danel31 D.C. Brugiatti

Las dos jóvenes princesas del reino más poderoso de toda Altera, deben decidir por sí mismas quien heredará el trono de su madre. Para hacerlo, se proponen encontrar la legendaria Lanza de la Vida, un artefacto que, supuestamente, solo responde ante la mas poderosa de las amazonas. Pero en su aventura, se verán envueltas entre las maquinaciones de un culto que busca la lanza para despertar a un antiguo enemigo de la humanidad y los problemas que involucran liderar a todo un pueblo. Todo mientras ambas descubren, a su manera, su lugar en el mundo.


Fantasía Épico No para niños menores de 13.

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Lección de madre

En la tierra de Altera, la reina de Helas, Lucía Alexandra, dio a luz a una niña en su segundo parto. Pero la pequeña niña de ojos dorados como el ámbar y cabello oscuro, no iba sola. Detrás de ella nació una gemela, idéntica en todo. Ambas eran amazonas igual que su madre, mujeres con una poderosa habilidad llamada estado omega que les permitía acceder a la energía del alma a voluntad y potenciar sus cuerpos a niveles sobrehumanos. La reina tomó a sus niñas y pidió privacidad para leerles los ojos, donde se podía medir el potencial de una amazona. Lo ideal era que ambas tuvieran las mismas cualidades que su madre, los dones de la semidiosa Alexandra, la primera de todas las amazonas y matriarca de la familia real. Pero no fue así.

Llamó a una Cassandra Alexandra, ella sería fuerte y decidida, y todos la seguirían por naturaleza, estaba llamada a ser un faro de luz en la oscuridad y una guerrera incansable. La otra se llamó Anethea Artemisia, pues tenía los ojos de Artemisia la Sagaz, media hermana y mayor aliada de Alexandra durante la guerra contra el dios Geos; ella sería lista y perspicaz, y todos la seguirían por su ingenio. Habría sido un gran día, dos niñas perfectas y saludables, un parto rápido y tranquilo. Pero no fue un gran día, pues en el reino de Helas, era la reina amazona quien se sentaba en el trono central, y casi siempre era una heredera de los dones de Alexandra. Ambas tenían dones dignos de una reina y Lucía lo sabía, así que cuando le preguntaron cuál de las dos sería su primera heredera, ella respondió que ninguna, y dejó escrito que solo ellas podrían decidir quién se quedaría con el trono.

¿Cuántas guerras se habían peleado entre hermanos, primos, tíos y sobrinos que deseaban un mismo trono? Muchas probablemente. Pero a Lucía no le importó eso. Y es que, ¿cómo podía elegir? Cada una era el vivo reflejo de lo que ella siempre había soñado desde que supo que estaba embarazada de su primer hijo. Ambas eran perfectas al nacer, solo el tiempo y la educación podrían decidir cuál sería la mejor de las dos; al menos eso esperaba ella. Algún día, una de las dos debía sobresalir, tal vez así lograría decidir.

Los años pasaron en un abrir y cerrar de ojos, y con cada año, la brecha creada por las diferencias entre las gemelas creció y creció. Las predicciones de Lucía se cumplieron, las dos eran lo que ella esperaba. Ambas serían excelentes reinas por razones diferentes y la posibilidad de elegir una heredera no se facilitó con el tiempo, sino todo lo contrario. Era una verdadera lástima que no pudieran reinar juntas.

Las gemelas trabajaban junto a su madre y a la vez aprendían cómo ser una reina, estudiaban y se preparaban a la par, y también entrenaban para la guerra, pues no solo debían ser guerreras excepcionales en lucha individual, ellas habían nacido para comandar legiones y administrar naciones. Descendían de conquistadores y semidioses, las expectativas que todos ponían en ellas, eran tan altas como las estrellas, inalcanzables por más que parecieran estar tan solo flotando en el cielo.

