aily-vasdem1623917528 Aily Vasdem

Noah Harper tenía un futuro brillante, hasta hace casi cuatro años cuando el destino la obligó a cuestionarse sobre la comodidad y lujos que llevaba en su vida. Ahora, solo es la atracción principal de alguno de los tantos clubs nocturnos de Alemania. Tras salir de casa, sin nada más que lo que traía puesto se vio obligada a caminar por las calles, pues era una deshonra para su familia. Tuvo pequeños empleos en cafeterías, restaurantes y estaciones gasolineras hasta que su protuberante vientre de siete meses se lo permitió. Un año después, Ian Smith la contrató como bailarina, solo para encontrar la mejor ganancia. Pero ahora que el dinero y los shows están escaseando, Noah se verá obligada a entrar en el mundo de la prostitución, aunque su rostro de apenas 22 años, tan dulce e inocente no funcione en este tipo de negocio. Mientras unos luchan por tener una buena vida, otros se pudren en dinero. Pero quizá Noah no se encuentre tan perdida, pues recibirá la oferta de su vida por parte del Príncipe de la mafia. ¿Estará dispuesta a aceptar y acceder a sus caprichos a cambio de una jugosa suma de dinero que podría salvarle el pellejo?


Erótico Sólo para mayores de 18.

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Capítulo 1 : Roter Verein

Caminando por la línea roja me cuestiono en qué momento mi vida se volvió una rutina.

Cada noche me repito que hago esto por una sola razón. Una razón que lleva mi apellido y espera por mí dormido en casa.

Que daría por estar a su lado, sosteniendo su pequeña cabeza contra mi pecho, escuchando en el eco del silencio su entrecortada respiración. Hay muchas cosas que quisiera estar haciendo en este momento, cualquiera que no implique una pequeña seda cubriendo mi desnudez.

En cambio, estoy aquí, sobre el mismo sofá de siempre, preparándome para el show consciente de que mi físico esta noche es tan brillante como las estrellas en el cielo. En cada espectáculo debo relucir en conjuntos extravagantes, el de hoy consciste en sólo cintas color rojo con toques negros que cubren lo necesario y que no logro que se queden en su lugar.

Aunque lo que vista no importará una vez que comience con esto. Si tengo suerte podré salir con la piel blanquecina, sin ninguna marca que mañana por la mañana me delate.

Intento una vez más ajustar el broche que apenas cubre parte de mis senos cuando las luces neón me ciegan. La habitación se carga de vaho encogiéndome los cojones.

Las letras verdes de la puerta se apagan encendiendo de inmediato en el mismo tono rojo que ilumina mi estación.

Aquí vamos, es mi señal. Respiro profundamente, urdiendome.

—Prepárense para lo que están a punto de ver, señores, porque el placer de los dioses hoy nos honra con su presencia en esta tierra de inmortales, con ustedes... ¡Hera! —La presentación me hace sentir asqueada.

Los silbidos y obscenidades se hacen presentes tan pronto el eco de la introducción se pierde en las primeras notas de mi canción.

Two Feet me anima a seguir.

Camino hasta el centro de la habitación con ambas manos en las tiras que abrazan mi cintura. Debo ser segura y mirar el vidrio como si estuvieran frente a mí. Ese truco siempre ayuda para obtener una jugosa suma extra de dinero.

Y no estoy en las condiciones para negarme a recibir esa propina.

Tomo bocanadas de aire con desesperación al tiempo que mi cuerpo es guiado por la música. Me fuerzo a seguir el ritmo con un leve movimiento de caderas, lo que provoca que toda la testosterona del otro lado del vidrio incremente.

Me dejo llevar por el ritmo, improvisando tomo la silla de roble. Me abro de piernas, sentándome sobre ella, dejo la mayor parte de mi trasero expuesto para comenzar un movimiento ascendente cuando la silla se eleva del suelo. En las alturas lanzó un suspiro que se pierde en el sonido estridente de la música que acompaña los movimientos de mi cuerpo.

Por un segundo no me siento miserable. Suspendida en el aire todo pensamientos se esfuma, todo en ese lugar desaparece. Ya no me siento observada como un simple trozo de carne que sustituye la viagra de los hombres que me miran con el lívido por el cielo.

