guillermo-sullivan1627167355 Guillermo Sullivan

Hasta qué punto le mente de una persona puede pervertirse. Los días eran difíciles, y Gustavo tendrá que afrontar una serie de obstáculos para poder sobrellevar la cuarentena. Por otra parte, Leocadio es un ser diferente, con una mentalidad retorcida, y obsesionado con mujeres muertas. Gustavo va a elegir entre los buenos caminos de la vida, o los otros, los caminos retorcidos, aquellos que corrompen nuestra naturaleza.


Crimen Sólo para mayores de 21 (adultos).

#sorpresa #miedo #horror
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Necrofilia y karma

Ciudad Nuevas Luces Mediados de mayo del 2020



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Durante mi trayectoria como músico de jazz y clásica, tuve la oportunidad de tocar en diferentes partes del país. También conocí gente maravillosa; personas con la capacidad ejecutar múltiples géneros musicales. Y además de tocar la guitarra, también aprendí un poco de piano. Pero las circunstancias habían cambiado drásticamente. La pandemia modificó mi estilo de vida, ya que los eventos musicales de los cuales dependía para sustentarme, se habían reducido de un modo alarmante. No sabía hacer otra cosa en mi vida, excepto tocar la guitarra y el piano. La música es todo para mí, y me dio las mejores satisfacciones del mundo. Sin duda, necesitaba buscar otra fuente de empleo. Hasta ahora he vivido solo, con un perro dálmata que hace buena compañía. Vivo en un suburbio donde todo es movimiento: el comercio, venta de ropa, calzado, comida, etc. Y esa es mi única ventaja, tratar de incorporarme a una nueva área de trabajo que esté cerca de mi casa.

Un lunes por la mañana, salí de mi departamento y me di a la tarea de buscar empleo. Me acerqué a una carnicería donde buscaban ayudante de carnicero, y ese mismo día empecé a trabajar. Empecé cargando cajas con carne, y cortando filetes de todo tipo. Era un trabajo extenuante. No tardé mucho tiempo quejarme de mis dedos. Estaban muy fríos, casi helados. De algún modo pensé que eso afectaría mi rendimiento como músico, o quizá contrajera de forma prematura algún tipo de artritis. También noté que a uno de mis compañeros le faltaban el dedo índice y el medio. No tenía la intención de ser grosero, pero sentí la tentación de preguntarle de cuando fue que los había perdido. «El índice fue hace tres años, y el medio fue hace apenas cuatro meses», me dijo. En ese momento sentí los niveles de paranoia en me mente. No me imaginaba verme sin un dedo, el sólo hecho me perturbaba. Esa misma tarde renuncié. Amaba demasiado la música como para darle poca importancia a un posible accidente.

Al día siguiente también me levanté temprano. Limpié cada rincón de la casa, y lavé toda mi ropa, incluso tres de mis cubre bocas. La situación en el país había modificado el estilo de vida de todos, y lo que antes era una obligación, ahora se había convertido en casi una orden mundial: limpieza y sanitazación a fondo. Elegí los domingos para comprar la comida y lo que fuese necesario. El covid 19 amenazaba a todos, y el nivel de muertos en el país avanzaba de forma vertiginosa, y eso creaba una tensión generalizada. Aunque ya no hacíamos presentaciones musicales con mi banda, ahora practicaba la guitarra y el teclado como una especie de terapia. Sin duda la música suele causar estados de relajación elevados, y del algún modo atenuaba mi existente preocupación. Poco a poco me fui acostumbrando a un listado de hábitos dentro de esta cuarentena. Pirata, mi perro y única compañía, también había resentido estos cambios de alguna manera, pues ya no podía sacarlo a pasear tan a menudo como antes. También, como parte de mis nuevos hábitos, busqué en internet empleo bien remunerado, pero era escaso. Empecé a frustrarme. Supongo que mi situación no era tan diferente como la de los demás. Pero tenía que hacer algo para sustentarme, ya que el alimento empezaba a escasear…