*****

Estaban en el comedor familiar leyendo cartas con solicitudes de los gobernadores provinciales y otros oficiales de pueblos alejados de la capital. El salón tenía un tragaluz sobre la mesa y amplias ventanas por donde entraba la húmeda brisa de la mañana.

Anethea abrió una carta, decía que era de parte de la asociación de agricultores del sur de Dacia; una de las provincias.

—Mamá, creo que esta se coló entre los documentos oficiales por error —dijo Anethea y se la llevó.

—No fue un error —respondió Lucía mientras leía—. Tiene el código postal del palacio, tal vez algún militar es parte de esta asociación o conocen a alguien.

—¿Qué piden? —preguntó Anethea.

—Quieren que envíe gente para estudiar algunas propuestas. ¿Quiénes se creen?

—¿No es eso parte de tu trabajo? —preguntó Anethea.

—Pues sí —respondió Lucía—. Pero hay otras doce provincias además de ellos. Se creen tan importantes, siempre pidiendo y pidiendo.

—Las últimas peticiones que recuerdo, sonaban bastante lógicas —dijo Anethea—. Me parece que solo buscan progresar.

Lucía señaló a un antiguo mapa del imperio que colgaba en la pared. —¿Sabes quienes solo buscaban progresar también? Los alejandrinos antes de que Luna Alexandra Tercera les otorgara la independencia y nos arrebatara el acceso al mar por el que ahora pagamos tantos impuestos.

Anethea torció la boca y miró para otro lado.

—Igual Techak, Nibia y Estoquia cuando Alexandra Primera disolvió el imperio. Ellos solo querían progresar. Olvídalo, no planeo ser recordada por perder una provincia como Luna. Porque créeme, con el tamaño de su territorio, Dacia fácilmente podría ser un reino independiente. No queremos eso, ¿verdad? Tenemos fábricas de armas allá y nuestro mejor acero, y un tercio de su producción agrícola es para nosotros. ¿Crees que nos conviene?

—No —respondió Anethea desganada.

—¿Cassandra? —dijo Lucía—. ¿Tú qué opinas?

—¿Ah? ¿Qué cosa? —dijo Cassandra regresando la vista de la ventana que daba al jardín.

—Sobre lo que dije de Dacia —dijo Lucía levantando las cejas.

—Sí, cómo sea. Seguramente tienes razón. La verdad no me interesa ahora mismo.

—¡¿Qué es lo que te interesa ahora mismo entonces?! —preguntó Lucía.

—Quiero probarme tu armadura. Creo que ya estoy lista para empezar a usarla.

—Aquí vamos otra vez —dijo Anethea suspirando—. ¿Por qué Cassandra? ¿Por qué insistes en arrastrarme a otra paliza? ¿Acaso te gusta verme sufrir?

—Está bien —dijo Lucía levantándose—. Tengo tiempo para darles una pequeña lección.

—Lo sabía —dijo Anethea gruñendo y dejó caer su cabeza en la mesa—. ¿Por qué debo participar? Es obvio que yo no seré quien use esa maldita armadura.

—Porque deseo que al menos hagas el intento —dijo Lucía poniéndole las manos en los hombros—. Vamos Tea, es importante. La armadura divina es un símbolo de la reina.

Se pusieron sus armaduras para reencontrarse afuera en los jardines.

El sol brillaba candente y la brisa de las montañas soplaba con fuerza en lo alto de la ciudad. Lucía se puso la armadura sagrada de las reinas, la que la cubría casi por completo con placas de metal blanco y detalles dorados, tenía una figura bastante femenina y parecía estar pegada a su cuerpo, además, usaba un faldón púrpura y su yelmo tenía una cresta de plumas del mismo color. Las princesas vestían armaduras de bandas y placas de metal dorado con muchos grabados, no estaban tan cubiertas, aunque sus armaduras eran de la mejor calidad que era posible fabricar en esa época. Ellas usaban ropa acolchada púrpura y faldas blancas con bordados de flores y mariposas púrpuras, violetas y negros. Las tres usaban escudos y espadas de metal.

