Y
Yunnie Alin


París, diciembre de 1899. La ciudad Luz es una obra inmensa, de la gran Exposición universal. Allí, en el corazón de esta colmena festiva y laboriosa, donde pronto nacerán todas las esperanzas de la Belle Époque, las vidas se cruzan, se mezclan, Jungkook, un artista sin un centavo y alma revolucionaria, conoce a Taehyung, heredero de una adinerada familia inglesa. Sus dos mundos no podían ser más opuestos y, sin embargo, entre estos dos jóvenes, el amor a primera vista es inmediato. Paso a paso, entre los barrios bohemios y burgueses, desde la habitación en el desván de Jungkook hasta la lujosa mansión de Taehyung, va a dibujarse una bella historia de amor hecha de duda, de seducción, de ternura y de felicidad. Porque los pesados secretos pronto alcanzarán a los dos amantes, y pondrán en peligro su frágil idilio que la muy conservadora sociedad de fin de siglo no tolera... IMPORTANTE: Historia echa de fan para fans, sin fines de lucro, esta historia es una adaptación, este es el primer libro de la saga fragmentos de eternidad, los demás libros aun se encuentran en su idioma original


Historias de vida No para niños menores de 13.

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Capitulo 1

Si tuviéramos que empezar desde el principio, hablaríamos de la inmensa fiesta que era la capital ese año de 1899. La Exposición Universal se iba a celebrar y París se cubría con pabellones de todas las naciones. Le Champ-de-Mars (un vasto jardín público totalmente abierto situado en el séptimo distrito de París, entre la Torre Eiffel, al noroeste y la Escuela militar al sureste) y las orillas del Sena eran una obra inmensa, y las formas más sorprendentes se elevaban, inspiradas en las extravagantes creaciones de arquitectos megalómanos. Por todas partes se celebraban las artes y los tiempos felices y se abrían de par en par las puertas de la Belle Époque (en español: La época bella).

En ese año eléctrico llegaban de todo el mundo: obreros, buscadores de fortuna, artistas arruinados y ricos comerciantes. La atmósfera estaba llena de toda esa energía emprendedora y de poder disfrutar del siglo naciente. La ciudad era casi asfixiante.

Sofocado... Al menos, así era como se sentía el joven obrero mientras arrastraba una pesada fachada metálica bajo el apagado sol de diciembre.

Cuatro meses más y terminarían la elaborada decoración del pabellón de Alemania. Levantó la vista y se limpió la frente con el dorso de la mano. La torre del reloj ya estaba levantada y los techistas trabajaban ahora en la cima del edificio ferial.

Ya era diciembre... Jungkook había llegado a París ese año, en junio, cuando el polvo de las calles competía con los rayos veraniegos. Se había mudado a Montmartre (El barrio fue cuna de los impresionistas, de la bohemia parisina del siglo XIX e importante teatro de batallas durante la guerra franco-prusiana y la Comuna.) Nada muy original ciertamente, pero ¿dónde más encontrar un techo barato que en el barrio cosmopolita y cutre frecuentado, como decían, por putas y locos? Así que se alojaba allí, en una buhardilla, en el cuarto piso de un viejo edificio que conservaba el encanto rústico de las dependencias de la servidumbre. La diversidad vecinal vivía allí como un hormiguero, al amanecer o al anochecer. Los ruidos de la bulliciosa vida popular no cesaban. No estaba seguro de sí le gustaba o no, a menudo encerrado en su nostalgia por el pasado y su cólera por el presente.