Después de buscar empleo y ser rechazado en todas partes por mi inexperiencia, al final encontré algo en una morgue. El trabajo era de limpieza. A decir verdad estaba un poco atemorizado, ya que estaría muy cerca de los cadáveres, y sobre todo de aquellos cuerpos quienes sucumbieron ante el covid 19. Leocadio Maldonado fue el hombre quien me contrató. Era robusto, de estatura media, y poseía una sonrisa retorcida que de algún modo me erizaba la piel. Su voz era gruesa, como la de algún ogro extraviado por los laberintos de algún bosque. De momento sólo llené un pequeño formulario, y esa misma mañana empecé a trabajar. Mi parte era simple: limpiar cada rincón de las oficinas, y también la sección del crematorio. Mi sueldo iba a ser bueno. 2000 pesos, incluido el desayuno y comida. No me podía quejar. Con eso podía pagar los costos de la renta, los viles y también de la comida. Al final de esa tarde, salí de mi nuevo empleo, y al llegar a mi departamento me di un buen baño. La ropa la metí a la lavadora, y rocié con desinfectante mis zapatos.

La noche suele ser especial para mí; tiene ese toque mágico que te hace olvidar los problemas de la vida, y esa noche, mientras revisaba Facebook, recibí una solicitud de amistad por parte de una exnovia del pasado. No lo podía creer. Pero allí estaba en mi ordenador. Muchas de las relaciones que tuve habían terminado mal, y Sabrina no era la excepción. Salimos durante dos años y tuvimos buenos momentos, pero sus padres no querían que ella y yo continuáramos con la relación. Tenían ciertos prejuicios sobre los músicos; estigmas de hombres borrachos y con adicciones, pero la realidad estaba muy lejos de ser así. Sabrina era una mujer de 25 años, y de una posición acomodada, y yo sólo era un músico mal pagado en la ciudad. Le ofrecí lo mejor de mí: un departamento, una vida juntos sin lujos, pero digna, y mi sincero amor. Ella era feliz con eso, pero sus padres no. De hecho su padre intentó pagarme una suma de dinero para que me alejara de su hija, y yo me negué a aceptar. Desde entonces una eventual enemistad surgió entre él y yo. No se podía negar. Lo pensé por un par de horas, y finalmente acepté la solicitud. Después apagué el ordenador y enfilé los pasos hacia mi cama.

Poco antes de las siete de la mañana estaba limpiando la sección de cuerpos de la morgue. Había tres cuerpos sobre las planchas, la coloración azulada en la piel daba una extraña sensación de repudio. Leocadio estaba anotando sobre una libreta algunos datos, y yo observaba de vez en cuando mientras trabajaba. Luego llegaron dos hombres más, y rodearon uno de los cuerpos; cruzaron un par de palabras, y después se marcharon. Me acomodé el cubre bocas y me dispuse a salir para traer una cubeta con agua, pero en ese momento Leocadio me llamó por mi nombre.

—Sí, dígame —repuse.

—Acércate, Gustavo —me dijo—. No tengas miedo, no te va a comer.

—Sabes, esta mujer que está con nosotros —me dijo al momento de estar frente a él—, murió de un paro cardiaco; lleva aquí tres días y nadie ha su reclamado su cuerpo. Si notas su rostro te das cuenta de que era una mujer bella, y aún lo es, ¿no lo crees?

—Sí, era una mujer bella —dije—. Me imagino que no es de la ciudad.

Leocadio esbozó una sonrisa sincera.

—Eres listo —me dijo—. Y espero que lo sigas siendo porque será necesario aquí.

—A qué se refiere —inquirí.

—Bueno, tú eres el número cinco aquí en llegar, y los otros cuatro estamos trabajando en lo que es la morgue, y también en un panteón y una funeraria que son de mi pertenencia.

—Creo que sigo sin entender —dije.

—Seré más claro —me dijo—. ¿Nunca has tenido experiencias sexuales con este tipo de mujeres? Sabes a lo que me refiero, ¿no?

En ese momento me sentí absorto; fuera de lugar. Fruncí el ceño y de momento no pude decir ninguna palabra. Después traté de recapacitar.

—¿Me está diciendo que usted y los demás trabajadores practican la necrofilia? —pregunté.

Leocadio sonrió de nuevo, y soltó una carcajada.

