vampiredramaqueen Kenia De La Torre

¿Cuán lejos puede llegar un amor nacido del odio y los celos? Frida se encuentra atada a un hombre que la humilla y la maltrata sin posibilidad de escape. Ele es rechazado y engañado por una mujer que solo juega con sus sentimientos y que además, es amante del esposo abusador y patán de Frida. Pronto sus caminos se encontrarán en medio un mar de pasiones desbordadas y tragedia.  


Romance Suspenso romántico Sólo para mayores de 18.

#romance #drama #tragedia #celos #violencia #spinoff #ele
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FRIDA

La comida no le gustó a Juan.
No solo no le gustó, arrojó el contenedor de plástico al suelo en cuanto lo abrió y vio que era.

No le gustaban las verduras, pero era lo que el doctor le había recomendado comer por dos semanas para su padecimiento. Pollo hervido con poca sal y verduras cocidas. Lo sé, nada apetitoso, pero no tenía por qué hacer eso. En ese entonces aún me preocupaba por su bienestar y me afectaban los desplantes y las humillaciones que me hacía sin importar que otra gente nos viera. Me reclamó con palabras altisonantes que me hubiera atrevido a presentarme ahí, en su trabajo. Yo no entendí nada, ya que en eso quedamos esa mañana. Me sujetó muy fuerte de la barbilla; sus dedos lastimaban mi piel y hasta mis encías. Sin duda, eso dejaría marca más tarde.

A punto de llorar y muerta de la vergüenza por el espectáculo que estábamos dando, intenté escapar, pero me empujó azotándome contra la pared. Nadie lo detuvo, ni le dijo nada, mientras una rubia estúpida se burlaba cínicamente de mí. Debí sospecharlo en ese entonces, pero mi mente alterada y avergonzada no pensó en eso hasta mucho después.
Con el pollo tirado por el suelo, un compañero suyo casi cae, pero alcanzó a detenerse quedando en cuclillas. Cuando se levantó, alto y delgado como era, clavó sus enormes ojos cafés en Juan y luego en mí. Eso hizo que mi marido aflojara el agarre para discutir con el hombre y yo pudiera escapar. No dijo nada, ni hizo nada, solo lo miró fijo mientras Juan le buscó pelea como el bravucón cobarde que solía ser.

Ojos grandes y cafés, nariz fina y labios delgados, ocultos entre una poblada barba de color castaño. Bastante alto, un poco más que él, pero tan esbelto, que daba la impresión de que el viento podía doblarlo, como a las palmeras del bulevard cuando hacía mucho viento. A primera vista no se veía nada intimidante, pero fue raro que su sola mirada provocó en Juan un sentimiento que lo hizo tartamudear, cosa que casi nunca sucedía. Se acomodó su boina color gris y se fue, se alejó de ahí.

No es que me sintiera una damisela en peligro, pero me habría gustado que alguien, ese hombre raro o cualquiera, hubiera hecho algo. O dicho al menos. Pero es que claro, nadie se quiere meter en problemas por nadie en estos tiempos. Menos, con lo patán que se ha vuelto Juan desde hace varios meses. Antes no era así. Me preocupé cuando me hablaron de la televisora para avisarme que Juan estaba malherido. Al parecer había sido partícipe en una riña con un compañero.

Sin saberlo, casi podía adivinar que se trataba de un tal Eleodoro, pues siempre solía quejarse de él cuando hablaba por teléfono con quién sabe quién.
Eleodoro siempre estaba presente en nuestra casa y ni siquiera lo conocía. Solo sabía que mi esposo lo odiaba y por obligación, tenía que odiarlo yo también. Pero no era así. Tal vez no esté bien lo que voy a decir, pero salvo la preocupación inicial, debo confesar que me dio gusto que al fin alguien lo haya puesto en su lugar. Le dio bastante duro y como lo sospeché, Eleodoro Sánchez tuvo que ver con eso. Al principio me dio coraje por todo lo que tendría que hacer. Estaba esperando nuestro primer hijo y yo no iba a poder atenderlo como era debido y para colmo, no había manera de pagar para que alguien lo hiciera.
El médico dijo que temía que tantas patadas en la espalda pudieran déjalo parapléjico. Lo que faltaba. A ver si la zorra en turno se ofrecía a ayudarme, por lo menos.

Por habladurías, me enteré del supuesto motivo de la pelea, ya que tuve que ir a la oficina de recursos humanos por unos papeles que me hacían falta para lo de la incapacidad. Y ahí estaba ese hombre de nuevo. El alto, el del día anterior. Aún llevaba esa boina horrenda y sus barbas de dos meses. Fue hasta que alguien lo saludó de lejos, que supe de quién se trataba: Eleodoro Sánchez.

—¡Eleodoro! —lo llamó Trujillo, con una sonrisa en los labios. Se notaba que le simpatizaba mucho. El aludido sonrió apenas y se encogió, como si no quisiera que el otro se acercara.

Tuve que esperar un rato a qué tuvieran a bien entregarme los documentos, por lo que pude escuchar parte de la conversación.

—¿Qué pasó, Ele? ¿Ya volviste a las andadas? —bromeó, dándole una leve palmada en el hombro.

—No pude aguantarme, es un imbécil —respondió.

—Pues sí, pero no te andes metiendo en broncas de casados. Solo te vas a meter en problemas y nadie te lo va a agradecer.

—No lo hice por eso. Es que me enfermó como presumía que golpea a su mujer ¿Qué clase de bestia hace eso? Es asqueroso.

—Todos andan diciendo que fue por Davina, hasta ella.

—No, ella no tuvo nada que ver —aclaró.

—Lo sé, Ramón le estaba platicando a Lorenzo lo que de verdad pasó. A ver si no te corren, Ele —expresó con verdadera preocupación.

—Habrá válido la pena. Además, lo bailado nadie me lo quita —sonrió ampliamente esta vez, pero su sonrisa se desvaneció cuando se dio cuenta quien estaba sentada enfrente de la contadora.

















1 de Agosto de 2021 a las 20:41 0 Reporte Insertar Seguir historia
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