holoceno11701 Jorge B. Mahoney

¿Puede un simple muñeco de madera cobrar vida por tanto sufrimiento? Hay quien dice que depende del tipo de leña.


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EL MUÑECO DE MADERA

Los pacíficos pobladores de un pequeño cantón en san Arrás sentían gran apego hacia el viejo Howard Brown, un melancólico ebanista que solía fabricar muñecos y marionetas en el pueblo para divertir a los niños. Cada habitante de aquel apartado rincón sabía acerca de la triste realidad que lo afligía.


Tal suerte de conexión afectiva para con el solitario carpintero era lo menos podía sentir cualquier vecino de san Arrás. En toda aquella compasión y reciprocidad no solo contribuía el hecho de que se tratara de una comunidad minúscula, donde todos se conocían, sino gracias también a que el frío paraje había permanecido durante largo tiempo aislado de las grandes urbes por entre las estribaciones de algún solitario valle montañoso, lo que estimulaba la necesidad de fortalecer la cooperación entre unos y otros. El caso es que, de una u otra manera, sus habitantes comprendían que ambas realidades jugaban un rol muy importante en las vidas de los Arrasenses.


Desde que Cathy Brown y su pequeño Bennie, de tan solo cinco años de edad, perecieron calcinados en el incendio que consumió casi hasta los cimientos su modesto taller de carpintería —especie de santuario familiar donde Howard trabajaba construyendo muñecos de madera para la comunidad— este ya no era ni la sombra de lo que alguna vez había sido, simplemente había renunciado a seguir siendo feliz. Desde aquel horrible día, todo parecía haber terminado para el viejo Brown.


Alguno que otro poblador afirma que en cierta ocasión le escuchó atribularse diciendo cosas como: “si aquella suerte era lo más parecido a un castigo divino, por qué entonces Dios se había llevado al más inocente de todos” En otras palabras, Howard Brown lamentaba no haber fallecido junto con su mujer y su hijo, clamaba con vehemencia por la verdadera justicia del que salva.

A pesar de que Cathy y su hijo Bennie significaban todo para él, Howard logró a medias recuperarse de aquella trágica pérdida. Si bien volvió a rehacer gran parte de la fachada exterior de su tienda, este nunca volvió a abrir sus puertas al público. Sin embargo, en ciertas ocasiones se le podía ver a través de las roídas cortinas que quedaron en su aparador, sentado en medio de los escombros hablando solo.


***


Al poco tiempo, Howard Brown se vio animado por una extraña necesidad de rehacer el viejo taller de trabajo levantándolo desde las mismas cenizas que quedaron en el interior de su vivienda con el propósito de seguir fabricando los muñecos de madera que tallaba a mano. Nadie se hubiera imaginado aquella insólita recuperación. Era obvio que de la venta de los juguetes de madera que fabricaba, más que todo de aquellas inocentes marionetas gobernadas por hilos, Howard obtenía el sustento para comer. Eso lo sabían los pobladores del valle. El lucro no era lo más importante para el señor Brown, ni mucho menos su negocio, pues como él mismo suele decir: "el esfuerzo de un trabajo ejecutado con nobleza, era la forma de compensación ganada a través de la excelencia” Para nadie era un secreto que el noble fabricante de muñecos tenía un compromiso para con los pequeñitos del poblado de san Arrás.

Fue por ello que el señor Howard reanudó sus actividades como el hábil carpintero tallador y ebanista que siempre había sido, y comenzó de nuevo a trabajar en sus marionetas. Todo aquel poblador que solía darse una vuelta por las tardes y pasaba frente a su humilde almacén, podía observar al bonachón del señor Brown a través de la ventana de su taller, sentado y trabajando en su nueva pieza de madera, o bien manipulando con una destreza casi mágica, los delgados hilos de sus muñecos con el único propósito de entretener a los niños de la minúscula comarca de Arrasense.


