J
Juan Álvarez


Bruno toma antidepresivos para no suicidarse. No sabe si las alucinaciones son por la medicación o por algo más oscuro. Bruno Vásquez recurre a los antidepresivos para afrontar un accidente catastrófico en su vida, seguido de una decepción amorosa que le deja en la miseria. Conforme a que las pastillas van surtiendo efecto, y las ideaciones suicidas son cada vez más esporádicas, las alucinaciones agarran terreno en su día a día. Bruno achaca esos eventos a su medicación, pero luego se da cuenta de que podría ser algo mucho más oscuro, algo mucho más profundo. ¿Soportarías bajar al infierno cada vez que te duermes?


Horror Sólo para mayores de 18.
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7101, 7362, 8007, 7120, 7102, 7364, 7401, 7365

7101/ 2 de enero 2021/ hora indeterminada/ Puente Ciprés/ niebla.

Bruno Vásquez camina en medio de la calzada del Puente Ciprés. No ve figuras humanas. La neblina sólo deja ver el asfalto y la línea continua indicando la prohibición de adelantar. Levanta la cabeza y aspira. La humedad y el frío entra por las fosas nasales.

Le duele el antebrazo.

Se acerca a la baranda, y mira el horizonte. La niebla tapa el paisaje. Lo único visible es el inmenso río. Tras mirar un rato, distingue la silueta de la estatua y levanta la cámara.

Dispara.

Busca la foto en la galería y encuentra la estatua, pero bajo un sol atardeciendo, en un clima despejado con gaviotas que revolotean. Es como si hubiera fotografiado tras una ventana, pues ve reflejos de personas que no reconoce. Qué raro, se dice Bruno, y mira hacia ambas direcciones del puente.

7362/ 15 de febrero 2021/ 3:46 de la tarde/ Faro Punta Celeste/ nubosidad parcial.

Los rulos de Bruno bailan por el viento. Mira la costa desde la orilla del acantilado. Ha cruzado la barrera de contención. Levanta el cuello de la parca, intentando recrear la sensación de los brazos de Noemí. Sentado en el borde, mira abajo: las olas lo devorarían. Nadie presenciaría su caída. De hecho, el faro siempre está así de tranquilo y solitario. Tres metros atrás de la barrera de contención que separa a los visitantes del precipicio, las bancas de cemento ofrecen la visual de toda la costa. A espaldas del faro, el naranja de las paredes y el azul de las techumbres del museo naval contrastan con el verde omnipresente de la superficie del acantilado. Por eso trajo a Noe esa vez: es un bonito lugar para vivir experiencias.

Quizá también lo sea para matarlas. Se inclina más.

Llamada telefónica.

Es Miguel. Enfurecido. Dice que odia a su padre. Bruno, frotando la humedad del pasto, le dice que más ratito se pueden juntar a beber vodka mientras le cuenta qué pasa.

Termina la llamada.

Se echa al pasto a llorar.

8007/ 21 de septiembre 2021/ 10 de la mañana/ Hospital psiquiátrico El Salvador/ soleado.

De haber sabido como resultó,
no habría intentado arreglarlo más.

—¿Por qué sigues viniendo?

—No lo sé —dice Arlett—, no creo que pueda llegar a perdonarte. Pero, quisiera intentarlo.

—Está bien.

Bruno mira la ventana. La cotorra argentina posada en la rama del árbol se ve borrosa. ¿Estará bajo del agua? Pestañea, y con el dorso de la mano se seca los párpados. Ahora la ve nítida. Esta vez, él mira a las aves, y ella lo mira a él.

—Bueno. Nos vemos —dice ella.

—Sí.

7363/ 15 de febrero 2021/ 5:35 de la tarde/ Calle Recordé/ despejado.

En una banca lo espera. Sin nubes en el cielo, sólo el pasto y su brillo. Despejó hace unas horas.

Se quitan las mascarillas

—¿Cómo estás?

—Bien, supongo —dice Miguel—. Estoy chato de esa casa culiá, hermano. No aguanto las taras de mis viejos.

—¿Tu papá hizo algo de nuevo?

—Se curó y empezó a huevear a mi prima. —Le pasa un papelillo a Bruno y saca un moledor—. Le paré la mano. ¿Pero sabís la hueá que me da más rabia?