Los ojos de la reina Lucía brillaban con una intensa luz blanca mientras esquivaba con gracia los ataques de sus niñas y las golpeaba a placer cada vez que bajaban la guardia. La luz de sus ojos era visible en plena mañana y el calor espiritual que ella irradiaba amedrentaría a cualquier amazona; pero las gemelas no eran cualquiera. Sus movimientos vigorosos y sus botas pesadas destrozaban el pasto verde del suelo y dejaban surcos en la tierra, levantando ese delicioso aroma de la hierba recién cortada y la tierra húmeda. Pilares de roca blanca con figuras de héroes y heroínas antiguos las rodeaban, todos ancestros suyos, leyendas a quienes ellas debían igualar algún día. Ellas también utilizaban su estado omega, pero la luz de ambas era dorada y su brillo se concentraba únicamente en el iris de sus ojos. Aunque para sus dieciséis años, ambas emitían un calor respetable.

Lucía pateó a Anethea en el estómago hundiendo la armadura y sacándole el aliento. Cassandra gritó y atacó con ímpetu. Ella siempre quedaba de última en pie, y perdía. Pero no se rindió. Por primera vez en su vida logró seguirle el ritmo a su madre. Anethea se levantó, pero en vez de unírsele, ella le echó ánimos. La reina empezó a sonreír de felicidad mientras peleaba con su querida hija.

—¡Casi lo logras hoy Cassandra, pero te falta mucho por aprender! —dijo Lucía.

—¡Sigo en pie! —exclamó Cassandra atacando.

—¡Ahora viene el siguiente nivel! ¡Presta Atención!

Lucía bloqueó un ataque hacia un lado. Un destello azul pasó por sus ojos. Luz y energía emanaron desde su espalda en forma de equis, como alas de fuego que rugían. Cassandra amplificó al máximo sus reflejos. Lucía lanzó una patada perfecta. Cassandra reforzó su musculatura tanto como pudo. Pero no logró moverse a tiempo. La patada la mandó contra una pilastra. Se estrelló de espalda y cayó con una rodilla en el suelo. Sus ojos brillaban blancos como los de su madre. La pilastra crujió y se partió, desplomándose sobre Cassandra. Lucía saltó hacia ella y pareció volar. Chocó la pilastra con el hombro y la desvió hacia un lado violentamente. Todo ocurrió en un parpadeo para Anethea quien las miraba atónita.

La intangible energía que Lucía despedía por la espalda rugía como un voraz incendio avivado por la brisa. Dijo que prestaran atención. Sus ojos explotaron con luz celeste, los picos de energía crecieron y los rayos de metal dorado en su armadura se encendieron. El calor de su omega era como un sol ardiente que las oprimía espiritualmente, un poder inimaginable, inalcanzable.

—El fuego de la diosa —dijo Anethea con los ojos llorosos—. Las alas de la victoria aun arden en Helas.

Lucía apaciguó su estado omega y toda su luz se apagó. Se le quedó mirando fijamente a Cassandra con una tierna sonrisa y se quitó el yelmo.

—Al fin estas despertando tu gran potencial —dijo Lucía—. Mis días como reina de la guerra están por terminar, pues mi poder está menguando mientras el tuyo crece.

—Pero mamá —dijo Cassandra dejándose caer acostada en la hierba—. Eso fue increíble, sobrepasaste el estado omega por un instante.

—Tú no estás muy lejos —dijo Lucía—. La primera vez que logré el brillo blanco en mis ojos fue a los veinticinco, tú has progresado más rápido que yo.

—¿Tea, tú también lo notaste? —preguntó Cassandra—. ¿De verdad mis ojos brillaron blancos?

—Sí, y por eso no me metí —dijo Anethea ayudándola a levantarse—. Es impresionante, el calor de tu omega parece ser el doble de lo que recordaba.