—Has acertado, hijo —me dijo—. Creo que nos vamos entendiendo rápido. Lo que trato de decirte es que muy pronto sabrás quien soy, y lo que hago. Yo y mis compañeros nos reunimos algunas veces, y tenemos un tipo de fiesta especial. Cada sábado hay un banquete esperando por ti, sólo tienes que decidirte. Me refiero a fornicar con un cadáver, y específicamente una mujer. Muy posiblemente nunca has tenido esa oportunidad, pero yo te la voy a dar. Todo lo que tienes que decir es acepto, y ya está, yo te informo de cómo funcionan nuestros encuentros carnales.

Solté el trapeador en el suelo, y sentí que las fuerzas me abandonaban. No supe en qué momento llegué ahí. Pareciera que estuviera dentro de un mal sueño. Me di media vuelta y me dispuse a marcharme para no volver. Al enfilar los pasos hacia la puerta, volví a darme media vuelta para ver el rostro demente de Leocadio, para recordar esa extraña y errante convicción con que me hablaba, y para asegurarme de que no me fuese a golpear por la espalda. Tenía miedo. Tenía la sensación de que este tipo estaba loco y podría matarme si me descuido. Al salir por la puerta, escuché su carcajada; cuya resonancia tuvo un efecto espectral en la sala de embalsamar.

—Primerizo —me dijo—. Ya veo.

Unos días después tuve un encuentro con Sabrina. Me dijo que ya no vivía con sus padres, y que ahora trabajaba por su cuenta en una tienda online de ropa para mujer. Me dio gusto escuchar eso. Siempre supe que Sabrina tenía el potencial para desempeñarse en cualquier ámbito laboral, e incluso independizarse. Sin embargo, debido a la situación, tampoco tenía muchas ventas. Nuestra ruptura se debió a mi culpa, ya que me encontró con otra mujer. No lo negué, pero fue la primera vez que fui infiel en mi vida. Ella no me creyó, y terminamos. Al pasar el tiempo, ambos maduramos, y veíamos las cosas desde otro prisma. Esa tarde, mientras tomábamos un café en una cafetería donde nos habíamos conocido, me dijo que aún sentía algo por mí. No supe que decir. Quizás yo no era el hombre indicado para ella, pero estábamos allí, intentando regresar.

—Por qué no me hablas de ti —dijo ella—. ¿Qué has hecho últimamente?

—Nada relevante —dije—. Dejé la música de forma temporal, y ahora busco trabajo de lo que sea.

—Entiendo —dijo ella—. Y por qué no das clases online. Sería una buena idea, ¿no?

—Sí, ya lo había pensado —dije—. La verdad es que nunca tuve la virtud de enseñar música, no tengo esa paciencia que se requiere para ser un buen maestro.

—Bueno, algo encontrarás —dijo ella—. Estoy segura.

—Y hablando de ti —dije—. ¿Qué has hecho, aparte de tu nueva tienda online?

—He estado aprendiendo inglés —dijo ella—. Lo hago con la idea de extender mis expectativas con la tienda de ropa.

—Muy buena idea —dije—. Esperemos que esta contingencia no dure mucho y podamos retomar nuestra vida a la normalidad.

Al final de ese encuentro, empezamos a vernos todos los domingos en la misma cafetería…

Por mi parte, yo seguí sin encontrar empleo, la experiencia que tuve con Leocadio me dejó sin aliento. Los recibos de luz y renta ya estaban próximo a pagar, y aún no tenía dinero. Empecé a desesperarme. Me vi en la necesidad de empeñar una guitarra Fender de excelente calidad a una casa de empeño. Me dieron la ridícula cantidad de mil pesos, cuando la guitarra tenía un costo de 8 000 pesos. Así es la vida. Esa noche, después de mucho pensar, decidí regresar a la morgue. Después de todo, sólo tenía que hacer labores de limpieza. Y en cuanto a Leocadio, simplemente lo ignoraré, como se ignora a un loco. No me importa que sea un necrófilo. Él su vida y yo la mía.

Me personé en la oficina de Leocadio a las siete de la mañana, y le dije que si aún estaba disponible el puesto de limpieza.

—Así es, Gustavo —me dijo—. Puedes empezar desde hoy. Y en cuanto a lo que habíamos hablado, ¿qué me dices, aún no te decides?