Bruno lo mira moler la marihuana. Le gustan las uñas perfectas de Miguel, quien tiene el ceño fruncido y no levanta la cabeza rasurada.

—¿Qué cosa?

Bruno le acerca el papelillo, estirándolo con los dedos.

—¡Vino mi vieja y lo defendió!

—Qué hueá más mierda. ¿A caso no se dio cuenta?

—Yo creo que se hizo la hueona no más —dice Miguel posando la yerba sobre el papel—. Lo único que le importa es estar con ese hueón.

—¿Y qué hiciste después?

—Los mandé a la mierda y saqué a la Dayán de ahí. La llevé al mall y le compré un helado para que pasara el mal rato. Después la dejé en su casa.

—¿Cuántos años tiene?

—Dieciséis po, hermano.

—Qué situación más de mierda.

—¿Y tú cómo has estado?

—Bien. —Bruno asiente con la cabeza, apretando los labios. Miguel enrolla el papelillo—. No me puedo quejar. Las pastillas están haciendo efecto, aunque paso todo el día mareado. Jajá.

—Qué bueno, Brunito, porque igual estai tomando medicación brígida.

—Mmmmm. Tan brígida no, en realidad. El escitaloprám es bastante noble. Lo pesado es combinarlo con la Clona y la Expergiscina.

Algunos, al fumar, adoptan aspecto de aspiradora. Pero no es el caso de Miguel, que, para botar el humo, separa un poco los labios.

—Puta la hueá. ¿Pero podrás chupar hoy?

—Demás.

Hacen fila en la botillería. Respetan el distanciamiento físico. Tras el mesón de atención, cientos de botellas de licor reposan en altas estanterías. Arriba de ellas, un espejo en diagonal refleja a Bruno. Se mira. Le gusta la sombra rojiza que se aplicó en los párpados y el delineado. Compran Volcanes del Sur sabor lúcuma y Eristoff Gold.

Cruzan la Playa del Can y suben la escalinata que está al lado de la Iglesia en ruinas. Suben al cerro por los escalones de piedra, entre casas y vegetación. Arbustos y buganvilias cubren los muros y las palmeras dan sombra.

Entran en “El Escondite”, y la casona, deteriorada por el aire costeño, es un verdadero refugio selvático. Desde su costado derecho, el gran patio va en bajada, donde se celebran tertulias de poesía, música y Stand Up. Cuando termine la pandemia, Andrea, la dueña, transformará la casa en un restaurante con terraza.

Toman asiento en una mesa bajo un quitasol chueco. Se les une Dragmar, amigo de ambos, tipo bajo, pelo largo y rubio, que viste ancho y los lentes de sol circulares le hacen ver aún más hippie. También llega a saludarlos Andrea. Bruno le mira las caderas tras el delantal de cocina. Lleva las mangas de la camisa verde subidas. Huele a fritura.

—¿A qué hora comienza el show, Andreíta?

—A las ocho en punto, Dragmar. Tengo que cerrar sí o sí a las 9:50. El toque de queda está pesado.

Conversaron y bebieron hasta entonces. Gracias al alcohol, Bruno se ríe de las cosas con más facilidad. Debe aprovechar: la noche será difícil. Las noches siempre lo son. Se toca las cicatrices, ocultas bajo los rulos.

Es de noche. Miguel fuma tabaco. Cuando habla descansa el antebrazo en la mesa, entre botellas vacías, vasos y ceniceros. El cigarro pende de las segundas falanges. Dragmar argumenta que la realidad siempre será objetiva, aunque la posmodernidad quiera demostrar lo contrario, que siempre habrá genitales para determinar el género de las personas.

—Pero la dicotomía masculino/femenino también es una valoración po, hermano —dice Miguel, y da una fumada—. Lo objetivo son los genitales, pero nosotros le dimos una interpretación.

—¿Ya empezaste con tus mierdas fachas, Dragmar culiao? —dice Andrea al pasar por la mesa. Reparte té y bebidas para los clientes—. Vamos a comenzar. Tú eras el primero, ¿no?

Sobre la plataforma alfombrada de verde, entre la cocina y las mesas, Dragmar rapea sus canciones. Cuando sale un pedido, Andrea y sus ayudantes pasan con la cabeza gacha para no interrumpir.