Después de dos años no me acostumbro a la mirada vacía y llena de deseo que atraviesan las paredes sólidas de mi cabina, sin embargo, después de un tiempo caes en cuenta de que las miradas no son tan malas cuando en lugar de ser observada eres tocada.

Agradezco inmensamente por la albarrada que mantiene las manos alejadas de mi espesor. Esos hombres creen que por pagar tienen derecho a tocar. Pero las cosas no son así en el Roter Verein. Aquí exclusivamente se paga por un show que dura aproximadamente quince minutos y que únicamente puedes observar.

La música está por finalizar. Hago maniobras rápidas cuando el sonido cesa y desciendo con violencia sobre la silla de roble, dándole acceso a mi manojo de nervios a mi cliente del otro lado de la habitación.

No puedo ver su rostro, pero está noche sé que deslumbro. Lo poco que llevo deja mucho a la imaginación. Mis senos expuestos y mi vagina depilada, tan brillosa como siempre debe ser el mejor show para quien sea que me observa a través del vidrio oscuro.

Me paso un dedo por mi zona en busca del placer de mi cliente. Estoy al tanto de que este tipo de cosas hacen explotar a los hombres que acostumbran a venir al Roter Verein.

Después de todo, ayudar a que los aparatos reproductores de esos hombres exploten ese es mi único objetivo en este lugar.

Dejo que mis extremidades sigan el cause con movimientos lentos. Cierro los ojos poniendo en práctica lo que Ian me ha repetido los últimos años, gimo con locura siendo este momento cuando me torno más puta jugueteando con el monte de Venus que sobresale de mi cuerpo.

Seduzco e hipnotizo ofreciendo todos mis atributos. Ataco con mis mejores movimientos antes de que el baile finalice, acaricio parte de mis muslos y termino el show con una sonrisa de picardía.

Las luces se apagan, de inmediato salgo de ahí para ir a mi camerino. Camino por el pasillo de tapiz rojo que desemboca en las habitaciones privadas, cubiertas por enormes cortinas rojas.

Los gemidos que emergen me ponen a caminar más de prisa.

El trayecto hasta el final del pasillo me corta la respiración, algunas lágrimas salen disparadas de mis ojos, pero me niego a que alguien de este lugar piense que soy vulnerable, porque no lo soy.

Soy Noah Harper, nací para comerme el mundo, no para que el mundo me devorara a mí.

Pero a quién engañó, hace mucho que ya estoy en su intestino grueso tratando de ser desechada. Hace tres años estaba siendo el caviar. Un caviar sumamente caro que mi padre se negaba a vender. Ahora no soy más que una chica de 22 años que baila a cambio de dinero.

Llego a tropezones a mi espacio personal, donde Sam aguarda pacientemente por mí. Lleva el cabello castaño suelto y ondulado. Su vestido rojo se cierne a la perfección a sus curvas bien pronunciadas. Es una mujer hermosa que no requiere una cantidad excesiva de maquillaje para destacar entre todas nosotras.

—¿Quieres que te acerquemos a casa? —cuestiona, echándose las cintas del bolso sobre los hombros.

—No quiero ser una molestia —digo y me apresuro a quitar las cintas de mi cuerpo.

El traje cae al suelo e inmediatamente me coloco el jeans desgastado con una polera de manga larga.

—No eres ninguna molestia, a Thomas le agradas.

Es muy amable al decirlo. Thomas es su hermano y no parecer ser mucho mayor que Sam. Le calculo más de veinticinco menos de treinta.

Ha intentado emparejarnos un par de veces, el tipo es lindo, bien parecido y es agradable, pero no estoy interesada en comenzar una relación por ahora o nunca.

Perdí todo interés en el amor hace tiempo.

—Te lo agradezco, pero creo que iré caminando.

—De acuerdo, si cambias de opinión estaremos en el estacionamiento —dice mirándome a través del espejo dudosa, asiento.

—Te veré mañana.

Le lanzo un beso tronado que me responde antes de desaparecer por la salida de emergencia. Sus tacones se alejan por el callejón, haciéndome sentir aliviada por un momento de que no me haya obligado a subir a la parte trasera del lujoso auto que la recoge todas las noches.