—Mire, señor Leocadio —precisé—. Usted es libre de hacer lo que quiera en su morgue y también con su panteón, pero a mí no me interesa unirme a su grupo. Así de simple. Yo sólo quiero tener un trabajo decente, y desempeñarme lo mejor que pueda. Así que, tómelo o déjelo, ¿qué me dice?

Leocadio se levantó de su escritorio y metió unos documentos en una garita.

—Muy bien, Gustavo —me dijo—. Tienes el empleo. Pero sólo quiero recordarte que los otros trabajadores de la morgue y también los del panteón ganan 5 000 pesos por semana. Te lo dejo de tarea. Ah, y puedes empezar de una vez, ya sabes lo que tienes qué hacer.

Al momento de dirigirme hacia el cuarto donde tenía mi uniforme y demás cosas, sentí una extraña curiosidad. Sin duda, sus últimas palabras retumbaron en mi mente. 5 000 mil pesos era una cantidad de dinero suficiente para sobrellevar los días de la semana. Así mismo, mientras las horas transcurrían, seguí limpiando la oficina, la sala de embalsamar, el crematorio, el patio trasero y la calle. También conocí a Mauro, Isaac y Javier, los otros empleados que hacían sus labores dentro de la morgue. Mis primeros días no fueron fáciles. Presencié la forma en que limpian y embalsaman los cadáveres. Pero sobre todo, había un extraño olor, un olor a químicos que se usan para trabajar con los cuerpos.

Durante el día, tuve la oportunidad de platicar con Isaac. Me contó cosas que no sabía; aspectos sobre la vida de Leocadio. Me dijo que fueron amigos durante su juventud, y que Leocadio pertenecía a una familia pudiente, pero su padre lo rechazó por presentar signos aparentes de retraso mental, o quizás aspectos psicopáticos de su personalidad. Al morir su madre, Leocadio jamás volvió a ser el mismo. Se metía en problemas de todo tipo, hasta líos en los prostíbulos de la ciudad. Y el caso era que su padre era un empresario con un nombre y apellido que cuidar, un personaje que eventualmente aparecía en la sección de sociales de los principales diarios de la ciudad, y de alguna manera la presencia de Leocadio en su seno familiar le era un estorbo. Muchas veces lo sacó de las cárceles por asuntos pendencieros, y por escándalos de todo tipo. Así mismo, Andrés, el padre de Leocadio, lo encaró con una proposición: «te regalo lo que tú quieras, pero aléjate de mi vida», le dijo. En ese momento los ojos vidriosos de Leocadio hicieron un gran destello, y respondió: «quiero una morgue, un panteón y una funeraria para mí solo». Andrés, no supo qué diablos haría su hijo Leocadio con tal petición, pero igualmente cedió ante sus deseos. Con el pasar del tiempo, Leocadio le dio rienda suelta a sus desmanes, pues sus más grandes anhelos se harían realidad: fornicar con mujeres muertas. Y efectivamente, Leocadio, mauro, Isaac y Javier serían sus compinches y cómplices de sus locuras, pues Leocadio no estaba tan loco como pudiera pensarse, sino que esa complicidad hacía que nadie pudiese delatarlo ante las autoridades, ya que de lo contrario, todos irán a la cárcel. Desde entonces, esa anécdota quedaría en mi mente por siempre.

Isaac tenía 32 años, y siempre llegaba en su bicicleta de montaña. Su casa estaba a seis calles del lugar. Me mostró su reloj rolex valuado en miles de pesos, y que sería su primer regalo por parte de Leocadio. «Únete a nosotros, yo sé lo que te digo», me dijo. La verdad es que no sabía que contestar, aunque la oferta era tentadora. No me imaginaba verme a mí mismo como un necrófilo. Siempre fui un músico ordinario, con ideas ordinarias, y de pasar de allí a la locura, me sonaba tenebroso. Al ver el rostro de Isaac en ese estado de euforia desquiciada, algo me decía que los cuatro necesitaban ayuda profesional. No tenía en mente denunciarlos ante la ley. Sólo quería reunir una cierta cantidad de dinero para largarme e iniciar algún negocio propio.

