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Las luces de la ciudad en la noche

Antes de desatarse la ansiedad por el desconcierto que sintió en reiteradas ocasiones; antes, cuando contemplaba la vida con mayor generosidad aunado a un profundo sentimiento de cariño y sosiego; antes de determinarse nuevamente su papel dentro del plano existencial que habita; antes de percibir con mayor prevención la intensa naturaleza de los seres humanos; antes de odiarse y quererse de nuevo por quinta vez en la semana, no sin antes arrastrarse con determinación por los dinámicos y tortuosos caminos del recuerdo y del olvido, sospechando de lo que pudo ser, buscando un instante de aceptación para lo que fue y reconociendo la variabilidad intrínseca de la cual está dotado el futuro en lo que será; antes de sobrevivir al penetrante apetito de una vida loca, divertida y feliz, antes de comprender que la felicidad no se encuentra allí, que aquella se pasea tranquila por otras rutas ubicadas más por el interior; antes de privarse del mundo encarcelándose por un delito que no cometió; antes de sentir lo que nunca pensó sentir, antes de morir y volver a nacer, antes de conocer el silencio del vacío y volverlo ruido dentro de su corazón y de su mente; antes de volcarse a ser quien no es; antes de sollozar porque sí, corriendo las cortinas para evitar sentir el aire frio de las noches que tanto disfrutó, antes de concebir y aprehender en su mano la maldad del mundo que diagnosticó como normalidad; antes de mirar al cielo tratando de buscar a Dios, antes de que las lágrimas le impidieran conjurar palabra alguna; antes de lograr convocar una lluvia desencadenada que vaciara todo un edificio, inundándolo con torrenciales de agua fría; antes de procurar cambiar el pasado; antes de intentar deshacer su ser en tareas repetitivas, antes de recordar voces y sucesos, antes de producir incontables gritos internos, antes de simplemente ver pasar las horas, antes de ponerse a buscar la alegría, antes de intentar triturar el pasado; antes de eso y antes de enamorarse, Diana era diferente.

Se acomoda un poco el cabello frente al espejo mediano ubicado en la salida de la casa no sin antes enviarle un mensaje de voz a su novia «Ya voy de salida, te amo, ahora nos vemos», remitiendo después caritas con corazones. «Buenos días» saluda a los vecinos, aquellos le devuelven el saludo y sonríen, Nicolás siente ganas de reír a causa de una felicidad inexplicable, piensa que es un bonito día, mira a su alrededor y se siente pleno, a su mente llega la imagen de su novia y recuerda lo bonita que es. Al llegar, camina derecho y con buena postura, saluda a varias personas cuando observa a Diana sentada en una de las mesas de aquel bonito restaurante que frecuentan cerca al trabajo, se miran a lo lejos y ambos sonríen casi de manera automática, Nicolás la saluda con un beso y ubica la silla para sentarse frente a ella, siguen riendo y almuerzan juntos en ese lugar, conversan sus entornos y convergen sus deseos y de nuevo el gusto del enamoramiento inicial. Nicolás sabía captar su atención aunque a veces le atormentaba la sencillez de su novia, le gustaba verla, estar con ella y que la vieran a su lado, hablaban constantemente del futuro, incluso de hijos de manera jocosa, eran pequeños momentos que días después, entre lágrimas, consideraría como los mejores de su vida, donde fue feliz al lado de quien amaba.

Terminaron de almorzar y se despidieron, Diana sostuvo su mano con fuerza mientras una tímida risita se desprendía de su boca; «Lo de hoy, para mañana entonces» le dijo Diana y Nicolás asintió contento, se volvieron a despedir y un corto beso fulminó el instante. Era la tarde en la que habían quedado para salir, sin embargo ya se habían visto en el almuerzo, pensaba Diana, «A veces también yo me ocupo, es normal». Decidió aprovechar aquella tarde para pasearse entre locales de un centro comercial cercano y comprar algunos productos que necesitaba antes de volver a su casa, allí se posó sobre la tranquilidad intensa que puede llegar a brindar el aburrimiento, pensó tal vez, que la noche no había terminado.

Entrada la noche antes de producirse el contubernio, Diana recibió un mensaje de Nicolás que le advertía sobre alguna celebración que habían iniciado en la oficina, que allí iba a estar él, a ella le pareció buen indicio «Que la pases muy bien, te amo» le respondió, en su mente se trazó la idea de aprovechar aquel jolgorio para procurar reponer esas horas con su novio, que ese día se habían esparcido entre vitrinas, productos y prendas de vestir en promoción. Horas pasaron y Diana salió en busca de su amorcito entre caminos inhóspitos, no era la primera vez que se visitaban de noche, se trataba de una treta concebida por ambos desde tiempos en que empezaba a florecer el enamoramiento y la calentura. Al llegar al apartamento percibió un leve bullicio, empujó la puerta junto a otras dos persona que llegaban, pensaban que hacía parte de la reunión, se encontraban allí en la sala algunas personas más “rematando” la fiesta; bebida y oficinistas en el sofá, prendidos por la efervescencia de la noche además de la bebida que atiborraba sus sienes, disputándose besos y prendas en divertidos juegos de azar, Diana se introdujo distante casi sin ser percibida causándole gracia aquella situación de ebrios agradables y risueños, definitivamente la noche no había terminado, pensó.