Andrea pega los labios a la oreja de Bruno. «¿Qué les gustaría comer? La casa invita por los poemas que recitarás más tarde». Le entrega la carta. Bruno pide una hamburguesa de tomate, lechuga y carne de soya, acompañada de papas fritas y un café. «En seguida», le susurra, y le muerde la oreja antes irse a la cocina.

Le toca a Bruno. Andrea bromea sobre lo largo del show de Dragmar antes de presentarlo. Él se sienta. El vodka le calienta la garganta. Hace frío. Posa el vaso en el suelo. Recita. Bebe. Algunas palabras avanzan a trompicones. El Escondite se satura de humedad.

Llega la niebla.

Se le terminan los poemas y huye ruborizado entre aplausos. Miguel le da una palmada en la espalda y le dice qué buena noche, hermano. Bruno lo ve contento. Habrá olvidado lo de la tarde. Qué bacán. Una chica de lentes y adorable trae la comida. Una señora que debe vivir en la casona lo felicita y le paga dos lucas por los poemas. Devora mientras un trovador canta con guitarra. No lo pesca. Sólo es Bruno y la comida. Y esta vez, no cuenta calorías.

Ya no hay público, sólo amigos de Andrea. Hacen correr un pito y Bruno fuma. Cuando lo pasa al siguiente, siente el escrúpulo —demasiado tarde— de que aquello podría ser un vector de contagio.

—¡Qué bonito tu reloj! ¿Fitness? —dice Andrea, mirando la pulsera inteligente de Bruno.

—Sí, es que hago bastante ejercicio y por eso me sirve. Bueno, antes del accidente hacía más.

—Pero te ves tan flaquito.

—Es que estoy con polerón, por eso no se nota.

Andrea da saltitos en la banca hasta Bruno.

—¿Y si te lo saco con los dientes?

—¿Qué?

—Nada.

Andrea ofrece piezas a Bruno y a Miguel: el toque de queda empezó hace horas. Desde allí, se ve la planicie de El Eucalipto cubierta en niebla. La Iglesia de la plaza de armas asoma su torre entre la nubosidad. Bruno observa y sus músculos se contraen. Tiembla. El mar de gas inundó el territorio. Las luces de la policía se pasean por las calles buscando incautos.

Incautos como Dragmar, que quiere seguir vacilando en San Andrés. Como está tan curado, Andrea le pregunta a Bruno si lo podría encaminar.

—Déjalo en la entrada del bosque —le dice—. Ahí no hay pacos fiscalizando y llega derechito a San Andrés. ¿Podrías hacerlo? Te esperamos acá.

Las palmeras de la escalinata atrapan la humedad, y cae en gotas hasta la cabeza de Bruno. En las calles, es el único atento de la policía. Dragmar se sienta en una banca del paseo de la playa. Enrola un tabaco. En Aragón, cuando la niebla está así de espesa le dicen dorondón, dice Dragmar. Bruno le responde qué buen dato, ¿pero podrías apurarte? La estamos vendiendo parados acá.

Ya en el bosque, Bruno se despide rápido y vuelve a la Av. Playa del Can. Los restoranes, con sus enormes ventanales reflejarían la luna, pero sólo están las paredes húmedas de la niebla.

Corta por calle Castillo. Se encuentra con el manicomio. La estructura incendiada se agazapa. Sólo la fachada sale de la niebla cual criatura asomando el rostro. Hormigón. El tiempo y el fuego borraron el arte arquitectónico. Las ventanas enrejadas de la pared frontal, una al lado de la otra, son ojos de araña.

En medio de la niebla, Bruno mira las ventanas. No se mueve. Se ve tan pequeño y apetitoso. Mientras el joven de párpados rojizos barre el edificio con la mirada, lo observa con paciencia. Cuando este se detiene sobre la ventana desde la que espía, se agacha. Agazapado bajo el marco de la ventana, en cuclillas, por el hambre y la emoción, levanta los brazos y acaricia el techo. Necesita tocar algo con sus dedos. Apoya las palmas de las manos en las esquinas del techo y con las yemas logra toquetear toda la superficie.

Bruno ve los interiores calcinados. Nota que los techos son altísimos y acumulan oscuridad. Lo atrae una ventana en específico, pero cuando su vista se detiene en ella, quita la mirada porque una electricidad recorre su espina.

Pero, un último vistazo no me hará daño, piensa.

Y el sobresalto le enfría el sudor, porque las sirenas policiales retumban desde ambos lados de la calle.