***


El señor Brown acostumbraba salir muy temprano por las mañanas en busca de las mejores piezas de madera seca que pudiera encontrar en el bosque. En ocasiones esta escaseaba, y no siempre podía encontrar aquellas de mejor calidad para trabajar. Muchas veces solía decirles a los fascinados chicos, quienes que siempre aguardaban ansiosos para escuchar sus historias, que las maderas más duras por lo general se la daban aquellos árboles capaces de desprender sus hojas en otoño, pero que las más suaves y obedientes las obtenía de los árboles más tercos y tacaños, de aquellos que jamás se atrevían a deshacerse siquiera de la más mínima de sus hojas.


«La sólida y resistente madera del nogal sirve para fabricar juguetes de larga duración, además, es capaz de soportar golpes muy fuertes. Es la madera perfecta para niños rudos —solía decirles engrosando la voz y haciéndoles un guiño de picardía al tiempo que les mostraba las enrojecidas mejillas de su cara».


Pero como carpintero, Howard casi siempre prefería la madera de cerezo negro, porque aseguraba que era suave y fácil de trabajar, así como la del pino blanco, por su resistencia y duración.


«Estas son las mejores maderas para fabricar mis muñecos», afirmaba a los chicos, enseñándoles un trozo de esa madera cruda, tal cual como lo traía del bosque.

Sin embargo, luego de aquel doloroso accidente, sumado al paso de los años, Howard Brown se había convertido en un hombre melancólico y contemplativo, parecía como si nada era capaz ya de devolverle la felicidad que tiempo atrás poseía.


Cuando sus amigos más cercanos pensaron que había llegado el momento de hablar con él y explicarle que la resignación tenía que haber hecho su trabajo, hacerle entender que ya había transcurrido tiempo suficiente como para que aquellas dos viejas heridas hubiesen sanado, comenzaron a visitarlo en su taller para que supiera que no estaba solo. En ocasiones, advirtiendo que no salía de su aislamiento voluntario, estos llegaron a insinuarle que era tiempo de que se buscara una mujer para compartir la soledad en que vivía, asegurándole de que aún era joven para rehacer su vida, incluso que podría tener otro hijo. Sin embargo, Howard solo se limitaba a sonreír, no pudiendo disimular la tristeza que lo embargaba. Ninguno de aquellos consejos lo estimulaban a que buscara en Arrás una nueva compañía. Howard prefería encerrarse con sus recuerdos y ver transcurrir el resto de sus años en soledad, hasta que llegara el momento de que Dios se apiadara de él y lo reclamara desde donde quiera que estuviera.


—¿No crees Howard, que desde el cielo Cathy estará deseando que encuentres a alguien que te quiera para que puedas ser feliz? Eso no es un pecado —insistía uno de sus mejores amigos de infancia—. Si yo estuviera en tu lugar me lo pensaría bien.

Howard tan solo contemplaba a su amigo con la mirada perdida, pensativo, como si lloviera.

—Estoy seguro de que en algún lugar del valle hay más de una buena mujer esperando por ti y dispuesta a darte un hijo. Aún estás a tiempo, compañero. De ninguna manera eso quiere decir que tengas que olvidarte de Cathy ni de Bennie.

—¿Quién dice que yo necesito encontrar a alguien más para compartir mi vida? Puedo seguir haciendo lo que me gusta sin ayuda de nadie.


—Pienso que Jim tiene razón, Howard. Todos estos años... tu mirada ha perdido la alegría de antes. ¿No crees que deberías considerarlo poor lo menos? —sondeaba Eva, otra vieja conocida, con la idea de que su opinión pudiera hacerlo cambiar de parecer.


—Deberías escucharla, Howard. Aún tienes una vida por delante.


—¿Qué respondes a eso? Tienes todo el derecho a darte una segunda oportunidad, amigo. Es tu soledad la que nos preocupa a todos. Trabajas demasiado, y créeme, tarde o temprano terminarás enfermándote.


—¿Mi soledad? Pero si soy muy feliz viviendo de esta manera —evadía Howard—. Además, tengo la compañía de todos mis hijos de madera, ellos saben cuidarme. ¿Para qué querría tener a alguien más haciéndome compañía?