Durante las noches empecé a trabajar una pieza musical clásica, necesitaba mover mis dedos sobre el teclado para desoxidarme. Un tema en la menor. Realmente no sabía cuándo volvería a tocar con mi banda, y ello me causaba una especie de nostalgia y melancolía. Los días pasaban lentos, y había ese temor latente en los rostros de las personas, esas ansias de que todo termine. En todo caso había la posibilidad de acostumbrarnos a la nueva realidad, y eso me causaba una cierta tristeza. El teclado musical, la computadora y la televisión eran mis mejores aliados; una válvula de escape para liberar mi mente.

El siguiente domingo Sabrina y yo nos reunimos en mi casa para ver películas en netflix. Vimos milagros inesperados y Forrest Gump. Después comimos pizza hecha en casa, y al terminar nos metimos a la cama en punto de las diez de la noche. Nos reconciliamos. Recordamos aquellos tiempos cuando paseábamos por los parques, los días de ir al cine, los encuentros en los bares, y un listado de eventos que de alguna manera alimentaba nuestras almas gemelas. Sabrina me contó que su padre ya no era el mismo, que de alguna manera se hizo una persona más comprensible. No supe qué pensar. Mi mente sólo lo recordaba en aquellos momentos cuando discutíamos sobre nuestra relación, sobre mi estilo de vida, y sobre un sinfín de aspectos de mi vida que no lo convencían del todo. A decir verdad, ya no me importaba el criterio de una persona distinta a mí, pues éramos adultos con una vida propia por lidiar.

Por aquellos días, mientras limpiaba los espacios de la morgue, me encontré con una extraña habitación. Al entrar todo estaba oscuro, y había un olor a incienso. Encendí la luz y noté muchas cosas extrañas: un pentagrama de tela y del tipo demoniaco sobre una pared, varias velas sobre una mesa negra, y también fotografías de mujeres en sus respectivos ataúdes. Sentí escalofrío. También había otra habitación contigua y separada con una tela negra, y al entrar vi una cama y botellas de vino vacías por doquier. Era una escena espeluznante. Quise investigar más, pero en ese momento Leocadio me reprendió.

—Sal de aquí y no vuelvas a entrar —me ordenó—. Y ni se te ocurra hablar de lo que has visto, porque te va a pesar. ¿Entiendes! ¡No vuelas a entrar aquí!

—Entendido, sr. Leocadio —dijo.

Todo lo que mis ojos habían visto quedó impregnado en las paredes de mi mente. No podía dejar de juzgar a Leocadio. Mi curiosidad aumentaba y de algún modo necesitaba saber más sobre este tipo. Supongo que es parte de ser humano ser así. Ni siquiera tenía pensado comentarlo con Sabrina. Ella era el tipo de mujer paranoica, por decirlo así. Esa tarde, al terminar mi turno —y sin que Leocadio se percatara— me acerqué a Isaac para comentarle lo sucedido, y que de algún modo me diese una explicación. Y me contó más sobre él. Me dijo que la madre de Leocadio era bruja, y que le inculcó ciertos conocimientos a Leocadio sobre magia negra. Pero la realidad era que Leocadio distorsionaba las cosas, al igual que sus escasos conocimientos sobre las ciencias ocultas. Practicaba a su manera un sinfín de rituales, pero nada objetivo.

Al menos esa explicación me dejó más tranquilo, porque fue por esos días en los que empecé a experimentar los efectos del insomnio. Empecé a tener sueños relacionados con Leocadio, y otros personajes que eran desconocidos para mí, pero que de algún modo me advertían algo. O quizá se trataba sobre Isaac, Javier y Mauro y no lo sabía. Y mi única solución para compensar ese desequilibrio era la música. Me levanté a las 3 de la mañana a tocar el teclado, luego repasé algunas partituras que hacía tiempo no leía. Finalmente el sueño cedía después de tomar un poco de té de siete azares. Era tortuoso, pero estaba allí… en la cama, venciendo a un enemigo conocido.

