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Erasmo significaba "Fácil de amar", un alguien afable y simple; pero Eras solo se llamaba así de ese modo, "Eras" como si de un periodo histórico se tratara; Eras era etapas, sucesiones de hechos que le sacudían sus hábitos de ser. Y cuando Fazio le dijo que lo amaba, él, extrañado, atesoró aquel sentimiento retorcido como si nadie más pudiera experimentar aquello sobre su persona. ¿Quién sino amaría a una persona como él? Un pirata inescrupuloso y poco carismático que no sabía vivir para sí mismo. El mal querer era el único querer que había en el mar o en la tierra para alguien como Erasmo.


Fantasía Fantasía oscura Sólo para mayores de 18.

#piratas #magia #sirenas #psicologico #lgtb
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Prólogo

Una vez que la idea de volverme un pirata se me cruzó por la cabeza, no pude evitar imaginarme cómo podrían hacerme caminar hasta la horca con las manos esposadas, esperando mi turno mientras me dejaban ver como morían uno a uno los desgraciados que estuvieran por delante de mí en la fila.

Pero vivo en el sur de Diavantís, en esa pequeña porción de tierra bien al noreste donde todo lo que se planta crece y todos tienen trabajo en las plantaciones y distribución, con el único y pequeño problema de que los sueldos no alcanzan para absolutamente nada y la mitad se termina yendo entre impuestos estúpidos y demás.

No soy un tipo de familia acomodada ni apellido importante, pero a mis 24 años terminé heredando el puesto de trabajo que tenía mi difunto padre, también llamado Erasmo y apodado Eras, llevando cuentas y entregándole sus sueldos en especies a los trabajadores, solo para recibir un sueldo en monedas que apenas si me alcanzaban para mantener a mis dos hermanas, Vesta de diecinueve y Encarna de dieciséis.

En el año novecientos noventa y nueve ya no valen aquellas cosas de casar jóvenes a las mujeres para que otra familia se encargue de mantenerlas como se hacía en antaño; aunque bien me sugirieron muchas veces que ya no debería “encargarme de mis hermanas solteronas” yo me sentía feliz de poder darles a ellas la oportunidad de elegir qué hacer con sus vidas o de darles más tiempo para encontrar y decidir con qué hombre querrían pasar el resto de sus vidas; no les exigiría jamás que hagan lo que a mi me plazca con su vida, siendo que después de todo yo jamás había tenido interés en casarme o formar una familia.

Aquella tarde yo estaba hablando con un amigo de la infancia que se había presentado en mi casa para tratar de venderme algo del pago en especies que le habían dado por un par de monedas, y yo me negué pero le ofrecí algo de tomar y aceptó. Él tenía las manos lastimadas por el trabajo rural, por lo que vi; así como también dos oscuras ojeras y una personalidad en general curtida por las injusticias que se vivían en la isla; la isla llamada Encarna, justo como mi padre había llamado a mi hermana por el amor que le tenía a este lugar maldito.

El nombre de este amigo en cuestión no importa, y me juego que de incluirlo en la historia nadie lo recordaría por más de diez minutos; pero la cosa ahora es lo que él dijo; justo cuando Encarna caminaba descalza por el suelo caliente de la casa de madera de pintura rajada en la que vivíamos, todavía con la panza chata pero a la expectativa de que creciera a causa del infante sin un padre que lo reconociera que de allí podría llegar a nacer dentro de ocho meses. Este hombre soltó con cierto desdén y palabras propias de un intelectual una burla cínica que no iba más allá de aquello: una burla.


—Malditos sean estos nobles putos y estos impuestos que bien podrían meterse por el forro del orto.—Y si, tal vez no fue la gran cosa en un inicio, pero tengo que darle créditos por la expresividad, muy movilizante a decir verdad.—Yo no sé leer, Eras, pero vos que poder hacer todo eso de seguro estás bien al tanto de todo lo que nos roban, y no son números en papel y listo, se roban nuestras vidas, matan parte de nuestro tiempo para llenarse los bolsillos de plata. ¿No te dan ganas de mandar todo a la puta que lo parió y empezar a hacer las cosas por fuera de la ley? Si la ley parece que solo está para ellos.

—Si, tenés razón. — Dije fingiendo un desgano que no pusiera en evidencia el que yo estaba en plena epifanía; imaginándome cómo sería mi vida si me dedicara al narcotráfico, la piratería o a posar para revistas pornográficas. El tipo me dio la espalda con un saludo simple y se fue sin cerrar la reja de la casa, pero a mi me chupaba un huevo eso y el hecho de que se había bajado toda la botella de escabio él solo porque era tremenda masturbación mental imaginarme en una mansión llena de putas, en pantuflas, con lentes de sol y el pito afuera, tal vez también tomándome una buena botella de vino o algo así; pero la realidad era que me daba miedo contraer alguna enfermedad de transmisión sexual que hiciera que el pito se me secara y se me cayera; y tampoco era un buen bebedor a decir verdad. Así que tal vez simplemente terminaría en una linda casa, casado con una mina tranquila y leyendo el diario (aunque a decir verdad sigo insistiendo en andar en pantuflas y con el pito afuera solo por amor al arte, me fascina la idea de hacer molinete por la cocina mientras me preparo papas fritas). Pero bueno, la cuestión ahora, más allá de cualquier fantasía pedorra; es que tengo a mi hermana más chica embarazada de un nadie y probablemente yo termine pagándole la comida al pendejo, o bueno, ya saben, mi adorado sobrino o sobrina. ¿Estas cosas me pasan por andar jugando al adulto liberal y darle demasiada libertad? tal vez la próxima me proponga salir a la calle con un pela papas a cortar pijas, pero de momento me sigo creyendo la de que soy un tipo de paz que se pone en su lugar para que las mujeres, incluso las mujeres que hay en mi vida, puedan conseguir autonomía y libertad; tendría que ver como hacer ahora para que esa libertad que tanto quiero que tengan no se meta entre mi bolsillo y yo.