7120/ 3 de febrero 2021/ 7:45 de la tarde / Faro Punta celeste/ Sol, atardeciendo.

El pasto relaja a Isabel. «Necesito esta paz». Por eso trae a su padre al faro: le contará que está embarazada. Aunque quiera continuar los estudios, necesitará congelar un año de universidad. Espera que don Rafa, como le dicen las señoras del vecindario, comprenda.

Se sientan en una banca con vista al mar y se quitan las mascarillas. A metros, el faro corta el viento. Don Rafa intuye que viene algo fuerte: su hija no suele invitarlo a pasear, ella espera a que él la invite. Don rafa aguanta el dolor de barriga. Mira el paisaje y respira más lento: desde el acantilado se ve toda la costa de Ciudad del Claro.

Silencio prolongado. Respiración de reunir fuerzas. Isabel le cuenta, tocándose la barriga. Al principio, Rafael se desconcierta, pero la idea de tener un bebé entre sus brazos, con las facciones de su hija y de su esposa, que en paz descanse, lo hace feliz.

Conversan de nuevos planes. Una brisa fría trae la niebla. Él se saca la chaqueta de cuero, y cubre los hombros de su hija. Aunque eres fuerte, le dice, ahora necesitas más cuidados. ¿Vamos a comprar unos completos de la combi que se estaciona por aquí abajito? Comer completos no es un buen cuidado, le dice Isabel entre risas, ¿puedo quedarme aquí mientras los vas a comprar? Me gustaría contarle a Carla que me fue bien.

Mientras baja, don Rafael distingue siluetitas correteando alrededor del faro. Deben de ser niños atraídos por la estructura, perfecta para las escondidas. Llega a la combi, pide los completos. Busca la plata en la billetera. Detiene sus dedos en las fotos tamaño carnet y sonríe. El olor a fritura y a palta le abre el apetito. Al suyo mayo, mostaza y kétchup; al de Isabel, sólo mayonesa.

Cuando vuelve a la banca, no encuentra a su hija.

7102/ 2 de enero 2021/ Hora indeterminada/ Puente Ciprés/ Niebla.

A la izquierda, ve las figuras humanoides entre la niebla. Caminan erráticas, ebrias y adoloridas. Los brazos larguísimos terminan en manos que parecen arañas gigantes de cinco patas. Bruno no alcanza a distinguirles cabezas, sólo cuellos largos que terminan en una superficie plana.

Es lógico ir hacia el otro lado del Puente Ciprés.

7364/ 16 de febrero 2021/ 1:37 de la madrugada/ Manicomio incendiado/ Niebla.

Los radiopatrullas esprintan hacia Bruno. Las balizas lo ciegan y las sirenas azotan sus tímpanos. Se arrodilla, se tapa los oídos.

Su cabeza reventará.

Cuando levanta la mirada, ve “aquello” parado frente a él.

7401/ 17 de febrero 2021/ 11:07 de la noche/ Casa de Bruno/ Neblina.

El semen tibio se escurre por los muslos de Bruno. Gotea. Hacía un mes que no se masturbaba. Mira el techo, agitado. No tiene sueño, y sigue escribiendo. El corte de transmisiones ilumina la cama infinita, los posters de Dark, Taxi Driver, Interestellar y el Club de la pelea. A su vez, la luz de los postes penetra las cortinas azules. Tiene los ojos arenosos. Pero, para qué ver. Su habitación es penumbra.

En su móvil, abre las capturas de pantalla. Selecciona una que tomó de los primeros audios que ella le mandó por Instagram.

—Te abrazaría y no te soltaría nunca más —dice una voz dulce—. De verdad, sería como tu lapita, ahí, al lado tuyo.

Símbolo del tacho de basura.

Eliminar.

¿Eliminar este video?

Aceptar.

Video borrado.

Se tapa la boca. Si llora podría invocar algo.

Escucha golpes desde la calle, y en cada estruendo suena que algo se exprime. Alguien muge.

Bruno, asomado en la ventana, ve a Raúl, vecino del 409, reventando la cabeza de alguien con un bate —sí, a lo Negan—. La masa encefálica se esparce por la vereda, y el bate ahora sólo toca el pavimento.

