john-job John Job

Una fiesta familiar, la noche de todo los santos, la luna más llena que nunca, una cena... ¿Qué podría salir mal? Lo normal es que nada, en la vida de Ernesto lo más probable es que generara una discusión familiar pero, ¿quién sabe? es una buena noche. El dibujo de la portada es mío, está hecho a tinta china.


Horror No para niños menores de 13.

#pueblomaldito #monstruos #terror #horror
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I

La alarma sonó como una maldición, anunciaba el principio de un nuevo día y, aunque fuese al fin viernes, nada podía hacerte sentir alivio recién despertado por un incesante pitido que gritaba burlón "¡las seis, hora de levantarse y trabajar!"

Ernesto se revolvió incomodo y no tardó en golpear con mas fuerza de la necesaria el despertador, como si no supiese ya que nada iba a evitar que éste tuviera razón al instarle a despertar; como un resorte tras la acción, y ya con la habitación en silencio, se incorporó mecánicamente, abriendo los ojos e intentando acostumbrarlos a la ausencia palpable de luz, su vista se centró en la lejana pared de la puerta donde, a pesar de que no lo veía, sabía que se encontraba el interruptor. Suspiró cansado antes de golpearse mentalmente por no arreglar el de la mesita de noche, pero rápidamente eso pasó a otro plano y simplemente se resignó a levantarse, sintiendo el frío en su piel al librarse de las sabanas y andar a trompicones hasta llegar a su objetivo que amablemente le compensó con una repentina iluminación que le hizo parpadear molesto. Se quedó en ese estado de odio hacia el mundo poco más ya que una brisa le volvió a recordar que necesitaba vestirse desde la ventana. Una camisa, unos pantalones, el cinturón, la corbata... Los elementos pasaron monótonos por sus manos como cada mañana, después igual de habitual fue el acto de mirar el reloj, las seis y cuarto brillaban parpadeantes restregándole que debía desayunar rápido o a las siete no estaría en la oficina. Maldiciendo de nuevo para sí salió de la habitación en dirección a la cocina, una vez allí no tardó en tener la cafetera en el fuego y unos tristes trozos de pizza del día anterior sobre un plato, no pudo evitar pensar que, si su madre aún viviera, le criticaría por tal lamentable desayuno, y por tal cena quizá también; por suerte o por desgracia hacia demasiado tiempo que había quedado en ese libro de fotos viejo llamado recuerdos. La cafetera silbó impaciente anunciando el elixir de la vida, café, a veces no sabía que haría sin él. La taza del brebaje humeante no duró ni un minuto y la pizza desapareció igual de rápido, el reloj marcaba las seis y media y él ya salía de casa a una velocidad inhumana; sus compañeros siempre le decían que no apurara tanto el tiempo pero el mundo de los sueños se merecía cada minuto de su vida, al fin y al cabo era lo más emocionante que tenía.

Los edificios y las calles pasaron como si saludaran por sus ojos, a veces le parecía que valía la pena que su coche hubiese muerto para obligarle a andar con el aire y el vacío matutino, y verlo despertar con él; otras odiaba eso mismo, por suerte hoy era un día de los primeros y no de los últimos, probablemente fuese la esencia del viernes que una vez despierto afectaba positivamente en el humor de cualquiera.

Por desgracia el momento de ligereza acabó secamente cuando vio la puerta de la pequeña oficina delante suyo, con un suspiro se limitó a cruzar el umbral del tedio y entrar en el ascensor para llegar a su puesto a tiempo. El reloj parecía no estar de acuerdo con el pues llegaba cinco minutos tarde, tal vez si hubiese acostumbrado a llevar uno hubiera deducido lo que iba a pasar cuando llegara a la oficina.

–¡Ernesto! Ahí estas... ¿Sabes lo que cuesta cubrirte últimamente? Si Linda se entera de que llegas tarde cada maldito día no conservaras el puesto...

El discurso continuó monótono, ya lo conocía maravillosamente bien así que no tardó en desconectar; no es que fuese un desagradecido, pero por mucho que Cristina le regañara como a un niño cada mañana, y que le supiera mal molestar de esa forma, nada podía conseguir que él fuese puntual, a veces pensaba que una fuerza misteriosa se lo impedía.