Aunque a Eva y Jim, sus amigos de toda la vida, los trataba de esquivar siempre con las mismas evasivas, ellos consideraban que aquella metáfora no era sino un argumento por demás egoísta para consigo mismo. Pero Howard Brown, quien pensaba muy diferente, era de los hombres que preferían a una sola mujer, la mujer que lo había querido con todos sus defectos y con los pocos aciertos que podía tener. Que su solo recuerdo era capaz de mantenerlo vivo sin necesidad de alguien más para compartir el resto de su vida.

Eva cruzó una mirada furtiva con Jim en ese momento, y por un instante estuvo casi a punto de hacerle una proposición a Howard. Y aunque Jim parecía haber sospechado de las sanas intenciones de su amiga, igual la tomó del brazo e hizo un guiño inteligente para que no siguiera invadiendo su intimidad. Tal vez aquello no resultaba ser una buena idea, acaso algo apresurada, y terminaría hiriendo a Howard más de lo que ya estaba.


—Mejor déjalo, Eva —susurró Jim, haciéndole un leve cosquilleo en el brazo—... Tal vez Howard reflexione sobre todo lo que le hemos dicho en un par de días o más. Mejor vámonos.


—Bueno, amigo, te dejamos para que lo pienses —dijeron Jim y Eva, despidiéndose de él—. Nos vemos pronto, ¿sí?


El señor Brown no tenía el menor interés en lo que le habían dicho sus amigos. Por el contrario, solo pensaba en trabajar en su taller y cambiar cada tarde de posición a sus diferentes muñecos dentro del aparador.


—Me duele tanto saber por lo que está atravesando. Ya casi no habla con nadie —dijo Eva en voz baja—. Se va a enfermar, el pobre.


—Te entiendo mujer, pero no pierdas cuidado. Estoy seguro de que Howard no se va a pasar el resto de su vida entre las únicas cuatro paredes de su taller y hablando solo con sus marionetas.


—Tal vez tengas razón, Jim, es solo que siento una terrible pena por él.


—Es muy difícil vivir sin tener a una persona que te haga compañía, sobre todo en un rincón tan apartado del mundo. No dudo de que tarde o temprano conocerá a alguien que lo sepa querer como lo hizo Cathy.


El señor Brown cerró su taller temprano esa mañana, demasiado temprano, y aunque no regresó a correr las cortinas de la vitrina de exhibición, donde todos los días solía realizar el acto con sus títeres, tampoco abrió en la tarde, ni los tres días siguientes.


***


Una fría mañana, Eva llamó a Jim algo extrañada para decirle que las cortinas de la tienda de Howard aún permanecían corridas, y que lo había visto de lejos muy temprano empacando algunas cosas en su carreta, pues al parecer estaba preparándose para salir de viaje. Ambos pensaron que sería buena idea hacerle una nueva visita luego de desayunar, sin embargo, una vez que tocaron a su puerta nadie abrió.


—¿Crees que Howard vaya a regresar para abrir su taller más tarde, Jim? Ahora que lo pienso, tampoco lo he visto trabajando últimamente —supuso Eva al ver que su amigo mantenía la puerta del almacén cerrada y que las luces se veían apagadas.


—Es raro, por lo general deja un aviso para que sepan que ha salido. Quien sabe, quizá haya ido al cementerio. Howard es impredecible.


—Pareciera como si se hubiese estado preparado para hacer un largo viaje. No estoy segura, pero me dio la impresión de haberlo visto en la madrugada vestido con sus botas y llevaba un abrigo pesado. Tal vez piensa marcharse para siempre.


—Descuida, mujer. Es poco probable que se marche de Arrás. Sus recuerdos yacen enterrados aquí.


—Me pregunto, ¿a dónde estará pensando ir con este tiempo? —especuló Eva, mirando en dirección de las montañas.


—Me temo que el problema se debe a lo escaso de la madera en nuestros bosques, quien sabe, puede que quiera ir al valle una vez más. Recuerdo haberlo acompañado un par de veces para ayudarlo a traer algunas piezas. Se quejaba porque decía que ya no abundaban los “árboles nobles”, como suele llamarlos. Bueno, a veces es algo excéntrico.


—No entiendo, ¿para qué ir de nuevo si piensa que no va a conseguir?