Cassandra se miraba las manos mientras abría y cerraba los puños con una expresión de desconcierto.

—¿Qué es lo que debo sentir? —preguntó Cassandra levantando las cejas.

—Parece que alguien no ha estado estudiando lo suficiente —dijo Anethea con una mueca burlona.

Lucía señaló hacia el gimnasio y le dijo que levantando pesas entendería. Cuando Cassandra se marchó, Lucía se llevó las manos a la cadera y miró hacia el cielo suspirando con una sonrisa de tranquilidad. Los hilos plateados de la edad resplandecían entre su oscuro cabello mientras era bañado por el sol y acariciado por la brisa. Miró a Anethea de reojo.

—Supongo que tienes preguntas —dijo Lucía.

—Es obvio —respondió Anethea con los ojos caídos—. Yo estudio más que ella, conozco mejor las técnicas de meditación y respiración. ¿Por qué yo aun no puedo hacer eso?

—Déjame hablar con ella y ya vuelvo, espera aquí —dijo Lucía y se fue al gimnasio.

—¡Anethea ven aquí por favor, es urgente! —gritó Lucía desde el gimnasio.

Anethea llegó caminando y su madre dijo que no pasaba nada que volvieran al jardín. Estando en el jardín, ella llamó a Cassandra de la misma manera y con el mismo tono de urgencia. El cascabeleo de la armadura de Cassandra seguido por sus pisadas anunció su breve llegada. Por alguna razón, sus pasos siempre sonaban pesados y fuertes, aunque ella era apenas un poco más robusta que Anethea. Tal vez era la confianza que tenía en si misma que la hacía pisar con fuerza y con seguridad, sin miedo a hacerse notar.

—¡¿Qué ocurre?! —preguntó Cassandra mirando alrededor.

—Nada mi amor, olvídalo, vuelve al gimnasio —respondió Lucía.

—Deja de usarme para tus lecciones, o al menos avísame —dijo Cassandra y tiró su enmarañado cabello hacia un lado mientras volteaba para irse.

—¿Qué querías mostrarme? —preguntó Anethea—. Sé bien lo tonta que es Cassandra. Es obvio que vendría corriendo como un perrito faldero sin analizar que no hay posibilidad de que algo malo pase aquí donde estamos.

—No confundas la jovialidad y la entrega de tu hermana con su usual tontería. Ella le dedica toda su energía a lo que sea que hace, pero tú no. ¿Por qué entrenas? ¿Por qué aspiras al poder que tu hermana acaba de descubrir?

Anethea respondió al instante, con algo de desdén. —Es lo que tengo que hacer, una de nosotras te reemplazará algún día, debo estar preparada.

—¿Eso es todo? —preguntó Lucía—. No suena como algo que quieras de corazón.

—Supongo que es todo.

—Entiendo. ¡Cassandra, mi amor, ven aquí por favor!

Llegó donde ellas agitada y con la cara sudorosa, aunque sus ojos aun brillaban blancos.

—Querida, dime algo, ¿por qué entrenas? ¿Por qué aspiras a tener más poder? —dijo Lucía.

Cassandra se golpeó el pecho con el puño y respondió agitada, pero con la frente en alto.

—¡Para poder proteger a nuestra gente! ¡No puedo ser el escudo de Helas siendo tan débil! —dijo Cassandra chocando el puño con su otra mano—. Además, no soporto ser la segunda. Yo seré la más fuerte algún día, la mejor de todas ¡Y si Geos y sus dragones regresan mientras yo viva, los enfrentaré y los acabaré!

—Gracias Cassandra, puedes retirarte —dijo Lucía.

—¿Sigues usándome para una lección?

—Sí, vete.

Cassandra miró a Anethea con desaprobación. —Por suerte tú eras la lista.

—¡Cassandra! —exclamó Lucía—. ¿Quién tuvo la idea de crear el tratado de Celadonia?