Observó a la cocina finamente cuidada, tal vez Nicolás había advertido que no quería desorden en ella, precipitó su andar sobre el pasillo que da al baño buscando sobre las sombras la sombra que tanto amaba, sin darse cuenta se encontraba frente a la puerta de la habitación principal airosa por abalanzarse sobre aquel hombre para acomodarle sobre los labios dos o tres besos con cálido placer nocturno. Un haz de luz se apoyó sobre su rostro develando al instante una escena sacada de alguna película de terror; una criatura femenina sentada encima de un cuerpo acostado, al que le desprendía los últimos botones de la camisa con cierta precisión quirúrgica mientras clavaba su boca sobre el cuello de aquel individuo que hacía lo propio encajándole sus manos dentro de la blusa obscura para recorrer con su tacto el torso de aquella mujer; revelando una fina cintura y terminando por aventar aquella prenda fuera de la cama. Diana ahí parada presenciaba como dos persona estaban compartiendo besos y caricias desmedidas; una encima de otra, la de abajo: su novio Nicolás.

En ese mismo momento, Nicolás encajó una mirada perdida sobre la pétrea figura de Diana, dejando salir de su boca, en voz alta, el nombre de su novia. Agobiada, sus ojos se empezaban a cubrir de lágrimas, aquella mujer se sentó a un lado estupefacta posando sus manos sobre su pecho, sospechando la naturaleza de aquella situación. «Diana no, no es así» dijo Nicolás, ella parecía no escuchar nada, Diana trató de conjurar alguna palabra pero al final solo se produjo nada más que una mirada desconcertante a veces fijada en la nada, otras veces virulenta, que se posaba sobre su insidioso novio, la mujer y la cama distendida por los movimientos apresurados; Diana dejó escapar un profundo suspiro y abandono la habitación, caminó cabizbaja y con rapidez por el pasillo, llegando a la sala no vio más que la puerta principal entreabierta, apresuró su andar e irrumpió directa al ascensor mientras escuchaba pasos que la seguían, presionó con rapidez, unas cuatro o cinco veces el número 1 del ascensor, por desgracia el tiempo se confabuló para que una pareja cuatro pisos arriba detuviera el ascensor, un domiciliario un piso abajo y luego un adolescente hambriento que rezaba por que los puestos de comida rápida aún estuvieran abiertos. Tendría que esperar un rato. Diana pensó en tomar las escaleras pero era tarde, una mano sostuvo la suya con relativo cuidado, ella la apartó inmediatamente volcando su mirada sobre los ojos de su ex novio que palidecía ansioso y notablemente entristecido, llorando a borbotones. «Perdóname Diana, perdóname» suplicó el desdichado, Diana oyó más palabras suyas a lo lejos, palabras que suplicaban clemencia y perdón, luego con calidez y delicadeza tomó la mano derecha de Nicolás acariciándola por un instante, la soltó y miro a las puertas del ascensor que se abrían; el adolescente hambriento había olvidado su billetera. «No quiero hablar» le dijo con voz dolida y cansada mientras se le desprendían con más fuerza las lágrimas contenidas, dio un paso e ingresó al ascensor, la pareja y el domiciliario percibían cierta penumbra alrededor de Diana, ella trataba de contener aún más las lágrimas, mirando al suelo, al techo y a los números que marcaba el ascensor.

Con paso cansino partió a través de las zonas sociales del conjunto, digiriéndose a la portería para salir, se le antojó comer algo pero los puestos de comida rápida estaban cerrando, al llegar le pidió el favor al vigilante que contactara un taxi al momento que encontraba uno libre afuera; se ubicó en un asiento de atrás dejándose caer contra la ventana entre abierta, mientras el viento rosaba de forma serena su cabello, sus ojos encontraron tranquilidad en las luces de la ciudad que veía desde la ventana, luces que se contrastaban a través de las lágrimas estancadas en sus ojos creando un destello hipnotizador. « ¿Señorita, se encuentra bien? » le preguntó el taxista mientras maniobraba con destreza la cabrilla, ella lo observó por el retrovisor, «No tanto… cosas que pasan» le dijo Diana y procedió a secarse el pequeño estanque de lágrimas que le quedaban, «le ofrecería un pañuelo pero no tengo» le dijo el señor y continuó diciendo «Por asuntos de amor no se me agobie, que el corazón como se rompe se arregla» mientras sintonizaba un programa cómico en la radio, «Chistes señorita, la vida es un chiste», ella sonrió, se acomodó sobre la silla y continuó observando las luces mientras escuchaba aquellos chistes malos que igual la hacían reír, algo en su interior suplicaba porque nunca concluyera ese momento de quietud perpetua recorriendo en un taxi calles y avenidas, gradeció al taxista por su amabilidad y al bajar de aquel recinto móvil encantado configuró de nuevo sus neuronas al sentir la frialdad del aire. Sin percibirlo ya se encontraba en su apartamento; preparó café, se dirigió a su habitación y se tiró a la cama cansada, segundos después echó de ver el marco de la ventana que brillaba y se asomó despacio, sus ojos dejaron escapar tímidas lágrimas mientras contemplaba a plenitud: las luces de la ciudad en la noche.

DLAM

29 de Julio de 2021 a las 23:36 0 Reporte Insertar Seguir historia
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