—No sabría decir… En tal caso, aunque es posible que esté pensando viajar un poco más lejos esta vez para tratar de encontrar la madera que necesita y continuar tallando sus juguetes. Pobre Howard, con el tiempo que se avecina pienso que debió esperar un poco. Espero que encuentre un buen refugio para acampar, de seguro la noche lo cogerá nevando.


—Hubiese querido llevarle una manta.


***


La comarca de san Arrás estaba confinada entre dos ríos próximos que la encerraban dentro de un valle montañoso que daba nombre a la aldea. En realidad, se trataba de un poblado pequeño que contaba con muy pocos habitantes. No habiendo suficientes familias jóvenes allí establecidas y que tuvieran niños, era de suponer que tarde o temprano las ventas de los muñecos que tallaba Howard —de lo único que vivía— irían en picada, a menos que alguna modificación en sus marionetas conllevara a nuevos cambios.


A eso de las cinco de la tarde, luego de una cena ligera, mientras daban un corto paseo, Eva y Jim se encontraron con un aviso que el señor Brown había dejado colgado en la puerta de su viejo taller. Anunciaba que cerraba por unos días, puesto que iba a los bosques que estaban al pie de las montañas en busca de la madera que necesitaba para trabajar.


—¡Vaya!, pues sí que es impredecible nuestro amigo, Howard —dijo Jim—. Pensé que había salido en la mañana.


—Espero que haya salido bien abrigado —dijo Eva mirando hacia las montañas.


—No debe tener mucho tiempo de haberse ido. ¿Por qué escogería salir tan tarde?, no parecen cosas de Howard.


Lo que Jim le había dicho a Eva era cierto. A falta de madera de cerezo negro, su amigo necesitaba encontrar por lo menos algunas buenas piezas de nogal. El problema estaba en que el exceso de humedad que había en los bosques, causado por las constantes lluvias, hacía que no consiguiera madera con la calidad que necesitaba.

Buscando ganar un día de camino y aun habiéndose marchado lo más temprano que pudo aquella tarde, Howard no pudo continuar su viaje más allá del valle, donde se hallaban ubicados los ricos bosques que había sobre la ladera oeste de Arrás. Este se vio forzado a regresar dos días antes de lo previsto, puesto que la única mula que tiraba de su carruaje murió al ser mordida por una serpiente venenosa, no pudiendo por lo tanto completar la jornada ni recolectar la madera que tanto estaba necesitando. Sin embargo, la noche después de su salida de Arrás sucedió algo extravagante en el camino mientras se disponía a descansar para regresar al día siguiente.


Mientras el señor Brown acampaba bajo su carreta, refugiándose mediante una suerte de lona maltrecha, un anciano cansado y hambriento, itinerante del camino, surgió de la nada en medio de una densa tormenta de nieve que empezó a caer cuando apenas comenzaba a rendirse la tarde. Howard invitó al hombre para que se cobijara en su tienda, dándole de comer y ofreciéndole un cálido lugar donde dormir y pasar la gélida noche. A pesar de la fuerte nevada, esa noche el cielo no era gris ni hacía frío como sería de esperarse, por el contrario, era oscura como la boca misma de un lobo y había millones de estrellas maravillosas que iluminaban todo el firmamento. Al mismo tiempo, Howard contempló incrédulo el momento en que una tormenta huracanada precipitaba una lluvia inclemente y borrascosa, lluvia que en ningún momento llegó a humedecer la tierra y con vientos clandestinos que ni siquiera agitaron las llamas de su débil hoguera. El señor Brown jamás había visto nada igual en toda su vida. Howard, quien era un hombre poco versado en el arte de la palabra, le estuvo hablando toda la noche sobre la generosidad de la madera y de los niños a quienes entretenía con su trabajo, sin embargo, nada mencionó al anciano acerca del dolor que albergaba en su corazón. Mientras tanto, aquel extraño peregrino de la noche lo miraba con dulzura. En qué momento llegaron a conciliar el sueño, fue algo que Howard nunca supo, pero para cuando la mañana se hizo presente, el señor Brown notó que la nieve había desaparecido no solo alrededor de su vieja carreta, sino a lo largo de todo el valle. Esa fría mañana, habiendo compartido el pan y toda la miel que le quedaba, Howard se preparaba para dejar atrás la hondonada. Agradecido por su compañía, el enigmático caminante le dio las gracias obsequiándole un grueso y alargado tronco de madera, tan pesado como un tonel repleto de vino, además de un peculiar trozo de tela envejecida.