—Eh… Creo que fue… Espera… ¡¿Qué cosa?! ¡Ya voy! —exclamó Cassandra señalando hacia el gimnasio—. Parece que me necesitan por allá, saludos —dijo ella despidiéndose con la mano y se fue corriendo.

—Fue Celadonio Augusto —dijo Anethea—. Gran Praetor del sur, cónsul de las antiguas legiones Drax, fundador de Celadonia y héroe de la última guerra contra Geos.

—¿Has notado la diferencia entre sus respuestas y la tuya? —dijo Lucía.

—Yo sí leí sobre Celadonio. Honestamente, él no era tan genial como todos creen.

Lucía la miró entrecerrando los ojos.

—En efecto ella parece estar mucho más motivada que yo —dijo Anethea suspirando.

—¿A qué crees que se debe eso? —preguntó Lucía.

Anethea bajó la mirada y volteó hacia un lado. Una lagrimita se le escapó hacia su mentón, pero ella la limpió al instante.

—Vamos hija, puedes contarme lo que sea —dijo Lucía levantándole el rostro.

—¡Yo entreno tanto como ella mamá, la verdad es que no lo entiendo! Todos los días estudio y entreno, estudio más y vuelvo a entrenar. Pero sin importar lo que haga, ella siempre me vence, siempre me supera en todo lo que hacemos.

Lucía la acercó con su brazo y la besó en la cabeza.

—Tú y Cassandra son como dos cristales de sal mi amor. A simple vista son iguales, pero de cerca, las más minúsculas imperfecciones, crean un mundo de diferencias. Creo que aún no encuentras tu razón de ser en este mundo y la estás buscando en el mismo lugar que ella.

—Yo sé que ella tiene los dones de Alexandra y yo los de Artemisia, sé que somos diferentes. Pero tú nos dijiste que nuestro potencial era idéntico y abuela lo confirmó.

—Ven, camina conmigo —dijo Lucía tomándola de la mano.

Caminaron por un pasillo techado, de paredes blancas y tejas de arcilla. Cassandra seguía en el gimnasio real. Estaba de espalda a la entrada haciendo dominadas con discos de metal colgando de su cintura.

—La lectura de ojos solo nos da un estimado del potencial de una amazona —dijo Lucía—. Pero eso no quiere decir que dos amazonas con el mismo potencial serán siempre iguales. Cassandra es igual que yo, somos fuertes, de cabeza dura y rápidas para actuar sin medir las consecuencias. Solo mírala como entrena. Pero tú eres paciente, planificadora, sagaz.

—Creo que entiendo tu punto, pero entonces dime, ¿qué debo hacer? —preguntó Anethea.

—Es tan fácil explicarte las cosas —dijo Lucía—. Es hora de que dejes de entrenar igual que Cassandra. Es obvio que la rutina actual le favorece a ella y nunca la igualarás. Debes encontrar algo que te favorezca y perfeccionarlo, tal vez enfocarte en otro tipo de arma, o aprender un estilo nuevo.

—Mañana mismo retomaré el arco y flecha —dijo Anethea—. Siempre me ha gustado.

—Me parece una gran idea, pues Artemisia la Sagaz era la mejor arquera entre Alexandra y sus hermanas —dijo Lucía—. Vamos a comer, usar tanto poder me abrió el apetito. Dile a Cassandra que se detenga o morirá, su cuerpo aún no está listo y está quemando demasiado su energía.

Anethea caminó hasta donde estaba Cassandra y le habló. Ella se soltó de la barra, y al poner los pies en el suelo sus piernas flaquearon. La luz blanca aun ardía en sus ojos, pero su intensidad no era constante y se tornaba dorada por instantes. Anethea la ayudó a levantarse, pero a penas la soltó, volvió a caer de rodillas. Cassandra apagó su omega y se levantó, pero sus piernas parecían fideos. Le tomó un instante recomponerse, pero pudo caminar con la ayuda de Anethea y juntas tomaron rumbo hacia el palacio siguiendo a su madre.