El vecindario no tiene salida, y la casa de Bruno está ubicada en el cul-de-sac. Su ventana tiene la panorámica del barrio completo, con los patios largos sin cercar, el pasto donde juegan los niños, los garajes de cada casa de aspecto moderno. En las mañanas, el aroma a pasto húmedo y margaritas acompaña a los vecinos. Raúl muele al occiso entre esas flores.

Atraídas por los ruidos, la hermana y la abuela de Raúl salen al patio. La abuela grita, cubriéndose el rostro al ver los ojos que se abren por toda la cabeza y los bulbos que desde la nuca apuntan al cielo. Si el vigía —así les llama Bruno— sobrevive, los bulbos podrían crecer hasta conectarse con el Dios Solitario, que aún no llega a Ciudad del Claro.

Anabel, la hermana, panadera, treinta y tantos, que sonreía a Bruno cuando este compraba la bandeja de huevos marrones en la panadería San José, intenta que la anciana reaccione.

—¡Se iba a volver como ellos! —dice Raúl y apunta con el bate al cadáver— ¿no le ven la cara?

Bruno ve la neblina, y sabe que está sucediendo de nuevo: el Mundo Intermedio.

Marca el 133.

—Carabineros de Chile, ¿cuál es la emergencia?

—Mi vecino se volvió loco y le reventó la cabeza a alguien con un bate.

—Dígame la dirección.

—Calle Recordé. Sucede todo frente a la casa 409.

—Estaremos allá lo más pronto posible. ¿Usted está solo en casa?

—Sí.

—¿Desarmado?

—Obvio.

—¿Sigue teniendo ganas de morir?

—¿Qué?

—Que si sigue teniendo ganas de morir.

Bruno corta.

Va al baño. Su intención es tomarse todas las clonas que le quedan. Sin embargo, sólo le queda una. Insuficiente. El Escitalopram le habría servido, pero Laura se lo quitó por la última sobredosis. Cada día pasa a darle la pastilla por la mañana.

Bruno mira su reflejo: ojeras, ojos cansados que cierra hasta sentir el olor metálico. Los abre y la criatura está detrás suyo; sin rostro, como siempre. El ojo que le queda cuelga de un nervio. El cuello está segmentado por marcas de soga.

La vio por primera vez al despertar en una silla después del primer intento de suicidio. Lo rodeaban monstruos. Las sillas formaban una ronda parecida a las que se forman en las sesiones de A.A. Estaba en un aula de paredes oxidadas y ensangrentadas. ¿Estoy soñando?, pensó esa vez, pero el frío de los fierros de la silla era real. Frente a él, estaba la criatura sin rostro. El resto eran cuerpos mutilados, que vestían prendas de Bruno, que tenían su porte, que tenían su forma.

Anabel grita por ayuda. Raúl se les acerca, a paso lento. Apunta a la cara de la anciana con el bate ensangrentado.

—Mírate la cara, vieja culiá. ¡Te estai transformando en uno de ellos!

Los ojos enrojecidos vibran. Cruje la mandíbula, chirría los dientes. Cuatro pasos después, son arrinconadas contra el pórtico. Los múltiples ojos se mueven erráticos en las órbitas de satisfacción. Raúl descansa el bate en la mejilla de su abuela y lo amaga con cariño. El pánico impide las arcadas que daría la anciana por la masa cerebral que el bate posa en su mejilla. Anabel cubre el cuerpo de su abuela con el suyo.

Cuando Raúl se lleva el bate tras la nuca, enroscándose, aparece Bruno desde las sombras y le entierra un cuchillo en el cuello. El monstruo cae, sonriendo. Bruno apuñala el ojo central de la cara, usando las dos manos y su peso. Raúl deja de moverse. Bruno, acostumbrado a matar, extraña la adrenalina. Pudo quedarse en el departamento tomándose las pastillas; por último, para dormir varios días, pero prefirió ser un buen samaritano, así que desentierra, se levanta, y se voltea hacia las mujeres, con el cuchillo goteando la sangre y la viscosidad entre sus dedos.

—¿Están bien?

Anabel levanta el rostro para decir algo, pero una camioneta los embiste.

Bruno alcanza a esquivarla; sin embargo, la mole lo roza y le disloca el hombro. Se retuerce sobre el cemento. Mientras intenta levantarse ve que quedó un forado en el pórtico tras el impacto. Sangre y pedacitos de carne molida cambian el color del césped.