Sam es la única chica con la que he entablado una conversación y que sabe sobre mi vida fuera de este lugar cargado de moho, aunque no termina de comprender cómo es que terminé aquí, bailando entre cuatro paredes repletas de esposas, látigos y algunos otros juguetes sexuales.

Ha intentado hacer preguntas al respecto, sin embargo, cada vez que cree que voy a decírselo cambio repentinamente de tema. Todo lo que hago es evadir lo que tenga que ver con mi pasado, de alguna forma es una manera de convencerme de que las cosas no pueden ir peor.

Con la ropa más decente que tengo en el camerino sobre mi piel enredó mi cabello ondulado en un moño mal acomodado. Limpio los restos del maquillaje de mis ojos. La práctica hace que no se me dificulte emplear todos esos frascos de líquido desmaquillador. No siempre fue fácil colocarme y quitarme tanta extravagancia de la piel. Al principio algunas chicas lo hacían por mí, me auxiliaron con el cabello, los pequeños trajes, el maquillaje y con la sonrisa. Fueron muy amables.

Somos como una familia o al menos ese es el eslogan que Ian emplea para no hacernos sentir tan mal por lo que hacemos.

Tomo el bolso y me dispongo a irme. En el pasillo me despido de una que otra chica que hoy están en el bar. Dicen que las propinas son buenas en la parte de adelante, pero no tengo los suficientes cojones para comprobarlo. Muchas de ellas llevan la mitad de los euros por fuera de sus sostenes y parece ser lo doble de lo que yo podría ganar en una noche.

Suena tentador, pero no todas estamos hechas para estar frente a una multitud.

Me escabulló por la zona más alejada del centro del bar, en donde las miradas lascivas se concentran en la rutina de Karly, trepando el tubo como si de una liana se tratara finaliza con las piernas abiertas descendiendo con violencia. Arrastra su cuerpo por el escenario para tomar el dinero que lanzan, posteriormente lo introduce en su sostén y desaparece tal como llegó.

Yo no podría hacerlo ni con el cañón de una arma apuntando directamente a mi cabeza.

Me giro para irme de ahí. Ya he pasado demasiado tiempo en este lugar. Les dirijo una sonrisa de aliento a los gemelos de la entrada.

Una vez afuera, la típica gélida brisa de Berlín me baña el rostro de libertad.

Camino hacia la estación de taxis más cercana mientras repaso los deberes que debo hacer una vez que llegue a casa antes de volver al Roter Verein mañana. Tomo el único auto que circula por la bien transitada avenida.

Para ser más de media noche, la ciudad está muy animada.

No demoramos mucho, el taxi me deja fuera del complejo de edificios en Gropiusstadt. Por instinto, me abrazo a mí misma cubriendo mi rostro con la capucha de la polera negra como si eso pudiera cubrirme de ser interceptada una vez más por Marlon y su acoso insistente, el guardia en turno que suele hacer su recorrido por aquí a sabiendas de que en cualquier momento llegaré. Apresuro el paso, intentando pasar desapercibida.

Para mi suerte hoy no se encuentra cerca.

Entro en el tercer edificio rápidamente, antes de que tenga un desafortunado encuentro y voy hacia el elevador encontrándome con una anuncio de reparación. Este edificio y sus fallas, siempre hay algo que reparar, la semana pasado fueron la tuberías, ayer la calefacción y hoy el elevador.

Con exasperación me dirijo a las escalinata de emergencia. Mi departamento se encuentra en la tercera planta, lo que me deja exhausta al subir seis secciones de escalones. Mucho ejercicio y más cuentas que pagar.

Introduzco la llave en la cerradura, abro la puerta respirando profundamente el aire de mi hogar. Coloco el bolso y las llaves sobre el perchero, yendo directamente a la sala. El lugar es un campo de guerra.

En la línea de fuego, un pequeño cuerpo descansa sobre un cojín. Apartó los osos de peluche que lo rodean y tomo a su capitán entre mis brazos. Camino con él hasta la habitación de paredes azules con papel tapiz de payasos, depositando su minúsculo cuerpo bajo las sábanas.