—Aquí termina mi camino, buen hombre. Debo regresar al otro lado del valle —dijo el peregrino—. Solo te pido que lleves este pesado madero para que lo puedas esculpir en tu taller. Será un gran compañero hasta el último de tus días.


Sorprendido por lo extraordinariamente pesado, pero a la vez denso y suave de aquella extraña pieza de madera, Howard prometió que así lo haría. Recogió entonces el madero del suelo y al darse vuelta para despedirse del anciano, el hombre ya se había marchado. Durante largo rato estuvo examinando aquella curiosa sección de madera.


«Me gustaría saber ¿de qué lugar del valle la habrá traído? —se preguntó Howard—. ¿Cómo pudo el anciano llevar a cuestas un tronco tan pesado como este?, no lo entiendo».


Habiendo recogido lo único que podía llevar consigo, el señor Howard Brown al fin emprendió su jornada de regreso, arrastrando el pesado poste durante todo el camino.

Una vez que llegó a san Arrás, se tomó toda una semana para pensar antes de comenzar a trabajar en su taller. Cada día que pasaba, el señor Brown se dejaba seducir más y más por su pieza de madera. Transcurridos siete días, advirtió con asombro que el tronco era tan liviano como una pequeña rama de nogal, por lo que Howard se encerró en su taller para comenzar a darle forma a su nueva inspiración.


***


De la talla de aquel formidable tronco de madera ligera resultó un pequeño muñeco, al que había dotado de articulaciones en las muñecas y los codos, incluso en sus rodillas. Por último, siguiendo las instrucciones que le había indicado el extraño huésped de la tormenta, de aquel pedazo de tela envejecida el señor Brown deshilachó docenas de hilos extraordinariamente finos, tan delgados e imperceptibles a la vista, que le resultaron maravillosos para utilizarlos y darle movimiento a los juguetes que había fabricado, pero sobre todo a los viejos títeres que tenía guardados en su taller.

El melancólico y apenado imaginero siguió trabajando sin parar durante meses, pasaba horas y horas enteras sin detenerse a descansar ni comer siquiera. Parecía como si buscara traer de vuelta con aflicción, algo que la vida misma le había arrancado, pero sin darse cuenta, con cada lágrima que iba derramando sobre aquella pieza única de madera, esta se iba ablandando más y más. Siendo así, una vez que terminó por completo de esculpir su obra, Howard permaneció semanas sin salir de su taller, admirando aquella mágica creación.


«Me pregunto ¿dónde lo habrá cortado? Jamás había visto algo así antes. ¿De qué bosque pudo haber traído la pieza? No conozco un solo árbol en la comarca y tampoco corteza que se le parezca —cavilaba Howard sin poder salir de su asombro, mientras recorría dudoso con la vista los picos nevados—. ¡No, no es posible! La mañana que me dio el tronco, estaba tan pesa…


»yo mismo tuve que traerla arrastrada hasta Arrás. El madero pesaba demasiado como para que el anciano viniera subiendo con él por el valle, y es imposible que lo haya traído a cuestas a través de las montañas. ¿Cómo es posible que ahora pese menos que una marioneta de trapo?.


Lo más extraño de todo no era la suavidad ni la delicadeza de la nueva pieza terminada, tampoco el hecho de que aquella corteza de madera le resultara desconocida. De manera inexplicable, trascendió con los días que su hermosa obra se había estirado, es decir, había crecido de tamaño. La extraordinaria flexibilidad de su creación le proporcionaba una articulación casi real a su nueva marioneta. Howard creyó de pronto que ante él se estaba revelando una pieza única e invaluable, puesto que consideró que nunca más podría volver a hacer un muñeco de madera igual. Ni siquiera él mismo estaba convencido de que su nueva marioneta hubiera sido esculpida a partir de un simple y pequeño pedazo de madera.