Más autos salen de la neblina. Huye. «Otra vez la misma mierda». Llueve metal y madera de los choques. Un tacho de basura se estrella, cual meteorito, a su lado, salpicándole el contenido. «Papeles con mierda». El dulzor putrefacto se posa en la nariz, tal vez por sugestión. Con la mano —que sí puede mover— se restriega el cuerpo mientras camina donde antes había jardines pacíficos, donde ahora sus vecinos corren de las criaturas. Algunos escapan; otros mueren a golpes, o violados, hasta que una hemorragia interna los salva.

Avanza por calle Recordé hacia el Faro Punta celeste, pero el dolor le obliga a detenerse, y mira hacia atrás. No se convierte en sal, como la esposa de Lot, cuando volteó a ver que Jehová aniquilaba a Sodoma y Gomorra. Pero, entre el caos, en una esquina, un carabinero viola a un niño de unos ocho años. Los jirones de ropa cuelgan de la carne magullada. La cara del chico sangra por la fricción contra el pavimento. Sigue vivo. Catatónico. Bruno se acerca y le entierra el cuchillo en la cien. El carabinero sigue empujando con la cadera, jadeando, mirando a Bruno a los ojos. No se detiene. De no ser por el blindaje, Bruno lo mataría. No obstante, se percata de que el servidor público no le presta atención, así que le quita el revólver.

Intersección de Recordé con Madrigales, la única vivienda de dos pisos, que pertenece a un excéntrico que Bruno ha visto un par de veces, fumando en bata al rocío de la mañana. La estructura no ha sufrido ataques, tan ordenada y brillante como siempre. El dueño debe de estar a resguardo. Bruno piensa en refugiarse allí, pero se arrepiente al sentir que algo se arrastra por el pasto de la casona. Algo pesado, ágil. Bruno ve que se le acerca una boa que, en vez de escamas, tiene piel humana y venas verdes que le recorren el cuerpo cilíndrico. Le apunta con el arma y dispara. Las balas hacen volar girones de piel y carne junto a una neblina rojiza, pero el daño parece ser superficial, ya que la boa sigue moviéndose con rapidez y esquiva los últimos tres balazos.

Termina descargándole el revólver, sin éxito, pues, el monstruo está frente a él, abriendo su boca vertical.

Tras la oreja derecha de Bruno retumba un escopetazo. La cabeza de la criatura explota, y, en un estertor muscular, la cola golpea la cabeza de Bruno.

Knockout.

—Niño, responde.

Le habla una mujer que vio alguna vez comprando en el minimarket Julian. Pocas arrugas rodean sus ojos. El cabello es corto, muy negro. Viste formal, pero está sucia y salpicada de sangre. Perfume caro y sudor.

Bruno se marea y su vista se duplica. Con las luces apagadas —para no atraer criaturas—, no ve cuadros ni fotos, sólo siluetas de muebles delineadas por la luna y los postes.

—Lo siento, ¿dónde estoy?

—En mi casa. Vivimos a unas cuadras de la tuya —dice ella, despacio, acercándose al rostro de Bruno—. Quédate en silencio. Tenemos que pasar desapercibidos hasta que lleguen las fuerzas armadas.

—Pero si las fuerzas armadas ya están aquí. Acabo de ver a un paco violando a un niño.

La mujer mira hacia el fondo del living. En el sofá, un hombre tiene en brazos a una niña de unos cinco años. Deben de ser su esposo y su hija.

La escopeta descansa en el brazo izquierdo del sofá.

—Bueno, tranquilo. Todo estará bien. Te noto demasiado cansado y mal herido. Bajemos al sótano, allí puedo prender las luces para verte ese hombro.

—¿Sabrás curar esto?

—Soy enfermera. —Atraviesan la oscuridad hasta la escalera que conduce al sótano—. Hoy te puedes considerar con suerte.

Baja tras ella. Los escalones de madera crujen. Todo en sombras, hasta que ella prende la luz.

—¿Cómo se llama?

—Marcela. ¿Y tú, niño?

—Bruno.

La tabiquería se usa como estantes para guardar tarros de pintura, herramientas y cajas. En medio del sótano, una larga mesa de roble reflecta la luz. Bruno sólo había visto sótanos así en series y películas gringas. «Hasta tiene la lavadora con tapa circular».

—Un gusto, Bruno. Échate en la mesa. Déjame ayudarte.