–¡Me estás escuchando!

Un zarandeó lo hizo volver a la realidad y, intentado sonreír, se disculpo.

-Lo siento de verdad, sabes que soy un desastre con e...

Ella le cortó de inmediato.

–Si no te conociera te creería con esa cara de no haber roto nunca un plato. Mejor ponte a trabajar.

Así lo hizo de inmediato, tan si quiera se molestó en contestar pues era imposible a estas alturas que quedara algo que decir.
Su ordenador se encendió con la lentitud habitual y le hizo bostezar como respuesta, ya deseaba que llegara el descanso y aún no se había puesto. Por la pantalla empezó una procesión de declaraciones de la renta, parecía que hoy su trabajo iba a ser más repetitivo de lo habitual, y el único compañero que le daba apoyo moral mientras tecleaba y ordenaba los datos de los clientes era un cactus que hacía poco había traído y que ya empezaba a sufrir los mismos síntomas que sus predecesores ya fallecidos, era un hecho que este no era lugar para ningún ser vivo.

Las horas pasaron y cuando el estómago de Ernesto se revolvió con hambre, éste miró el reloj de la oficina y sintió alivio pues parecía que en diez minutos tendría una merecida pausa; la alegría sin embargo se evaporizó cuando cayó en la cuenta de que no había cogido nada para almorzar, eso implicaba una carrera y desear que en el bar le sirviesen rápido.
Y así fue, una vez el reloj marcó las once todos los presentes en la oficina (menos Linda que los miraba mal por las prisas desde la puerta de cristal de su despacho) se levantaron para comer algo. Él se escabulló veloz hacia el bar más cercano, acelerando el paso sin llegar a correr; allí pidió un bocadillo y otro café deseando que este último le otorgara la fuerza para volver al trabajo luego.

Él móvil sonó en su bolsillo impertinente y con cierta sensación de extrañeza lo sacó, agradeciendo que no hubiese sonado mientras trabajaba a tal volumen; se sorprendió al leer un nombre conocido en la pantalla y no un número de publicidad sospechosamente largo. Dudó si descolgar, su hermana Ángela no era santa de su devoción, pero dedujo que era mejor pasar por ello ahora que tener que llamarla luego para que no le recriminase haberla ignorado.

–Hola, ¿Qué quieres Ángela? Tengo el tiempo justo para comer algo.

Su hermana suspiró al otro lado del teléfono ante su sequedad.

–Yo también me alegro de escuchar tu voz hermanito.

Le tocó suspirar a él, no tenía tiempo para aguantar su sarcasmo.

–Sí, sí... Lo que tú quieras. Dispara ya, ¿En qué quieres enredarme esta vez?

–Pues veras... La tía Ana se preguntaba si vendrías esta noche a la fiesta, te envió la invitación y no contestaste pero... Ya sabes, hace tiempo que no nos reunimos todos y vamos a la tumba de Papa y Mama... Este año hasta los niños han hecho calabazas como en América.

Ernesto se frotó la cabeza, el día se había estrellado pues no podía ignorar una invitación directa o se arrepentiría la próxima vez que su tía lo enganchara.

–¿Acaso tengo opción?

Escuchó la voz cantarina de su hermana riendo.

–No, pero al menos podrías no amargarte ¿No?

La señal se cortó sin que pudiese contestar, Ángela era así.

Pagó a la camarera y viendo la hora en el móvil aceleró comiendo el bocadillo en un tiempo récord y acabándose el café de un trago. Aún tenía que trabajar, ahora eso parecía mejor que una cena familiar.