Había nacido en Polonia, en una pequeña familia de comerciantes judíos. De su padre un inmigrante ruso, había heredado su esbelta figura, su cabello rubio y ese aspecto distinguido de un hijo de eslavos. Haneul, su madre, le había dejado un obstinado sentido del honor y unos ojos grises que podían pasar de la más aterradora frialdad a las más dulce de las sonrisas en un instante. En él, las palabras y las imágenes de esa infancia perdida, los reflejos de una educación modesta y laboriosa estaban aún vivas; aunque esta herencia y estas raíces no existían más que en cicatrices en su memoria. A los veintisiete años, ya había vivido varias vidas, salpicadas de dramas y repeticiones. Era muy consciente que en el ocaso del siglo XIX, a pesar de las luces del progreso que llenaban los corazones del pueblo con un brillante aliento de esperanza, la pobreza seguía dictando sus leyes.

El sonido de una campana.

La hora de descanso y la rotación de los grupos de construcción. Jungkook recogió su chaqueta y su gorra, que había dejado en los bancos a lo largo de las vallas. Se dirigió rápidamente a la mesa del capataz para recibir los pocos centavos de su sueldo diario.

—Jeon Jungkook , sí, aquí tienes.

El rudo capataz le entregó un puñado de monedas.

Como extranjero, Jungkook había sido contratado como ayudante y podía ser despedido de la noche a la mañana. La paga, para él, se contaba en horas de trabajo diarias. No dijo nada, se embolsó el dinero, y salió del lugar donde ya se escuchaban los ruidos de las obras reanudadas.

Eran las once. Un frío seco le heló la nuca mientras caminaba por los hermosos barrios que se extendían entre la nueva Ópera, que aún no llevaba el nombre de su arquitecto (La Ópera lleva hoy en día el nombre de su arquitecto Charles Garnie), y los Grandes Bulevares. Llevaba la gorra bien enfundada cubriendo las orejas, el cuello de la camisa subido y las manos metidas en los bolsillos de lona del abrigo. Los ricos burgueses se pavoneaban con sus abrigos de pieles.

—Maldito invierno parisino, —murmuró.

Nada que ver con el sur de Francia. ¡Qué hermoso sol había allí! Tres hermosos años de arte y luz, de vida sencilla y de pequeñas formas de salir adelante. Una tierra de juventud y despreocupación en la que su pobreza no le había molestado, mientras sus conquistas del momento le proporcionaban pan y un lugar para dormir. Pero había habido mala suerte, rumores. Y había tenido que irse. En las provincias, no era bueno tener a los chismosos en contra. Si la capital tenía al menos un mérito, era el del anonimato. Cualquiera podía ocultar fácilmente sus vicios y pequeños hurtos en los suburbios pobres donde la policía no se aventuraba a ir.

Los callejones parisinos se volvieron más sinuosos a medida que se acercaba a su barrio. Llegó por fin a su casa, un edificio desvencijado con persianas verde pálido, una especie de pensión pobremente amueblada en la que cada habitación estaba alquilada a un mísero vagabundo de su clase.

Desde que los molinos habían desaparecido de las laderas de la colina de Montmartre, dichos edificios crecían por decenas, albergando a toda la chusma Bohemia: artistas, obreros, borrachos y huérfanos en una alegre mezcla de pobreza y vida.

Desde la puerta de entrada de la casa, eternamente abierta, se escapaban fuertes gritos. Una mujer joven con la belleza mulata de España salió como una avalancha de faldas carmesí.

—¡Váyanse todos a la mierda, hijos de puta no le daré más dinero a este gilipollas, es con mi culo con el que lo gana, es en mi bolsillo donde acabará!