Se hace un ovillo dándome la espalda. Suele dormir de ese modo desde que nació. Acarició su frente y lo dejó descansar. Cierro la puerta tras salir solo para recoger juguetes camino a la sala, limpio aquí y por allá. Saco la basura, ajusto el grifo que está mañana salió volando empapandonos a Derek y a mí. Enciendo la lavadora para terminar ajustando la caja de música de Barry.

Son casi las cinco de la mañana para cuando me dejo caer sobre el incómodo sofá. Los músculos de mis extremidades están al borde del colapso y los párpados me pesan por el cansancio. Estoy tan exhausta que no puedo luchar contra el sueño.

No estoy segura de cuánto tiempo ha transcurrido cuando una pequeña respiración sobre mi mejilla me sobresalta. Desorientada, no tengo idea del porqué el sofá hoy está tan duro e incómodo. Abro un ojo, encontrándome con un pequeño rostro soñoliento que me sonríe de oreja a oreja.

—¿Crees que es igual a mi, mami? —dice mostrándome un dibujo de él con enormes orejas.

No puedo evitar reírme.

—Creo que es igual a ti, cariño —Lo tomo entre mis brazos, comenzando a besarlo y hacerle cosquillas en su diminuto vientre.

—¡Basta, mami! Por... favor, ya no sigas —se retuerce entre mis brazos.

Me niego a soltarlo hasta que mis ojos van directamente hacia la ventana, de donde emergen los primeros rayos de luz. Carajo, miro de reojo el reloj que pende de la entrada.

10: 20.

Ya debería estar en el club. Sostengo a mi pequeño contra mi pecho para sentarlo en el sofá. Sus ojos verdes me miran con confusión al tiempo que corro por el departamento.

Tomo lo primero que encuentro en el cesto de la ropa limpia y voy al cuarto de baño. Me meto bajo la regadera lanzando mi pijama cerca del lavabo, esta cae al suelo cuando las primeras gotas de agua recorren mi cuerpo llevándose cualquier rastro de anoche.

—Mami, tía Sam quiere hablar contigo.

—Dile que estoy a punto de llegar, estaré ahí en un minuto —grito sobre el estridente sonido que provoca el agua.

—De acuerdo —responde y sale corriendo por el pasillo.

Aprovecho que se va y paso la esponja por mis brazos. Talló mi cabello y no demoro demasiado en salir. Me miro en el espejo, soy un completo desastre.

—Dice que si no te apresuras van a cortarte los ovarios —La puerta vuelve a sonar y del otro lado su pequeña voz me hace reír.

No lo hago esperar más. Salgo del baño con la toalla pegada a mi sedosa piel.

—Gracias, cariño —le sonrió.

Me coloco la ropa como puedo y salgo al relleno. Peino mi cabello en una coleta mal acomodada mientras busco por todo el departamento el par de mi zapatilla deportiva.

Abro gaveta tras gaveta mientras Dereck engulle su desayuno favorito; cereal Cheerios con trozos de chocolate. Con una sonrisa tierna y sus piernas columpiándose sobre la silla de madera levanta mi zapato en su pequeña mano.

Ese pequeño enano.

Le beso la frente tomando asiento a su lado para colocarme el zapato.

—¿Qué son ovarios, mami? —cuestiona una vez que termina con los restos de chocolate que adornan su tazón azul.

Me atraganto con mi propia saliva. Voy a matar a Sam por hablar de ese modo con mi hijo.

—Juguetes, cariño —digo rápidamente, sin entrar en explicaciones. Él acepta lo que digo, sin hacer más preguntas —. Necesito que te coloques los zapatos y una chaqueta.

—¿Vamos a ir al parque?

—Ahora no, cariño —le sonrío débil—. Tú irás con la vecina, mami tiene que ir al trabajo.

Niega rápidamente.

—No quiero ir con la vecina, mami, Abi quiere que sea su novio y yo soy muy joven para que alguien ponga sus labios sobre los míos —explica afligido—. Además soy pobre, qué tal si ella quiere que le compre ovarios.

No puedo evitar soltar una risotada. Su expresión de agobio me lo dice todo.

—Entonces tendremos que comprar ovarios —refuto apenas conteniendo la risa.

