u16277332091627733209 Begoña Guzmán

Huérfana de madre a corta edad, Dika huyó de su casa cuando su vicioso padre intentó violarla la primera vez. Desde entonces vivió a salto de mata, y se metió en problemas con la ley. Para no ser juzgada como adulta, se alista y debido a su lugar de origen, es enviada a uno de los presidios africanos, donde deberá adaptarse a la disciplina y sacrificio de la unidad más aguerrida y condecorada del Ejército español. Pero su sangre gitana la conducirá por el camino más difícil, enfrentándola más de una vez cara a cara con la muerte... Y también con la pasión más desenfrenada. Todos los derechos reservados


Acción Sólo para mayores de 18.

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Capítulo 1.

Un tenue matiz naranja y púrpura empezaba a dibujarse en el horizonte, apenas por encima de la muralla. Había sido una noche clara y fría. Aunque no se veía un alma en el patio de maniobras, no me atreví a mover ni un músculo. No le iba a dar una nueva oportunidad a ese sargento hideputa de arrestarme otra vez. Es verdad que había sido primero descuidada y luego insolente, pero pensé que eso no ameritaba hacerme pasar la noche en posición de firmes al pie del asta. Aunque también recordaba con cierta satisfacción los suspiros y ahogadas exclamaciones de incredulidad de mis compañeros de pelotón cuando le respondí de mala manera a mi instructor.

Mi instinto no me había fallado tampoco esta vez. Con la suave brisa que empezaba a llegar del mar, percibí un tenue olor a café recién hecho. Se me hizo la boca agua. Sin embargo, la cocina de la unidad estaba demasiado lejos para que yo percibiera ese delicioso olor, a no ser que alguien estuviera sosteniendo una humeante taza a menos de 10 metros de mí. Un momento después escuché el ligero roce de la suela de una bota contra la arena que, invariablemente, siempre cubre todo en este presidio africano.

A pesar de lo que me habían advertido los sentidos, no pude evitar un respingo cuando escuché la voz inflexible y potente justo a mis espaldas.

―¡ATENCIÓN!

Sin poder evitarlo, mis hombros se cuadraron haciendo destacar mis pechos, y mi trasero se contrajo una fracción de segundo después de que chocara los talones con fuerza. Quizá está mal que lo diga, pero mi genética me ha dotado de unos senos generosos y bien perfilados, y un pandero que suele arrancar suspiros a la concurrencia. Si es cierto lo que dicen mis camaradas.

Se me llegó a ocurrir que la orden quizá iba destinada precisamente a que exhibiera mi cuerpo a los ojos del sargento. De haberse tratado de otro jefe de tropa, no lo habría dudado. Pero de éste… No estaba tan segura.

―¿Por qué ese sobresalto?

―Se acercó muy silencioso y yo… ―tartamudeé.

―¿Esa es manera de responder, soldado?

―¡Decía que no tengo excusa, mi sargento! ―respondí enérgicamente mientras volvía a chocar los talones y me ponía más rígida que una tabla, si ello era posible.

Su voz, potente e inflexible desapareció con la siguiente frase. De repente me pareció… Hasta un poco paternal. ¿Acaso el sargento era bipolar?

―Confío en que no haya necesidad de más arrestos por insubordinación, faltas de respeto y ese tipo de cosas.

―No, mi sargento.

―Tome, está recién hecho.

Sorprendida vi que me tendía una taza de ese delicioso café que había olido y anhelado. Por la sorpresa no atiné a hacer otra cosa que mirarlo como jilí1.

―¿Me va a tener aquí toda la mañana, o espera que se lo dé con una cuchara?

―Perdone, mi sargento ―volví a tartamudear mientras me apuraba a recibir la bebida.

De reojo vi que me volvía a mirar con aire reprobador, y comprendí que venía otra reprimenda por no responder de manera adecuada. En cambio, suspiró y me dijo en tono neutro:

―Procure esforzarse más, soldado.

Aunque no podría jurarlo ante la Virgen, creo que vi un destello de risa en su mirada, habitualmente fría y despiadada.