La misma mañana que el señor Brown exhibió aquella obra de arte en el aparador de su taller, la noticia recorrió como pólvora las únicas tres calles que había en toda la comarca de Arrás. No terminaba aún de ponerse el mediodía, cuando los chicos del pueblo comenzaban a agolparse en el ventanal de su taller para rivalizar por un lugar privilegiado donde poder admirar al nuevo muñeco movido por aquellos hilos invisibles. En más de una ocasión, uno que otro ferretero o propietario de alguna modesta tienda, ofreció comprarle su marioneta por una buena suma de dinero como regalo para su hijo, pero aquel magnífico muñeco de madera no estaba a la venta.


Como llegó a hacerlo en tiempos anteriores con sus viejos muñecos de madera, día tras día, Howard Brown volvía a dar vida a su nueva creación a través de las hebras invisibles que esta vez había colocado a su marioneta, fascinando con su teatro casi realista, tanto a pequeños como adultos. Pero una vez que terminaba la función, desconectaba los hilos de su muñeco y lo retiraba del aparador, dejando expuestos en la vitrina solo a sus antiguos y olvidados espantajos, aquellos que ya nadie en la comarca tenía interés de volver a ver.


—¡Es asombroso Howard! Me parece que es el más hermoso de los espectáculos que haya visto en tu vitrina. Tu nuevo muñeco se ve tan verdadero... es tan parecido a tu... —manifestó Eva, seducida por el encanto de aquel maravilloso espectáculo—. Si no lo estuviera viendo, ni yo misma lo creería. ¿Cómo te las arreglas Howard, para que tu marioneta se vea tan real? ¿Cómo haces para que se mueva sin necesidad de usar hilos?


—¿Puedes decirnos de qué madera está hecha, o de qué lugar la has traído? —preguntó Jim.


—Ni yo mismo lo sé amigos, y dudo que pueda encontrar en los bosques de Arrás algo parecido. Sin embargo, me la dio un anciano viajero que se me apareció en mitad de una terrible tormenta de nieve. Fue la misma tarde en que murió la mula que tiraba de mi carreta.


—¿Tormenta de nieve? —Jim y Eva se vieron las caras extrañados—. ¿De qué tormenta hablas?, en toda Arrás no ha caído un solo copo de nieve en meses, por un momento creímos que iba a llover, pero no fue así. Bueno, ¿tienes pensado conseguir más de esa madera para tallar otro muñeco igual, Howard?


—Estoy seguro de que jamás conseguiré hacer un muñeco igual. Nunca en mi vida había visto una pieza de madera semejante. Supongo que debe ser de algún árbol solitario al otro lado de las montañas.


—Ahora mismo, Jim y yo iremos a contarles a nuestros niños para que no se pierdan tu espectáculo de mañana en la tarde. Eres un ángel, es por eso que los chicos te quieren, ¿lo sabías? —dijo Eva.


—Bueno, no exageres —musitó el viejo.


***


Los años fueron transcurriendo en el frío valle de san Arrás, y no solo el tiempo fue envejeciendo la pequeña tienda del señor Brown, sus cabellos, al igual que los de su pequeño muñeco, también se fueron blanqueando hasta que se hizo un anciano. Fiel a los recuerdos de su inolvidable Cathy y su pequeño Bennie, el triste y melancólico Howard Brown jamás volvió a casarse. A pesar de que nunca volvió a tallar un solo muñeco por el resto de su vida, el viejo Brown no dejó de ofrecer la función que siempre daba en el aparador de su taller para deleitar a las nuevas generaciones de chiquillos que se acercaban a su tienda para disfrutar de aquel mágico espectáculo.


Cierto día, la pequeña hija de un hacendado rico que se había establecido en el pueblo hacía algún tiempo, cada vez que cumplía años pedía a su padre que le comprara el muñeco de madera que había en el aparador de la tienda de títeres. Pero, el ya anciano Howard cada vez se excusaba con amabilidad diciendo que no estaba interesado en venderlo. La chiquilla, ya no tan pequeña pues tenía 13 años de edad, igual que una mula terca, seguía empecinada en aquél impávido muñeco. No pudiendo entender las absurdas razones por las que el anciano no hubiera querido venderle a su padre un simple muñeco de madera, en una ocasión, habiendo alcanzado casi su decimocuarto cumpleaños, la pequeña se las ingenió para escurrirse a escondidas en la tienda del señor Brown. En momentos que el fatigado Howard estaba distraído realizando su acto con la marioneta, y ocultándose en el interior de un pequeño gabinete, la intrépida chiquilla se empecinó en robar aquella marioneta a como diera lugar.


