lapijami Daniela Velásquez

Este es un cuento corto que trata sobre la diosa Gea, la madre Tierra. Está escrito para el concurso #geaconcurso.


Cuento Todo público.

#gea #geaconcurso
Cuento corto
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El susurro de Gea

Gea se encontraba sentada en una vieja mecedora en el medio del jardín. Recordaba aquellos días bonitos, al inicio del todo, cuando apenas había traído al mundo a una treintena de hijos e hijas.

Sus ojos brillaban con nostalgia, regodeándose en cada una de aquellas veces que se unía en cuerpo y alma a su pareja, en cada una de aquellas veces que sabía que estaba en cinta y con cada uno de sus partos, por dolorosos que fueran.

Sonreía recordando como uno a uno sus hijos crecían: aprendían a caminar, a comunicarse, a pintar… Sobre todo, recordaba con alegría como sus hijos disfrutaban con el arte e iban avanzando con él.

No pudo evitar sentir orgullo reconstruyendo en su cabeza el momento de cuando Océano, uno de sus primeros hijos, bañó al mundo con su agua y trajo consigo los primeros animales marinos; o como cuando su hija Tea trajo consigo la visión y todos sus hijos pudieron admirar todo lo que se iba construyendo a su alrededor.

Sin embargo, allí estaba ella, cansada, dolorida y derrotada. Le dolía tanto todo su cuerpo que no podía estar de pie más de unos pocos segundos. Una lágrima cruzó su rostro mientras recordaba los momentos en los que cada uno de sus hijos se corrompían por la avaricia y recurrían a actos tan extremos como la violencia, llegando incluso al asesinato.

Rodeada de árboles cuyas sombras acariciaban su rostro disfrutaba del cómo el calor del sol bañaba su cuerpo, saboreando esa calidez tan bien conocida por ella.

Gea era realmente una mujer de una extrema belleza exótica. Su piel morena estaba marcada por las arrugas de la edad y por las cicatrices de las heridas que había sufrido durante esos años. A pesar de su avanzada edad, se notaba que seguía siendo fuerte, se notaba que había tenido fuertes músculo y aún conservaba algo de esa fuerza. Sus ojos y su pelo eran de un color negro intenso que hipnotizaban.

De vez en cuando, su mente volvía a aquellos momentos en los que, por culpa de la acción de alguno de sus hijos, sufría de un dolor horrible en su cuerpo. Se culpó de no haber actuado antes, de no haber visto venir las grandes consecuencias de los actos de su descendencia. No solo por los dolores de su cuerpo, si no por ver como sus hijos e hijas se iban corrompiendo e iban hundiéndose en una espiral de violencia y avaricia.

El viento movía sus cabellos y la mecía suavemente, reconfortándola de todo aquel sufrimiento que llevaba cargando sobre sus hombros durante miles de años. Con él, un ruido de voces cubrió todo a su alrededor haciendo que se despertara de aquel trance en el que vivía cada minuto.

Las voces estaban cada vez más cerca pero, lejos de asustarse o inquietarse, se mostró impasible. En cuestión de dos minutos, se encontraba rodeada de algunos de sus últimos hijos e hijas.

Una de sus hijas se sentó a los pies de ella, tomando la mano de Gea entre las suyas.

—Madre… —dijo en apenas un susurro y sus ojos azules se llenaron de lágrimas. Posó la cabeza en las piernas de Gea haciendo que su cabello rubio acariciara su piel.

—Tenemos que hacer algo —interrumpió uno de ellos con fiereza. Sus puños estaban cerrados fuertemente a ambos lados de su cuerpo. Era un hombre alto, delgado y de nariz aguileña.

—Nosotros solos no podemos —sentenció una de sus hijas. Tenía el pelo afro y su piel negra brillaba bajo el sol.

—Puede ser que no podamos hacer mucho nosotros solos —dijo un chico bajito, calvo con una gran barba—, pero es mejor hacer algo que nada.