Al acomodarse, un relámpago se le entierra en el hombro. Marcela corta la polera negra de manga larga. El brazo comienza a ponerse morado.

—Seguramente también está algo fracturado, pero por mientras te lo puedo reacomodar.

Bruno necesita recuperar su agilidad; con acomodar el brazo, basta. Si consigue dormir, volverá al Mundo real; pero, no puede forzar el sueño, y menos adolorido. Cuando termine de tratarle el brazo, le preguntará a Marcela si tiene sedantes.

Ella reajusta la articulación, Bruno llora. Las primeras lágrimas, por el hombro; el resto, por Noemí. Cierra los ojos. Que el hombro se calme, que el nudo de la garganta vuelva al pecho.

¿Qué será de la Noemí de esta dimensión?

Bruno abre los ojos, sobresaltado, pues algo explota de la espalda de Marcela. Le brotan los brazos sanguinolentos de una viuda roja y le atenazan las extremidades. Conoce a este tipo de rotten, sabe que nacen de sexualidades reprimidas.

Sabe qué le hará.

Uno de los brazos aprieta el hombro recién acomodado, duele, las manos originales de Marcela le desabrochan el pantalón y mete una mano y manosea los testículos y Bruno cierra las piernas y solloza.

Pero los brazos sangrantes se las abren, y la mujer vomita arañas sobre su rostro.

Sabe que quedándose quieto no lo morderán. El monstruo posa la mano en el contraído vientre y se excita más por los músculos endurecidos. Extiende la mano, con los dedos apuntando hacia abajo y la introduce bajo el bóxer. Agarra el pene fláccido, lo acaricia, y la suavidad es incoherente con la brutalidad de los brazos sangrantes que inmovilizan a Bruno. El monstruo quiere provocarle una erección. Montarlo. Pero no lo está logrando y comienza a frustrarse.

Si Marcela se aburre, lo devorará. Lo primero será el rostro. No obstante, cuando Bruno acepta el destino de descubrir qué sucederá si lo asesinan en el Mundo Intermedio, el rostro de la mujer se hincha, transformándose en hematomas descomunales. Los labios, convertidos en longanizas partidas, chorrean la sangre sobre Bruno. En el resto del cuerpo se marcan moretones y manos violetas.

Los traumas pueden arruinar la forma de un rotten, al manifestarse en la corporalidad del ser. Bruno lo había visto antes, y le llamaba ecos. Si hay un eco, el sonido original está cerca.

A cada paso, los zapatos negros rompen los escalones. Bruno ve los ojos que se abren por toda la cabeza. El vigía, el maltratador, el desconfiado. El hombre llega hasta Marcela y, arrojándola al suelo, la aparta de Bruno. Se sienta en las caderas de ella. Asesta puñetazos hasta que la sangre salpicada cosquillea el rostro de Bruno, que se levanta, a duras penas, de la mesa y sube por la escalera.

Algo lo detiene.

—Papá, deja a la mamá. ¡Papá!

Bruno corre en su rescate, pero el rotten, con un revés, revienta la cabeza de la niña. Las colitas se empapan de la sangre que emana vibrando del cráneo.

Sube por Recordé hasta el faro. El pasto se mese. Del techo de la cúpula nacen costillas gigantes, sanguinolentas, con girones de carne colgando. Se despliegan formando un paraguas sobre el faro, y de ellas penden ahorcados vestidos como Bruno. La linterna del faro gira frenética, como una estrella de neutrones.

Allí le tomó fotos a Noemí.

Camina hasta el acantilado. Se sienta al borde, y mira hacia abajo. La pendiente del acantilado tiene un ángulo invertido, por lo que da más vértigo mirar los roqueríos que mutilan las olas. La humedad le salpica le rostro. El monstruo sin rostro se sienta con él. Bruno le mira los brazos de animal faenado.

7365/ 16 de febrero 2021/ 1:39 de la madrugada/ Manicomio incendiado/ Niebla.

Frente a él, aquello se retuerce. Altísimo, aunque esté encorvado. Con las manos de araña, se tironea la piel de cuero podrido.

Agarra a Bruno, lo alza. El muñón del cuello se extiende y se estira, se transforma en un tentáculo, se hincha en la punta y se le abre una boca, dentro de la cual un espejo refleja a un Bruno despavorido.


23 de Junio de 2021 a las 06:10 0 Reporte Insertar Seguir historia
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