Cuando llegó de nuevo al trabajo una nube negra parecía enturbiar su corazón, las teclas pasaban lentamente por sus dedos de forma triste. Familia, esa era una maravillosa y terrible palabra, por un lado eran el terreno conocido, aquellos que siempre habían estado; por otro no se elegían, te decepcionaban con los años, tú cambiabas y ellos también, y reunirse parecía una sonrisa convertida en una mueca por el paso del tiempo, comenzaban a haber silencios incómodos, esa sensación de que no tenías nada que decirles y no te importaba lo que fuesen a decir... La línea de pensamientos fue paseando por su mente y retorciéndose sobre los recuerdos cada vez más azules a su mirada, en ese trance las horas continuaron pasando hasta la libertad, y sólo perdió ese estado absorto cuando, al salir, unas gotas de agua cayeron sobre su cabeza haciéndole maldecir por no haber mirado el tiempo. Sus pasos pasaron veloces por la calzada mientras patéticamente corría para evitar la lluvia que cada vez era más insistente. Se sintió aliviado cuando llegó a su portal justo a tiempo de evitar el diluvio que comenzó.

Las escaleras se le hicieron cuesta arriba recordando que hoy no podía quedarse en el sofá, que tenía "planes". Al entrar en la casa fue directo a la habitación, la ropa fue desprendida de su cuerpo de una forma desordenada, y pronto se escuchó un portazo lejos y el ruido de la ducha.

El agua caliente hoy no lo tranquilizó, y como si fuese algo útil, comenzó a maldecir en susurros su suerte. ¿No podía caer todos los santos otro día? quizá... ¿nunca?

Se tuvo que resignar a su sino, en su casa era la fiesta por excelencia. Le quedó salir de la ducha para vestirse con los primeros tejanos y la primera camiseta y, mirando la hora preocupado, acelerar el paso paraguas en mano por la calle para no llegar tarde por tercera vez consecutiva; en está no podía fallar pues el tren no esperaba, sobre todo cuando deseabas que llegara tarde.

Los veinte minutos de paseo se hicieron engorrosos por la lluvia que ahora parecía haberse encariñado con el viento para su fastidio personal; él sólo podía defenderse mal diestro con el ángulo del paraguas, refugiándose al amparo de los edificios y calculando pasar por la menor cantidad de charcos. Cuando al fin alcanzó su objetivo el tren ya estaba siendo anunciado con esa voz horriblemente mecánica.

–Tren con destino...

Fue a la taquilla y pidió el billete con prisa. Para su desgracia una mujer semejante a un bull dog no parecía querer atenderle a una velocidad normal, perezosamente tecleaba como si hubiera sido creada para molestarle. Cuando consiguió el billete lo agarró con fuerza, el tren le esperaba con las puertas abiertas y se dio cuenta de lo acelerado que iba solamente al caer resoplando en el primer asiento libre con ventana.
En ese punto con la mente ya tranquila volvió a maldecir, había tenido la oportunidad de escapar brillante ante sus ojos y la había ignorado, si hubiese perdido el tren... Se hundió en el asiento y resolvió que ya no era relevante, su prisa había decidido por él.

Mirando por la ventana se centró en el paisaje que iba desprendiéndose de los edificios para abrazar la vegetación. La las nubes densas hacían que pareciera más tarde de lo que era, en un acto inútil miró la hora a pesar de saberla, el tren salía a las cuatro por lo que no debía distar de esa hora; efectivamente, eran y diez.
Suspirando volvió al paisaje al menos físicamente pues miraba por la ventana, internamente su mente volvió a enredarse en la nostalgia recordando la ilusión de la infancia, esa de un niño pidiendo castañas con frío y abrazándose a la “paperina” para paliarlo mientras su madre preocupada le pedía que cuidara no tiznase​ con la misma la chaqueta... Se negó a seguir por ahí, lo pasado pasado estaba, hoy ya desde la mañana estaba demasiado en los recuerdos; pensó que su hermana hubiese dicho que era el aura de los días que rodeaban a todos los santos, y no pudo evitar sonreír para sí por tal tontería supersticiosa, en eso ella salió a su padre. Cambiando de línea se dio cuenta de que debería haber preparado una bolsa, ir con las manos en el bolsillo nunca le había eximido de que le hiciesen pasar la noche, más cuando todos los santos caía en domingo y los fines de semana no tenía trabajo; quizá su subconsciente si que quería aunque supiera que era una estupidez conscientemente, a veces casi parecía viable.