Habiendo concluido la función de la tarde, luego de que Howard hubiera cerrado su tienda y sentara al muñeco a la mesa mientras él se disponía a comer, la pequeña aguardó a que llegara el momento oportuno para llevar a cabo su "inocente" plan.

Cuando ya estuvo a punto casi de salir de su escondite, una extraña conversación la desconectó de sus osadas intenciones.


—¿Sabes, Bennie?, cada vez me estoy sintiendo más cansado. No creo que pueda seguir haciendo este trabajo para divertir a los niños por mucho más tiempo —explicaba Howard al muñeco de madera—. No sé cómo agradecerte el que hayas sido un magnífico compañero todos estos años. Me preocupa ahora que te quedes solo.


Howard hizo una breve pausa, al tiempo que observaba en silencio a su muñeco. Acto seguido, el anciano asintió con un leve vaivén. La pequeña no aguantó la curiosidad y, con cierta aprensión, asomó la cabeza de manera sigilosa para contemplar aquella extraña escena.


—Sí, lo sé, hijo mío. Me lo has dicho varias veces. También sé que regresarás a las montañas para despedirte de tu padrino. Sin embargo, creo que mis días en el taller están llegando a su hora, al fin podré reunirme con ustedes dentro de poco. Solo es cuestión de tiempo… Sí, es solo cuestión de tiempo.


«¿Por qué habla con la marioneta?, es solo un muñeco», se preguntó la niña.


—¡Si papi!… Mami y yo estamos ansiosos de que por fin vuelvas con nosotros, y podamos reunirnos los tres en el cielo.


Cuando la aterrada pequeña corrió a su casa para explicarles a sus padres todo lo que había escuchado, y decirles que el señor Brown no solo estaba loco, sino que el muñeco de madera hablaba también con él, estos informaron inmediatamente lo que había sucedido a las autoridades y a varios pobladores de la comarca, quienes algo alarmados fueron a la mañana siguiente al taller para averiguar por qué a la niña se había atemorizado de esa manera. Más atrás llegaron Eva y Jim.


Habiéndose presentado el padre de la niña con el alcalde, sus ayudantes y varios acompañantes, al ver que nadie abría, como pudieron forzaron la puerta llevándose una espeluznante sorpresa. Dos cirios encendidos, uno a cada lado de un largo cajón de madera, iluminaban el solitario recinto.


—Pero… ¿Qué significa esto? —se preguntó el alcalde en persona.


Howard Brown fue encontrado encerrado en un ataúd con la tapa totalmente sellada a la caja. A un lado del cajón de madera y sentado en una silla, permanecía inmóvil su marioneta con aspecto flemático, su última creación, quien tenía la mirada torcida y fija sobre la urna.


—¿Qué es todo esto…? —balbucearon sus amigos apenas entraron al taller, sin poder dar crédito a la enfermiza escena que estaban contemplando.


—¡Oh no, Ho…ward, viejo amigo! —lamentó Jim.


—¡Qué horror! —dijeron las autoridades presentes—. ¡Esto es enfermizo!


—Ya no quiero ese muñeco, no quiero ese… —gritó aterrada la pequeña, al tiempo que salía huyendo del viejo taller.


Como si se trataba de un carpintero de oficio, los hombres advirtieron estupefactos que la marioneta del señor Howard Brown sostenía en la mano un martillo de carpintero y que unos pocos clavos los tenía sujetos con la boca...

21 de Junio de 2021 a las 18:57 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Conoce al autor

Jorge B. Mahoney Geólogo. Autor de "RELATOS SOBRE LO INESPERADO", "EL MENSAJERO" "EL FANTASMA DE LAS NIEVES "(en revisión) "TRILOGÍA DEL TIEMPO" (en revisión) "SAGA ÉPICA" (borrador en revisión)

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