Hana Murillo. La joven calabresa vivía justo debajo de la buhardilla de Jungkook . Era hermosa, vivaz y sensual. Cuando llegó a Francia, soñaba con un destino como el de Caroline Otero (es una famosa cortesana. En 1899, estaba en la cúspide de su gloria) : una diablesa de los salones que reinaba en todo París con sus bailes al desnudos y sus amantes ricos. Pero esa vida rara vez se daba, y para todas las niñas huérfanas como Hana, a menudo sólo había una forma de sobrevivir: la prostitución. Las peleas entre Hyun, su proxeneta, y ella, provocaban a menudo los chismes de todo el barrio. Fue él, precisamente, quien apareció en la puerta. Un italiano de piel bronceada, cabello negro como la noche y cara cortada con cicatrices, que tenía un aire apache y, a decir verdad, tenía la cara perfecta para el trabajo. No hablaba, apenas lo hacía. Hana gritaba por los dos. Como la discusión se reanudó en el umbral y no iba a terminar, Jungkook se deslizó, sin esperar, entre los dos beligerantes. No era de los que se metían en la vida de los demás, tenía que lidiar con la suya y con la cohorte de fantasmas que se le pegaba a las suelas. Subió con decisión los desvencijados peldaños de la estrecha escalera, finalmente llegó a su casa y dio un portazo.

Una hermosa luz blanca iluminaba la habitación individual. En un rincón: un colchón en el piso, un baúl cubierto de libros, grandes hojas de papel enrolladas y atadas con una cuerda. Un gran sillón con una manta púrpura era un punto focal de color, en el entorno más que modesto. El resto de la habitación estaba amueblada con una pequeña mesa de madera con un jarrón en el que se marchitaban cuatro rosas. Un tazón de porcelana agrietado contenía un fondo de agua cristalina. Las paredes con dibujos llenaban el espacio, filtrando parte de los olores con el aroma húmedo de la tinta fresca. Jungkook tiró su abrigo en la silla y cogió el resto de su pan de la mañana. Masticó un bocado distraídamente, mientras recuperaba un carboncillo y un boceto que había dejado inconcluso en la improvisada cama.

¡Artista, qué bello oficio! Su padre ciertamente no habría apreciado que su único hijo cayera en este tipo de ocupación para morir de hambre. Pero Jungkook tenía el don en las manos. Ese deseo de dejar un rastro de las imágenes que veía cuando cerraba los ojos. Las imágenes y sobre todo las sombras. Negro, mucho negro, sobre blanco, por eso el grabado siempre le había fascinado. El arte de dibujar con sombras.

Garabateó sin convicción los contornos de una puerta, las líneas de una farola y una pequeña escena nocturna tomó rápidamente forma. Lo ennegreció con numerosos trazos, y la exuberante joven que era el centro se convirtió en una mujer embrujadora de mirada alocada. La imagen se volvió inquietante, extraña. Pero la inspiración se le escapó de los dedos. La figura dibujada era demasiado vulgar, no lo suficientemente intrigante.

Tendría que trabajar en ello.

El reloj de la iglesia sonó en la distancia. Golpes largos y arrastrados para anunciar la decimotercera hora. Jungkook dejó su boceto allí. Todavía tenía media hora para lavarse y ponerse en forma. Su segundo trabajo comenzaba a las dos. Dos trabajos para poder pagar el alquiler, la comida y, sobre todo, el material artístico. El joven suspiró resignado y se levantó. Sus hombros estaban adoloridos por el trabajo de la mañana.

Veinte minutos más tarde, estaba al pie de la escalera, recién afeitado y con el pelo domado. Hana y Hyun ya no estaban allí. La calle no dejaba de ser ruidosa, ya que los comerciantes de las dos de la tarde se habían instalado con sus puestos improvisados en la pequeña plaza cercana. Las conversaciones de los chismosos llenaban el silencio y calentaban el ambiente. Jungkook compró una manzana verde para completar su casi almuerzo y, refrescado, partió decidido hacia los principales bulevares.

Durante los últimos cuatro meses, además de trabajar en las obras de la Exposición, había estado empleado en el hotel Drouot la famosa casa de subastas. Allí trabajaba como cargador, llevando los objetos de venta al estrado de exposición, empaquetando los artículos comprados y ayudando a cargar las compras en los vehículos de reparto.

Cuando llegó al lugar, ya había una multitud en las puertas traseras del edificio. El lugar vomitaba enormes cajas, sacando antigüedades y preciosos objetos de arte en un ir y venir de sudorosos descargadores y estirados empleados.