Todos se marcharon y cuatro de ellos intentaron ayudar a Gea a levantarse para llevarla al interior de la casa. Iba a atardecer en una media hora y el frío hacía sufrir sus delicados huesos. En el gran salón, la treintena de hijos que se preocupaban por ella, estaban debatiendo sobre la mejor manera de ayudar a Gea. Todos sabían que debían convencer al resto para que la ayuda fuera efectiva pero sabían que eso era misión imposible.

Gea se encontraba sentada en una butaca blanca adornada con una manta azul de algodón. Intentaba escucharles a la vez que los dolores hacían que le fuera imposible escuchar el hilo de sus argumentos por más de un minuto. Sacando fuerzas de donde no tenía, consiguió articular un par de palabras.

—Dejen que me vaya.

Las palabras salieron en un tono apenas audible pero dos de sus hijas se dieron cuenta y se agacharon inmediatamente a sus pies. El miedo a perderla las invadió.

—Vamos a intentar que dejes de sufrir.

Un hombre ya entrado en edad, que estaba observando la situación de sus hermanas y su madre a un par de metros de ellas, gritó con fuerza.

—¡Cállense! Madre está hablando.

Todos se callaron de inmediato y centraron sus miradas en la mujer. Ésta se había callado, las fuerzas ya se le habían consumido en su intento de hablar un poco más alto. De repente, Gea comenzó a convulsionar y todos se miraron aterrados. Todo temblaba a su alrededor a la vez que los movimientos de Gea eran cada vez más fieros. Unos gritaban, otros estaban petrificados por el miedo y algunos se acercaron más a Gea sollozando. Y tal como vino, se fue. Gea dejó de convulsionar y jadeaba en apenas un susurro. Le costaba volver su respiración regular.

—Bien —dijo en apenas un susurro.

Fue justo en ese momento, cuando sus hijos decidieron cuidarla, envalentonados por el susurro de Gea. Fueron al campo y recogieron varias plantas silvestres que eran medicinales. Las dividieron, unas para consumo y otras para cultivar. Dividieron su trabajo y formaron cuatro grupos diferentes para cuidar a su madre, a Gea. El primer grupo se dedicaba al cultivo medicinal y alimentación; el segundo grupo, reformaba la casa para acomodar mejor a Gea y dar una segunda oportunidad a aquellos elementos innecesarios; El tercer grupo, se puso a idear un plan para convencer al resto de sus hermanos y hermanas para cuidar a Gea, aunque solo fuera para apaciguar su dolor y no se pudiera recuperar; Y, por último, el cuarto grupo se dedicaba a investigar como realizar todo sin consumir los recursos de Gea y evitarle más sufrimiento.

Pasadas unas semanas, Gea sentía como algunos de sus dolores ya no eran tan intensos, aunque, de vez en cuando, sufría un ataque de convulsiones que aterraba a sus hijos. Cada vez le era más difícil recuperarse de éstos pero no podía evitar sentirse reconfortada al ver a algunos de sus hijos luchando por ella y, sobre todo, cambiando su actitud y ser mucho más humildes y respetuosos los unos con los otros. Gea volvió a sentir aquel orgullo que sentía cuando sus hijos e hijas aprendían una nueva actividad que alimentaba sus espíritus. Puede ser que muchos de ellos estuvieran corrompidos pero era esperanzador ver como, poco a poco, se iban sumando algunos de ellos a este pequeño grupo de hijos e hijas que estaban realmente luchando por sí mismos.

20 de Junio de 2021 a las 11:29 2 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

Conoce al autor

Daniela Velásquez Soy una mujer del 92. Me encanta viajar, realmente me siento muy relajada cogiendo un avión. Mi debilidad son las historias de amor juvenil y fantasía.

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ASHLEYCOLT 777 ASHLEYCOLT 777
Me ha encantado, la narración y el ritmo son impecables. Gracias por publicarlo. Saludos y que pases un gran fin de semana.
June 25, 2021, 06:07

  • Daniela Velásquez Daniela Velásquez
    Muchas gracias por leer y comentar. Que pases un buen fin de semana también <3 June 25, 2021, 09:47
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