Un martes, al llegar a mi departamento, descubrí que me habían robado. Me frustré. Todo lo que hacía era trabajar para pagar la renta y los viles, y al descubrir esto sentí ganas de patear la puerta y gritar. Me robaron la guitarra, la computadora y varios discos compactos que atesoré con el tiempo. Pirata es un perro tan manso que no hizo nada. Lo cierto es que el nivel de delincuencia había aumentado drásticamente, pero nunca imaginé que yo iba a ser la próxima víctima. Me senté en el sillón individual por media hora. Luego enfilé los pasos hacia la cocina y me bebí una cerveza de un solo trago. Tenía que empezar de nuevo. Pero la renta estaba próxima, ya que estábamos a principios de junio. Después volví a sentarme en el sillón, y todo que lo pasó por mi mente era capitular ante la proposición desquiciada de Leocadio. Quizás era una locura. Pero la realidad es que el dinero mueve al mundo, y no tenía otro subterfugio.

Al amanecer, y con mi mejor actitud, ya estaba decidido a hablar con Leocadio. Todo lo que tenía que decir es acepto. Acepto formar parte de su club. Y así fue. Me personé frente a su oficina y se lo dije.

—Muy bien, Gustavo —me dijo—. Me da gusto que hayas cambiado de opinión. En realidad es una decisión inteligente, porque vas a conocer un mundo fascinante, donde las almas bailan a través de la fornicación y el placer.

—Suena interesante lo que me dice, sr. Leocadio —dije con cierto pasmo—, porque para mí sería algo nuevo. ¿Y de ser así me va a pagar…?

—Así es —interrumpió—. Ganarás cinco mil pesos por semana. Igual que los demás. Pero es importante que todo se mantenga en secreto, porque de lo contrario tendríamos problemas. ¿Sabes a lo que me refiero, no?

—No tenga cuidado, Leocadio —dije—. Si alguna virtud tengo, es que sé guardar secretos. Pero dígame, ¿cuándo es que hace todo esto?

—Yo te informo el día en que vas a iniciarte —dijo—. Créeme, no te arrepentirás.

—Ya lo creo —repuse.

Esa tarde, mientas hacía mis labores de limpieza, pensé en Sabrina. No tenía idea de lo que pensaría de mí, lo más seguro es que me abandonaría, pero igual no tenía por qué enterarse, a menos que lo sepa por una tercera persona, lo cual, me dejaría en una lamentable desventaja. Mi decisión estaba tomada. Necesitaba el dinero para pagar cubrir mis necesidades.

Durante mi hora de comida, tuve la idea de llevarme el teclado. Primero, para cuidarlo yo mismo, y segundo, para practicar el tema musical que estaba componiendo. Era un tema melancólico, al estilo de Bach, pero un tanto gótico. Leocadio, Isaac y Mauro quedaron pasmados al escuchar una parte de la pieza musical. Les gustó, y de hecho fue entonces cuando se percataron de que era músico. Pensaron que era un tema de algún autor, pero les aclaré que era de mi autoría. El único problema que tenía con la música, era que no sabía cómo nombrar los temas. Bautizarlos con un determinado nombre era difícil para mí, sin embargo, unos cuantos compases, y mi canción estaría terminada.

Al llegar a mi departamento, llamé a Sabrina para vernos. La extrañaba. Creo que empecé a sentirme como un adolescente a merced de su compañía. Quizás el amor estaba empezando a echar raíces de nuevo. Llegó en 45 minutos, y mientras tanto preparé palomitas de maíz. Tenía deseos de ver películas con ella. Ella era el tipo de mujer con la que podía hacer un buen análisis de los metrajes. Desde una buena trama, hasta la complejidad de un personaje. Al llegar le conté el asunto con el robo, y quiso obsequiarme dinero, pero lo rechacé. Creo que soy de esas personas chapeadas a la antigua, en que cree que no es correcto que una mujer me solventase la vida. Ella me sonrió, entre disgustada y mofándose. «Orgulloso», me dijo.

Las noticias respecto al Covid 19 se habían tornado más amenazantes. El nivel de muertes y contagios iba en aumento, y una vacuna parecía lejos de nuestro panorama. Cada vez eran más enfáticos los medios de comunicación en cuanto a la higiene. Por aquellos días me enteré de que una amiga cercana a nuestra banda de jazz había muerto a causa del virus. Norma, una fiel seguidora quien siempre nos apoyó. Me sentí acorralado. Pero era una batalla que todos estábamos librando.