—No, me quedaré aquí, pero no iré con ellas —refunfuña.

Lo miro por un segundo, su expresión de molestia es lo más tierno que haya podido ver en toda mi vida.

Suspiro resignada.

—De acuerdo, irás con mamá al club.

Brinca de felicidad, perdiéndose en su habitación. Minutos más tarde sale enfundado en un diminuto overol de mezclilla que hacen un conjunto con sus tenis favoritos de Buzz.

Le ajusto la chaqueta y nos apresurados a salir. Tomamos un taxi que nos deja fuera del Roter Verein minutos más tarde.

—Corre, cariño —grito, arrastrándolo hasta la entrada.

Corremos lo más rápido que nuestros defectuosos pulmones nos lo permite. Le dirijo una sonrisa amistosa al cadenero y entramos a tropezones colocándonos a la vista de todos.

Veinte pares de ojos recaen sobre el huracán Noah y Derek.

Sam viene de inmediato hacia nosotros.

—Oye, cariño ¿Por qué no vas con Karly? —señalo a la chica pelirroja cerca del tubo.

Él asiente y comienza a caminar hacia la chica, quien lo espera con una amplia sonrisa.

—Pero nada de nuevas rutinas, no te quiero bailando sobre la isla de la cocina —advierto.

—No prometemos nada, mamá —la dulce voz de Karly me hace reír.

Me resigno a que advertirle sobre mi hijo no va a servir de nada cuando ese pequeño enano ya está intentando ligar con mi compañera.

—¿Trayendo a un visitante? —cuestiona Sam, mirando en la dirección por la cual desapareció Dereck.

Me encogo de hombros.

—No quiso quedarse.

—Bueno, asegúrate de que no haga esos movimientos en casa de tu vecina —se burla.

De inmediato mientras camino hacia mi jefe, fijos mis ojos en el pequeño castaño de ojos verdes que descienden del tubo como todo un bailarín profesional.

Mis compañeros se aglomeran a su alrededor, vitoreando y apoyándolo a que continúe con su rutina. Se desabrocha el overol y vuelve a ascender por el frío objeto.

Por un segundo, mirándolo ahí, el destello de los recuerdos de su padre llega como una ráfaga de recuerdos que me eriza la piel.

El primer beso.

La primera cita.

El primer te amo.

Y el último día que lo vi.

La mirada falaz que me dirije mi jefe mientras me aproximo a la barra me devuelve a mi realidad con una zarandeada. Estoy aquí y ahora, avanzando hacia el alemán.

—Meine schöne Göttin, es ist immer eine vergnügen dich zu sehen—exclama en nuestro idioma natal desplegando una de esas sonrisa coquetas que lo caracterizan.

Así es como me llama, mi bella diosa.

Supongo que se debe a mi seudónimo, aunque podría apostar que lo dice por mi mal genio. Siempre voy desatando en el Roter Verein tormentas y una que otra peste con mi mal temperamento.

—No puedo decir lo mismo, befreundet —me burlo con animosidad.

—Tú y tu asqueroso acento alemán, si no hubieras estado tan perfecta como siempre ya te habría puesto patitas en la calle.

—Inténtalo, perderías el último cabello rubio que te queda en la cabeza.

—Odio que conozcas tan bien al Roter Verein, para saber que no sería nada sin ti, pero odio más que me conozcas tan bien —su rostro se divide en una sonrisa melancólica.

Sé que está pasando momentos difíciles con su pareja y admiro la fortaleza que tiene para separar lo personal de lo laboral.

—Toma, aquí está tu paga —Estira la mano con un fajo de billetes de cincuenta euros.

Antes de tomarlos me aseguró de que el sobre en el que se esconde la mitad del papel diga mi nombre.

—Esto es más —me niego a tomarlo—. No quiero caridad.

—No es caridad, querida ese hombre de ayer quedó fascinado contigo.

Repaso la cantidad de dinero que coloca sobre mis manos. Esto debería cubrir las cuentas de este mes.






Primer capítulo.

Espero que les haya gustado, nos leemos pronto. ❤💖

17 de Junio de 2021 a las 08:21 0 Reporte Insertar Seguir historia
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