Estaba un poco enojado con la idea de que dentro de un tiempo sería un poco más pobre de lo que ya era por tener que alimentar una boca más, pero se me pasó la calentura cuando Encarna me puso su dedo índice en la punta de mi nariz, y dándole la espalda al sol y no pareciendo más que una silueta me dijo que entrara a casa o los mosquitos me iban a comer vivo. Ella se pasaba las manos por la panza muy de vez en cuando y a cada paso que di, se me fue yendo el enojo que sentía hacía ella. ¿Qué culpa tenía ella de que tanto yo como Vesta habíamos sido incapaces de darle la charla sobre sexualidad que madre no pudo darle? y más aún, ¿cómo iba a saber que el tipo con el que estuvo la iba a dejar sola?

Si se me permite, y más vale que tengo permitido sobrepénsar en mi propio y reputo libro, podemos ir más allá y decir que el problema central de esto radicaba en una cosa en concreto: en ser una de las islas más pobres del reino, en ser de clase media y solo usar ropa remendada y comer las cosas de los pagos en especies que me intercambiaban los vecinos; en ser uno de los últimos lugares del mundo en los cuales la electricidad apenas había llegado y solo para iluminar los edificios estatales; ese día me senté a cenar con una cara de orto que provocó que mis hermanas se rieran de mí a carcajadas, pero estuvo bien digamos, ojalá hubiera sabido de antes que un ceño fruncido podía quitarle algo de la melancolía que llevaba en la cara Encarna.

En fin, les conté un poco de mi idea de convertirme en un delincuente con causa a ellas dos medio que en chiste, medio que hablando en serio, y Encarna me dijo que si me dedicaba al porno iba a tener a un montón de tipos raros detrás de mí, y Vesta me cagó a pedos por siquiera considerar a la piratería como un modo de sustentar a la familia. Vesta algo creía en la moral y el trabajo digno, a Encarna le importó muy poco; aunque de todos modos no les estaba contando aquello como para pedirles opinión, sólo les estaba anticipando que iba a tratar de entrar a alguna tripulación de por ahí y me iban a dejar de ver por días o meses.


No me tarde mucho en dar con el dato de que algunos capitanes se sentaban por algunos días en los bares más jodidos del puerto a esperar que se le presentaran hombres que pudieran llenar un puesto o dos en sus barcos, y acudí repetidas veces a aquel lugar por mi propia cuenta y sin decirle a nadie. No solté una sola palabra hasta que apareció el capitán Varein, el dueño del barco que más me había interesado abordar desde que había concurrido ese lugar a diario para escuchar con atención qué conversación ajena podría informarme mejor. No era, desde luego, el barco o la tripulación en donde se ganara más plata o de la que se hablara mejor, pero era aquella que seleccionaba sus objetivos de modo cuidadoso y tenía la tasa de éxito más alta que pude llegar a promediar, ¿lo especial en ellos? Robaban de barcos Diavantises y los vendían al país vecino, Dirge, más o menos por el mismo dinero que las empresas legales, pero salteando todo impuesto o burocracia que llevara a perder tiempo y plata, así como también se tomaban la libertad de comprar productos Dirgianos que no existían en Diavantís para venderlos por el doble de su valor, manteniendo un negocio redondo y seguro desde hace ya unos trece años; consideré que tal vez entre personas prudentes y prácticas podríamos llegar a entendernos y me acerqué tratando de imitar la expresión y porte que había estudiado de aquellos hombres que se habían postulado con éxito para ingresar en las embarcaciones.

El capitán en cuestión se me rió en la cara, y aunque no soy una persona que disfrute de los conflictos le miré con las cejas alzadas sin poder disimular mi asco por la prepotencia, entonces me miró serio y después de unos segundos en donde tuve que disimular la incomodidad que sentía, me ofreció de modo amistoso una silla en aquella mesa donde tomada junto con un par de marinos de otros barcos.

—Y decime, Erasmo, ¿Qué te hace creer que yo necesito a un tipo como vos a bordo de mi barco? — y cuando quise hablar y note que las palabras se me escapaban de la boca supe que tuve que haberme ahorrado esas monedas que habían comprado aquel alcohol trucho para mi, si después de todo no me generaba nada más que un leve mareo y me ponía más lento de lo habitual con las palabras.

— Puedo trabajar del mismo modo que cualquier otro hombre, supongo; y como agregado puedo decir que me llevo bien con los números y las letras. — algo había escuchado de aquellos capitanes que a pesar de ser instruidos dejaban las cuestiones de contabilidad y notas, las tareas pesadas y aburridas, a algún miembro de la tripulación, y yo me consideraba bastante capaz de rellenar aquellos requerimientos. El capitán Varein me dio un golpe en la espalda y me dijo que el barco zarpaba en 3 días a primera hora de la mañana, que si faltaba no me moleste en volver a mostrar la cara por esa zona. Aquella misma semana terminé contando las reservas de comida del barco, limpiando la mierda de las 5 cabezas de ganado que había y pasando el trapo por la cubierta.


1 de Agosto de 2021 a las 23:36 0 Reporte Insertar Seguir historia
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