Jungkook vio una cara conocida. Se unió a un tipo desgreñado y musculoso. Éste le saludó con una palmada en el hombro.

— Hola, artista. ¿Te has tomado el tiempo de arreglarte? ¡Sabes que no te vas a levantar una comadreja en esta conejera! ¡A menos que te gusten las viudas viejas!

—Gracias, Jules. Y tú, ¿te has acordado de bañarte desde anteayer?

Jungkook sonrió, mientras su colega emitía un gruñido divertido. Al artista le gustaba este tipo grande, tan rudo como amistoso, y sus constantes intercambios burlones. Jules era el jefe de personal de Drouot (En 1899, la casa de ventas drouot es el centro del mercado del arte mundial).

Antiguo fuerte de Les Halles (Eran encargados de transportar las mercancías desde el exterior al interior de los pabellones de las antiguos mercados), este hombre fornido tenía toda una red de contactos y buenos consejos de París. Debajo de su apariencia ruda y poco dispuesta, fue él quien le había encontrado a Jungkook un sitio en Montmartre y quien incluso le había conseguido pequeños trabajos de tipografía en la imprenta de uno de sus primos. Así que, aunque Jungkook , con su maldito orgullo y su desconfianza de gato escaldado en demasiadas ocasiones, no estaba dispuesto a dar la bienvenida a la amistad de nadie, este tipo merecía la pena.

—Apúrate, artista, van a empezar ahí. Estás en la sala en la planta baja —lanzó Jules.

—¡Eres una verdadera madre para mí!

Con las manos en el corazón, Jungkook parecía un niño cariñoso.

—Pfff, lárgate de aquí, imbécil —dijo el encargado de forma amistosa.

Jungkook giró sobre sus talones. Detrás de él, Jules le imitó. Al entrar en el edificio, el artista evitó por poco dos trabajadores que llevaban un armario. El armario se abrió de golpe, dejando caer una tabla interior al pavimento. El golpe de la madera se mezcló con las maldiciones de los dos hombres. Ignorando esto, Jungkook se dirigió a la casa de subastas.

Cuando llegó, el subastador aún no estaba allí y se tomó el tiempo para pararse en un rincón de la sala. Le gustaba esconderse detrás de los montones de sillas tapizadas con ricas telas y de los muebles al final de su vida útil. Allí, como un tigre a la caza, podía observar a los espectadores, a los clientes adinerados, a los viejos anticuarios. Toda la plebe de coleccionistas tan variopinta como patética, juzgó el artista con cinismo.

Luchar por baratijas doradas, un verdadero pasatiempo para los ricos ociosos. Jungkook despreciaba a esa gente, pero no podía negar que después de los esfuerzos físicos de su mañana, encontrar el ambiente silencioso del Drouot era un verdadero placer. Hoy, como de costumbre, se encontraba un poco atrás, escondido entre una lánguida Venus de yeso y un sillón de estilo Imperio. Las paredes cubiertas de terciopelo rojo daban a la habitación una atmósfera suave, polvorienta y somnolienta.

Miró despreocupadamente a la multitud diurna. Empezaba a reconocer a los habituales, incluso a saludar a algunos de ellos. Una señora regordeta de la primera fila parecía fascinada por una jardinera rococó, retorciéndose impaciente mientras esperaba que saliera su número a la venta. Al fondo, el público que no había podido encontrar asiento se agrupaba de pie. Las puertas de entrada de los visitantes estaban situadas al fondo de la sala.

La masa de gente se agitó un poco. Hubo gruñidos y gemidos. Un rezagado acababa de entrar en la sala, ya abarrotada, y obviamente buscaba una buena oportunidad. Eso era imposible, todas las sillas estaban ocupadas, incluso un viejo sofá Luis XV, que iba a ser vendido, había encontrado un uso en una pareja inglesa que se había sentado en él.