—Oye Tea. No creo ser mejor que tú, puedo ser más rápida y más fuerte. Pero nunca seré mejor que tú.

—¿De qué hablas? —preguntó Anethea.

—Desbloquear el poder de mi omega parece haber aumentado todos mis sentidos –dijo Cassandra tocándose la oreja.

Anethea se quedó en silencio mientras caminaban por el camino de rocas en el medio del jardín.

—Di algo, por favor, no me odies en silencio —dijo Cassandra.

—¿Cómo te voy a odiar? No seas ridícula. En todo caso estoy molesta conmigo misma, con el destino, hasta con Artemisia por heredarme dones más difíciles de entender que los de Alexandra —concluyó Anethea sonriendo.

—Al final, nada de eso importa —dijo Cassandra—. Reinaremos juntas y tendremos el mejor reinado de Helas desde que Alexandra separó el imperio y fundó el nuevo reino.

—Eso es imposible Cassy —dijo Anethea—. Solo puede haber una reina, no por ser gemelas aceptarán una excepción a eso. Además, ¿qué pasará con nuestros hijos?, ¿cómo dividirán las responsabilidades? Una cosa somos nosotras y otra cosa son los que vendrán después.

—¿Sabes qué? —dijo Cassandra—. ¡Mamá! ¡Ven aquí ya y dinos de una buena vez quien va a ser tu heredera!

Lucía se volteó y caminó de vuelta hasta donde estaban ellas en medio del jardín. Puso una mano en el hombro de cada una de ellas.

—Ya se los dije, nunca les diré quien nació primero y no pienso elegir porque, para mí, ambas son iguales. Ustedes dos deberán decidir quién se sentará en el trono de Alexandra una vez yo no esté.

—Pero mamá —dijo Cassandra.

—Es inútil —dijo Anethea—. No insistas.

—Confío en que las estoy preparando lo suficiente para que ambas sepan hacer lo correcto cuando yo llegue a faltar.

—¿Cómo sabremos qué es lo correcto? —preguntó Anethea.

—Cuando estén listas lo entenderán —respondió Lucía sonriendo.

—¿Y si ambas queremos el trono? —preguntó Cassandra.

Lucía sonrió y las sacudió por los hombros con firmeza.

—Pues entonces lo arreglarán a la antigua —dijo ella—. Espadas, puños, campeones, legiones, como ustedes prefieran. Pero solo puede haber una reina guerrera en el trono de Helas y eso nunca, jamás, cambiará.

Ambas pelaron los ojos y se miraron fijamente. La sola idea de tener que luchar entre ellas era descabellada, inconcebible. Pero su propia madre la estaba sugiriendo. Ella era la poderosa y temida reina Alexandra después de todo, y ellas eran, al fin y al cabo, las herederas del trono más influyente e importante de los reinos Aliados, el trono central del antiguo imperio que dominó el mundo de los hombres, y derrotó a Geos y a sus ejércitos comandados por dragones.

—Aunque, tal vez haya otra manera —dijo Lucía acercándolas a ella—. Se dice que la lanza de la diosa que Alexandra utilizaba, posee un gran poder divino, mucho mayor al de mi armadura, y solo la más poderosa de todas las amazonas puede despertar los rayos de la diosa con ella. Suena como una buena forma de saber quién sería la mejor reina.

—¿Fúlguras? ¿La lanza de la vida? —dijo Cassandra mirando hacia un lado.

—Si tan solo supiéramos donde rayos Alexandra la escondió —dijo Anethea.

—Pues averígüenlo —dijo Lucía—. El futuro mismo del reino podría llegar a depender de eso, o más bien, podría llegar a depender de ustedes.

29 de Julio de 2021 a las 04:33 0 Reporte Insertar Seguir historia
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