―Puede retirarse ―dijo al fin y se alejó dándome la espalda.

Iba a hacerle una seña obscena con el dedo medio, pero me lo pensé mejor y me dirigí a mi barraca en busca de unos minutos de sueño y olvido. Después de todo, algunos compañeros decían que ese cabrón tenía ojos en la espalda. Hoy no era buen día para comprobarlo.

* * *

Cuando cumplí 12 años resultó evidente que había heredado el cuerpo voluptuoso de mi madre, y también su temperamento calé2. Siendo muy joven se dejó seducir por un gachó3, y a pesar de la paliza que le dio mi abuelo, logró llevar a término su embarazo y nací yo. Mi progenitor era un vividor malnacido, que se aprovechaba del amor que mi madre le profesaba para vivir a sus costillas, cuando por lo general la vida de un gitano ya es complicada de por sí.

Quedé huérfana de madre justo antes de iniciar mis estudios de ESO4, y fue cuando mi padre empezó a frecuentar más mi hogar, e incluso dormir más noches ahí de las que lo había hecho hasta entonces durante mi breve existencia. Al principio pensé ilusionada que lo motivaba el amor paternal, el orgullo por su hija o así, pero pronto comprendí que es más fácil acertar cuando piensas lo peor. Ocurre que el muy cerdo se había encaprichado conmigo, quizá porque le recordaba a su fallecida esposa.

La primera noche que intentó meterse bajo mi falda, fue la última. Como nunca pasaba tiempo con nosotros, no estaba al tanto que desde niña, y como muchas mujeres de mi pueblo, yo había recibido adiestramiento en Sitra achra, mal conocida como esgrima a navaja, pero que va más allá de eso. Es todo un conjunto de técnicas de combate con y sin armas. Cuando mi padre se encontró con el brazo derecho apuntando al techo desde la espalda, comprendió que lo mejor era que se quedara tranquilo en lo que arribaban los paramédicos.

Mientras tanto, yo hice un alijo con lo más elemental y abandoné la casa para siempre. Nada me ataba ahí desde la muerte de mi madre, y llevaba en las venas el espíritu nómada de los míos.

* * *

Mientras me aproximaba a las barracas, un centinela me saludó discretamente. Yo sabía que no le resultaba indiferente, y aunque a mí me interesaba tres patadas, sólo por fastidiar enderecé más la espalda para destacar más mi pecho, y exageré un poco el contoneo de caderas.

―Anda con el sargento bipolar ―dijo él, tragando gordo y luchando por apartar su vista de mi cuerpo.

Asentí mientras me encogía de hombros, como invitando a que se callara de una puta vez.

―De recién llegados ―abundó el centinela, mala pascua le diera Dios―, un día ese sargento dijo a mi pelotón que jamás daría una orden que no estuviera dispuesto a cumplir él mismo.

―Pues ya lo ves, jundó5, les ha camelado6 ―dije con sorna.

―¿Qué dices?

―Que a mí me ha ordenado pasarme la noche de guardia en el asta, y él muy fresquito en su catre, supongo.

―Que no, Dika7, cuando tomé la guardia de modorra estaba parado unos pasos detrás de ti, y ahí seguía hasta hace unos minutos, cuando entró a la cocina para servirte café. ¡Para servirte café!

―Coño ―fue lo único que atiné a decir antes de atragantarme con un sorbo de la bebida.

1Jilí: En caló, estúpido, de pocas luces. De aquí proviene el insulto castellano de gilipollas.

2Calé. Se refiere a lo relacionado con el pueblo gitano.

3Gachó: Todo aquel que no pertenece al pueblo gitano.

4ESO: Educación Secundaria Obligatoria, en el sistema educativo español.

5En caló, soldado.

6Camelo en caló quiere decir mentira. El sustantivo lo usan también como verbo, con el mismo sentido.

7Nombre de origen oscuro, que podría provenir del húngaro Duci, Fortaleza.

4 de Agosto de 2021 a las 04:38 0 Reporte Insertar Seguir historia
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