Por fin, un sábado al atardecer, Leocadio me dijo que el día esperado había llegado. Así es. Esa noche participaría con ellos en un acto de necrofilia. Estaba nervioso. El quinteto estaba reunido: Leocadio, Isaac, Mauro, Javier y yo. Salimos en una camioneta y nos dirigimos hacia el panteón “El descanso eterno”. Al llegar entramos a una oficina, y bajamos hacia un sótano donde todo estaba preparado: el cuerpo, vino, una mesa para jugar dominó, incienso y un estéreo para escuchar música. Había un biombo al estilo japonés, y detrás estaba una cama individual, y sobre ella el cuerpo de una mujer sin vida de aproximadamente 30 años. Leocadio y los demás la habían desenterrado durante la madrugada. De hecho Leocadio la seleccionó de entre todas las mujeres muertas por su visible belleza. Desenterrar un cuerpo es un delito muy penado, y aquí estábamos, asumiendo un riesgo por igual. También como parte de los protocolos, se habían asegurado de que Ángela, la muerta, no padeciera ningún síntoma de alguna enfermedad, incluso el Covid 19.

Mientras Isaac, Mauro, Javier y yo jugábamos una partida de dominó, Leocadio fue el primero en fornicar con Ángela. El estéreo producía música clásica; música de Bach, Stravinsky y Mozart. En realidad no podía concentrarme en el juego, mi mente sólo pensaba en cómo sería mi primera experiencia. La habitación empezó a saturarse del humo de incienso de sándalo. Había otra mesa con algunas botellas de vino. Tomé una copa y me serví. Me bebí tres copas en un abrir y cerrar de ojos. Lo necesitaba. Después volví a mi silla, y empecé a acomodar las fichas donde correspondía. «Tranquilízate, Gustavo, todo va a estar bien», me dijo Mauro. No abrí la boca. No tenía ninguna palabra inteligente en mi mente. Sólo trataba de desempeñarme bien en el juego. Y al final, Isaac ganó el partido. Así mismo, volvimos a mezclar las fichas e iniciamos otro partido. Javier sacó un cigarrillo y lo encendió, le dio una calada, y lo puso sobre la mesa. Transcurrieron al menos 25 minutos, y Leocadio se personó frente a nosotros, y me dijo: «Es tu turno, Gustavo. Disfrútala». En ese momento un temblor de manos se apoderó de mí, la sensación de que se me salía el corazón por la boca. Pero me armé de valor, y me levanté de mi silla. Enfilé los pasos hacia donde Ángela, y empecé a desvestirme frente a ella. Era un cuerpo pálido, pero extrañamente voluptuoso. Los rasgos faciales eran refinados, de apariencia griega. Sentí una extraña mezcla de temor y lascivia. Sentí sus manos frías, al igual que todo su cuerpo, y finalmente… empecé a tener sexo con ella. En esas estaba cuando escuché los tintineos de copas, las música de fondo, el choque de las fichas y la risa cavernosa de Leocadio. Uno momentos después, había terminado. Me sentí sucio. Un ser despreciable para la sociedad. Pero el acto estaba consumado. Me vestí y al acercarme a Leocadio y los demás me aplaudieron. Me ovacionaron con chiflidos y palmadas en la espalda. «Bienvenido al club», me dijo Javier. «Ya eres uno de los nuestros». Luego me ofreció beber de la botella de vino, y bebí, bebí un largo trago. Necesitaba embriagarme para asimilar lo que había hecho. Quizás había perdido la vergüenza, pero ya era parte de ese grupo de desquiciados. Después siguió el turno de Isaac, y luego, Javier, y finalmente todos lo habíamos hecho. Leocadio puso en mi mano derecha la cantidad de 5000 pesos en billetes de quinientos. «Esto es un regalo. Y sólo es el principio», me dijo. En ese momento me embargó un sentimiento agridulce, la sensación de haber transgredido una ley sagrada de la vida, y ser compensado por ello. No supe más qué decir. El silencio se vertió en la habitación, y después nos marchamos. Excepto Javier y mauro, quienes se encargarían de volver a enterrar a Ángela hacia su tumba.

Esa noche la llamé iniciación…

26 de Julio de 2021 a las 00:37 1 Reporte Insertar Seguir historia
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Guillermo Sullivan Guillermo Sullivan
Hola a todos. Los invito para que lean y comenten mi historia, le aseguró que les resultará muy entretenida.
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