jeparramoran José Ernesto Parra

Un niño pirata hurta estrellas fugaces para disponer secretamente de su botín.


Infantil Todo público.
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Numa el niño pirata

No había mar bravío; la tormenta era su ánimo. Morder sus labios mientras soltaba una vela reforzaba sus ganas de navegar con pasión. Las cuerdas y nudos de su barco eran la extensión de sus brazos y dedos. Saltar de proa a popa era un vuelo en complicidad con el viento y las grandes velas. Su breve edad le alejaba de las barbas negras, rojas y blancas de los cuentos, más bien le proveía dos grandes ojos azules ávidos de viajes y aventuras. Gran tricornio se asentaba en su melena rizada y cual corona lo autorizaba a llamarse pirata. Su camisa blanca holgaba con el viento, sujeta sólo por un chaleco de círculos turquesa, antesala a sus largos pantalones negro-plástico y sus zapatos de goma anti-resbalante; así era Numa, el pirata que cazaba estrellas fugaces. Soé era un loro violeta y mudo que lo acompañaba; algo inútil en la navegación, era más bien su reloj pues cada picotazo en la cabeza simbolizaba una hora del día y la noche.

Hasta el cielo nocturnal le temía; se nublaba cuando Numa se hacía a la mar en el final de la tarde, pero el pequeño pirata no menguaba su osadía y lo retaba agitando las velas de Yoana, como llamaba a su barco, así, el aire oreaba al cielo y dejaba al descubierto el océano de arriba para ver a las estrellas nadar en él. Cualquier pirata miraba hacia el horizonte o debajo de él; sin embargo, Numa levantaba su quijada, apuntaba su nariz hacia la proa y hacía reflejar el brillo de las estrellas en sus ojos. La noche bañaba al mar y el pequeño pirata ya tenía lista su red. Soé se sujetaba al diminuto hombro de Numa quien no apartaba su mirada de la noche. El mar calmó su baile volviéndolo un bolero embriagante. Yoana sólo se mecía como la palma de coco de la isla de dónde partieron esa tarde. Numa seguía con su rostro hacia el cielo que estaba titilante y nervioso por la llegada del pequeño pirata. De repente, como rebaño resplandeciente aparecieron catorce estrellas fugaces. Numa sonrió y gritó: - Soé, hoy lograremos una gran captura. – Saltó a la proa mientras sujetaba la red. Yoana inclinó su popa hacia atrás para levantar al niño que estaba apostado en la proa listo para saltar. En un diestro movimiento más propio de un juego que de una caza, Numa saltó y giró sobre sí mismo para lanzar la red al aire de manera maestra. – ¡Catorce! Ninguna escapó esta vez. – El pirata estaba seguro de su pesca. Tambaleantes y luminiscentes las catorce luces titilaban en la red de Numa mientras éste las arrastraba hacia su bodega.

La noche se escondió para que el pequeño truhan de estrellas no le robase más y así llegó el amanecer. La espuma de mar acolchaba a Yoana parecía levitar sobre el agua, de ese modo, la pesca viviente en la bodega se mantendría calmada. Cinco fueron los picotazos que Soé dio en el tricornio del niño quién empeñó su llegada a puerto. Nadie lo esperaba. Numa ató cabos en el muelle y bajó con su carga, silente y discreto. Caminó por las calles aliadas de sus travesuras puesto que sabía en cuáles de ellas se refugiaban los sueños e ilusiones de los más pequeños del pueblo. Mientras llegaba a su cómoda guarida, dos decenas de niños le seguían. Los pequeños no tenían labios y sus ojos estaban húmedos. Sólo el pirata podía entender su clamor. En un patio interno abandonado, Numa repartía su botín con cada niño. Mientras entregaba una estrella fugaz, una enorme sonrisa aparecía en su rostro dibujada perfectamente por un par de labios rosa. Todos recibían su estrella, la abrazaban y luego la dejaban ir volando hacia lo alto del patio para perderse en el brillo de la mañana.

Numa sonreía sentado en un muro con una pierna descolgada que mecía al ritmo en el que entonaba un agradable sonido. Los pequeños volvían a sus casas con ilusiones y sueños cumplidos. Nadie agradecía, ninguno se quedaba a acompañar al pirata, pero nada de esto amainaba la satisfacción del pequeño.

Llegó la tarde y Numa se encontró con Yoana en el muelle, soltó las velas y se enrumbó mar adentro. Soé daba picotazos anunciando el final del día. Su silueta se perdió en el poniente. Esa noche hubo tormenta y relámpagos que azotaban como látigos al cielo. Un centenar de niños esperaba en la madrugada, pero sólo observaron a un gran cometa que cruzó el cielo. Una mujer con una cesta de sombrero preguntó a los niños qué hacían y ellos le respondieron: - Esperamos al Pirata que cazaba estrellas fugaces.

1 de Agosto de 2021 a las 23:55 1 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

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Yajaira Nucette Yajaira Nucette
Me hiciste sentir la estrella fugaz en mi mano. Tal vez estuve allí de alguna manera. Recibiendo con ilusión de Numa su caza. Soe me sacaste una sonrisa. Sigue navegando.
August 08, 2021, 02:08
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