Era un verdadero placer ver interactuar al tardío con sus semejantes. Con una sonrisa, Jungkook centró su atención en el recién llegado. Era un hombre importante, se notaba en su vestimenta. Su barbilla era altiva, su abrigo estaba ajustado, la sonrisa confiada de quién sabía estar rodeado de gente influyente, la seguridad de quién cree en la estabilidad de su futuro. El maleducado consiguió colarse en un buen lugar, de pie, por supuesto, pero a la vista de todos.

¿Qué busca: ver las obras o ser visto? se preguntó Jungkook , un poco molesto por la arrogancia mostrada del burgués, que acababa de empujar a una delgada dama que no decía nada. El hombre se giró y habló con alguien detrás de él adoptando un tono irritado y desdeñoso. Agarró violentamente el brazo de un joven que tiró de él hacia su lado. Éste se zafó bruscamente y se apartó con decisión, enviando una mirada oscura al que todavía le estaba sermoneando.

"Una mirada oscura", era una forma de expresarse. No había oscuridad en esa mirada, una llama sí, brillante, ardiente, pero no oscuridad. Jungkook sintió que un fuerte escalofrío le recorría el cuerpo. Ojos azules. Intensamente azules y tan vivos y resplandecientes que el artista quedó hipnotizado. Adivinó que el joven no podía tener más de veinte años. Mechones castaños, tez de porcelana y unos labios especialmente increíbles. Unos labios obscenamente rojos, deliciosos y carnosos, unos labios, pensó Jungkook , por los que habría vendido lo que le quedaba de alma. El chico parecía salido de una pintura de uno de esos artistas ingleses que dibujaban musas sensuales condenadas a la desesperanza. Se intercambiaron algunas palabras entre el burgués y el que tenía que ser su hijo, aunque no había tanto parecido. El padre parecía especialmente obtuso, con las cejas fruncidas, y sus labios apretados. Luego se encogió de hombros y dirigió su atención al escenario donde acababa de hacer acto de presencia el subastador.

Jungkook no prestó atención a la entrada del maestro de ceremonias. Hubo un murmullo entre el público, y luego, con el golpe solemne del martillo azotando la madera, comenzó la venta: un vaivén de empleados, de objetos vendidos, de manos levantadas, de intercambios de billetes. Una efervescencia regulada como un metrónomo. Pero todo este baile de la subasta no sacó a Jungkook de su contemplación. Debería estar ayudando a sus compañeros, pero no podía dejar de observar al joven desconocido. Éste se había apartado de la subasta con cansancio y recorría la sala con la mirada. Debía de haber sido arrastrado allí más o menos a la fuerza, pensó Jungkook . Una tarea de ricos poco exigente, pensó con amargura el artista. Qué diferentes debían ser sus mundos, tan radicalmente diferentes. ¿En qué acogedora casa vivía este joven? Sin duda estudiaba derecho, como se hacía a menudo, y tenía que deleitarse con el vino y los helados en los cafés de moda, con su banda de aristócratas desenfadados, dispuestos a dilapidar la fortuna familiar y a preñar a las criadas. Otro mundo, repugnante de complacencia. Todo lo que odiaba. Un personaje así, de ordinario, no le quitaba el sueño. Pero, extrañamente, esta vez, quedó fascinado.

El hermoso desconocido posaba su mirada azul sobre todo lo que le rodeaba: los objetos desparejados, la variedad cosmopolita del público de la sala de ventas. Detalló todo con un aire inteligente e inocente, un interés por cada cosa y cada persona. Jungkook leía un verdadero curioso en aquellas pupilas brillantes que paseaban de un rostro a otro, la franqueza se dibujaba en su rostro y daba a sus facciones un hermoso aire seguro de sí mismo. El artista tomó nota mentalmente lo más que pudo, sus dedos le picaban por no poder grabar en el papel esta figura tan expresiva.

