos libros sobre Tailandia en la oficina del gerente.

—No me gustaría ir a la oficina del gerente.

—Sí te gustaría ir a la oficina del gerente.

—No estaría mal.

Su voz tenía un poder de convicción increíble o es que yo era un muchacho dócil.

—Vamos —susurró.

—¿No vas a tomar el libro?

—No importa, tengo muchos en la oficina.

No sabía de un gerente que permitiera guardar libros tailandeses en su oficina.

—Vale, iremos a la oficina. Espero no tardemos mucho tiempo, mi gata se preocuparía por mí.

—No te preocupes.

Su mano presionó mi muñeca con una fuerza abismal. Me dolía, pero no podía quejarme. Las puertas mecánicas se deslizaron. Un silencio humano me abrumó, el zumbido espectral de los frigoríficos me producía escalofríos. La soledad del entorno se manifestaba como un pulso de inquietud en mi pecho. Escuchaba sus pasos y los huesos de sus rodillas. Supe que no íbamos a ninguna oficina del gerente. Sin embargo, me enseñaron desde niño que cuando cruzas una puerta, no hay retorno; por ende, debes afrontar las consecuencias. Los pilares me parecían sombríos, como si fuesen testigos mudos de un próximo asesinato.

—Mi gata —balbuceé.

—Ella estará bien —aseguró sin mirarme.

—Me eché perfume, huelo bien ¿sabes?

—¡Ah! Como debe ser, oler bien —dijo con una sonrisa torcida.

—Los amigos se huelen el cuello.

—Te oleré en la oficina del gerente.

—No vamos a ninguna oficina.

—Sí, sí vamos.

—Okey, vamos a la oficina del gerente.

—Y leerás libros tailandeses.

—Leeré libros tailandeses —repetí como un robot.

Definitivamente, yo era un muchacho dócil.

Atravesamos una doble puerta de metal que conducía a los refrigeradores industriales. Un olor a hierbabuena se escabulló por mis narinas. Doblamos un recoveco, continuamos por un estrecho camino, luego el camino se bifurcaba, descendimos unas largas escaleras y nos detuvimos delante de una puerta alumbraba por un pobre bombillo amarillo.

—Toca la puerta —ordenó la mujer.

—No quiero.

—Sí quieres —susurró en mi nuca, sentía su respiración.

Toqué la puerta.

Una vez que tocas una puerta, debes esperar que se abra.

19 de Agosto de 2021 a las 20:26 0 Reporte Insertar Seguir historia
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