La somnolencia le atacó y su mente acabó en una niebla que se volvía más y más densa ante el traqueteo incesante del tren. Sabia que no debía dormir pues fácilmente podía perderse la parada y acabar Dios sabe dónde, por suerte una voz razonable le dio la solución en su cabeza, "ponte un alarma". Obedeció lentamente dejando la alarma puesta a las cinco para tener margen y, poco después, se rindió a al cansancio cayendo dormido.

El pitido sonó estridente y sin recordar donde estaba se despertó sobresaltado, el recuerdo vino de la mano con una punzada de dolor en la espalda por la mala posición. Apagó la alarma agradeciendo que el vagón hubiese quedado vacío en algún punto y ésta no molestara a nadie. Revolviéndose incomodo decidió levantarse y esperar en la puerta su destino con tal de despertar las piernas.
Al salir del vagón el ruido aumentó despertándole del todo, justo en ese instante empezó un túnel que le taponó bien los oídos, era la peor sensación de viajar en tren, de eso no cabía duda. Intentando abrir la boca para volver a la audición normal escuchó con ese velo al revisor anunciar la estación, debía ser un gran día pues nunca había llegado tan puntual en su vida; esa línea tenía costumbre de fallar siempre.
La estación hacía años cerrada apareció ante sus ojos como un viejo conocido muy desmejorado. La puerta silbó con la llegada y pulsando el gastado botón verde, que ahora estaba iluminado, le dejó salir del tren.

Nadie le esperaba en el andén, dedujo que su tío Juan debía haber pensado que llegaría tarde como siempre. Se tomó un momento para mirar como el siguiente túnel engullía el tren, de pequeño los comparaba con las lombrices de tierra, sólo que más rápidos y gigantes... No tardó en deducir que lo mejor era llamar y eso hizo, en su oído una voz familiar sonó junto al ruido de un coche.

–¡Cielo! ¿No me digas que ya está allí el tren?

La voz de su tía sonó feliz, su tío debía de estar conduciendo y ella había cogido el móvil.

–Deduzco que estáis de camino. Yo tampoco esperaba tanta puntualidad. Te dejo tranquila y hablamos ahora en persona.

No pudo evitar la sonrisa a cada palabra.

–Por supuesto. Hasta ahora.

Así se cortó la llamada mientras la vieja furgoneta de su tío aparecía en su campo visual. Los vio aparcar y su tía no tardó en bajar y rodearlo con los brazos.

–No deberías hacerte tanto de rogar, se te echa en falta.

La afirmación hizo que se sintiese mal por dudar al venir, por no querer hacerlo.
Al ser liberado del abrazo pudo observar pequeños signos de vejez nuevos en aquel rostro, el pelo hacía días que era blanco pero en su cara las arrugas cada vez se marcaban más; eso junto a la sensación de que a cada encuentro ella encogía, quizá por lo ligeramente encorvada que estaba, le hizo estremecer ante lo implacable del tiempo. Su tío también había bajado del coche y simplemente le saludo dando un golpe en su hombro, los años y el campo a él lo habían convertido en un olivo viejo pero fuerte.

–Deberíamos subir ya, he dejado a los pequeños con tu hermana porque tus primos han salido a tomar algo y miedo me da que quemen la casa.

La voz de su tío sonó más distante en su oído, supuso que por lo callado que era habitualmente. En un silencio familiar se subieron la furgoneta que sólo tenía tres asientos delante.

–Tuve que quitar los asientos de detrás para subir unos sacos.

Su tío volvió a hablar rompiendo el silencio.

–Tampoco creo que necesitéis tantos normalmente.

Su tía asintió ante eso y la conversación siguió su curso sobre olivos, almendros y lo horrible que había sido el año para los campesinos. Había cosas que nunca cambiarían pues no recordaba un año sin esos problemas, de todas maneras agradeció la distracción pues en un parpadeo estaban aparcados entre las casas blancas del pueblo.
Desde la puerta trasera que daba al patio unos niños que habían crecido en su ausencia jugaban con un balón junto a la figura de una mujer castaña que de forma infantil los alentaba a algo. Ángela, ante esa figura volvió a pensar que no tenía ganas de nada, a pesar de ello salió del coche saludando como si no tuviera ganas de huir.

17 de Julio de 2021 a las 13:37 0 Reporte Insertar Seguir historia
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