De repente, Jungkook dejó de respirar. Sus miradas se encontraron. Le pareció que una corriente eléctrica atravesaba su cuerpo; una descarga crispó su corazón que dio un salto casi doloroso en su pecho. En los ojos del joven se percibió la sorpresa: asombro por haber sido sorprendido en su propio juego o timidez, Jungkook no podía saberlo, su mente permanecía congelada. Era una sensación muy extraña, y era la primera vez que le ocurría algo así.

El joven burgués no apartó la mirada. Miró a Jungkook con intensidad. Él también parecía hipnotizado por este momento de intimidad suspendido en medio de la multitud. Solos, casi lo estaban, juntos, ajenos a ese vacío impenetrable para otros que no fuesen ellos mismos y que el verdadero amor a primera vista suele crear.

A lo lejos, como sofocada por una pared. La voz del subastador anunció las ventas. Los números se dieron. Jungkook perdió la noción del tiempo, absorto en esa mirada.

Cuando uno de sus colegas le indicó con un codazo que ya era hora que presentara un objeto, salió de su contemplación para agarrar el jarrón que se le tendía, enfurecido por los preciosos segundos robados a su deliciosa contemplación. Fue sólo un momento perdido, pero la extraña impresión se quedó ahí. Clavada en él. Más que una curiosidad, una necesidad que le ordenaba no perder este tenue contacto, no dejar que este momento de unión fugaz con ese perfecto desconocido se desvaneciera. Caminó automáticamente hacía el estrado. Esperó que los precios subieran, recuperó el jarrón y se lo entregó a otro empleado. Automatización del negocio, eficiencia. Jungkook volvió a ocupar su lugar, un poco atrás de las mesas de los expertos, y buscó al joven en el público. Éste no se había movido y no le había quitado los ojos de encima. Captó su mirada de inmediato y el destello de una sonrisa iluminó aún más los iris azules. El artista no pudo evitar responderle con un guiño. Esta vez, casi tuvo una carcajada, rápidamente disimulada con un discreto gesto de la mano, lo que Jungkook captó en el rostro del joven aristócrata. Era adorable.

Una voz los sacó a los dos de su intercambio silencioso. El padre acababa de superar la oferta de un cuadro. Del que compitió ferozmente con otro coleccionista y, al final, ganó la adquisición. Una sonrisa satisfecha se dibujó en su rostro. Hinchó el pecho, orgulloso como un torero. Un hombre pequeño y estirado vino a pedirle la suma y la firma del libro de subastas. El pedante burgués cumplió con los actos de pompa y circunstancia.

—Taehyung, ve a vigilar el embalaje de ese lienzo. ¡No me fío de la manipulación descuidada de los lacayos! Caramba.

Jungkook apretó la mandíbula;

—Lacayos... no somos nada más para ellos —murmuró el artista.

—Quería asistir al final de la venta —respondió el joven de voz hermosa que hizo girar a dos damas bien vestidas, sin duda sorprendidas por el aplomo, al límite de la insolencia, de su tono.

Su padre le devolvió una mirada dura que no debía ser desafiada. Jungkook vio que el joven acataba, probablemente prefiriendo no desafiar su autoridad en público. Se dirigió hacia las bodegas. siguiendo a un empleado que llevaba el cuadro. Pasando cerca del podio de las ventas, se volvió hacía Jungkook . Su rostro no reflejaba más que una expresión neutra, pero sus ojos, vivaces, dejaban filtrar un caos de sentimientos y el artista sintió su mente zumbar. Este encuentro le parecía un milagro, pero más probablemente fuera una maldición. ¿Hacía qué tormentos le conducirían esos ojos? ¿Qué tipo de placer?

En su mente solo resonaba más que una simple palabra, casi una orden: «¡Síguelo!».

31 de Julio de 2021 a las 00:16 0 Reporte Insertar Seguir historia
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